Sophia - Despliega el Alma

29 noviembre, 2021 | Por

Álex Rovira: «Toda crisis es una herida por donde entra la luz»

¿Qué es la longanimidad y por qué puede transformar nuestra vida? Con esa pregunta comienza esta charla imperdible de Adriana Amado con el reconocido escritor y conferencista español Álex Rovira. ¡No te la pierdas!


 

Días atrás, a través de nuestra cuenta de Instagram, vivimos con enorme alegría un encuentro que hoy queremos volver a compartir con vos: la charla que nuestra columnista Adriana Amado mantuvo con el escritor y conferencista español Álex Rovira, para conversar sobre el desafiante tiempo que estamos viviendo y cómo hacer de él la gran oportunidad para transformarnos y ampliar nuestra conciencia.

Si te perdiste el vivo de IG, si querés volver a verlo (y ahora también leerlo) y compartirlo con aquellas personas que tanto te importan, te acercamos el video y la transcripción completa de la charla para que puedas saborear cada uno de los momentos de sus imperdibles reflexiones sobre el sentido de la vida y la necesidad de contemplar nuestra experiencia humana con mayor amor y agradecimiento. ¡Que lo disfrutes!

–Longanimidad, esa fue la palabra que me llevó hasta vos, a mí que amo las palabras. Me pareció un concepto tan poderoso que quería invitarte a compartir por qué tiene tanta resonancia en mucha gente.

–La longanimidad es una virtud. La palabra viene del latín y es muy bonita la etimología, para poder situarnos siempre en la raíz del conocimiento, nos ayuda a ubicarnos. Longa anima, alma grande, alma que se extiende, alma poderosa. Es un sinónimo de magnanimidad. En el diccionario se define de dos maneras: grandeza y constancia de ánimo ante la adversidad. Por lo tanto, una persona longánime es una persona que crece, que tiene resiliencia. Me gusta definirla como la resiliencia que se sostiene en el tiempo, porque podemos ser resilientes ante determinados embistes, golpes y dificultades de la vida, pero la longanimidad está en esa persona que ha incorporado como virtud la resiliencia en su existencia. Por lo tanto, grandeza y constancia de ánimo en la adversidad. Y la segunda definición me pareció reveladora, porque dice benignidad, clemencia, generosidad. De lo cual se puede deducir que las personas que son resilientes en el tiempo, que tienen longanimidad, son personas bondadosas, que se entregan y que tienen la capacidad de amar. La clave es el amor como alquimizador vital, como elemento de la alquimia encarnada, existencial. ¿Cuántas personas que han sufrido deciden alquimizar ese sufrimiento y transformarlo creativamente en un servicio hacia los demás? Muy alineado con lo que nuestro queridísimo Alejandro Lodi dice en su libro Quirón y el don en la herida: lo que se perpetró en mí que no se perpetre en otros y, en consecuencia, qué puedo hacer para evitar que otros pasen por ese sufrimiento inútil, absurdo, innecesario, si eventualmente pueden aprender también algo sin pasar por esa tortura.

–Qué bello lo que dices, porque en esa etimología que rescatas, parece que fuera lo contrario de resentimiento. Sabes que aquí en Argentina el resentimiento se ha convertido hasta incluso en un arma política. Y qué importante es la idea de convertir el sufrimiento no en una revancha, sino en un don que ofrecemos para sanarnos a nosotros mismos.

–Claro, es hacer del sufrimiento algo generativo, algo productivo, no solo para una persona, sino para los demás. Porque, efectivamente, el sufrimiento a un límite puede ser estéril, pero en el otro extremo puede ser un catalizador, una palanca, un trampolín de transformación espiritual, emocional, física y vital enorme. Y ahí está la longanimidad, en esa capacidad que tenemos de elevarnos humildemente, de elevar nuestra conciencia con coraje, con responsabilidad, con humildad, con dejar ir, con aceptación, con gratitud, para de este modo tener una vivencia de lo que es radicalmente distinta. Hay una frase, que es mi aforismo favorito, de Marcel Proust que dice: “Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”.

–Me parece que aquí también está la clave de tu obra más exitosa, que es La buena suerte, que también me sorprendió, porque uno a veces asocia su suerte al azar y dice “Tengo mala suerte porque me tocó”. Y de alguna manera resignifica ese sentido de suerte con este propósito. ¿Qué te llevó a jugar con ese concepto que a veces el vulgo tira para el otro lado?

