Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

30 marzo, 2022

A 40 años de la guerra de Malvinas, una hija, una esposa y una hermana comparten sus historias con Sophia

Tres mujeres nos cuentan lo que vivieron luego de ver partir a sus familiares rumbo a las islas. Relatos en primera persona de cómo atravesaron ese momento tan doloroso que marcó sus vidas para siempre.


MARÍA LAURA PERALTA, 41 AÑOS, HIJA DEL CABO PRIMERO JOSÉ LUIS PERALTA

«Tenía un año cuando mi papá se fue y mi mamá se enteró del embarazo de mi hermana cuando ya estaba en la guerra»

María Laura es docente y vive en San Carlos Centro, una pequeña ciudad de 11.000 habitantes de la provincia de Santa Fe. Tenía tan sólo 1 año de edad cuando su papá, José Luis Peralta, fue convocado para presentarse en Malvinas. El pertenecía a la Tercera Brigada Aérea de Reconquista, Santa Fe. Su mamá Patricia, tenía tan sólo 21 años. Las dos partieron a la casa de sus abuelos maternos con la esperanza de reencontrase tiempo después. Pero eso nunca pasó.  

«Tengo chispazos en mi memoria de cómo era él. Mi mamá me cuenta que empezaba a enseñarme a caminar cuando lo llamaron a presentarse. Era cabo primero y, como era mecánico armero, estaba encargado en la reparación de los aviones Pucará. El 1 de Mayo su base fue atacada y falleció. Mi hermana nació en el mes de diciembre. En una de sus cartas, mi mamá le contaba que estaba embarazada. Pero jamás recibió una respuesta. En ese momento, las cartas se despachaban vía aérea y tardaban mucho en llegar. Recibimos un par de él. Muchos años después, un compañero nos contó que en una de las charlas con mi papá en las islas, él le dijo que estaba muy contento porque iba a ser papá nuevamente. Pero nunca tuvimos la certeza si así fue», cuenta María Laura y agrega: «Durante muchos años me pregunté ‘¿Por qué se fue? ¿Por qué nos dejó?’. Pero mi mamá siempre nos inculcó que no sintiéramos rencor, que debíamos estar orgullosas de él, porque es un héroe«.

José Luis peralta falleció en un bombardeo mientras arreglaba una rueda averiada de un Pucará. Fue un ataque sorpresa de tres Harriers (los aviones de guerra británicos). Además de él, fallecieron siete compañeros más. A veinte kilómetros de donde vive María Laura, se encuentra Matilde, el pueblo natal de su padre. Allí la municipalidad construyó un monolito en su memoria y durante muchos años fue el lugar donde ella junto a su mamá y su hermana iban a homenajearlo. «Pero a medida que iba creciendo, quería saber dónde estaba enterrado mi papá. En 1998, a mis 18 años, se armó un viaje para quince familiares. Fui sola, porque sólo podía viajar uno por grupo familiar. Era la más chica del grupo», relata. Cuando se le pregunta cómo fue ese momento, recuerda su actitud rebelde: “Nos habían prohibido que lleváramos objetos con colores argentinos o que sacáramos fotos desde el avión. Pero yo igual saqué fotos al visualizar las islas y llevé flores celestes y blancas. Sentí mucha emoción cuando aterrizamos. Era febrero y aún recuerdo el frío, el viento, un viento que te cortaba la piel y pensé lo que habrían sentido ellos en esos meses».

“Nos habían prohibido que lleváramos objetos con colores argentinos o que sacáramos fotos desde el avión. Pero yo igual saqué fotos al visualizar las islas y llevé flores celestes y blancas. Sentí mucha emoción cuando aterrizamos. Era febrero y aún recuerdo el frío, el viento, un viento que te cortaba la piel y pensé lo que habrían sentido ellos en esos meses».

