Sophia - Despliega el Alma

Educación

8 septiembre, 2021

Un homenaje a esas maestras que cambiaron nuestras vidas

Desde Sophia queremos destacar a los docentes que nos dejaron su huella, a través de historias cargadas de amor y agradecimiento. ¡Celebremos juntos el enorme valor que tiene educar a las niñas y niños de nuestro país!


Feliz y adorable con sus orejas de conejo está María Victoria, la del medio, esperando a la seño Alegría.

El recuerdo imborrable de la Hermana Alegría

Por María Victoria Cascón

No me acuerdo nada, nada del jardín. O casi nada, porque sí me acuerdo la cara exacta de la Hermana Alegría, como si la hubiera visto ayer. Era mi maestra de música del jardín. Ese recuerdo brilla intacto en mí y la imagen es así: todos sentaditos en el patio del colegio esperando y, cuando llegaba, abría tapa que cubría a las teclas del piano y se ponía a tocar para que nosotros cantáramos.

Siempre buscaba la forma de que los nenes más tímidos también participaran en clase, algo que no siempre ocurría con las demás maestras. Ella tenía una forma muy armónica de generar espacio para todos.

Era muy pero muy viejita, y flaquita, y caminaba despacito. Todos su gestos eran lentos. Tardaba en levantar la tapa del piano y nosotros, aunque ansiosos, la esperábamos pacientes, controlando nuestra ansiedad ante la certeza de que no había manera de apurar a una tortuga.

Llevaba el pelo corto y blanco, los hábitos de monja. Y siempre estaba sonriendo, muy tranquila.

Cada vez que tocaba el pian, ella nos encendía y sacaba de nuestras voces las mejores notas. Nunca supe su nombre real. Siempre fue para nosotros la Hermana Alegría.

Caro, la más alta, junto a su amada hermanita Mey: dos alegres payasitas rumbo al colegio.

La seño Sandra y la profe Carola

Por Carolina Abarca

Hoy se que fui una privilegiada, el colegio me regaló profesores de esos que aunque pasen los años te siguen generando admiración. Al día de hoy, cuando me acuerdo de ellos, me dan ganas de ser mejor. Fueron muchos, pero dentro de todos ellos hubo dos maestras que me marcaron en especial. La seño Sandra, de Lengua de sexto grado de la escuela primaria Gabriel Taborin y la Carola, la profe de tercero y quinto año del Colegio 25 de Mayo, de mi querida Córdoba.

La estoy viendo a la seño Sandra. ¡Era tan coqueta! Siempre estaba arreglada, con tacos altos y tenía un exuberante pelo colorado lleno de rulos que, mientas nos hacía dictado, ella tocaba y peinaba. Quizás exagero pero creo que hasta se pintaba las uñas mientras nos hacía dictado. Le daba mucha bolilla a la imagen exterior, pero para mí la Seño Sandra es la que llena de pasión me animo a descubrir y cultivar siempre mi mundo interior. Y a escribir.

Amaba la mitología griega y quería que también nosotros la amáramos. Nos contaba mitos, nos hablaba del dios Zeus, del infamundo de Hades, de los titanes y de Afrodita. Nos hacía escribir y crear nuestros propios mitos con estos personajes. Hoy, con 33 años, valoro mucho más profundamente que me haya animado a crear mi propio mito. Todavía me acuerdo de la felicidad que me dio el “Excelente felicitado” que le puso a uno de mis cuentos. Éramos niños pero nos hablaba con seriedad y nos trataba con respeto. Ella me enseñó lo que era una metáfora con el poema 20 de Pablo Neruda. “Y el verso cae al alma como al pasto el rocío“. Nunca me olvidé.

En primer año me cambié de colegio, pero me escribí cartas, manuscritas, con la seño Sandra hasta mis primeros años de la universidad. ¡Qué ganas de saber qué es de su vida hoy!

Y Carola fue formalmente mi profe de Economía de la secundaria, pero para mí fue un ángel que me mandó Dios. Exigente y seria, me hizo disfrutar inmensamente de esa materia, pero sobretodo me enseñó con el ejemplo que lo humano siempre está antes que todo.