–La videncia de que hay muchas personas a las que se les atribuye el resultado de su trabajo, de su esfuerzo, de su logro, de su alquimia interior al azar. Si alguien te ve a ti y ve la calidad de tus entrevistas, de tu trabajo, de todo lo que hay detrás, dirá “Qué suerte que puedas hacer lo que haces, de hablar con quien hablas”. Pero, ¿qué hay previo a eso? ¿Cuántas personas han pasado por enormes esfuerzos, dolores, traumas, maltratos, injusticias y en lugar de convertirse en cínicas, o en resignadas y amargas, deciden hacer una alquimia interior y, con las piedras que les tiraron, construir un hogar propio para los demás. Una cosa es el azar y otra bien distinta, lo que decía Schopenhauer, aunque también se le atribuía a Pascal: el azar reparte las cartas, pero tú las juegas. Y es evidente, sea de quien sea la frase original, que constantemente en nuestra vida se nos van repartiendo cartas. A mí me gusta utilizar un símil: hay personas que se encuentran con un trébol de cuatro hojas y le arrancan una, hay personas a las que les gusta jugar a ser víctimas y decir que han tenido mala suerte. No estoy diciendo que no haya personas desafortunadas, claro que las hay. Y todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido sufrimientos muy desafortunados, enfermedades graves, muertes de seres amados. Todos hemos tenido momentos de mala suerte generada por circunstancias que no controlamos. Frente a eso, está la pregunta: ¿qué puedo hacer, por pequeño que sea, para que la vida sea más bella aquí y ahora? Así de simple.

–Pensaba que, de alguna manera, es una gran metáfora de estos tiempos que estamos viviendo y que hemos vivido; han sido tiempos durísimos para toda la humanidad. Pero lo que uno ve, ahora que puede tomar una distancia en el balance, es que no todos reaccionamos de la misma manera ante la adversidad. Incluso hubo quienes dieron un salto de calidad en sus vidas. ¿Cómo lo has visto?

–La verdad es que hay de todo, porque hay muchos niveles de conciencia y no todo el mundo tiene la formación que tú y yo tenemos, o que muchos amigos y amigas que están aquí han tenido porque la han ido a buscar, por inquietud personal o por procesos de crisis, o por tragedias. Normalmente llegamos a la terapia, al análisis personal, a la búsqueda de conocimiento desde la filosofía, la psicología, los arquetipos, los mitos, la astrología, a partir de querer encontrar respuestas para comprender y ver más claro. Para ayudar a construir una mirada de la vida más rica y más matizada. Evidentemente, una persona que ha nutrido su alma con diálogo, con lectura, con reflexión, con análisis, con terapia, por convicción o por obligación para sobrevivir, gestionará las adversidades, los reveses y las incertidumbres de la vida de una manera muy distinta a aquella persona que no ha recibido esa información. Porque nadie está equivocado, a lo sumo mal informado. Es una cuestión de información, de tener acceso a un conocimiento que cambia tu conciencia. Y por lo tanto, las personas que no han tenido esa información a lo mejor han vivido la pandemia desde la amargura, desde la rabia, y otras lo han vivido como una oportunidad para detenerse, para reflexionar, para plantearse nuevas maneras de hacer, de vivir, de ser, de estar. Yo creo que no podemos juzgar a nadie: cada cual hace lo que puede con lo que tiene. Y cada cual tiene su momento de madurez, sus procesos de alquimia. Algunos habrán vivido la pandemia como una meditación con los ojos abiertos, y otros como una profunda agresión. No estoy diciendo que el virus no sea una agresión, claro que lo es. Pero detrás de lo que nos pasa está lo más importante, que es lo que hacemos con lo que nos pasa.

–Aquí hay algo interesante de estos tiempos, porque quizás nunca antes la humanidad tuvo tanta información disponible y accesible y necesitamos un guía que nos ayude a navegar estos vastos océanos de la información. ¿Cuánto ayudan personalidades como la tuya, y cuánto debe uno trazar el propio camino?

–Al final, cada uno y cada una es maestro de sí mismo. Lo que sucede es que, por un mecanismo de sincronicidad, el mensaje aparece cuando la persona lo busca. Y ese mensaje puede aparecer en forma de un libro, de un vídeo inesperado, de un directo de Instagram, de un mensaje por WhatsApp, nunca sabes. Lo que está claro es que ese mismo mensaje lo recibirá otra persona y no lo valorará, porque no resuena en su ser, no le aporta un valor. En cambio, otra persona estará en una onda, una predisposición, una inquietud o una búsqueda, y encontrará ese mensaje procedente de quien sea y dirá guau, esto que dice esta mujer, este texto, este hombre, me resuena. En realidad, como diría el inmenso Ramana Maharshi, no hay otro, todo es uno. Y sucede que cuando vives con los ojos, el corazón y los oídos abiertos, te das cuenta de que la sincronicidad es constante. La vida es pura sincronicidad y en esa apertura se te revelan personas, situaciones, informaciones, libros, videos, que pueden ir elevando tu manera de ver, de entender, cada vez más compasivamente, más abarcativamente, lúcidamente y en la medida de que el espíritu se eleva, el alma gana grosor también. Es una paradoja, pero es así: ganas experiencia, ganas contenido, ganas espesor. Y te das cuenta de que nada es tan importante y de que si algo es el motor de todo, es el amor.