Solo se quedaron una noche en las islas. «El cuerpo de mi papá había sido reconocido, así que con un plano del cementerio identifiqué su tumba. Recuerdo lo árido del paisaje, no había casi árboles, todo era tierra, montañas y agua”. De esa noche en la hostería recuerda que hicieron un intercambio de monedas con la gente del lugar y que los atendieron con amabilidad. «Me traje tierra de las islas que aún conservo en mi casa. Mis abuelos, cuando fueron, también trajeron; ellos la conservaron mucho tiempo en la heladera (por el clima) pero en cuanto quisieron sembrarla en el jardín, se secó. Era como un pasto con turba».

María Laura volvió a las islas en dos ocasiones más. También su mamá. La única que no se atrevió aún es su hermana. “Ella siempre dice que si va con nosotras se anima, pero que no iría sola». Según cuenta, el tiempo sanó algunas heridas: su madre volvió hacer pareja en dos ocasiones más y tuvo una tercer hija. «Mi mamá siempre confiesa que nunca volvió a sentir el mismo amor que tuvo por mi papá», comparte María Laura que todos los 2 de abril va a los actos de conmemoración, pero asegura que les hace mal. «No tengo rencor hacia Inglaterra, más bien a la decisión mal tomada de ese gobierno. Pero siempre reafirmo que las islas son nuestras».

BRENDA MONTEIRO, 62 AÑOS, ESPOSA DEL VETERANO JORGE ROBLES

«Jamás volvió la misma persona que se fue, pero 40 años después seguimos juntos con el mismo amor»

Brenda y Jorge se conocieron mientras estudiaban en la facultad. Ambos eran de Pigüé, provincia de Buenos Aires. Corría el año 1977, ella cursaba la carrera de Derecho y él de Veterinaria. Jorge había pedido prórroga en el servicio militar porque estaba estudiando. El destino quiso que justo se alistara en 1982, en Bahía Blanca. El 29 de marzo de ese año Brenda se recibió y Jorge pudo pedir un permiso especial en el servicio militar para poder asistir a la ceremonia de graduación. «Recuerdo que dijimos que en tres días nos íbamos a ver. Pasaron tres meses, porque lo destinaron a Malvinas. Desde ese momento decimos que nunca más nos despediríamos por tres días», bromea desde Carhué, donde viven actualmente.

Jorge tenía en ese momento 26 años. Como había terminado sus estudios, lo asignaron a la sección Guardiamarina Veterinario. De esos días, Brenda recuerda que guardaba fuerzas para sostener a sus suegros, ya que Jorge era su único hijo. «Yo vivía con mis padres, que fueron un gran sostén. Sabía del peligro que corría y todos los días le escribía una carta. De él recibimos un par. Tiempo después, muchas de mis cartas fueron devueltas a mi casa abiertas e intervenidas. Por suerte, él pudo comunicarse tres veces en el tiempo que duró la guerra. El último llamado fue desde el rompehielos Almirante Irizar: había sido evacuado de las islas tras pasar cinco días prisionero de los ingleses».

«Sabía del peligro que corría y todos los días le escribía una carta. De él recibimos un par. Tiempo después, muchas de mis cartas fueron devueltas a mi casa abiertas e intervenidas. Por suerte, él pudo comunicarse tres veces en el tiempo que duró la guerra. El último llamado fue desde el rompehielos Almirante Irizar: había sido evacuado de las islas tras pasar cinco días prisionero de los ingleses».

«La división de mi marido estaba a cargo de los perros de guerra. Como los británicos no dejaban que los perros subieran al buque, todo el grupo decidió quedarse ahí, aunque fuesen prisioneros, hasta que no les entregaran los canes». Cuando le pregunto a Brenda qué recuerda del día que lo vio por primera vez después de la guerra, su voz se quiebra, se emociona. «Era otra persona. Me acuerdo la tristeza en su mirada, esa tristeza que aún conserva en sus ojos. Eran varios los soldados oriundos de Carhué. Llegaron en micro veinte días después de ser evacuados. La gente los fue a recibir a la terminal. Pero, pesar de todo lo que había pasado, el amor estaba intacto entre nosotros. Él es una excelente persona y nunca pensé que no íbamos a poder superarlo juntos. Pasaron 40 años y pudimos disfrutar de la vida, trabajar en lo que nos gusta, tuvimos un hijo hermoso y vivimos muchas cosas lindas”.

