Un día en la isla de las camelias: invitación a una pausa llena de arte y naturaleza - Sophia Online

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Un día en la isla de las camelias: invitación a una pausa llena de arte y naturaleza

En un arroyo del Delta, donde las camelias invitan a la contemplación sin tiempo, recorrimos este refugio al que llegan jardineros, amantes del té, curiosos y poetas.

POR Agustina Rabaini

La travesía comienza en la estación subfluvial de Tigre. Desde el muelle parte la lancha que nos llevará hasta la Isla de las Camelias, un paraíso escondido en el arroyo Felicaria, segunda sección del Delta, cruzando el Paraná de las Palmas. Tras una hora y 45 minutos de navegación, llegamos al muelle y nos adentramos en el parque de pinos y árboles floridos que se despliega ante los ojos en esta zona natural única, declarada Reserva de Biósfera por la UNESCO. 

Nos recibe Hernán Márquez, floricultor y anfitrión del lugar. El vivero que lleva adelante en estas tierras que alguna vez compró su abuelo José,  atesora la colección de camelias más completa de Sudamérica: 50 variedades de camelias florecen bajo la sombra de los árboles. 

Herencia de amor por la naturaleza

Mientras caminamos hacia la cabaña de madera en la que Marina Baudracco —mujer de Hernán— nos espera con delicias caseras, él nos  cuenta que fue su padre, Horacio, quien empezó con el proyecto y plantó azaleas, hortensias y camelias, buscando crear un vivero. Pero en 1985, una gran inundación arrasó la zona y las únicas que sobrevivieron fueron las últimas. En cada rincón siguieron apareciendo, cada una a su tiempo, estas flores espléndidas: en el bosque, en el parque, al costado del camino.  

“Así como en Trevelin están los tulipanes y en Tandil las peonías, en Córdoba las lavandas y en Bariloche las rosas, en el Delta bonaerense tenemos las camelias”, destaca Hernán con orgullo. 

En los años 50, su padre proyectó el jardín a puro entusiasmo por las plantas ornamentales. Las primeras camelias eran rojas, blancas y rosadas. Luego vendrían otras jaspeaditas y algunas híbridas. La madre de Hernán, Luisa de la Hija, acompañó el proyecto desde el comienzo, trabajó codo a codo con su esposo y aún hoy sigue presente. 

Hoy mismo hizo llegar unos budines perfumados que degustamos mientras Hernán comparte más detalles de la historia del lugar y despliega su conocimiento técnico sobre estas flores tan especiales. “Acá cultivamos camelias sinensis, las del té, y ornamentales: sasanquas, que florecen en otoño; japónicas; reticulatas; lutchuensis muy perfumadas; además de híbridos únicos”, detalla. 

Cada tanto aparece una sorpresa. “Este año vimos florecer una mini camelia bordó, preciosa, hay una sola planta de esa variedad”, cuenta Marina, amante de las plantas y de la poesía. Ella estará a cargo de la cocina del día, un plato al disco sustancioso que renovará las energías del grupo, en particular de las remadoras. “Es habitual que algunos de los visitantes lleguen a remo”, cuenta.  Esta vez es un grupo de amigas y algunas de ellas son apasionadas jardineras. 

La pausa del té

En la cabaña de madera del lugar, hacia la tarde volverán a circular las tazas de té que remiten directo a los brotes de camelia sinensis y en un momento de silencio Hernán dice que “el valor del tiempo se vuelve tangible en este lugar”. Y cuenta cómo decidió volver para poner manos a la obra en el vivero luego de sus años de formación, que incluyeron un tiempo en Estados Unidos. 

“Un día papá no pudo seguir con el vivero, y si no lo seguía, ¿quién iba a venir? A mí me encantaba venir y pasar tiempo acá y con Marina empezamos a pasar cada vez más momentos”. La charla deriva en la historia de las camelias, originarias de Asia, que llegaron a Europa como hebras de té y luego se expandieron como flores de lujo en Galicia, España, y en el sur de Francia. Acá, en el Delta bonaerense, encontraron su propio ecosistema.

Es hora de dar una vuelta por el bosque que ellos mismos, Marina y Hernán, han ido desmalezando. Los pinos se plantaron para proteger a las camelias del sol directo y hoy custodian plantas de entre 30 y 40 años. Más allá está el vivero y el invernáculo que cuidan juntos. Allí reproducen camelias por esqueje, investigan y registran variedades con la ayuda de viveristas y especialistas que visitan la isla.

El proyecto “Isla de las Camelias” comenzó a abrirse al público en 2010, cuando la paisajista Dolores Barbosa organizó los primeros “picnics entre camelias”. Desde entonces, fueron llegando escuelas de té, jardineras aficionadas y amantes del Delta y de las flores desde diferentes rincones del país. 

Barbosa sigue viniendo todos los años, pero ahora es Marina quien cuida algunos detalles y antes de la despedida, invita a una lectura en ronda de algunas joyas breves de poesía contemporánea —de Watanabe, Montalbetti, Genovese— tomando como inspiración el jardín y la reflexión que suscita la vida cerca de la naturaleza. 

Antes de volver a la lancha, Hernán comparte algo sobre su otra gran pasión: el teatro. Los días que no pasa en la isla, es actor, director y formador de actores, y encuentra un puente entre los dos mundos. “El arte y la naturaleza piden lo mismo: paciencia, entrega y respeto por los procesos”, dice.

El sol se oculta entre los pinos. Las camelias quedan suspendidas en el aire. La Isla de las Camelias no es solo un bosque, un terreno, una cabaña o un rincón más de este lugar único en el mundo: este jardín invita a reflexionar sobre el tiempo, sobre la naturaleza generosa, sobre el silencio, la herencia y la posibilidad de cuidar, conocer y hacer crecer lo que se pueda. Sobre cómo acompañar los ciclos de la vida. Y honrarla. 

Volvemos a subir a la lancha, luego a un tren. Del día compartido también quedaron —en mi bolsillo— unos pocos versos:
En la segunda sección del Delta/ las camelias cuelgan blancas y perfumadas/ cuando el árbol ya no las retenga/ caerán al suelo, reflejos de sol a media tarde. / De regreso pasaremos por el río grande/ se hará de noche temprano/ pude recoger algunos del suelo y viajan conmigo, irán a casa, hasta una vasija blanca/ en el centro, una japónica de centro amarillo/ al costado, unas blancas y otras de color más intenso, jaspeadas; mi favorita es la chiquita, una preciosura casi oriental, que no retuve/ se la dejé a una señora mayor que volvía cansada, colgando del caño en el colectivo/ la vi guardarla en su bolso, antes de bajar/ íbamos volviendo de noche/ fin del sábado/ cada una de regreso a casa. 

Una pareja, muchas pasiones en común

Siguiendo la herencia familiar, Hernán Márquez estudió Floricultura en la Universidad de Buenos Aires, luego viajó a perfeccionarse a los Estados Unidos y pone cada vez más horas de trabajo en este vivero que recuerda los pasos de su abuelo y de su padre. También es director  de teatro y formador de actores. Su compañera, Marina Baudracco, trabaja codo a codo con él, desmaleza el bosque, cocina, supo forjar las ventanas y puertas del invernadero y se emociona ante cada nuevo hallazgo floral como si acabara de llegar a este refugio natural. Además es diseñadora, docente universitaria y co-editora del sello de poesía y narrativa Saltaelpez junto a dos amigos, Alan Talevi y Rosario Salinas. 

Fotos: Laura Banchero y fotos gentileza Isla de las Camelias. 

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