Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

9 febrero, 2021

Vacaciones para el alma

¿Por qué, cuando nos toca descansar, muchas veces sentimos culpa por "no hacer nada"? El modelo productivo de la sociedad global nos impide ver que el ocio nunca es tiempo perdido y que lo que necesitamos es, en verdad, producir un poco menos y contemplar (y sentir) bastante más.


Por Sergio Sinay

En tiempos prehistóricos, es decir antes de marzo de 2020, enero y febrero solían ser los meses más y mejor esperados. Época de vacaciones, corte en las rutinas del año, momento de vivir un par de semanas (quizás algo más, quizás algo menos) libres de obligaciones. Las raíces de la palabra vacaciones están en el verbo latino vacare, que significa estar libre o vacante, y en vacuus, palabra del mismo origen cuyo significado es “vacío”. Tiempo vacío, tramo del año en que nos vaciamos. Pero aquello era la prehistoria. A lo largo del último año la sensación de días vacíos, de temporadas de vacancia forzada, de quietud angustiante se hizo habitual en nuestras vidas. Para algunos más que para otros. Pero lo cierto es que, al menos en este 2021, las vacaciones dejaron de ser lo que eran, por más que hubiera quienes procuraran repetir las rutinas de cada temporada. En verdad, ni las vacaciones ni las prácticas laborales son hoy aquellas experiencias que teníamos naturalizadas, que repetíamos sin reflexionar sobre ellas. Y, justamente por eso, una mirada en perspectiva puede permitirnos regresar a ellas, en una supuesta “nueva normalidad” (vaya uno a saber lo que esto significa), con una concepción más amplia, de mayor riqueza existencial.

Quizás la aureola festiva y lúdica que siempre rodeó a las vacaciones haya puesto un velo sobre lo que se conoce como “enfermedad del ocio”, o “síndrome del Paraíso”. Quien la detectó y bautizó fue Ad Vingerhoets, psicólogo y profesor de la universidad de Tilburg, en Holanda. Le llamó la atención algo que le ocurría a él frecuentemente. Nunca se enfermaba, salvo en Semana Santa, fines de semana largos y vacaciones. Comprobó entonces que lo mismo le ocurría a la mayoría de las 2 mil personas a las que investigó. Observó cuáles eran las dolencias comunes (migrañas, fatiga, dolores musculares, síntomas de depresión, gripes, insomnio) y qué características de personalidad compartían. Eran perfeccionistas, obsesionadas con sus objetivos laborales y profesionales, incapaces de sacarse el trabajo de la cabeza aun en horas de descanso y propensas a ponerlo siempre como prioridad, por delante de vínculos, familia, pasatiempos o simple holganza.

Enfermos de ocio

Aunque la enfermedad del ocio no aparece aún como una dolencia “oficial” en el vademécum de la medicina, su padecimiento afecta a una masa crítica de personas en todo el mundo. Los médicos, psicólogos y psiquiatras lo saben y la suelen describir bajo otros nombres, como estrés o ansiedad. Podríamos pensar que quienes la sufren son personas con características especiales. Pero también es posible considerarlas como síntomas o emergentes que denuncian la anomalía de una cultura, de un modo de vida que se impuso en nuestras sociedades. La vida productiva, cuyo valor se mide antes por lo que hacemos (qué y cuánto) que por lo que somos.

Resultamos protagonistas y víctimas de un sistema en el cual el tiempo vacío se considera tiempo perdido. Ya en el siglo dieciocho, con el estallido de la Revolución Industrial, el científico y político Benjamín Franklin (1706-1790), uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos, sentenció que “Time is money” (El tiempo es dinero) y dejó establecido un modelo mental que estructuró el modelo de vida, de relaciones y de trabajo de sucesivas generaciones a lo largo del tiempo, hasta hoy, y a lo ancho del mundo. Bajo ese lema se vive para trabajar antes que trabajar para vivir. La capacidad productiva, medida sobre todo en términos económicos, determina el valor de las personas y, por deducción, el modo en que serán apreciadas. Producción, acumulación y rentabilidad son palabras sagradas en este dogma.

