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Solidaridad

25 octubre, 2019

Una tarde en Villa Itatí, el barrio que apuesta a crecer en comunidad

Dos mujeres decidieron unir voluntades para ayudar a uno de los barrios más postergados de nuestro país. Las acompañamos en una de sus recorridas para vivir en carne propia las ganas, la esperanza y el amor de quienes buscan salir adelante y, para lograrlo, confían en el enorme poder que tiene el trabajo en equipo.


Apenas pisan el barrio, que amaneció embarrado después de la lluvia, Nathalie Sielecki y Silvina Pueyrredón empiezan a devolver abrazos. Como lo vienen haciendo desde 2016, esta tarde de lunes visitan Itatí y recorren sus calles, hacen una parada en la Cooperativa de Cartoneros, saludan amigos. Ellas no integran ninguna ONG, ni organización vecinal, ni organismo público, pero trabajan con ellos para “devolver un poco de dignidad”, según sus propias palabras, a las personas de uno de los barrios más desfavorecidos del Conurbano Bonaerense.

Lo nuestro es una iniciativa filantrópica, fortalecemos el vínculo entre el Estado, los privados y las organizaciones de los distintos barrios vulnerables”, dice Silvina, que es licenciada en alimentos y conoció ese barrio del distrito de Quilmes invitada por Cecilia Lee, una religiosa que vive allí hace casi 20 años y conoce como nadie las necesidades de sus vecinos. Silvina invitó a Nathalie, una empresaria con quien era apenas conocida, y juntas concretaron la primera acción. Gestionaron la donación de remedios por parte de un laboratorio y desde que llegaron y vieron de cerca las condiciones de vida de los casi 15.200 habitantes de Itatí, nunca más pudieron dejar de verlas e intentar hacer algo para mejorarlas.

El Merendero de Romi, una obra que se prepara para recibir a unos 60 chicos Itatí.

Traducidas en cifras, esas condiciones dicen que, por ejemplo, el 63% de las viviendas no tiene cloacas, solo el 4,8% tiene acceso a la red pública de gas y el 30% comparte su cuadra con un basural. Eso arrojaron los datos relevados en noviembre de 2018 durante el Censo en Barrios Populares de la provincia de Buenos Aires, realizado por la Dirección Provincial de Estadística (DPE) a pedido del Organismo Provincial de Integración Social y Urbana (OPISU).

Cuando salí de ahí la primera vez, le dije a mis hijos y a mi marido en el chat que compartimos: ‘Este es un viaje de ida y yo no voy a parar hasta no devolverles un poquitito de lo que se merecen’. No me iba a quedar en que me dijeran gracias y me abrazaran por un camión de remedios”, cuenta Nathalie.

Ella y Silvina conocen gente, tienen conexiones y aprovechan eso para unir voluntades. Su iniciativa se llama Construyendo Argentina y, en la carpeta institucional, se describen como un grupo de “ciudadanos tendiendo caminos para una integración más justa”.

Ellas son un nexo, tejen redes. Así, por ejemplo, consiguieron que un canal de televisión infantil donara lo necesario para construir un merendero, que una reconocida firma gastronómica aportara una capacitación en panadería a un grupo de mujeres o que el maquillador Alberto Moccia diera, por ejemplo, un curso de maquillaje social. Esta tarde, Moccia también está en el barrio y a su alrededor, unas diez alumnas esperan que él, un hombre del mundo del cine, comience con la clase.

Un corazón que late fuerte

De aquí se sacó tierra, en los años 70, para construir el Acceso Sudeste. Desde entonces, este sector de Itatí cobró forma de pozo, se inunda cada vez que llueve y se ganó el nombre de “La Cava”. Pese a las dificultades que eso conlleva, aquí funciona el corazón de una red de organizaciones barriales entramadas por una sola: la Cooperativa de Cartoneros de Villa Itatí, originada hace 20 años, en medio de la gran crisis argentina de fines del siglo XX y comienzos del XXI, que hoy da trabajo directa e indirectamente a unas 200 personas.

Luis Buela, delegado de la Cooperativa, Silvina, Nathalie y la hermana Cecilia.

Es la institución madre, y es significativo que, de donde vive la gente más necesitada, más vulnerable y en una precariedad impresionante, haya surgido una organización que irradia a gran parte del barrio”, cuenta la hermana Cecilia, quien recibe en el galpón la visita de Silvina y Nathalie.

Entre ruidos de máquinas, de botellas que se trituran y de mini grúas que mueven fardos de cartón, su delegado, Luis Bascul, cuenta que allí se separan y se reciclan materiales provistos por los carreros o donados por empresas. Luego, los venden a papeleras o jugueterías, y los ingresos por las ventas se transforman en una gran parte del sostén de varias familias de Itatí.

La Cooperativa de Cartoneros de Villa Itatí es una fuente de trabajo para muchas familias.