La secundaria puede ser terrible, la adolescencia sin duda lo es. Me acuerdo patente el día que entró al curso y estábamos todas decaídas, porque habían pasado algunas cosas que nos tenían mal desde hacía semanas. Entonces, en vez de empezar la clase normalmente, se paró frente al escritorio y nos miró con presencia y en silencio. Después pregunto: “¿Qué les pasa? ¿Por qué están así? ¡Suficiente!” Y empezó a hablarnos sobre lo bella que es la vida, aun con sus dificultades, sobre el valor de la pasión, de sentir que estamos vivas, sobre no dejarnos abatir. En un momento, agarró el libraco de Economía y señalándolo nos confesó: “Chicas, ¿de qué sirve que yo les hable de Economía, si ustedes no están presentes? ¡De nada!” y tiró el libro en su escritorio haciendo un ruido estruendoso. Nos llamaba a despertar. A salir de la queja y la victimización. Y pucha si ese llamado no sigue vigente hoy. Espero no olvidarlo nunca.

Por eso y por tanto más, todo mi cariño y gratitud.

Caro con Dora, en sala de 2 y de la mano de Susana, en prescolar, con carita de pocos amigos.

Todas ellas dejaron una huella en mí

Por Carolina Cattaneo

El otro día, hablando con mi mamá de bueyes perdidos, me dijo algo que me repite cada tanto cada vez que hablamos de mi etapa escolar. Según ella, cada vez que empezaban las clases, yo volvía a mi casa con cara de frustración porque no me gustaba la maestra que me había tocado, pero a fin de año, ya encariñada, lloraba a mares cada vez que tenía que despedirme de ella.

No se lo discuto. El fin de las clases suponía, para mí, un duelo largo y la separación solía ser bastante desgarradora. Qué injusticia, ¿no? Encariñarse así con una persona, verla todos los días durante un año, sentirse protegida y cuidada (en la mayoría de los casos) para que, llegado diciembre, tuviera que hacerme a la idea de que, en adelante, solo la iba a ver en los recreos.

Casi todas me dejaron un recuerdo dulce. Difícil olvidar la voz suave de Susana, la maestra de segundo, dueña de la delicadeza de quien sabe que tiene en sus manos algo que debe cuidar como a un brote pequeño y todavía frágil. Nunca olvidé la visita a la casa de Cristina, la de tercero, cuando nos llevó a tomar la merienda y a que su marido, cardiólogo, nos explicara el funcionamiento del corazón; aquello me pareció una aventura increíble y un enorme acto de generosidad. De Adriana, la de cuarto, ¿qué decir? Fue para mí un bastión afectivo en ese momento tan raro que es el tránsito de la niñez a la preadolescencia; más que una maestra, diría que era un ángel de rasgos humanos, cuya dulzura era tan enorme como su cabellera llena de rulos. Chani, la profesora de Educación Física, me inyectó el bicho campamentil y me hizo amar, también, los días al lado de un fogón, con las botas llenas de barro y la piel azotada por el sol.

Es un lugar común decirlo, pero todas me dejaron una huella. Ellas me hicieron conocer la belleza de las metáforas, la magia de la fotosíntesis, la historia de nuestros pueblos indígenas, el mapa del mundo, en fin: construyeron ladrillo a ladrillo esa fortaleza invaluable y perenne que es la educación.

Por todo eso, hoy las saludo desde acá, con el cariño de siempre y esperando que nunca llegue fin de año. 

El último día de clases de la primaria y el fuerte abrazo que Euge le dio a María Isabel, su seño favorita.

Mi maestra de sexto en el Normal N°1 Mary O’ Graham

Por María Eugenia Sidoti

A esa altura de la primaria yo ya había pegado el estirón, así que le sacaba como una cabeza. Pero, aunque pequeña, María Isabel Simini era una maestra enorme que sabía hacer de sus clases un espacio de reflexión y encuentro a través de la conexión profunda y la charla amena. “¿Cómo están hoy chicos?”, preguntaba al entrar y realmente le interesaba escuchar la respuesta. Por eso, cada vez que alguno de mis compañeros se veía cansado o triste, no le daba igual.

Era exigente, pero solo bastaba verla llegar (sonriente, con el pelo de un rubio impecable, los labios pintados de rosa perla y sombra celeste en los párpados), para que se disiparan todos los miedos. Y aún esos días en los que tomaba prueba de dictado o análisis sintáctico, no había de qué preocuparse: siempre estaba dispuesta a ayudar.

La voz grave, un poco nasal, el tono firme pero amable. Ella fue la primera maestra que vio en mí el llamado de la escritura y me brindó su voto de confianza con calificaciones que, de tan buenas, antes parecían impensables. Entonces me pregunté, por primera vez, si de verdad podía haber una llama en mí.

