30 de mayo de 2025
Hace unos días, Alejandra Conti, colega del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), me dijo con una sonrisa, en medio de una gran charla profesional: “sos un feminista encubierto”. No supe si era un halago, una provocación o un diagnóstico. Pero me gustó. Y, pensándolo bien, tiene razón. O al menos, en parte.
Esta columna nació inspirada por la newsletter Mujeres & Compañía, ese espacio valiente y valioso que comparte Norma Morandini junto a Eugenia Estenssoro y Lisette Kugler. ¿Hace falta decir algo más con esos cuatro nombres? Es un sitio de pensamiento de alto vuelo. Y yo, apenas un feminista activo sin estridencias, me siento honrado de escribirles.
Las mujeres son más del 50% de América Latina. A propósito, geográficamente, el mapa bien podría ser una mujer de pie, embarazada. Vivimos en un mundo completamente desactualizado e injusto con ellas. No necesito pancartas ni gritar para entenderlo. Fui criado por mujeres inteligentes, fuertes y resilientes. Hoy convivo con una de las mejores médicas de Colombia: mi esposa. Me llena de orgullo haber colaborado —sin miedo ni protagonismos— para que su talento florezca. Porque desde chico entendí que la desigualdad no se combate con furia, sino con respeto, coherencia y sin necesidad de aplausos.
La ciencia también respalda esta mirada. Estudios del Institut Clínic de Neurociencias de la Universitat de Barcelona, publicados en Actas Españolas de Psiquiatría, confirman que no hay diferencias significativas en el cociente intelectual total entre hombres y mujeres. Sin embargo, muchos aún insisten en perforar la roca con el dedo.
Y también hay hombres que se autoproclaman aliados solo por tener cámara, micrófono o likes. Pero en los hechos, cero. Puro bla bla. Yo prefiero no hacer ruido. Prefiero acompañar, escuchar, ceder espacios y aprender. Que me digan “feminista encubierto” no me molesta si significa actuar todos los días sin buscar ovación. Y créanme: así, los resultados son más reales, más duraderos, más profundos.
El machismo, ese dinosaurio que parecía extinguirse en el siglo XXI, sigue más vivo que nunca. Pero ya no ruge: susurra, se camufla, manipula. Se esconde en gestos, silencios, chistes y privilegios. ¡Cuánta inseguridad! Y lo digo sin rodeos: también hay mujeres que, sin justificación válida, reproducen actitudes machistas más cómodas que conscientes. Porque así las criaron, porque deconstruirse duele.
Un hombre que no soporta que una mujer brille más que él, que teme su inteligencia o se burla de su emocionalidad, es alguien profundamente frágil. Tembloroso ante la posibilidad de que ella haga todo igual o mejor… y sin pedir permiso.
Y lo hacen. Paren hijos, pero también ideas, proyectos, caminos. Lideran con empatía. Sostienen familias. Atraviesan duelos. Se levantan como el ave fénix mientras muchos hombres se rinden. Cuando muere el abuelo, muchas veces la abuela se reinventa. Cuando muere la abuela, demasiados abuelos se dan por vencidos.
Las mujeres fueron diseñadas —por Dios, la biología o la vida misma— para resistir, sanar, reconstruir. No son superiores, pero sí absolutamente necesarias como aliadas estratégicas. No están para competir. No son una amenaza. Son complemento. Y el mundo necesita cooperación, no rivalidad. El machismo es estéril. El feminismo sano —el que promueve la igualdad sin odio ni generalizaciones— es fértil. Construye. Cosecha. Proyecta.
No necesito ser aplaudido por respetar. Ni premiado por no ser un machirulo. Pero sí creo que los hombres debemos hacer autocrítica. Bajarnos del pedestal que nadie nos pidió subir. Aceptar que el liderazgo femenino no nos opaca: nos potencia. Que una mujer empoderada no es amenaza, sino aliada con visión y coraje para resolver los desafíos del siglo.
Y sobre todo, entender que ser feminista no es moda ni pose. Es vivir con justicia. No callarse cuando se ningunea a una mujer. Criar varones sin machismo y niñas sin miedo.
Soy feminista. ¿Encubierto? ¿Latente? ¿Silencioso? Tal vez. Pero presente, firme y agradecido. Porque no hay nada más revolucionario que un hombre que se anima a admirar, respetar y compartir poder con una mujer sin sentir que eso lo hace menos hombre. Y sí: ¡cuánta motivación hay en elevar el nivel y mejorar, no por competir, sino para acompañar! Puede que el machismo se herede. Pero la igualdad se elige.
Publicado por Mujeres & Compañía
Caly Monteverdi es Comunicador estratégico. Argentino que vive en Colombia.
Te contamos de qué se trata esta propuesta que invita a poner en el centro de cada decisión a las relaciones humanas, los afectos y el cuidado. La importancia de buscar soluciones integrales en un mundo complejo.
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