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Solidaridad

27 mayo, 2016

Fe y alegría: veinte años cumpliendo un sueño

El próximo viernes 3 de junio se cumplen veinte años del día en que 42 niños del barrio Alberdi, en la ciudad de Resistencia, Chaco, comenzaron sala de 5. Para celebrarlo, charlamos con Nélida Meza, docente chaqueña de la primera escuela que ONG fundó en nuestro país. Una historia de fe, alegría... y mucho amor.


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El enorme sueño de ayudar

Fe y Alegría es una ONG Jesuita internacional, que alienta proyectos de transformación personal y comunitaria a través de la educación, para aquellas personas y familias que viven en la marginalidad. Nació en Venezuela en 1955 y hoy es la ONG educativa de mayor envergadura en Latinoamérica, con presencia en más de 21 países en América Latina, Europa y África. Sus programas educativos y de desarrollo personal y comunitario benefician a 1.5 millones de personas, sin incluir a los casi 50.000 educadores que se capacitan en diversos países.  En Argentina ofrece educación gratuita desde 1996 y cuenta con 6000 alumnos y más de 350 docentes en localidades con altos índices de pobreza y analfabetismo de las provincias de Salta, Jujuy, Chaco, Corrientes y Gran Buenos Aires. Más info: www.feyalegria.org.ar

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Por María Elizalde

Nélida tiene la sonrisa fácil. El carácter dulce y fuerte a la vez. Todavía persiste en su mirada algo de aquella veinteañera que se lanzó a la aventura de comenzar Fe y Alegría sin saber demasiado de qué se trataba. Hoy es directora de nivel inicial de la UEP Fe y Alegría Argentina N° 78 y sus primeros alumnos ya son papás y mamás que mandan a sus hijos al mismo jardín donde todo comenzó.

“Todavía estoy transitando este sueño, lo estoy caminando–comparte emocionada-.En aquel momento, al inicio, mi sueño era que mis alumnos y alumnas llegaran a la universidad, o que sacaran a sus familias de la precaria condición de vida en la que vivían. Al ver el crecimiento de lo que es Fe y Alegría hoy, me doy cuenta de que lo estoy cumpliendo. Hoy somos un movimiento reconocido en Argentina, muchos saben de nuestra labor en Salta, Jujuy, Chaco, Corrientes y Buenos Aires, sin hablar del resto del mundo. Hoy veo la escuela, la cantidad de alumnos y alumnas, el equipo de maestras… y no me cabe duda: alcancé mi sueño”.

Primeros pasos

Antes de vestir el guardapolvo de maestra, Neli intentó con la Medicina. “Mi sueño era la pediatría, quería trabajar con niños”. Pero la experiencia no fue lo que había imaginado. Estudió dos años y abandonó al final del segundo. “Una madrugada de diciembre decidí que la dejaba –recuerda-. Estaba muy cansada, no llegaba con los tiempos, me absorbía mucho y no lograba organizarme. Muy a pesar de mis padres, abandoné”.

Fue en la docencia donde encontró el lugar perfecto para volcar su anhelo de servicio. A fines de 1992 se recibió de maestra jardinera y comenzó a trabajar en el colegio María Auxiliadora, del cual era exalumna. Ahí se sentía cómoda, era un trabajo “seguro”.

Un día, la directora la llamó para contarle de un nuevo proyecto en la zona, para el que le habían pedido recomendaciones de maestras jardineras. “Se trataba de la primera escuela de Fe y Alegría en Argentina; un Movimiento Internacional de Educación Popular y Promoción Social que pertenece a los Jesuitas. El plan de acción estaba explicado en dos hojitas”. La directora le advirtió: “Es un proyecto diferente; no va a ser un colegio como el nuestro”.

La propuesta era un gran desafío. Había que comenzar una escuela en una comunidad muy carenciada en las afueras de Resistencia, ciudad capital de la provincia de Chaco.

“Vos das para el perfil”, le dijo su directora. Y esas palabras resonaron en su cabeza. Con 27 años y mucho entusiasmo, su curiosidad la empujó a querer saber más y acudió a las entrevistas. “No tenía idea adónde estaba yendo” confiesa entre risas hoy. Ella tenía experiencia colaborando en los oratorios salesianos y en zonas de villas de emergencias, pero no sabía nada acerca de comenzar una escuela.

Se hicieron reuniones con otras postulantes, hasta que finalmente Neli quedó seleccionada para el puesto. “Era una responsabilidad muy grande. Quien más me apoyó fue mi padre”, cuenta.

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Entrando al barrio Alberdi

“Aprendimos mucho de esa época. ¡Se valoran tanto las cosas cuando no se tiene nada…!”.

Nélida Meza, primera maestra de Fe y Alegría.

El barrio Juan Bautista Alberdi era conocido como el más peligroso de la ciudad. Allí se preparaba el desembarco de la primera escuela de Fe y Alegría. Nélida había aceptado el puesto antes de conocer el barrio, y jamás olvidó esa primera recorrida, donde encontró una dura realidad. “Las viviendas eran de chapa y cartón. Era una zona de esteros, repleta de barro… No entrabas ni por casualidad. No existían servicios públicos. Si querías agua, había una sola canilla en una esquina y ya. Con padres y vecinos se armó una comisión y ellos nos fueron compartiendo su realidad cotidiana. Contaban cómo sus hijos eran discriminados en las escuelas estatales; muchos de ellos por la sola razón de no contar con un documento de identidad”.

