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27 enero, 2011 | Por

Vacaciones, nada más, nada menos


Llegó el verano, el tiempo de las vacaciones que, se supone,  nos permiten descansar.

“Con la cabeza quemada”, “destruidos”, “hartos”, “gastados”, “agotados”. Seguro son ésas, u otras muchas, las palabras que dan cuenta del estado psicofísico de quienes van a suspender por unos días la labor del año.

        Pasadas las Fiestas, todo apunta a salir del circuito del trabajo para entrar en el otro, el del vacacionar como se debe, como se quiere o… como se puede.

Es habitual hablar del cansancio, pero no existe “un” solo tipo de cansancio, que todos sentimos de igual manera, sino que es probable que haya tantos cansancios como cansados hay en este mundo.

Hay cansancios por lo mucho que se hizo, y otros por lo poco que se hizo. Cansancios por haber trabajado demasiado o, también, por haber disfrutado lo suficiente de la vida durante el año.

Existen cansancios que piden “hacer nada” y otros “hacer distinto”; de allí que algunos se tiren a tomar sol como lagartos y otros escalen el Aconcagua en los días de vacaciones.

Muchas veces el cansancio no es motivado por la falta de energía, sino por la sobreabundancia de ella. Nuestra forma de organizar la vida tiende a comprimir nuestra energía vital en automatismos y conductas rígidas. Por eso, nos cansa acumular y cargar esa energía que no circula, que pesa en el alma y el cuerpo, y que pide caminos para desarrollarse con alguna intensidad diferente a la que se tiene durante el año “productivo”.

Al no saber descifrar la índole del propio cansancio, no se encuentra el descanso adecuado. Y las pobres vacaciones tienen que llevar sobre sí el peso de una exigencia descomunal, porque se concibe que ellas serán capaces de cambiarlo todo, pero no, no es así. Es demasiado pedirles eso y, más, cuando hay un mal diagnóstico acerca del propio estado.

El diseño de las vacaciones merece hacerse de acuerdo con el cansancio de cada uno. Si, por ejemplo, el cansancio es por tener una agenda pesada, no tiene sentido ir de vacaciones para “cumplir” con el “manual del vacacionador” que exige actividades rígidamente pautadas, un determinado estilo de vida social, la obligación de divertirse (como si fuera un deber de la oficina) y estar en las playas más de moda para cumplir con el ritual social de mirar y ser mirado (para lo que hay que estar bien “lookeado”), entre otras exigencias estandarizadas.

La obvia propuesta es actuar a conciencia y no de manera automática a la hora de acomodarse para el descanso. Con esa conciencia, el lugar elegido será importante, pero mucho más lo será el espíritu con el que se encaren las vacaciones para, realmente, descansar y no simplemente para salir de la ciudad y seguir haciendo lo mismo de siempre, pero en otro formato o en un paisaje diferente.

Durmiendo la siesta bajo un árbol o haciendo asados con amigos; surfeando olas bravas; mirando una puesta del sol en clave mística; con mate, bizcochitos y pelopincho en el patio de la casa; o en una fiesta exclusiva en balneario ídem… que el descanso llegue respetando nuestro espíritu, y que nos ayude a vivir mejor, sin traicionar lo que somos y lo que sentimos.

ETIQUETAS tiempo libre vacaciones

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