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Una ballena es un país

Un deseo profundo por conectar con la naturaleza salvaje embarcó a tres amigas a iniciar un viaje en ruta hacia Puerto Madryn, Chubut. Breve relato de una experiencia única.

POR Clementina Escalona Ronderos

Fotos: María Della Bella

Decidir que vale la pena, y hacerlo. Subir al auto y encarar la ruta un sábado a la madrugada con lo necesario: entusiasmo, ganas, el termo de agua caliente, música, amigas de las buenas, algo de equipaje, fe. 

Dos días después entrar al ripio, avanzar con avidez, pispeando a los costados para ver si asoman en el agua. “Una ballena es un país”, dice la escritora mexicana Isabel Zapata. Una ballena y todas las que existan, son la excusa y motivo de este viaje.

En Puerto Pirámides hay 150 casas donde viven apenas más de quinientas personas. Ni bien llegás a la localidad, te recibe un graffiti de Diego Maradona sobre una cancha de fútbol. No tiene farmacia. Sí tiene una biblioteca popular, una escuela, un café listo para turistas, un gift shop, un hostal, un encanto propio. También tiene la mejor bahía del mundo para el avistaje de la ballena franca austral.

Desde la embarcación, se busca en silencio. Un lomo negro, manso. Una cola fotográfica. Un ojo que mira cómo la miran. Un aplauso general que no sabemos si le molesta o le agrada. Lo cierto es que la ballena se acerca y no da vuelta el barco, no lastima, no se enoja. 

“Una ballena es un país de fronteras difusas, que no aparece en los mapas, que bien podría estar inscrito en la Breve guía de lugares imaginarios”,  describe Zapata. También dice que una ballena es una casa, una isla de piedra, una geografía, un suave glóbulo.

Avanzar ochenta kilómetros desde Puerto Madryn a Dolavon y sentirse forastero. Corregirse a uno mismo una y otra vez: no es Dólavon, es Dolávon. Según el censo de 2022, los habitantes no llegan a cuatro mil.

Postales del pasado. El afán de conservar la fachada original. La tristeza de que las cosas se pierdan, se transformen, muten. ¿Por qué nos aferramos tanto a lo que solía ser? ¿Es cierto que todo lo anterior fue mejor? Dice Zapata que las ballenas se parecen a nosotros: son 97% agua, lloran cuando les secuestran a sus hijos, tienen caries. Una familia de ballenas se comunica en un lenguaje propio y se acurrucan unas sobre otras. ¿Tendrán ellas también conciencia del pasado?

A un pueblo no se lo conoce a fondo por sus monumentos ni por sus parques. A un pueblo se lo conoce por su gente. Cualquier lugar puede convertirse en un gran recuerdo si tuvimos la suerte de tener buena compañía. Asimismo, un viaje no se define por los paisajes solamente; un viaje se celebra como victorioso si supimos disfrutar de quienes fueron parte.

Agradecer a todo momento: a Dios, a los ángeles, a la vida. Agradecer haber encontrado ese mecánico a la vuelta para arreglar el auto. Agradecer poder dormir en un hotel cuando la lluvia impidió seguir camino. Agradecer haberlas visto, las ballenas. 

Detenerse un momento para mirar al cielo y decirlo en voz alta. Gracias.

Observar la propia vida como a través de una ventana. La vista más interesante es la que decidimos crear. ¿Qué pienso dar al mundo? Surge la pregunta una vez que el viento patagónico limpió todo rastro de descuido, de distracción. Dijo el compositor John Cage que el universo es una sinfonía. Ya sabemos que las ballenas nos regalan con su canto, vida. Una vida propia que es la del universo entero. Ellas están acá desde hace mucho antes que los humanos. Será tal vez momento de elegir qué queremos cantar nosotros.

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