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Reflexiones

21 diciembre, 2021

Un desafío para alquimistas

En la antigua práctica de la alquimia se buscaba descubrir, a partir de una materia impura, el elixir de la vida. ¿Cómo podemos recuperar esa noción para reflexionar sobre aquello que somos capaces de transformar?


Fotos: Pexels.

Por Sergio Sinay

Una crisis no se convierte por sí misma en oportunidad. No es cuestión de magia. No se trata de algo automático. Es un proceso como el que desarrollaban los alquimistas en tiempos medievales, cuando se proponían transmutar la materia en busca de la piedra filosofal que vendría a responder a las grandes preguntas que los humanos nos hacemos desde siempre. Ese proceso, que en el plano material se enfocaba en la transformación del barro en oro, apuntaba simbólicamente al oro interno, a la sabiduría que habita en nosotros y que debemos extraer. El proceso alquímico constaba de pasos tales como la disolución de la materia, la coagulación, la sublimación u obtención de lo esencial, la calcinación, la putrefacción, la mortificación y la conjunción (o integración de los componentes opuestos y complementarios). Ninguno de esos pasos estaba aislado de los demás, y ninguno era prescindible. Las crisis, tanto personales como colectivas, que enfrentamos en la vida, se nos presentan como la materia impura o imperfecta desde la cual partían los alquimistas.

Hace dos años, con la aparición del coronavirus, la vida nos proporcionó abundante materia para la alquimia individual y social bajo la forma de una crisis de características desconocidas para las generaciones actuales. Y ante ello una de las primeras y más extendidas reacciones fue la de creer y asegurar que aquello había llegado para despertarnos, para avivar nuestra conciencia como especie, para sacarnos de vicios, desvíos, hábitos tóxicos y desencuentros, y para orientarnos hacia la conformación de una nueva humanidad. Como si un alquimista confiara en que por el solo hecho de hallarse ante la materia prima esta se convertirá en oro. Acaso se haya tratado de un optimismo prematuro o de un ataque de voluntarismo apresurado.

El mundo que permanece

A medida que la tormenta va amenguando (al menos en apariencia, pero nunca se sabe y el futuro se ha demostrado definitivamente impredecible e inapresable) salimos de nuestros refugios y lo que encontramos no es un mundo nuevo, florido, generoso, empático, cooperativo. Volvemos a escenarios conocidos. Violencia, injusticia, desigualdad, inseguridad, corrupción, egoísmo, narcisismo. Por supuesto, no todo es así. Continúan también los actos de generosidad, de responsabilidad, de compromiso con el prójimo, de atención al semejante, las conductas de cuidado hacia la ciudad y el planeta, hogares comunes que habitamos. Es que quienes actuaban antes de la pandemia como agentes morales portadores de valores que ponían en evidencia en su vida y relaciones cotidianas, no dejaron de hacerlo en todo el tiempo transcurrido. No salieron mejorados de la crisis. Ya eran así. Porque quien elige una manera de vivir y es consecuente con ella no necesita ningún cachetazo de la realidad para encontrar el sentido y la trascendencia de su existencia y la manera de mejorar un poco el mundo.

“Hace dos años, con la aparición del coronavirus, la vida nos proporcionó abundante materia para la alquimia individual y social bajo la forma de una crisis de características desconocidas para las generaciones actuales. Y ante ello una de las primeras y más extendidas reacciones fue la de creer y asegurar que aquello había llegado para despertarnos, para avivar nuestra conciencia como especie, para sacarnos de vicios, desvíos, hábitos tóxicos y desencuentros, y para orientarnos hacia la conformación de una nueva humanidad”.

Sin embargo, hay quienes parecen haber sido víctimas de un síndrome de abstinencia al verse impedidos de practicar hábitos que son tóxicos no solo en lo personal, sino que contaminan el aire general que respiramos. El filósofo francés Gilles Lipovetsky (autor de La era del vacío, El imperio de lo efímero y el flamante Gustar y emocionar: ensayo sobre la sociedad de seducción) decía en una entrevista reciente: “Con el covid hemos llegado a creer que los consumidores habían adquirido cierta sabiduría, que iban a frenar su apetito de consumo. Error. Vemos que apenas la amenaza de la epidemia empieza a retroceder, hay una explosión de consumo”. Esa explosión encuentra una vez más, en ocasión de las fiestas navideñas (esa conmemoración cuyo sentido de humildad, encuentro amoroso, solidaridad y austeridad se diluyó en el tiempo), la oportunidad de manifestarse. El único freno que encuentra, y no de modo enfático, es el menos deseable, el que proviene de la crisis económica y de la falta de trabajo y de dinero que padecen muchas personas. No de una transformación de la conciencia.

Para que esto último ocurra será necesario un profundo trabajo alquímico. Las metamorfosis significativas en la conciencia de las personas, que en la medida en que se extienden provocan también transformaciones sociales, no ocurren desde afuera, por motivos externos, y mucho menos perduran cuando solo se originan en el miedo y no en la convicción. Por lo tanto, ni este último virus con todas sus variantes (ómicron, delta, etcétera), ni el próximo (que siempre lo habrá), ni cualquier situación producto de la incertidumbre natural de la vida hará el trabajo que cada persona, en la medida en que somos partes de un todo que es más que la suma de sus partes, debe hacer por sí misma.

Un falso analgésico

El consumismo es una pandemia depredadora del medio ambiente, de los lazos sociales y de la conciencia existencial que se ha desatado hace tiempo y para la cual hasta hoy no parece haber vacuna. Muchos, esperanzados, creyeron que, paradójicamente, el covid actuaría en este caso como antídoto. Pero no. Porque como señaló hace ya tiempo ese agudo observador de la realidad que fue el sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), a quien se deben, entre tantas otras, obras como Vida líquida, El amor líquido y La globalización y sus consecuencias humanas, de manera lenta, silenciosa e implacable nos fuimos transformando de ciudadanos en consumidores. En su ensayo titulado precisamente Vidas de consumo, Bauman diferencia el consumo (actividad necesaria para la vida) del consumismo, patología que se presenta cuando adquirir lo que sea, no parar de comprar, desesperarse por cualquier novedad, se convierte no solo en una actividad central en la vida de las personas, sino directamente en la razón de su existencia. El consumismo se convierte así en un analgésico para la angustia existencial, ese dolor en el alma que aparece cuando no se encuentra (o peor, no se busca) el sentido de la propia vida.

Quienes ya habían vislumbrado un sentido en su existencia a través de sus relaciones, de sus propósitos, de sus metas más allá de lo económico, del ejercicio de sus valores y de la consumación de sus afectos, tuvieron la oportunidad, durante los confinamientos, de encontrar, o de ver brillar, su oro interior (la verdadera búsqueda de los alquimistas). Quienes no lo tenían y vivieron la crisis en la ansiosa espera de que esta terminara para poder volver a lo de antes, son los que hoy protagonizan eso que ya se conoce como “consumismo de venganza”. Desquitarse de lo que no pudieron devorar y depredar durante los largos meses de obligada abstinencia. En Ceguera moral, libro póstumo que escribió en conjunto con el pensador lituano Leónidas Donskis, Bauman dice que las inquietudes consumistas remplazan hoy a las preguntas existenciales. Será necesario, pues, un proceso alquímico que parta de aquella materia bruta para llegar a este oro interior. Y no ocurrirá mágicamente.

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