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Vivir bien

25 agosto, 2022

Viajar, errar, quizás soñar: retrato de una aventurera slow

Privilegiar calidad de tiempo y la apertura de los sentidos en viajes poco convencionales, esa fue la decisión de vida que tomó Francisca Bancalari. ¿Qué la llevó a viajar de manera slow por todo el mundo y guiar a otros en sus travesías? Te lo contamos en esta nota.


Francisca Bancalari, una viajera incansable y guía de almas curiosas, siempre sedienta de experiencias trascendentes.

Por Luz Martí. Fotos: Gentileza Francisca Bancalari.

No suelo conocer a gente a través de Instagram, pero el caso de Francisca Bancalari fue diferente. Desde el principio me gustaron sus fotos de lugares exóticos, los videos breves y un poco desprolijos de sus andanzas slow, donde el aire traía perfumes a especias, sensaciones de vientos en la cara, de tierra y de arena en rutas desconocidas.

Había algo llamativo en esa página atravesada por una poética que hablaba de experiencias inolvidables que pedían ser reveladas de esa manera. Que ofrecía sembrar en el alma aquello que podríamos guardar para siempre, enriqueciéndola.

Su estilo iba despertando mi curiosidad, así como su trabajo de guía turística para pequeños grupos y sus propuestas de lugares no tradicionales desde un conocimiento profundo del terreno y de su gente.

Su teléfono de contacto lleva prefijo de Argentina, pero ella vive un poco en cada ciudad del mundo y, cuando la entrevisté, estaba en Berlín.

En cualquier parte del mundo, Francisca aprovecha para hacerse una con el lugar y disfrutar del momento presente.

“Me cuesta presentarme como una guía, prefiero decir que soy alguien que comparte lo que conoce y lo que se ha dedicado a aprender con las personas con las que está viajando», me adelanta Francisca, de inmensos ojos oscuros, sonriendo con elegancia lenta.

“Mis ciudades y mis hogares van variando. Desde chiquita me siento un poco gitana. Que me desplace continuamente no significa que no genere raíces. Para mí la errancia es sumergirme en las complejidades del territorio y todo lo que allí encuentre; es tomar una auténtica decisión de búsqueda e intercambio constantes. Por eso, vivo la errancia como un proceso abierto, receptivo y activo de construcción de memorias, de saberes, de conocimientos y de resiliencia. Algo muy vital que me nutre y me completa».

–¿Queda algo en vos de esa chica sin temor a la soledad que, en su infancia, se perdía en el campo en Santa Fe y todos tenían que salir a buscar?

–Soy la misma chica que se escapaba por el campo a imaginar aventuras. No me fue fácil entender y reconciliarme con la idea de que mi raíz está justo en mi disponibilidad para el cambio. Cuando no trabajo, busco convertirme un fantasma errante, honrar la cultura del “flâneur” de Baudelaire, ser ese que “lejos del hogar aún se siente en casa en cualquier parte, contemplando el mundo y, aun así, logra pasar inadvertido”. Lo necesito para recuperar mi centro y volver a llenar el vacío enorme que me deja el final de cada experiencia viajera: estar en grupo muchos días, unidos en todo, compartir intensamente las horas, el cielo del desierto o un atardecer de magia en India y de un día para el otro decirnos adiós”.

Con una impronta muy personal, la influencer comparte sus experiencias a través de las redes sociales. Podés seguirla en @francisca_bancalari

Modo slow, o la necesidad de ir más lento

Fue con su madre que Francisca aprendió a viajar y a trabajar organizando travesías para terceros, para luego probar sus propias alas, descubriendo su forma y agregando los condimentos de su personalidad refinada y un poco enigmática.

Licenciada en Artes en Londres, lectora de textos de aventureros de todas las épocas, tomó de ellos la más simple y esencial de las prácticas para un viajero: caminar hasta que los pies duelan. Conocer caminando, mantenerse abierta a las incontables posibilidades que se nos ofrecen, en silencio, cuando uno camina, un poco sin rumbo, pero conectando con la energía de cada lugar y todo lo que esté presente.

