Sophia - Despliega el Alma

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8 julio, 2008 | Por

Vampiros


“Los vampiros no existen” me habían dicho mil veces mis padres. Sin embargo, esa sombra que estaba allí, agazapada en un rincón de mi cuarto de infancia, tenía toda la pinta de ser, justamente, un vampiro, que esperaba a que yo por fin me durmiera para alimentarse de la no muy abundante hemoglobina que podía ofrecerle a mis pocos años de edad.

Yo sabía que mis padres tenían razón, pero también sabía que, en las películas, las víctimas del Conde Drácula también creían en la inexistencia de los vampiros, lo que no los salvaba de que el susodicho clavara sus afilados colmillos para alimentarse de torrentes de glóbulos de todo tipo y color.

Por fin maduré. Crecí y creí que el problema de la creencia en los vampiros había terminado a fuerza de años que se sucedían, estudios varios, experiencias de vida…. Pero no. Los vampiros, aunque con formas diferentes a las del antiguo Conde, existen, roban la energía anímica como antes robaban sangre y es bueno poder identificarlos para no caer en sus emboscadas.
A veces son personas. Otras, son aspectos de uno mismo que “roban” la “sangre” de logros ajenos o propios, con una voracidad asimilable a la  de un “agujero negro”.

Por ejemplo, todos hemos tenido la experiencia de entablar conversaciones con alguien y quedar agotados al final de la misma. En ese momento, inclusive en ocasiones en las que creíamos haber tenido una buena charla, nos damos cuenta que no hemos tenido ocasión de meter bocadillo, que esa persona no preguntó una sola vez por algo nuestro y, para colmo, se dedicó todo el tiempo a “chupar” nuestra atención relatando sus propias vicisitudes, tomándonos como mero “objeto escuchador”, sin ningún interés que no fuera el cautivar (o secuestrar) nuestra escucha, nuestra mirada, nuestra energía…

Hay aspectos del “vampirismo” que se perciben en otro tipo de conductas no tan obvias ya que el robo energético es más disimulado. Por ejemplo, el ligado a los juegos de ilusionismo emocional. Sabemos que los vampiros de los cuentos eran grandes hipnotizadores. Subyugaban con su mirada a los pobres que no despertaban a tiempo del hechizo. El vértigo de dicha mirada, como un abismo que convoca a un salto mortal, parecía ofrecer algo, pero, en realidad, robaba y quitaba fuerza vital, generando para ello falsas ilusiones de poder y brillo.

Esto se ve, por ejemplo, en los juegos de seducción entre hombres y mujeres que quieren “conquistarse” unos a otros para la propia reafirmación de la identidad más que para quererse, aunque sea, un
poco. En el barrio lo llaman “histeriqueo” que, en dosis bajas, es
algo pintoresco y hasta divertido, pero, cuando se transforma en modo de vida perpetuo, vacía a las personas hasta el infinito y los pone tristes a más no poder.

Otra manera del vampirismo es, en realidad, autoimpuesta. Cuando una persona se explota a sí misma, por ejemplo, trabajando en exceso, castigándose por no ser perfecta, imponiéndose ideales altísimos para luego “destrozarse” yendo en su procura, también está “vampireando” su propia energía vital en honor a causas de dudosa valía. Es como si una parte de sí tiránicamente impusiera un tributo cruel a otra. Ese tributo “desangra” ya que tiene la característica de nunca alcanzar para saciar la exigencia. La persona de esas características al principio parece llena de fuerzas, aunque luego, con el tiempo, se ve que es una energía que se le roba a la posibilidad de tener algo de paz y una vida emocional y vincular que se precie.

Para vérselas con estos vampiros que metaforizan la hemorragia emocional a la que a veces nos sometemos, es importante no poner en duda la propia percepción respecto de la vivencia de “vaciamiento” que generan, respetando la intuición propia. Es útil también, apostar a la sobriedad de los afectos genuinos,  y recordar que, en lo que al amor respecta (sea el que sea el tipo de amor) el vínculo energiza y es generoso, y no desenergiza y quita, como sí lo hace toda relación con lo vampírico.

Los vampiros huyen de la luz. Esa luz revela su falta de sustancia. De allí que el mejor antídoto ante los modernos vampiros sea iluminar el terreno para trazar sabios y firmes límites. Más que presentar batalla con dientes de ajo y crucifijos, ante los vampiros de hoy sirve mantener el propio camino, estar atentos a nuestras energías y tener a la luz del día como punto de referencia, para no caer en la noche de la melancolía, que es el terreno en el que ellos, los vampiros, conocen bien y al que nos quieren llevar para que les sirvamos de alimento.

ETIQUETAS energía vampirismo Vínculos

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