Cecilia y Coco

Esta tarde, como tantas otras, Silvina y Nathalie se reúnen con Cecilia Lee y Coco Romanin, un religioso que también vive en el barrio. El encuentro es en un aula del Centro Educativo de “la cava”. Allí, mientras hacen pasar de manos un mate recién hecho, Cecilia y Coco cuentan cómo llegaron a Itatí y recuerdan cómo era el lugar hace 20 años. Ellos conocen la fibra íntima de sus 23 manzanas y están involucrados en el funcionamiento de la Cooperativa de Cartoneros, a la que describen como “el proyecto madre” de otras iniciativas que buscan el crecimiento del barrio, como un centro de apoyo escolar, una escuelita de fútbol femenino y un centro de mujeres.

Somos una red de organizaciones donde hacemos pie todos en la Cooperativa. Buscamos trasladar el espíritu cooperativo a distintas instancias, educativa, cultural, etcétera”, explica Coco, y cuenta que otra de las patas es el centro de noche, donde se comparte la cena -llegan a asistir unos 150 chicos- y se hacen encuentros de prevención de adicciones. “Si todo va bien -agrega Nathalie- una panadería que está en marcha también va a ser una pata productiva de la cooperativa”.

En Villa Itatí hay vulnerabilidad y derechos negados, estigmas y violencia. “Pero por otro lado -dice Cecilia-, desde la pobreza y esta exclusión, el ser humano tiene una fuerza interior que, cuando se da un pequeño espacio de ternura, donde valés, donde sos importante, aflora. Delante de Dios todos somos iguales. En el hecho de compartir cada momento se valora y se disfruta más, y en el galpón, la alegría y el humor nunca faltan, ni siquiera en los momentos más trágicos. Un teólogo de liberación dijo: ‘Donde el pueblo pobre festeja, tiene capacidad de resistir’. Ese ropaje que necesita para seguir avanzando en la vida tan hostil y adversa”.

Por hoy, Silvina y Nathalie, se despiden de Cecilia y Coco, aunque saben que pronto se van a volver a encontrar para ponerse al día de los proyectos en conjunto. Los reunirá, por ejemplo, el proyecto de la panadería.

Una cancha de fútbol y una capacitación en panadería, dos proyectos motorizados por Construyendo Argentina.

En honor a Romi

De camino al merendero que se está construyendo, Nathalie y Silvina van acompañadas por Tomás Del Giudice, el hombre en el terreno del OPISU cuya oficina es un container al lado de la plaza del barrio. “Aquí tiramos abajo un búnker”, señala Del Giudice, durante la caminata, en referencia a una casilla que era la base de operaciones de un grupo narco. “Acá funciona una central de bombeo para cuando se inunda”, vuelve a señalar. Y aunque enumera las carencias del barrio -como la falta de cloacas, la calidad de las viviendas o la deserción escolar-, muestra con entusiasmo el avance en la construcción de un edificio que será una dependencia municipal o se alegra al señalar unas nuevas rejas para la cancha de fútbol.

Si querés saber más sobre Construyendo Argentina, ingresá a su página web www.construyendoar.org

Los cimientos del Merendero de Romi -así se llama, en honor a Romina Cabrera, una mujer que lo había creado en su casa y que murió a causa de un cáncer-, ya están listos. Y Nathalie y Silvina festejan al verlos. Se abrazan con Juana, la mamá de Romina, quien hoy ve cómo avanza el proyecto, ladrillo a ladrillo, al lado de su casa.

La tarde comienza a caer en Itatí. La visita de Silvina y Nathalie termina en la oficina-container de Tomás, de quien se despiden. De regreso a la Ciudad de Buenos Aires, contarán en el auto que su labor se replica con distintas acciones en otras villas del Conurbano, como Puerta de Hierro, en La Matanza, Garrote, en Tigre, o Costa Esperanza, en San Martín. Y que, hace un tiempo, decidieron hacer un encuentro e invitar amigos y conocidos para contarles lo que estaban haciendo. Allí asistieron empresarios y representantes de distintos sectores, y poco después, surgieron ofrecimientos por parte de algunos de ellos para aportar una ayuda desde su lugar. Uno de ellos fue el canal de televisión, que se ofreció para colaborar con la construcción del merendero.

Cada vez que alguien se acerca para ofrecer una mano, Silvina y Nathalie lo invitan a conocer el barrio. “’Vayamos a caminar, a recorrer, les decimos. Ir es diferente: no es lo mismo que te cuenten la historia a que la veas con tus propios ojos”.

Ellas dos eran apenas conocidas. Hoy, dicen, son una para la otra las personas con las que más veces hablan durante el día. “Nos une eso deSe puede cambiar’”, dice Silvina. Su compañera agrega: “Somos dos almas que nos encontramos y sentimos y pensamos de la misma manera. Para sumar desde el querer y no desde el parecer”.

Fotos: Gentileza Construyendo Argentina.

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