«El sufrimiento a un límite puede ser estéril, pero en el otro extremo puede ser un catalizador, una palanca, un trampolín de transformación espiritual, emocional, física y vital enorme. Y ahí está la longanimidad, en esa capacidad que tenemos de elevarnos humildemente, de elevar nuestra conciencia con coraje, con responsabilidad, con humildad, con dejar ir, con aceptación, con gratitud, para de este modo tener una vivencia de lo que es radicalmente distinta».

–¿Cómo alguien que viene de las ciencias empresariales encuentra que su camino en la vida lo lleva a este dar humanista? ¿En qué momento esas sincronicidades te llevaron por el camino que te trajo hasta aquí?

–En realidad, yo estudié ciencias empresariales porque mi papá era artesano, tenía un taller de artes gráficas, era un magnífico dibujante, ilustrador y fotógrafo y a él le hacía mucha ilusión que yo trabajara con él en la imprenta y el estudio gráfico familiar.  Y yo amaba profundamente a mi padre, así que estudié para complacerle y para estar cerca de él. Pero en realidad mi vocación, ya de pequeño, fue comprender la esencia del ser humano, llámale psicología, filosofía, ponle la etiqueta que quieras. Y sobre todo me inquietaba que cuando en la escuela un muchacho maltrataba a otro, yo tenía la suerte de ser grande y fuerte y siempre me ponía del lado del que era abusado para defenderle, siempre. Pero lo que tenía más fuerza de esa experiencia para mí, no era la posible agresión que procuraba frenar, sino entender qué llevaba al agresor a perpetrar la agresión. Es decir, por qué hay personas que disfrutan haciendo daño o que necesitan hacer daño para trasladar a otros lo que les ha hecho así. Ya de muy pequeño sentí una fascinación, no solo por los mecanismos psicológicos, sino por el origen espiritual de la vida, eso que lleva a un niño a preguntarse quién soy yo. ¿De dónde sale la pregunta? ¿Por qué la formulamos frente al espejo no reconociendo ese cuerpo? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos cuando morimos? El fenómeno de la muerte me llamaba mucho la atención, muy precozmente leía los libros de Elisabeth Kübler-Ross o de Raymond Moody, o de José Luis Cabouli. Es algo que yo creo que llevamos y lo digo abiertamente: yo creo en la reencarnación. Pero no por una creencia, sino porque en mi caso hay muchas evidencias. Y creo, porque cada alma que se encarna viene con un bagaje y hasta con una memoria. En mi caso, había una serie de condicionantes que ya me despertaban un enorme interés por lo que hoy podemos llamar inteligencia emocional, inteligencia social, inteligencia espiritual, etc. Por lo tanto estudié empresariales no por convicción, porque no era algo que me gustara, sino por estar cerca de mi papá y luego, con el tiempo, mi vocación fue abriéndose camino hasta hacer lo que estoy haciendo ahora, que es realmente mi vocación.

–¿Con qué se alimenta Álex Rovira para poder compartir estas ideas? ¿Cuáles son las llaves que te nutren en estos tiempos?

–Yo creo que las fuentes que nos nutren a todos son varias. Durante muchos años he sido muy lector. Aprendí técnicas de lectura rápida y leí muchísimo en la infancia, en la adolescencia y en la juventud. Por supuesto me gusta mucho el cine, la música, las artes en general y cualquier forma de creación. Luego vino la época del trabajo personal, catorce años de psicoanálisis. Estudio a fondo de muchas herramientas terapéuticas: análisis transaccional, Gestalt, terapia breve, estratégica, sistémica, constelaciones familiares; leídas, aprendidas y vividas. Y de todo eso se creó un crisol que le ha dado lugar a una mirada. Pero luego, como decía Hermann Hesse, llega un punto en la vida en el que no necesitas tanto leer de los libros, sino de las enseñanzas que te transmite tu propia sangre. Sócrates tenía razón cuando decía “Sólo sé que no se nada”, pero en ese no saber está la verdadera sabiduría. En ese vacío, en esa verdadera rendición, surge la revelación. Yo creo que vivimos en la falacia de pensar que nosotros pensamos. En realidad somos pensados. Yo no respiro, soy respirado. Yo no lato, soy latido. Yo no vivo, soy vivido por un espíritu muy superior. Llámalo Dios, llámalo Brahman, llámale «lo que es». Somos manifestaciones individuales, somos gotas en el océano, pero somos océano. Y lo que define a la gota es algo artificial: ¿dónde comienza y acaba la gota? Cuando flota en el aire la ves delimitada, pero cuando cae en el océano es puro océano. Y en esa apertura surge la revelación. Yo ahora mismo no estoy pensando lo que estoy hablando, esto está siendo dicho. Y no está siendo dicho por «la cosa Rovira». Somos vividos por algo mucho más grande que nosotros, de donde venimos y hacia donde vamos. Como dijo Pierre de Chardin: «No somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual. Somos seres espirituales teniendo una experiencia humana».

