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Viajar sin prisa para descubrir el mundo con los ojos abiertos

Entre mapas que nos empujan a tachar destinos como si fueran trofeos y agendas que no nos dan tregua, emerge una tendencia que invita a caminar, observar y habitar cada lugar como si fuera único.

POR Flavia Tomaello

Una estación de tren en el corazón de Kioto. Un café humeante en una calle tranquila de Lisboa. Una conversación con una anciana en un mercado de Estambul. Imágenes sencillas, sin pose, ajenas a las postales convencionales, que florecen cuando se elige ir más despacio. Y mientras el mundo gira cada vez más rápido, hay una corriente silenciosa que le hace frente con una consigna tan sencilla como revolucionaria: parar reconectar con nosotros mismos, con los otros y con el mundo que nos rodea.

«El slow travel es una síntesis sobre el valor de detenerse –explica Paul Salopek, periodista estadounidense ganador del Premio Pulitzer que se ha dedicado a emprender a pie el recorrido de las antiguas rutas migratorias de la humanidad, desde Etiopía, África, hasta el extremo sur de Sudamérica–. No es una moda pasajera ni una reacción contra el turismo masivo. Se trata, más bien, de una manera de habitar los viajes como se habita una casa: con tiempo, con intimidad, con deseo de conocer y no solo de mirar». 

La intención de viajar a otro ritmo surge del anhelo de tener una experiencia que se quede, que transforme, que no pase como una ráfaga de fotos en el carrete del celular.

La filosofía oriental ya lo sugería siglos atrás. En el Tao Te Ching, Lao Tsé afirmaba: “La naturaleza no se apresura, y aun así todo se realiza”. En el budismo zen el acto de caminar se convierte en meditación: cada paso es un ancla al presente, una oportunidad para habitar el ahora. El turismo lento se alinea con esta mirada: una práctica de atención plena que nos convierte en parte del paisaje, en lugar de espectadores acelerados que lo atraviesan sin detenerse.

En su último trabajo, Janet Dickinson y Les Lumsdown, dos investigadores del Reino Unido que se dedicaron a profundizar sobre el turismo sostenible y consciente, propusieron “un marco conceptual emergente que ofrece una alternativa a los viajes en avión y coche, donde las personas viajan a destinos más lentamente por tierra, se quedan más tiempo y se trasladan menos veces al año». 

Monisha Rajesh, autora de tres crónicas sobre travesías en tren, sostiene que «cuando reducimos la velocidad, también le damos al alma, y no solo al cuerpo, la posibilidad de absorber lo vivido. Ir despacio es permitirle al cerebro el lujo del asombro y el tiempo necesario para convertir cada experiencia en una memoria con raíz”.

Hacia un turismo más consciente

La verdadera belleza de estas experiencias reside en la posibilidad de explorar cada rincón sin prisa, «protegiendo la naturaleza y logrando una conexión más profunda y auténtica con la esencia de cada lugar”, expresó Nicolás Posse, Country Manager de Civitatis Argentina y Development Manager de Uruguay y Chile. 

Según explica, la tendencia de turismo consciente registra un importante crecimiento. Entre las experiencias que han registrado un mayor aumento de reservas dentro de tipo de propuestas, aparecen el senderismo en el Glaciar Perito Moreno, un tour en bicicleta por las Cataratas del Iguazú que incluye una actividad de yoga y un trekking de tres días en el Cerro Plomo, ubicado en la región metropolitana de Santiago de Chile.

Esta tendencia también es impulsada por las nuevas generaciones. La Generación Z (que incluye a los nacidos entre 1997 y 2012), se caracteriza por una fuerte inclinación hacia el turismo slow, priorizando experiencias significativas. En una investigación reciente, la plataforma Booking.com reveló que el 60% de los encuestados elige viajar a lugares en los que nunca antes había estado, motivado por la exploración. Además, los encuestados destacan la búsqueda de autodescubrimiento (25%), la conexión con la naturaleza (32%), y el bienestar y la relajación (25%) como factores clave a la hora de viajar. 

