Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

26 agosto, 2022

Unas palabras de aliento para ayudarte a cruzar

Cuando el miedo te paralice frente a lo incierto y no te permita avanzar, será momento de recibir el aliento necesario para emprender el gran viaje de tu vida: la decisión de dar el primer paso…


Por María Eugenia Sidoti

Ahí está. ¿La ves? Esa es la distancia que te separa del otro lado. Es imposible determinar cuánto mide con exactitud y, de hecho, no hace falta saberlo. Porque, cuando el piso cede bajo nuestros pies, la vereda de enfrente, sin importar dónde esté, siempre nos queda demasiado lejos. 

Eso ocurre muchas veces: un día, en un abrir y cerrar de ojos, algo cambia y la vida deja de resultarnos familiar. Y entonces parece que todo se esmerila, que todo se vuelve ajeno. 

Algunos le dicen pérdida. Otros, rotura o grieta. Pero el nombre del acontecimiento tampoco es vital. Lo que sí nos hace sentido es la percepción de vacío que deja en nosotros quedarnos en soledad, desnudos, frente a aquello que preferiríamos no tener que atravesar. Así de frágiles nos encontramos cada vez que el único cruce que tenemos disponible es un puente colgante que se ha roto a la mitad. Sí, así de huérfanos. 

Es algo que sabemos desde niños: desde lejos, las sombras se vuelven mucho más altas. Y es sólo acercándonos a esas figuras oscuras, de apariencia tenebrosa, que recuperan la verdad de su forma y de su esencia. Tantos percheros y cortinas al viento que, al tomar por fin la decisión de encender la luz, ya no eran monstruos ni fantasmas. Tantos caminantes solitarios que, al pasar a nuestro lado bajo un farol en la calle desierta, dejaron de ser amenazas al acecho. 

Desde lejos, el miedo pesa tanto como el dolor o el olvido y se hace carne en nuestros pies, en nuestra espalda, como una carga demasiado pesada que nos impide disfrutar del camino que todavía nos queda por recorrer. Desde lejos muchas veces nos paramos en seco, vencidos, porque lo que nos separa del otro lado es una idea de pantano, de muro, de océano. ¿Cómo animarnos a la aventura, si sentimos que somos incapaces de avanzar? 

Vuelvo por un instante a los ocho años, al recuerdo de aquella primera vez que pude cruzar la calle sola. A la hora de la siesta, en mi barrio el clima de fiesta era secreto: nadie caminando, ningún auto. Sólo el sonido de las chicharras. “Prestá atención”, dijo de pronto mamá y yo contuve la respiración unos segundos, sintiendo los latidos del corazón en una percusión apresurada. Miré hacia ambas esquinas y, sin saber cómo, ya tenía un pie abajo de la vereda, luego el otro. Así fui andando, liviana como si tuviera alas, un poco saltando, hasta llegar al otro lado. Y desde enfrente saludé a mamá con las dos manos en alto en una clara señal de alegría. 

Cruzar siempre, hasta el último aliento

En muchos cruces de la vida no siempre tenemos la misma suerte y nos resulta imposible llegar a destino sanos y salvos. ¿Por qué? Podría ser que, desatentos, no alcanzamos a ver más allá. Y es entonces, justo ahí, cuando algo nos pasa por arriba y arrasa con todas nuestras certezas. Imposible salir ilesos de algunos impactos. La mayor parte de las veces intentamos llegar al otro lado como podemos y, en ocasiones, sintiéndonos perdidos o hundidos hasta el cuello, solo atinamos a dar manotazos que nos ahogan todavía más. ¿Dónde queda la otra orilla? ¿Por qué estamos, de repente, a la deriva en ese mar? Y es que con ojos tristes siempre se hace más difícil vislumbrar el mejor puerto… 

Por eso, cuando la distancia que me separa del otro lado se hace demasiado amplia, yo repito: “Un pie delante del otro”. Ese mantra funciona, al menos, para mí. Mamá ya no está, pero cada vez que me lanzo a conquistar alguna nueva vereda (en esas travesías que dan susto o que incluso pueden doler un poco), alcanzo a verla otra vez sonriente, bajo el sol, en la puerta de mi casa de la infancia. “Prestá atención”, me digo siempre, como me dijo ella, porque la distracción es un peligro latente que nos aleja de lo que es importante de veras. Y, cada día, ese gesto es como un rezo y a la vez un ejercicio de supervivencia. 

Quienes hayan tenido entre los dientes esa sensación metálica que suele quitar el aliento, me podrán comprender: cuando todo se desmorona a nuestro alrededor, solo nos queda la opción de tragar saliva para aprender a caminar de nuevo. De nada vale la prisa, la demolición ocurrirá igual, infinidad de veces, y seremos testigos privilegiados de cómo todo eso que creíamos edificado sobre los más fuertes cimientos, de pronto queda reducido a un puñado de ruinas esparcidas aquí y allá. Pero, en eso, jamás estamos solos. A nuestro lado, muchos nos tenderán su mano, mientras que otros mirarán, tan absortos como nosotros, sus propias pilas de escombros. Y todos, sin distinción, nos abrazaremos en un dolor que conocemos bien.

Es imposible que, en momentos como esos, las preguntas no nos asalten. ¿Cómo pueden ocurrir cosas así todo el tiempo? ¿Cómo volveremos a unir nuestros pedazos? Afortunadamente, hay una respuesta: si podemos cruzar la barrera que nos impide seguir andando, encontraremos una nueva manera de ver las cosas oculta en aquello que todavía no tiene ninguna forma, ningún valor. Y, como en la técnica japonesa del kintsugi, repararemos nuestras roturas con una fuerza tan luminosa como el oro.

Claro que la reconstrucción puede llevar tiempo y mucho esfuerzo. Sin embargo, nada de lo que hagamos será en vano. Luego de esculpir con sus manos las amorfas estructuras de piedra que dieron a luz a sus magníficas obras, un día Miguel Ángel reveló con humildad su gran secreto: “Yo solo cincelé el mármol, el David ya estaba ahí». Es que hay algo al otro lado que por fin veremos con asombro si confiamos, si prestamos atención. Y ya no importará jamás qué tan grande sea ni qué tan lejos quede el desierto que nos espera, alcanzará con reconocer las huellas. ¿Acaso no lo hemos cruzado ya infinidad de veces? 

ETIQUETAS emociones inspiración miedos viaje vida

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