El inicio fue difícil. “Comenzamos un mediodía, el 3 de junio de 1996, con 42 nenas y nenes en una sala de 5 años. Usábamos un espacio de la capilla Santa Rita. Cuando llovía, ¡caía más agua adentro que afuera! Todo era muy precario. Llegaba fin de año y los chicos tenían que pasar a un segundo grado o un tercer grado… pero no había aulas”. A medida que crecían, había que conseguir más y más salones donde educar. De a poco, Fe y Alegría empezó a comprar los terrenos de los vecinos y esas mismas casas se convirtieron en aulas. Fue un comienzo “a pulmón”. De a poco, todo se reciclaba. “Aprendimos mucho de esa época –recuerda Neli-. ¡Se valoran tanto las cosas cuando no se tiene nada…!”.

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Veinte años después

Hoy, por ese mismo barrio, el centro educativo se impone con un edificio para cada nivel: jardín, primaria y secundaria. Más de 600 alumnos y alumnas asisten cada día de manera gratuita. En el nivel inicial son más de 100 niños y niñas; dos salas de 4 y dos de 5. Hay un nivel primario completo, de primero a séptimo grado, también con dos divisiones. En nivel secundario, hasta quinto año. Muchos de los chicos de las primeras camadas siguen en el barrio, y hoy tienen 24 y 25 años. “El año pasado tuvimos una de las exalumnas de esa primera promoción que traía a sus hijos al jardín. Fue muy lindo. Ellos nos dicen que acá están seguros, que acá sí van a aprender, porque esta también fue su casa”.

Cuando Nélida, hoy con 47 años, se remonta al año 1996 y ve el camino recorrido comparte algunas lecciones aprendidas. “Todos los días hay algo nuevo: a veces feo, a veces lindo. Uno planifica para aprovechar bien la jornada, pero siempre surgen emergencias. No hay un día igual a otro. Somos un movimiento de educación popular; un desafío diario. No es algo rutinario donde uno ya sabe lo que va a pasar. Es un movimiento y se trabaja en eso que va sucediendo”.

Nélida reflexiona ante la pregunta de cómo pudo sostener este proyecto tanto tiempo.

“Siempre me manejé con el respeto al otro –explica-. Yo soy muy emprendedora, se me ocurre algo y hasta que no lo concreto no paro. Tengo ideas que comento con las maestras y soy de meterles pilas. Y cuando me caigo, puedo enterrarme un tiempo en el fango, pero luego me levanto. Tengo momentos de análisis y reflexión, y otros en los que voy para adelante con todo. Con los años aprendí a no atropellarme, a frenar a tiempo y a pedir ayuda cuando es necesaria”.

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Un equipo de docentes y familias

Cuando Nélida habla acerca de las maestras de la escuela, se le nota el orgullo. “Me costó mucho armar el equipo de trabajo con las docentes. Fueron muchos años de trabajar la escucha, el respeto por el otro y dar lugar a cada uno, a cada una. Cuando las chicas se engancharon con eso, la tarea se alivianó”.

Las maestras son las líderes en la sala, y la comunidad las percibe como un equipo bien armado. Cuando surgen los problemas en el aula, enseguida están todas al tanto; buscando consenso entre los docentes y la comunidad.

“Se trabaja alumno por alumno, alumna por alumna. Los conocemos como en una radiografía. Cada uno es una personita única y especial”.

Para Neli, la docencia se trabaja desde el servicio y desde lo humano. “Un actor clave en la dinámica educativa es la familia. Esta comunidad de padres y madres, esta comunidad barrial ¡me ha enseñado tanto! –cuenta orgullosa y emocionada-. La escasez material puede permitir que aflore una humanidad sorprendente, una solidaridad ejemplar. Cuando a alguno de los chicos le falta algo, un par de zapatillas o un abrigo, enseguida aparecen manos para ayudar. Es tan emocionante…”.

Nélida tomó el trabajo porque sentía que la comunidad la necesitaba, pero nunca imaginó que ellos le enseñarían tanto. “Entre lo que ellos ofrecen y lo que ofrezco yo, construimos juntos. Hoy soy lo que soy, gracias a ellos”.

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Un enorme desafío

“Antes el drama era el chico que tenía hambre y su familia que salía a trabajar para ganar el pan día a día. Hoy, ese nene que va al jardín está en un ambiente de droga y violencia”.

Cuando piensa en el futuro, no imagina días tranquilos. “Tengo una idea en la cabeza que me da vueltas hace tiempo: las drogas en las familias. Antes el drama era el chico que tenía hambre y su familia que salía a trabajar para ganar el pan día a día. Hoy, ese nene que va al jardín está en un ambiente de droga y violencia. Tenemos que empezar a trabajar de otra manera con las familias, empezar a ver otros posibles caminos”.

Nélida se entusiasma con cada nueva camada que egresa del jardín, y con cada egreso de la secundaria. Los frutos del trabajo y del amor de tantos años la colman de alegría. Los recuerdos se agolpan y se superponen. “Cuando pienso en todo lo que pasó, no caigo. No lo puedo creer. No sé si alguna vez caeré en la cuenta; me parece algo hermoso, sublime. ¡Cuánta vida ha pasado y cuánta vida seguirá pasando por acá!’”.

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