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Unas líneas sobre el invierno: cartas para la fría estación que recién comienza

Nuestros lectores y lectoras siempre nos inspiran con sus textos, anécdotas y recuerdos. Esta es una recopilación de cartas que nos llegaron a partir de una consigna: ¿qué recuerdos guardás de los inviernos de tu niñez?

Es tiempo de replegarse, de buscar refugio al calor del hogar, de dejar la aventura de la vida puertas afuera para más adelante: ya habrá tiempo de salidas largas cuando llegue, otra vez, la primavera. Por eso, para muchos el invierno es la oportunidad de reconectar con el fuego que nos habita. Esrcibir, cocinar, leer, descansar, mirar una película, ordenar, redecorar la casa, son solo algunos ejemplos de toda esa vida interior que el invierno ofrece. Pero también soñar, reflexionar, hacer planes o volver a los recuerdos invernales de la infancia, para recuperar su magia, y atesorarlos siempre. Tardes en las que el frío no impedía explorar el mundo, porque al volver había sobre la mesa una merienda calentita.

El invierno tiene esas cosas: nos conecta con algo mágico y profundo. Para la naturaleza, es la época de la conservación de la energía. El momento de replegarse, de descansar, para luego regresar al mundo con más fuerza y vitalidad. Así nos lo enseñan los árboles que, ya desnudos, nutren sus raíces bajo la tierra. O los animales, que hibernan para no tener que vérselas con la escacez de alimento. O las flores, que aguardan sigilosas el momento de volver a explotar en colores y belleza.

Cierto es que se trata de una estación que, para quienes no gustan del frío intenso, puede resultar un tanto antipática. Pero gorros, guantes, bufandas y abrigos serán compañeros y aliados durante las caminatas bajo ese sol que ha quedado lejos. Ya volverán los días luminosos, el aire tibio y el verde intenso de la vida. Mientras tanto se puede ir más despacio, dormir la siesta, hornear algo que llene la casa de aroma a algo rico y casero. Porque si nos detenemos, el invierno también nos ofrece un sinfín de matices.

¿Cómo lo vivís vos? ¿Qué recuerdos guardás de las tardes de frío de la infancia? En nuestra newsletter de la semana pasada preguntamos qué les traían los días de invierno cuando eran chicos, y nos llegaron inspiradoras cartas que queremos compartir en esta nota. ¡Gracias a todos por escribirnos!

Las siestas

Las siestas de invierno en mi infancia eran muy frías, la casa de mis padres tenía una galería a la que daban todas las habitaciones. Eso sí, era clarita. Corríamos y jugábamos aunque tuviéramos manos, orejas y nariz congeladas.
En mi adolescencia, las siestas de invierno eran en la terraza al sol comiendo mandarinas y haciendo caricias a alguno de nuestros perros.

En mi juventud eran días de estudio para la universidad, pero con el libro en las manos y al sol. Si no estaban tan fríos, con la bikini y poniendo y sacando el gamulán cada vez que pasaba una nube. Si hacía mucho frío, con el mate y el pizarrón donde hacíamos los ejercicios de matemáticas.

Todos los recuerdos en la casa enorme de mis padres son felices, ellos lo eran.

Consuelo Ruiz

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La nona

El invierno me trae los imborrables recuerdos de la nona y mamá destejiendo y descosiendo las prendas del invierno anterior para adaptarlas a nuestras nuevas tallas. Tardes de buñuelos y churros caseros para la leche y el mate. Inventar nuevos juegos con las cosas que había en los placares, grandes tesoros escondidos en el fondo de nuestra imaginación. ¡¡¡Nuestra infancia tan querida!!!

Silvia Badaracco

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Las aventuras

Mar del Plata tiene un invierno largo, largo. Expuestos en la panza de Buenos Aires al viento del sudeste y a la impiadosa humedad del océano, el frío pronto nos obliga a abandonar las largas caminatas por la costa y los mates en la playa. Aunque no a todos… Estoicos (o muy locos) corredores siguen entrenando junto al mar y los surfistas, persiguiendo olas sin importarles nada de nada la temperatura.