“Resultamos protagonistas y víctimas de un sistema en el cual el tiempo vacío se considera tiempo perdido (…) Bajo ese lema se vive para trabajar antes que trabajar para vivir. La capacidad productiva, medida sobre todo en términos económicos, determina el valor de las personas y, por deducción, el modo en que serán apreciadas. Producción, acumulación y rentabilidad son palabras sagradas en este dogma”.

Y así llegamos a lo que es una flagrante contradicción, que sin embargo se ve como algo deseable y encomiable. El ocio productivo. A veces, quizás para disimular, se lo llama ocio creativo, pero de una u otra forma es un concepto desvirtuado. Si es ocio no puede ser creativo ni productivo, debe ser solo ocio. Y si ese supuesto tiempo vacío es productivo o creativo no es ocio. Claro que, para aceptarlo así y vivirlo sin culpa, complejo de vagancia, sin sensación de inutilidad hay que transformar un modelo mental, una jaula cognitiva en la que estamos apresados, en la cual las vidas se consideran y valoran como productos o como ejercicios y herramientas de producción económica y no como experiencias existenciales trascendentes.

Ausencia de contemplación

De este modelo de vida nace el horror vacui (horror al vacío) que, ante la mera posibilidad de un lapso sin agenda, sin programación, sin “algo que hacer”, o ”algo que producir”, se apodera de millones de personas bajo la forma de ansiedad, angustia, impaciencia, intemperancia, tristeza, desasosiego, mal humor. En su reciente ensayo titulado La desaparición de los rituales, el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han señala que no hay tiempo para la contemplación, para simplemente estar y sentir, para vaciarse de lo externo y asomarse a la interioridad sin temor al vacío. Nos hemos entrenado para empacharnos de actividades, de información no discriminada, de relaciones superficiales (que son contactos, pero no vínculos) y se nos hizo rutinario trasladar esa manera de vivir a la manera de vacacionar. En aquella prehistoria solíamos regresar de nuestras vacaciones más cansados (o tan cansados) como antes de partir. Agotados de tanta actividad. Fatigados de tanto escaparle al vacío. Olvidando que incluso la música, la más bella melodía, está hecha de los silencios que existen entre nota y nota. Si en un pentagrama no existieran ni se respetaran esos silencios, las notas pegoteadas y amontonadas solo producirían un bullicio chirriante que nuestros oídos no podrían soportar.

“Nos hemos entrenado para empacharnos de actividades, de información no discriminada, de relaciones superficiales (que son contactos, pero no vínculos) y se nos hizo rutinario trasladar esa manera de vivir a la manera de vacacionar”.

El psicoterapeuta y ensayista estadounidense Thomas Moore (cuya saga de libros sobre el cuidado del alma es altamente recomendable) recuerda, citando al historiador rumano Ion Culianu, que el estado de vacatio, cuando se lo vive así, es un momento de adaptación y reencuentro entre el cuerpo y el alma que finalmente le permite a esta última “ocuparse mejor de sus propios asuntos”. También Moore advierte sobre la imperiosidad productiva de un modelo social y cultural en el que apenas se toleran los descansos y el ocio (que viene del latín otium, tiempo libre de actividades), y en el cual el descanso es reducido al lapso de unos pocos días. Hay una forma de vacuidad necesaria y olvidada, dice Moore, y es aquella en la que “simplemente te sientas y te vacías de todo”. O, agrega, “te permites una experiencia genuinamente mística como contemplar el cielo por la noche”.

Desde aquel marzo de 2020 en adelante, por diferentes razones (deseadas o no, forzadas e imprevistas), los lapsos de inactividad nos rondaron. Pudieron ser momentos de redescubrimiento del valor de la quietud y de eso que los chinos llaman wu-wei (vacío fértil), un vacío que no se intenta llenar con nada. O pudieron ser períodos de ansiedad, inquietud y desesperación por volver cuanto antes a la anestesia de la rutina. De cada una de esas posibilidades nacerá una diferente actitud ante el porvenir.

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