Así propone a los viajeros compartir sus lugares preferidos, alejados de los circuitos habituales, para que se sumerjan en vivencias diferentes: los caminos del Alto Atlas, la conmovedora belleza del universo bereber, las iluminadas sonrisas de los tibetanos, un atardecer frente al Ganges en Varanasi, los contrastes entre las ciudades y los pueblos japoneses. Oportunidades únicas de asimilar lo desconocido a las expectativas de lo soñado, con permiso para tomarse el tiempo necesario, lejos de la urgencia del turista principiante.

–¿Cuáles son tus destinos más habituales?

–India, Nepal, Marruecos y Japón son mis preferidos, pero tengo una linda lista de lugares no tan turísticos para agregar, que voy encontrando por curiosidad, por olfato. Incorporarlos no es tarea fácil, es una gran inversión de tiempo, porque siento la enorme responsabilidad de conocerlos profundamente, de saber de ellos, de entender sus códigos y hasta su humor antes de compartirlos.
Cuando llego a un lugar siento una especie de sed insoportable por rastrillar cada centímetro, caminar cada calle, por perderme y perderme y perderme hasta que me ardan los pies. Ése es el compromiso con el territorio, y volverlo una vivencia de carne y hueso es la única manera de entender la identidad de una ciudad, de un pueblo. Luego voy tejiendo vínculos con ellos, hasta poder sentirme “en casa”. Mis lugares preferidos son aquellos donde siento que he vivido hace mil años, donde conozco gente entrañable, sitios a donde voy a aprender y a reconectar, o aquellos que activan mi fantasma, que, al final, es regresar a mí misma.

«Cuando llego a un lugar siento una especie de sed insoportable por rastrillar cada centímetro, caminar cada calle, por perderme y perderme y perderme hasta que me ardan los pies. Ése es el compromiso con el territorio, y volverlo una vivencia de carne y hueso es la única manera de entender la identidad de una ciudad, de un pueblo».

Ver la vida con otros ojos

Francisca me cuenta algunas de sus vivencias de viajera. Va demorándose en sensaciones e imágenes que la emocionan: el silencio de los arrozales, el naranja intenso de las dunas del Sahara, los templos dorados del Tibet, los bazares de Jaipur, la imponente Delhi. Como en sus fotos, en su relato se mezclan planos abiertos y panorámicos con detalles mínimos que son huellas repletas de vida, muchedumbres y espacios casi vacíos, refinamiento y sencillez.  

–Contaste algo gracioso que dijo una amiga tuya acerca de un libro de crónicas de viajes: “Al final leer libros de viajes es leer sobre gente que está incómoda”. Me imagino que, cuánto más exótico el destino, mayores posibilidades de que eso se cumpla y, a la vez, se compense con beneficios extraordinarios e impensados.

–Y, sí. Viajar implica una operación sobre el alma del viajero, sobre su conducta, sobre sus pensamientos. Pero es una operación muy sencilla: una apertura que inmediatamente habilita nuestras multiplicidades, porque en un viaje entramos en una dinámica de relación con lo distinto. De pronto, nos descubrimos más fluidos, transformables, múltiples; nuestra identidad se vuelve identificación, lo contrario de lo sedentario y lo inmóvil. Percibir todo ese cambio puede resultar incómodo para procesar. El arco espacial, temporal y humano que propone un viaje es puro potencial para transformar nuestra percepción del mundo, nuestra forma de estar en él, de pensarnos en él, de ser nosotros mismos, de pensar al otro. Son oportunidades para deconstruir la propia imagen, para desnaturalizarse y crecer”.

–¿Cada viaje es un poco un viaje interior?

–Generalmente lo es. Y si no se revela en mí, lo consigo a través de las personas con quienes estoy viajando. Cuando estoy trabajando pienso constantemente en la gente a la que acompaño, veo a través de lo que ellos ven y, atrás, aparece mi propio viaje interior. Cuando estoy sola, la aproximación es totalmente diferente: soy ciento por ciento receptiva a lo que ofrece el lugar. Sólo tengo que ponerme a caminar con una buena actitud de apertura, olfato y sensibilidad y el mundo comenzará a desdoblarse.  

Mirada profunda, ojos que miran siempre más allá. Su inspiración está en dejarse atravesar por cada experiencia.