Brenda y Jorge antes de la guerra que cambió para siempre sus vidas.

Sin embargo, también confiesa que durante casi 20 años, su marido jamás habló del tema y a veces se perdía en sus pensamientos. «Un silencio pautado como que ‘de esto no se habla’ –cuenta Brenda–. La paradoja del destino es que mi hijo se recibió de psicólogo. Y fue a partir de ahí que Jorge accedió a hacer terapia. El día que empezó a hablar le hizo bien y ahí descubrí un montón de cosas. Ahora puedo decir que sé por lo que pasó». En esas charlas, su marido le contó de la inclemencia del clima en las Malvinas y que tuvo que atender soldados heridos, porque no había médicos. «Él siempre cuenta que, la primera vez que tuvo que dar una inyección a un soldado, temblaba. Tenía el pulso para dar una inyección al cuero de una vaca, no a un ser humano. Vio cosas muy feas, pero nunca sentimos bronca. Jamás quiso volver a Malvinas mientras la bandera inglesa esté flameando».

Según cuenta, nunca recibió maltrato físico por parte de los soldados ingleses mientras fue prisionero. «Sí estuvo a la intemperie y sin comida, pero eso era común si estabas como prisionero. De hecho, recuerda que controlaban mucho los relojes, pero a él nunca se lo sacaron. Cuando se dio cuenta de que la guerra se ponía tensa, guardó en una caja sus pertenecías y la subió a un buque. Y esas cosas llegaron». Al volver, Jorge se reinsertó rápidamente a su vida laboral: casi en forma inmediata entró a trabajar en una cooperativa de tamberos como veterinario. Dos años después se casaron y en 1986 nació Enrique. Actualmente trabaja en su veterinaria particular.

“La fecha, el 2 de abril lo moviliza bastante. Durante muchos años, a los excombatientes se los mantuvo debajo de la alfombra. Él conoció allá al Capitán de Fragata I.M. Pedro Edgardo Giachino. Se veían todos los días, atendió las mascotas de sus hijas. Su muerte, que fue en combate, lo marcó muchísimo».  Muchos años después, a Jorge le hicieron llegar una foto suya con los perros que combatieron en la guerra, que guarda celosamente. A pesar de la tragedia, Brenda recuerda una anécdota linda: «Una de las perras que salvó a un soldado herido volvió. Se llamaba Xuavia y en el buque de regreso se dieron cuenta de que estaba preñada. Una vez le pregunté: ‘¿Volvieron todos de tus compañeros?’. El me dijo: ‘Todos no’. Dos perros no sobrevivieron y, para él, ellos también eran soldados».

MARÍA FERNANDA ARAUJO, 49 AÑOS, HERMANA DEL SOLDADO ELBIO ARAUJO PENON

«La misma bomba que cayó sobre mi hermano, estalló en mi casa»

Elbio Eduardo Araujo Penon nació en Colón, Entre Ríos, el 2 de septiembre de 1962. Su papá era marino mercante y su mamá, ama de casa. Cuatro años después se mudaron a Buenos Aires y seis años más tarde nació María Fernanda. Durante mucho tiempo, su hermano le pidió a sus padres que le dieran un hermanito. «Pero nací yo, la nena», bromea María Fernanda desde su casa de Palermo, hoy mamá de dos hijos: Eduardo, de 26, y Sol, de 21, quien ahora encabeza la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

