26 de diciembre de 2024
Estadísticas de salud mental, de distinta procedencia, coinciden en que el consumo de antidepresivos se multiplicó por cuatro en los últimos años. “¿Qué hay en nuestra manera de vivir que nos hace tan infelices? —se pregunta, en diálogo con Sophia, la médica psiquiatra española Mercedes Nasarre Ramón, autora de Yo también estaré contigo cuando llores—. ¿La pandemia, la crisis energética y económica, el cambio climático? Una de las variables relevantes para explicar la epidemia depresiva es la soledad. La desconexión social y ‘la autonomía’ del individuo como valor supremo (“si quiero, puedo”). Se ha explicado la depresión como un déficit de algo, como una alteración química en el cerebro que hay que corregir, pero la verdad es que no sabemos realmente cuál es la génesis biológica. Lo que sí sabemos es que el sujeto que se deprime se encuentra solo en algo que le está sobrepasando y se retira de la vida”.
Ya antes de la pandemia, el reconocido columnista del New York Times Nicholas Kristof publicó una columna con una alerta: “Los humanos conformamos una multitud solitaria, y eso nos está matando”. Así comenzaba su artículo Hagámosle la guerra a la soledad, en el que afirmaba que el aislamiento social era más letal que la obesidad o que fumar 15 cigarrillos al día. No era una metáfora: los datos pertenecían a un informe de la Brigham Young University.
Pero Kristof y el New York Times no fueron los únicos ni los primeros en hablar de este tema. En Gran Bretaña, de hecho, tomó especial relevancia cuando en 2018 se anunció que había sido creado el Ministerio de Soledad, un organismo público para tratar la cuestión, hoy considerada de salud pública. “La soledad es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo”, dijo en el lanzamiento de la estrategia gubernamental la entonces primera ministra Theresa May.
“Todas las personas se sienten solas cada tanto, es parte del ser humano. Pero cuando eso pasa casi todo o todo el tiempo, puede causar serios daños”, se lee en A connected society, A strategy for tackling loneliness, un documento oficial que podría traducirse como “Una sociedad conectada, estrategia para hacer frente a la soledad».

“En las últimas décadas, la soledad y el aislamiento social se han convertido en dos de los desafíos ineludibles de las sociedades occidentales. Los estudios del uso del tiempo indican que, a pesar de que la convivencia entre diferentes generaciones no ha sido nunca tan larga en el tiempo, nuestra vida es cada vez más solitaria y alejada de las fuentes de apoyo social”, asegura la encuesta Soledad y riesgo de aislamiento social en las personas mayores, realizado en 2018 en ocho municipios de España por “la Caixa”. Una de las conclusiones de este informe es que el riesgo de aislamiento se da en todas las edades, pero es más evidente en las personas mayores de 65 años.
En la era de las redes sociales virtuales, sentirse solo podría ser una paradoja. ¿Dónde está la causa? ¿Cuál es el origen? En parte, podría estar en la forma de vida que llevamos. “Los matrimonios siguen extinguiéndose y el uso de la tecnología está afectando de manera casi inexorable nuestra capacidad de formar ‘tribus’ y comunidades de apoyo reales”, señala un artículo del diario El País, de España, publicado en mayo de 2019. Allí citan al presidente de la Fundación Psicología Sin Fronteras y vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Guillermo Fouce, quien reconoce al aumento del individualismo, el miedo al otro y a lo diferente y a las maneras de interactuar del siglo XXI, como factores desencadenantes de la soledad.
La disolución de las familias extendidas o el debilitamiento de instituciones como las iglesias o los clubes de barrio son, a criterio del periodista Nicholas Kristof, agravantes de la cuestión: para él, las personas hoy ya no estamos “tan profundamente arraigados en nuestras comunidades”.
Eso cree la doctora en Medicina, especializada en Psiquiatría, Psicoanálisis y Psicoterapia familiar Marie-France Hirigoyen, quien en una entrevista a la revista Sophia años atrás, habló de una soledad positiva y otra negativa. Una, la primera, responde casi a un estilo de vida, es la soledad de la soltería elegida, asociado a la población más joven que
rehúsa el compromiso vivir en pareja. También, a la de aquella que eligen las personas que se sienten agobiadas por las exigencias de la civilización y buscan para sí un espacio de soledad.
Una tercera variante, en cambio, se posiciona como más dolorosa y corrosiva: “La de las personas que viven aisladas, tanto desde el punto de vista social como profesional o familiar. Incluso cuando tienen una actividad laboral están solas y muchas veces viven lejos de sus familias o han perdido el contacto. Ese tipo de soledad se profundiza a medida que la gente
envejece”.
Allí es donde ya apuntan algunos gobiernos como el del Reino Unido, que busca financiar proyectos de investigación y de trabajo colectivo para que las personas se conecten entre sí. En Barcelona, por ejemplo, el proyecto Radars es una iniciativa comunitaria que funciona en 42 barrios de la ciudad para encontrar personas mayores que viven solas y luego ponerlas en
contacto con voluntarios que los acompañarán a partir de entonces, presencial o telefónicamente.

Nuestro país no está ajeno a la situación. En la zona del Gran Buenos Aires, la ONG Almificar reúne voluntarios para “crear un ambiente contenedor para adultos mayores y personas que estén transitando una enfermedad y/o final de vida con escasos recursos y redes de cuidados”.
Su trabajo comenzó hace diez años acompañando personas en el Hospital Boulogne y en las casas particulares de quienes necesitaban un soporte, labor que realizaban en conjunto con la Municipalidad de San Isidro. Hoy son un equipo de voluntarios que ayudan a quienes necesitan una mano para, por ejemplo, hacer trámites o pedir turnos médicos, además de capacitar a otros que quieren sumarse a su labor. Son, dicen, “un grupo de personas al servicio de otros que se encuentran en situación de enfermedad o fragilidad, condición humana que algún día podría ser la nuestra”.
“No creo que estemos viviendo una epidemia de soledad, pero sí que millones de personas sufren por la falta de conexión social. Ya sea que cuenten o no con un ministerio para la soledad, merecen más atención y ayuda de las que les ofrecemos hoy en día”. En su columna La soledad no querida, publicada en Eclesalia.net, el escritor español Gabriel María Otalora invita: “La caridad (ahora la llaman solidaridad) necesita más que nunca de nuestro tiempo para perder las horas con aquellos que claman compartir con un igual que pide sentirse entre sus semejantes, no sólo estar entre ellos”.
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