–Estos tiempos de alguna manera están mostrando una mutación, el virus nos da la metáfora para ver que hay un despertar. De pronto, todo el mundo habla de astrología. En tu experiencia, ¿notás algún cambio en esa demanda de herramientas para pensarse?

–Claro, Adriana, pero es que no hay una realidad, hay miles de millones de realidades, tantas como seres humanos existen en el planeta. Y desde la realidad de la cosa Rovira, evidentemente que constato una evolución aceleradísima de la conciencia en miles de personas con las que tengo interacción presencial o digital cotidianamente. La misma narrativa que estamos teniendo tú y yo ahora, y la generosidad y el amor de las interacciones de las personas que están aquí, son la manifestación de una onda, de un tipo de luz. Y por lo tanto, en esa convocatoria de esa onda energética nos encontramos. De pronto hay personas que apuestan por la sobriedad, que apuestan por la ecología, que apuestan por la conciencia, por la cultura, por la humildad, por el aprendizaje desde el desaprendizaje. Y claro, hay otros mundos pero están en este, decía Paul Leloir, y así es. En realidad, no hay una realidad: en la medida que tú cambias tu conciencia, entras en el umbral de otra realidad, desvelas la matrix.

–Y es muy potente. Tengo que confesar que me toca entrevistar a grandes señores y una cosa es una entrevista y otra una conversación, un encuentro…

–Una cosa es el que tiene que hacer un personaje, representar un papel para atender un interés, y otra la conversación desnuda de dos seres humanos que se acaban olvidando de que hay una cámara…

–Una de las cosas que me impresiona mucho de tu trabajo, es esa invitación a ser traducido en muchas lenguas, eso habla muy bien de una obra, de un mensaje. ¿Cuál ha sido esa experiencia?

–La verdad es que genera mucha impresión. Personalmente, jamás he perdido la capacidad de emocionarme, de conmoverme ni de sentir estupor. A principio de la entrevista he percibido una emoción en ti y me he emocionado yo. Y eso no lo he perdido. No tiene ningún mérito porque es como “me gusta el dulce de leche y siempre me gustó”. Me gusta, no dejo de sorprenderme cuando veo los comentarios, me conmueven y cuando los leo, me digo: “Qué bonitas estas personas que están escribiendo esto”. Una de las cosas que más me sorprendió cuando fui a Japón, es que La buena suerte fue el libro del año, el que más vendió en menos tiempo de toda la historia de la literatura publicada en Japón, incluso ganó a Harry Potter y me decían que era un libro que reflejaba totalmente la esencia del Zen. En Estados Unidos me dijeron que era un libro que reflejaba muy bien la ética protestante. Ha habido personas que me han dicho “es un libro sobre la fe”. Otras personas, que es un libro de empresa totalmente práctico. Es decir, el estímulo es lo que es, y cada cual pone. Como decía Baltazar Gracián, quien critica se confiesa.

«Todos en algún momento de nuestra vida hemos tenido sufrimientos muy desafortunados, enfermedades graves, muertes de seres amados. Todos hemos tenido momentos de mala suerte generada por circunstancias que no controlamos. Frente a eso, está la pregunta: ¿qué puedo hacer, por pequeño que sea, para que la vida sea más bella aquí y ahora?».

–Como un I Ching…

–Totalmente. Eso es muy bonito porque te das cuenta de que hay mensajes que son universales y que se filtran a través del crisol de la experiencia subjetiva de quien lo recibe. Y luego, lo que más me impresiona y me conmueve, es encontrar en lectoras y lectores de los libros que he escrito, o alumnos de mi escuela digital, o gente que ve mis contenidos, el encuentro que se produce en un instante, la sensación de que las almas se abrazan. Que hay un abrazo íntimo, profundo, porque hay un encuentro en una desnudez espiritual. Esa experiencia es constante y genera un arrobo indescriptible.