Aquí yo tuve una infancia de bicicletas, escondidas, manchas y correrías con los amigos del barrio. La de los veranos. Pero la otra, la de los inviernos que yo recuerdo, fue la infancia de las tareas escolares, los juegos de mesa y, sobre todo, la de las lecturas. Una inmersión profunda y prolongada que duraba meses y me sumergía en toda clase de historias ocurridas en sitios remotos, mundos de fantasía, otros tiempos, personajes ya reales, ya inverosímiles, que hacían mi deleite y alimentaban la imaginación. “Voooyyy”, era mi respuesta cada vez que
mamá me llamaba por el motivo que fuera, pero nunca iba. Nada ni nadie lograba liberarme del cautiverio al que voluntariamente me sometía.

Cuando llegaban las temperaturas más amables y salíamos nuevamente a jugar, lo hacía llena de gozo —activa como era—, pero abandonaba mis libros con cierta melancolía. A Dios gracias, como hacen los buenos y fieles amigos, se quedaban aguardando mi regreso hasta el próximo invierno, para invitarme a correr con ellos nuevas y atrapantes aventuras.

Fabiana Marchelli

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La bolsa de agua caliente

Los días de invierno en mi infancia me traen lindos recuerdos. Uno de ellos, grabado en mi alma, era la bolsa de agua caliente que mamá nos preparaba a mis dos hermanas y a mí, como un ritual de cada noche, para mantenernos calentitos en la cama y así atravesar las bajas temperaturas.

Éramos muy chicos y el ritual de cada noche consistía en que mientras nos preparábamos para ir a dormir Mamá calentaba una olla de agua y luego la vertía en esas bolsas de caucho color rojo y la cerraba con un tapón que tenía. A continuación, la dejaba en nuestra cama para que cuando nos fuéramos a dormir nos sintiéramos bien cuidados y mimados.

El agua de mi bolsa estaba tan caliente que retenía durante la noche el calor. Sentía calor en mis pies que se extendía por todo el cuerpo y que duraba prácticamente hasta que me despertaba. Había cumplido su objetivo. Pero representaba algo más: sentía protección, amor, cuidado, calidez.

A mamá le costaba expresar “por afuera” el afecto en abrazos y caricias. Su historia era de una mujer que había venido muy jóven de Italia sola en un barco, de la guerra, que había sufrido la muerte de su madre siendo chica… entre otras dificultades que la habían moldeado en una forma aparentemente dura, pero frágil por dentro. Pero ella lo expresaba en la forma que podía… y una de ellas era el ritual de cada noche de invierno con su bolsa de agua caliente … ¡¡¡Gracias Mamá!!!

Duilio Bompadre

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El fuego interior

Invierno: te quiero mucho, poquito… nada.

Tengo recuerdos tibios de los meses de invierno en mi niñez.

Cocina de abuela con olor a leche con chocolate humeante. Sabor a tostadas con miel y torta frita empolvada en azúcar.

A leña de hogar, y chispas doradas iluminando los rostros queridos y luego extrañados.

Invierno que no quiero tu frío que encoge, tardes oscuras, noches eternas.

Época de arropar el alma, de entibiar las palabras para hablarnos bonito.

De buscar el calor que necesitamos todos en nuestro fuego interior… de encender con él la luz del camino.

Invierno que llega sin preguntar, quizás para hacernos sentir que los ciclos son perfectos, así nos gusten mucho, poquito o nada. ¡¡¡Feliz nuevo solsticio que recién acabas de nacer!!!

Mabel Castillo

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FRASE DEL DÍA

"La alquimia nos da la revelación resplandeciente de la divinidad de la vida en la reunión de cuerpo, alma y espíritu".

Anne Baring