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Sociedad

9 abril, 2020

Un otoño diferente

Sabemos que hoy, más que nunca, es tiempo de soltar la vida conocida para animarnos a renacer. En esta columna, Fabiana Fondevila nos comparte algunas postales de su cuarentena y un consejo: observar los movimientos de la naturaleza para comprender mejor lo que nos pasa.


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Foto: Miriam Pösz.

Por Fabiana Fondevila

Este otoño puede parecerse a otros, pero es una criatura por completo diferente.

En mi salida al almacén –excursión que raciono como agua en el desierto– me encuentro con el amado paisaje de siempre. Los frutos del pecán de la vereda asoman desde los capullos secos. En la vereda de enfrente, el fresno estrena los primeros dorados. El arce ya rebosa de semillas, en cualquier momento empiezan a espiralear rumbo al suelo. El liquidámbar de la otra cuadra, en cambio, ni piensa aún en enrojecer.

Cada árbol responde al llamado a su tiempo.

Pero cuando miro para abajo, el paisaje cambia. En lugar del prolijo césped suburbano, los pastos que bordean las veredas hoy son melenas de adolescente, desparejas y rebeldes. El impacto se acrecienta al llegar a la esquina de Teresa y Ricardo. En su vejez pródiga de tiempo y quietud, su rito de cada día es embellecer su pañuelito de jardín, tan breve como florido.

Hoy la maleza crece y el rosal pide a gritos una poda.

Parece un pueblo fantasma, pero nadie se ha ido. Aunque los pájaros canten a sus anchas, aunque el silencio sea vasto y el aire transparente, se siente la presencia quieta de los vecinos detrás de las ventanas. La desazón que esto me provoca le juega una pulseada a la belleza. ¿Cuál ganará?

Si este fuera cualquier otro otoño, estaría escribiendo sobre la invitación del equinoccio. Hablaría de las hojas que caen como ideas gastadas. Mencionaría el camino que traza la savia de los árboles desde las ramas hasta las raíces, invitándonos a hacer lo propio. Señalaría los días más cortos, las noches más largas, la luz oblicua del sol, la melancolía que nos arrulla los sueños. Quizás propondría cubrir peras con miel y asarlas a fuego bajo, para encender la lumbre interior de cara al frío.

Pero hoy, que el mundo se estremece de miedo y desconcierto, el otoño parece hablar otro lenguaje. “Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir / Sus hojas, tan naturalmente, una por una”, reza el poema de May Sarton, en versión de Diana Bellessi, que me envía mi hija, hoy, mientras escribo estas palabras. “Sé cómo te gusta escribir sobre las estaciones”, dice. El amor por las palabras, tan central en el paisaje de las dos.

La siguiente línea corta el aliento: “Entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta / No perturbaría los grandes cielos lúcidos / Este otoño extrañísimo, dulce y severo”.

¿Es severo este otoño?

Así se siente. Como cada año, nos pide soltar, dejar ir, entregar, perder. Pero hoy no habla de ropas viejas, de proyectos incumplidos, de vanidades y fracasos. Hoy nos invita a soltar una humanidad en guerra consigo misma, una forma deshonrosa de vincularnos con la tierra que nos dio a luz, una malsana afición por convertir las diferencias en disputas, y un desdén hacia el sufrimiento que transcurre ahí, delante de nuestras narices, y que elegimos no mirar.

Son pesadas estas hojas; es densa y añosa la herencia a quemar.

¿Podremos acuñar las reservas necesarias? ¿Podremos nutrir nuestras raíces, al resguardo del frío y de la luz? ¿Seremos capaces de encontrar nuevas fuentes de sustento, y de incubarlas lo suficiente, para que emerjan, briosas, en primavera?

Este otoño no se siente como otros; una vuelta más en el ciclo del renacer. Se siente como un punto de inflexión. Volver atrás no es una opción: lo que se cueza al calor de estos encierros deberá de ser potente, iniciático y genuino.

¿Estaremos a la altura del desafío?

En los colegios Waldorf, existe una tradición llamada “Fiesta de los farolitos”. En la noche más larga y más fría del año, los pequeños son guiados por sus maestros en la oscuridad, portando unos pequeños faroles que ellos mismos confeccionaron. Son faroles de papel, decorados con hojas y semillas y esmero, y adentro va una única vela, que también elaboraron. La instrucción es clara: deben ir cantando, uno detrás de otro, sin apartarse de la fila, y velar en todo momento por su propia luz. El mensaje es más claro aún: llegó el invierno, ya no podremos depender del sol y sus derroches; cada uno deberá crear y cuidar su lumbre, su calor. Desde lejos, sin embargo, desde donde aguardamos los padres, la imagen no es de una luz o dos o muchas, sino de una guirnalda iluminada, larga e indivisa, puntuando la noche.

Hoy nos toca un desafío afín. Hundirnos en el silencio hasta emerger, cada uno, iluminado por dentro. Y encontrarnos entonces con las luces de quienes nos rodean, para ir serpenteando juntos, en estas tierras nuevas, en una fila que no deje a nadie afuera, una fila sin fin.

Estamos conectados por tantos canales, hoy. Estamos conectados por tantos canales, siempre. Quizás, si nos quedamos quietos, podamos atisbar las luces que arden puertas adentro, en tantas casas cerradas, y sentir en el cuerpo propio las penas, los agobios, los asombros y las esperanzas de todos.

“Los fuegos se acopiaron para mantener un calor de invierno”, dice Sarton, en “Sonetos de otoño”, y concluye: “Y en este año de prueba más allá del deseo. / Empezar a movernos hacia un fuego perdurable”.

Que sea la luz, dice el otoño, dulce y severo. Que sea el fuego.

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