Los días de frío o de invierno, cuando ya estaba anocheciendo a la salida del turno tarde, no dudaba en alcanzar a los alumnos que esperaban solos en la parada del colectivo hasta su casa, con su Fiat 147. Y aunque nunca llegó a tener sus propios hijos, era dulce y maternal con todos sus alumnos por igual.

La parálisis que tuvo que enfrentar de chica, debido a la poliomielitis, hizo que lidiara con una dificultad para caminar que no ocultaba. Al contrario, ella siempre elegía hablar: de salir adelante, de aprender de la adversidad, de mostrar con orgullo nuestras cicatrices y nuestra historia, por más dura que fuera. Como la suya, a quien los médicos no habían dado esperanzas de vida y, sin embargo, ahí estaba, con el guardapolvo blanco, luminosa, convertida en nuestra mejor maestra.

Su amada Trenque Lauquen, la ciudad que la vio nacer, aparecía una y otra vez en esos relatos llenos de atardeceres y de siestas, donde nos enseñaba sobre el valor de la naturaleza y de la vida, aunque sin imponernos nada. Era humana, nos respetaba, sabía reírse de los chistes y tenía la fórmula secreta para ayudar a otros a encontrar la magia.

Una maestra moderna, de avanzada, que no se enojaba, que contenía, que buscaba resaltar lo mejor de sus alumnos y sabía ejercer la autoridad sin jamás levantar la voz. Que sabía ver y escuchar y, cuando hacía falta, también estaba dispuesta a dar esos abrazos fuertes capaces de abrigar el corazón.

Nunca dejes de escribir“, me dijo al terminar el curso. Al año siguiente, la elegí para que me entregara el diploma de egreso de la escuela primaria. Ella, humilde, me agradeció con un susurro: “¡Gracias, qué orgullo!“, dijo.

Por eso, en tu día, te digo gracias infinitas por iluminar mi camino, “seño Marisa”, como te gustaba que te llamáramos. Sé que partiste hace tiempo y que dejaste una huella indeleble en muchos más, además de mí. Ojalá este cariño y admiración te lleguen bien alto, hasta allá arriba, donde sea que estés.

Meli (izquierda) acompañando a Berni en una de sus muestras para la iniciativa Artexchange.

Mi profe de arte (o maestra del alma)

Por Bernarda Banchieri

Conocí a Melina hace 4 años en su taller de Núñez, Kumbha, buscando una colonia de invierno para mi hija más grande. Aún me acuerdo: estaba con mi nena menor, Lupe, de 6 meses, colgando de mi cuerpo en una mochila. Ese año no habría colonia, me dijo, pero a los pocos días la vi entrar a mi clase de yoga. Y mientras hacía los ejercicios pensé que tal vez ella daba clases para adultos, así que la esperé al salir.  

Esa misma semana empecé a pintar.

Llegué con un libro a medio hacer que había empezado tiempo atrás y que interrumpí cuando estaba por nacer Lupe. Eran todas ilustraciones en negro, pero en mi primera clase pinté con color. Esa fue la primera señal: había encontrado una persona y un lugar de luz.

Sus clases son una sucesión de acontecimientos que poco tienen que ver con la técnica y mucho con el alma. A veces nos lee, otras escribimos, y muchas, casi todas, jugamos.

Ella nos deja ser. Nos habilita los puentes para conectar con lo invisible y entonces lo que no quiere salir se atreve y empieza lo verdadero, fluye la libertad.

Hacemos con lo que hay. A veces hay deseo, alegría, risa; otras enojo, llanto, cansancio o frustración. Todo vale, está totalmente prohibido juzgarnos y cada emoción es una carta para jugar, un juego que nos transforma.

Este año pinté un montón y me invitaron a participar de la primera muestra fuera del taller. Necesitaba ayuda, así que pedí a Meli una clase especial para aprender cómo preparar una muestra. Vino a casa a las 7 de la mañana (el único horario en que las dos podíamos) cargando una valija llena de libros. “Vamos a jugar”, me dijo. 

Así nació el nombre de mi proyecto #mosimio, que significa “tu alma en libertad”.

Al irse, me contó que ella ya sabía cuál era su misión en la vida: ayudar a otros a conectar con su alma. Y yo le di las gracias por acompañarme a entrar en lugares oscuros, sabiendo que voy a estar a salvo de su mano.

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