Elbio Eduardo recibió la baja del servicio militar obligatorio el 9 de marzo de 1982. Tenía 19 años, una novia y muchísimos proyectos por delante. Según su hermana, era súper extrovertido, muy amigo de sus amigos y le gustaba tocar la guitarra, siempre se escuchaba música en la casa por él. “Me acuerdo perfectamente de ese 2 de abril. Había ido con mi hermano hacer unas compras (yo quería ir con él a todas partes), íbamos re contentos y de golpe, él escuchó algo que le transformó la cara. El mismo rostro de preocupación que tenían mis padres cuando llegamos. Recuerdo la conversación. Mi hermano estaba decidió a presentarse, porque él había hecho un juramento a la bandera. Mi papá, en su desesperación, le preguntó si no quería que lo llevara a Paysandú y pasara a Uruguay. Pero mi hermano no quiso. Esa noche él la vivió como una fiesta. Siete días después, lo acompañamos hasta el Regimiento 7. Nos despedimos. Le dijo a su novia que se preparara, porque a su regreso se iban a casar. Me acuerdo que, cuando se iba, corrí detrás de él, le tiré del brazo, me sentó en su rodilla y nos dimos un abrazo eterno. Me dijo que cuidara a mamá y a papá. No quería soltarlo. Fue la última vez que lo vi. Mis padres lo pudieron volver a ver dos días después. El 13 de abril fuimos hasta el regimiento, que estaba en la ciudad de La Plata. Había mucho silencio, hasta que empezaron a sonar las bandas y vimos salir los camiones con los soldados. Nos vio, nos gritó ‘¡Venceremos y volveremos!’. Del aeropuerto de Palomar lo llevaron Puerto Argentino y de ahí hasta su posición fue caminando», recuerda María Fernanda.

Su hermano estuvo en Monte Longdon, donde tuvo lugar el combate más cruento de la guerra, ya que lucharon cuerpo a cuerpo con los ingleses. «El 11 de junio explotó un proyectil cerca de él que le causó la muerte. Pero de la exactitud de su muerte recién nos enteramos en 2003. En 2013 nos encontramos con el Cabo de mi hermano y finalmente, en 2017, nos enteramos que estaba en el cementerio. Jamás, en todos esos años, ningún responsable tocó el timbre para decirnos nada, ni para darnos contención psicológica a mis padres y a mí. Sólo un telegrama diciéndonos que estaba desaparecido. Los familiares somos los grandes olvidados de esta historia”.

«Jamás, en todos esos años, ningún responsable tocó el timbre para decirnos nada, ni para darnos contención psicológica a mis padres y a mí. Sólo un telegrama diciéndonos que estaba desaparecido. Los familiares somos los grandes olvidados de esta historia».

Los Araujo Penon fueron los fundadores de la Comisión de Familiares que estuvieron en la guerra. Hoy esa responsabilidad le toca a María Fernanda. En su casa, dice, se libraron otras batallas. Su papá se culpó toda la vida de permitirle a su hijo presentarse, se enfermó gravemente, sufría diabetes y tuvo que ser amputado. «Se apagó de la tristeza». Su mamá, que aún vive, logró convertir su dolor en amor. Pero María Fernanda, a pesar de seguir adelante, formar pareja y tener dos hijos, cayó en una profunda depresión que la llevó a un intento de suicidio. Fue internada y gracias a la atención del psiquiatra y ex veterano de Malvinas Martín Bourdieu, pudo salir adelante y rearmar su vida.

En marzo de 1991 viajó junto a sus padres a Malvinas. «Nos hicieron cerrar las ventanillas del avión, estuvimos en unos galpones de una base militar y nos trasladaron en helicóptero al cementerio. Mi mamá cuenta que cuando bajé me desmayé, pero yo no me acuerdo de eso. Mi hermano no tenía tumba. Mi mamá y otras dos madres eligieron tres cruces que estaban juntas bajo la leyenda que decía: ‘Soldado argentino solo conocido por Dios’. Muchos años después, supimos que mi hermano estaba enterrado un poco más allá. Después de aquel primer viaje, fui sola un par de veces más y también traje tierra de recuerdo. Hoy te puedo decir que la misma bomba que cayó sobre mi hermano, estalló en casa. Yo era muy chica, sentí el dolor. Nos habíamos quedado sin alegría, sin la música de Eduardo».

El soldado Elbio Eduardo Araujo Penon fundido en un abrazo eterno con su mamá.

Agradecemos a David Boskovic por la colaboración para esta nota.

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