El sondeo también mostró que cada vez más jóvenes optan por experiencias que promuevan el silencio y un enfoque más consciente y responsable del viaje. “La Generación Z no sólo quiere ver el mundo, sino también sentirlo, experimentarlo. Buscan viajes que los conecten consigo mismos y con la naturaleza. El turismo slow refleja esa nueva forma de explorar cada destino que se visita”, destacó Jimena Gutiérrez, gerente general de Booking.com para Argentina, Uruguay y Paraguay. 

Menos lugares, más vivencias

¿Por qué elegir un viaje lento? Porque en la era del checklist turístico y las “10 cosas que no podés perderte”, ir a contramano es un acto de salud mental y bienestar emocional. Es que el itinerario comprimido y la ansiedad por aprovechar el tiempo al máximo nos dejan muchas veces con la sensación de no haber estado realmente en ninguna parte.

Viajar despacio es quedarse un poco más. Es volver a una esquina porque esa flor nos llamó la atención. Es permitir que un tren nos lleve a través de los campos mientras leemos un libro sin señal de Internet. Es pasar de ser turistas a ser huéspedes del mundo, con todo lo que eso implica: aprender algunas palabras del idioma local, conocer el nombre del panadero, descubrir el ritmo de vida de un barrio. Es perderse alguna excursión “obligatoria”, para quedarse en un café y sentirse parte de esa escena por un rato. 

Un estudio reciente de la cadena Hilton muestra que el 74% de los viajeros busca recomendaciones de los locales, y el 73% valora las experiencias auténticas de otros cuando viaja con niños. Estos números dicen algo profundo: queremos pertenecer al destino elegido, aunque sea por unos días. Y esa pertenencia solo se alcanza cuando dejamos de correr.

El turismo lento también permite una relación más amable con el medioambiente. Menos vuelos, más trenes. Menos traslados, más bicicletas y caminatas. Cada elección se transforma en una declaración de principios: no solo queremos ver el mundo, también queremos cuidarlo.

Aprender a parar

La cultura oriental entiende el viaje como un proceso, no como una meta. En Japón, el concepto de ichi-go ichi-e nos recuerda que cada encuentro es único, irrepetible. En China, el wu wei nos sugiere actuar sin forzar, dejando que la experiencia se despliegue sola. Estas ideas nos invitan a un tipo de viaje donde lo más importante no es lo que se ve, sino cómo se lo mira.

Viajar lento no requiere una billetera abultada ni meses sabáticos. A veces basta con un cambio de mirada. Con elegir una ciudad y no moverse de allí por una semana. Con dejar que la curiosidad sea la brújula y aceptar que el mayor souvenir es una charla inesperada, una comida compartida o un atardecer que se dejó ver porque no estábamos controlando la hora.

Desconectarse también es parte de este viaje. Muchos practicantes del slow travel optan por la desintoxicación digital. Al apagar el celular, se enciende el mundo real. Volvemos a escuchar el canto de los pájaros, a mirar los colores de la vegetación, a sentir cómo se despliega nuestro cuerpo en el espacio. En un mundo saturado de estímulos, ese silencio vale oro.

Destinos para quedarse (de verdad)

Hay recorridos que se ofrecen naturalmente al viaje lento. Sitios que no se prestan al apuro, que despliegan su belleza solo para quienes se animan a bajar el ritmo.

Cerdeña, Italia, es uno de ellos. En lugar de las rutas turísticas saturadas, la isla propone pueblos que parecen detenidos en el tiempo, donde la vida se mide en cucharadas de gelato y charlas en plazas sombreadas. En los últimos años, ha habido un notable aumento de visitantes que eligen estancias prolongadas, especialmente fuera de temporada.

Bodrum, Turquía, con su mezcla de historia otomana, playas mediterráneas y mercados perfumados, es otra joya del slow travel. Cada vez más viajeros la eligen en los meses “menos populares”, extendiendo su verano personal más allá de los calendarios oficiales.

También están los destinos que escapan al radar, donde el turismo no ha instalado aún su maquinaria. Ciudades pequeñas del norte de España, pueblos franceses escondidos entre viñedos, aldeas japonesas que conservan tradiciones milenarias. Lugares donde es posible, como proponía el escritor estadounidense Henry David Thoreau, “vivir deliberadamente”.