–Cuando yo era pequeña el mandato era no hables con extraños. Y ahora, de pronto estamos hablando entre extraños. No nos conocíamos en directo y hay una familiaridad que no tengo con personas con las que he transitado años de mi vida. Una experiencia que han favorecido las redes sociales, tan denostadas en otras cuestiones, pero que en esta nos han permitido pasar la mayor parte del día hablando con extraños y está muy bien… ¿Qué te pasa con esa conversación expandida que hoy tenemos?

–Yo creo que es maravillosa. Al final, las herramientas son las que son: con un destornillador puedes hacer mucho trabajo útil o puedes pinchar y dañar a alguien, pero es un destornillador. Igual que con una cerilla: puedes incendiar una casa y provocar una catástrofe, o encender un hogar y dar calor a tus amores y cocinar algo sabroso, aunque sea un pan tostado (por cierto, qué rico). Las redes sociales son tecnología, y la tecnología es un canal. Ese canal se puede utilizar para la perversión, o para la realización. Para la separación, o para la comunión. Para el insulto, o para la caricia. Y por lo tanto, si tú lo utilizas adecuadamente, puedes propiciar encuentros de altísimo valor subjetivo. En ese sentido, creo que son una herramienta muy útil que hay que saber utilizar, porque son complejas, porque tienen muchas dimensiones, cada vez más, pero en ese sentido yo me siento muy agradecido a la tecnología porque, por ejemplo durante la pandemia, me ha permitido desde ver a mi mamá cara a cara y acompañarla, hasta tener un encuentro como este que estamos teniendo.

–Estoy leyendo un comentario que te pregunta cómo podés estar en tantos lados, y creo que se responde…

–Claro, es la tecnología y es también aprender a organizarse. La vida son hábitos. Hay quien dice es mi destino a su inercia, y quien dice es mi destino a sus hábitos. Y yo creo que aprendemos a vivir, a organizarnos, a gestionar, y evidentemente, en la medida que te gestionas, puede generar mucho contenido de valor. A mí, todo aquello que me ha sido útil en mi vida, me encanta compartirlo con los demás. Me gusta mucho la expresión “abrir el regalo juntos”. ¿Qué más bonito que si te dan una caja de bombones abrirla y compartirlos? La tecnología permite eso: miren qué bueno lo que dijo Kübler-Ross, Herman Hesse, quien sea. Mujeres y hombres que nos iluminan la existencia, o incluso compartir reflexiones desde la subjetividad para propiciar un debate desde el acuerdo o el desacuerdo, pero que nos obligue a reflexionar y nos invite a abrir los ojos y el corazón, como decíamos antes.

–Esta sincronía, esta aceleración de los tiempos. ¿Hacia dónde vamos y qué lecturas, o qué compañía recomendarías para este viaje que nos viene en los próximos tiempos?

–Hay tantas recomendaciones… En mi página web tengo varios blogs y recomiendo autoras y autores clásicos, contemporáneos. Hipatia, Ken Wilber, hay cientos de autores para aquellos que quieran leer. Entren y allí los encontrarán, porque ese es el propósito: divulgar. Y en cuanto al futuro, mi mirada es optimista, a pesar de que se trata de un optimismo realista: pies en el suelo y cabeza en las estrellas. El lenguaje de la realidad es la acción y nos toca trabajar para crear las circunstancias de una transformación individual y colectiva. Pero también hay un papel que está por encima de nuestra propia decisión, que es algo de naturaleza espiritual que está naciendo, al igual que han nacido niñas y niños que vendrán con una conciencia más elevada, más ecológica, más solidaria, más coherente, más íntegra, y que hoy no podemos concebir la manera en la que van a crear un mundo mejor. Pero estoy convencido de que eso se va a producir, porque históricamente siempre ha sido así. Hace unos años nacieron las chicas y los chicos que crearon las plataformas que nos permiten hablar ahora, por citar algo prosaico. Yo tengo tres hijos, la mayor tiene 24, el segundo 22, la pequeña 16, tanto ellos como sus amigos tienen unas inquietudes, unos comportamientos mucho más coherentes en el consumo, en la sobriedad, en la manera de entender la vida, en la vocación. Y siempre habrá esa tensión dialéctica, ese ying-yang, esos opuestos aparentes. Pienso que crisis, crisálida, crisol, Cristo… que toda crisis es una herida por donde entra la luz, pero también por donde sale tu luz.

Podés leer más sobre Álex Rovira en www.alexrovira.com

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