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30 diciembre, 2009 | Por

Vaticinios y otras yerbas


Cuesta bancarse no saber qué pasará el año que viene, pero más cuesta creer que sabemos todo lo que va a ocurrir y subirnos al arca de la desesperanza.

Era de esos taxistas que tienen la “posta” de las cosas que pasan en el país; al menos, eso creía él. Me hablaba con cierta amargura, pero, a la vez, gozoso de tener el dato que le permitía saber todo sobre el futuro de la Argentina el año próximo. “Esto no va a dar para más el año que viene”, decía, mientras me explicaba una y mil razones del porqué de sus vaticinios. Pensaría que si el Apocalipsis criollo ya se nos viene encima, al menos nos queda el consuelo de tener esa “fija” que nos permita sentir algo de poder ante un destino tan inexorable.

Me bajé del taxi, casi dándome el pésame con el señor taxista, y subí a la casa de unos conocidos que me habían invitado a una reunión. Era un encuentro amistoso en el que había alguna gente dada a ciertas disciplinas no convencionales. Evidentemente, no era mi día de suerte en lo que a vaticinios se refiere, ya que, también apocalípticos, los “futuristas” allí presentes daban sólo un ratito más de vida a los humanos: para ellos el tema no sería en 2010, sino en 2012, profecías mayas de por medio, y abarcaría al mundo entero. La convicción con la que ofrecieron esos datos fue de tal magnitud que casi daban ganas de salir corriendo a buscar al taxista pesimista, cuyos pronósticos parecían amables fijas quinieleras en comparación con lo que nos vaticinaban los mayas. Por supuesto, como en todo cataclismo, hay siempre un Arca de Noé sobre la cual pretende subirse aquel perspicaz que tuvo el dato a tiempo y fue previsor, virtudes que los vaticinadores decían tener.

Digamos que esta costumbre de segmentar la realidad del tiempo en años y el hecho de que se acerque el final de este 2009 sirven para ubicar nuestras fantasías en el marco del calendario, proyectándolas hacia eso que llamamos “futuro”, pero que, en verdad, no es más que un imaginario sobre lo que vendrá. Todas las fantasías merecen el mayor de los respetos; a veces, inclusive, resultan generadoras de realidades cuando son germen de la acción, pero de allí a confundirlas con la realidad misma hay un trecho, más aún si son fantasías que originan ese miedo que aprieta el pecho y anula la inteligencia. Como escuché decir una vez, hasta el reloj roto acierta la hora, al menos, dos veces cada 24 horas. Y en eso se basan los miles de pronósticos que circulan en el momento del cambio de año. Alguna vez tendrán razón, pero…

Quizás el problema esté en la idea de futuro que tenemos. El futuro como producto acabado e inexorable se vive como deprimente porque mata el presente, que es como decir que mata la libertad y el sentir que somos razonablemente protagonistas de nuestra historia, y no meras marionetas de ella. Es como saber el final de una película, algo que inhibe todo entusiasmo y arruina las cosas.

No se qué pasará el año que viene. Cuesta bancarse no saber pero, creo, más cuesta creer que sabemos todo lo que va a ocurrir y subirnos al arca de la desesperanza, amargando nuestro espíritu o, por el contrario, dejándonos llevar por un optimismo banal, parecido a un barrilete librado a los vientos y sin hilo a tierra.

El horizonte habita en el presente. No es el futuro, es lo que vemos hoy al mirar hacia el frente, pero no es lo que ocurrirá, sino el lugar hacia el que podemos apuntar nuestros pasos. Si llegamos o no, ésa es otra historia. Los pasos los damos nosotros, esa posibilidad no nos la quita nadie. Querer caminar hacia algún lugar, hacia donde el deseo profundo nos indique, es nuestra misión. Sería imperdonable no caminar hacia nuestra meta porque algún vaticinio nos dijo que no vamos a poder llegar. En todo caso, caminemos hacia la forja de un 2010 como la gente, que eso nos dará todo menos desazón. Cuando hacemos eso, empezar el camino es ya haber llegado. Todo lo demás se dará por añadidura.

ETIQUETAS esperanza futuro profecías

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