Y no hace falta cruzar océanos. En América Latina hay rincones que esperan sin apuro: Valparaíso, con su poesía en los muros; Villa de Leyva, en Colombia, con su cielo infinito; Tilcara, en Argentina, donde el tiempo se mide en sonidos de quena y pasos de llama.

A esta cartografía de la calma se suman joyas que brillan por su pausa: Paraty, en Brasil, abraza al viajero con calles adoquinadas, casonas coloniales y un mar calmo que se recuesta contra la selva. Entre cafés literarios, paseos en barco y atardeceres dorados, esta ciudad invita a sumergirse en un tiempo más lento, más humano.

La Isla de Ometepe, en Nicaragua, es una geografía formada por dos volcanes en medio del Lago Cocibolca. Allí, las jornadas se deslizan entre caminatas, baños en aguas termales y charlas con locales que aún viven con los ritmos de la tierra. No hay semáforos ni cadenas hoteleras, solo el pulso de la naturaleza marcando la agenda.

San Cristóbal de las Casas, en México, es un refugio de culturas vivas, tejidos que cuentan historias y una gastronomía que se saborea sin prisa. Sus mercados, sus callejones de piedra y sus rituales mayas conviven con cafés de comercio justo y librerías donde el tiempo parece haberse detenido.

Más allá de América Latina, el mapa del turismo lento se extiende con destinos que, por su naturaleza o su cultura, parecen diseñados para quien decide vivir más que recorrer.

Luang Prabang, en Laos, es uno de ellos. Entre templos dorados, monjes que caminan en silencio y mercados nocturnos que no corren, esta ciudad Patrimonio de la Humanidad propone una experiencia donde la espiritualidad y la vida cotidiana conviven sin estridencias. Cada amanecer trae consigo la ceremonia de las ofrendas, y cada tarde huele a jazmín y sopa caliente.

Lofoten, en Noruega, regala un paisaje que corta el aliento, no por su imponencia, sino por su quietud. Estas islas del Ártico, con sus pueblos de pescadores, cabañas rojas y cielos que parecen pintados, son un refugio perfecto para los que buscan perder la noción del tiempo. Allí, el ritmo lo marcan las mareas y la luz del sol, que en verano nunca se apaga.

Ubud, en Bali, es una mezcla armoniosa entre arte, naturaleza y contemplación. Con arrozales que parecen espejos del cielo, retiros de yoga, talleres de batik y rituales hindúes que se celebran sin horarios fijos, esta aldea balinesa ha sido durante años el epicentro del viaje introspectivo. Quienes llegan allí con prisa suelen aquietarse y extender su estadía más de lo previsto.

Puede ser también Venecia. Porque si uno se suma al ritmo de los locales, come cicchetti (las tapas venecianas), se pierde en los canales sin buscar un destino final, pide una pizza en El Angelo, justo al lado de la óptica Carraro, la preferida de Fernando Savater, o elige ver la gente pasar en el bar del Guggenheim, se puede crear un viaje lento en una ciudad donde todo es vorágine. 

Volver, pero ya no ser los mismos

Al volver de un viaje de este tipo, no traemos una lista de lugares conquistados, sino un puñado de recuerdos que, de un modo u otro, nos modificaron. Se trata de un regreso distinto: no retornamos agotados, sino nutridos. Tal vez no podamos hacer un racconto larguísimo, pero tendremos historias entrañables. Viajar lento no es para todos los momentos ni para todas las personas. Pero si alguna vez lo probamos, difícilmente volvamos a elegir viajar como antes. 

Porque cuando la prisa se apaga, todo se vuelve más nítido: el aroma del pan recién horneado, la voz de una señora que vende flores, la sonrisa de un niño que juega descalzo. El mundo, de pronto, deja de ser una meta para convertirse en un hogar temporario y nosotros en caminantes atentos, que saben que la belleza aparece cuando se le da tiempo.“Camina lentamente –decía Buda– que vas caminando sobre la tierra sagrada”. Viajar lento es honrar ese suelo, y a cada paso, descubrir que lo sagrado está en lo simple. Y así, el itinerario deja de ser una carrera para convertirse en un ritual.

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