–¿Cómo se suman tus compañeros de viaje? (ahora, a mí también me cuesta llamarlos “turistas”)

–La mayoría de los viajes que organizo hoy en día -más allá del destino- no son viajes que entusiasmen a todo el mundo, son viajes diferentes y eso ya es un gran filtro. La gente que se acerca es gente que verdaderamente comparte una curiosidad o, a quién le interesa saber de qué se trata lo que propongo sobre determinado territorio y generalmente lo hacen recomendados por otros que ya lo experimentaron.
Para estos recorridos, es clave que los grupos sean pequeños. Mi propuesta tiene que ver con el buen uso de nuestro tiempo de viaje: no querer batir récords de ver diez ciudades en cinco días. La idea es viajar lento, movernos como viajeros independientes, pero con un muy buen nivel de organización y contención, dejando siempre lugar a la apertura ante un imprevisto o un cambio de planes, porque de eso se trata viajar.
Mi tarea es preparar el terreno para que cada uno descubra lo que fue a descubrir y propiciar un terreno fértil para que se den las condiciones. El resto dependerá de ellos.

«Viajar implica una operación sobre el alma del viajero, sobre su conducta, sobre sus pensamientos. Pero es una operación muy sencilla: una apertura que inmediatamente habilita nuestras multiplicidades, porque en un viaje entramos en una dinámica de relación con lo distinto».

–¿Entienden tus viajeros esa postura?

–Entienden y repiten destinos y travesías conmigo y eso es super gratificante. Viene gente de Sudamérica, de México, de España, residentes argentinos en Europa, de muchos lugares. Mi tarea es orientarlos y dejarlos ver a través de sus propios ojos. Inclusive animarlos a detenerse en lo ya conocido con una mirada nueva, algo que puede ser inmensamente revelador, pero siempre sin imponerles mis propias visiones de cada cosa. Me costó aprender eso, aunque fue una lección maravillosa: la de la humildad de dar, de compartir lo mejor, lo más interesante –según mi criterio– dejando que cada uno capte, conecte y desconecte con lo que lo le resuene o lo conmueva en el momento que sea.

–En general, tus lugares elegidos son propensos a la espiritualidad y a la filosofía. ¿Hay algo de búsqueda espiritual en tus viajes?

–Mis viajes son esencialmente culturales, pero tengo presente una frase del maestro budista Atisha: “Respeta profundamente todas las tradiciones espirituales y sigue con determinación aquella que tú prefieras”. Cantar una canción, recitar un mantra o rezar un rosario, devienen en una práctica espiritual por igual, siempre y cuando la motivación con la que se lleve a cabo esa acción sea nutrir todo aquello –amor, compasión– «o aquello que queremos que trascienda esta vida de una manera altruista”, me dijo una vez un Lama.

Por mi parte, yo intento dedicar lo que hago –en esta vida– para desarrollar amor, compasión, generosidad, paciencia. Si logro algo de todo eso, habrá una resonancia dentro de mí y eso es una enorme fuente de alegría tanto dentro como fuera de mí. Mi propuesta es un acercamiento hacia la cultura de cada sitio a través de su contexto (arquitectónico, estético, histórico, espiritual y ritual), con intención de compartir los misterios de mis lugares favoritos para abrir las puertas a cosas que, por falta de tiempo, no son evidentes para muchos turistas. Después, cada uno incorporará esa vivencia como necesite. Puede ser enseguida, o meses después, y eso es parte de los regalos de un viaje.

–Tu Instagram y tu blog están poblados de imágenes bellísimas y delicadas. ¿Encontrás allí tu mejor forma de expresión?

–La mejor forma de expresión es, sin duda, el contacto humano. Me encanta la gente. Pongo toda mi energía en eso. Amo observar y pensar: «¿Qué puedo hacer por esta persona, hoy? ¿Qué necesita esta persona ahora? ¿Silencio, contención, un chiste, un vaso de agua, una mano en el hombro, distancia, más información?». Pienso en el otro el ciento por ciento de mi tiempo. Una vez alguien me dijo: “Frani, vos sos como un halcón que lo observa y lo siente todo». Será por eso que, cuando no estoy trabajando, elijo volver a ser… un fantasma.

Leé también: Animarse a emprender después de los 60

ETIQUETAS bienestar capacidad de asombro cultura espiritualidad viajes vivir el presente

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