Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

20 julio, 2010

Un derrame de iluminación


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Un ataque cerebral hizo que la doctora Jill Bolte Taylor*, una neuroanatomista e investigadora de Harvard recorriera un largo camino para descubrir eso que los libros no le habían enseñado: el lado más humano de su cerebro. Por Gabriela Picasso. Fotos: Gentileza doctora Jill Bolte Taylor.

La mañana del 10 de diciembre de 1997 me desperté con un dolor punzante que golpeaba justo detrás de mi ojo izquierdo. Era un dolor agudo, similar al que produce morder hielo. No estoy acostumbrada a sentir dolor, así que seguí mi habitual rutina. Al levantarme subí a mi máquina de ejercicios, y pronto me di cuenta de que mis manos parecían garras primitivas al tomarse de las barras. Pensé: “Es raro”. Y miré el resto de mi cuerpo pensando: “Estoy rara, me siento rara”. Fue como si mi conciencia se hubiera desplazado fuera de la realidad habitual a un espacio diferente desde donde me observaba a mí misma. Todo era extraño, y mi dolor de cabeza iba empeorando, así que dejé la máquina y me puse a dar vueltas por la sala. Era como si mi cuerpo estuviera lento, y mis pasos, rígidos, deliberados. No había fluidez y mis percepciones no podían ir más allá de mí misma, de mi propio espacio interior. En el baño, camino a la ducha, escuchaba el diálogo en mi cuerpo. De golpe perdí equilibrio y quedé contra la pared. Miré mi brazo y me di cuenta de que no podía diferenciar los límites de mi cuerpo. Sólo sentía esa energía… Me preguntaba: “¿Qué me pasa?”. Y mi cerebro izquierdo no respondía nada. Era como si alguien, desde un mando a distancia, hubiera pulsado el botón de silencio. Total silencio…

Un ataque cerebral. La doctora Jill Bolte Taylor tenía 37 años, era neuroanatomista e investigadora destacada de la Universidad de Harvard y estaba sufriendo un ataque cerebral. Una malformación congénita, no diagnosticada, de los vasos sanguíneos de su cabeza había estallado inesperadamente provocando una gran hemorragia en el hemisferio izquierdo de su cerebro. Poco a poco observó cómo se iba apagando por completo la capacidad de procesar información de su mente. A las pocas horas, ya no podía hablar, caminar, leer, escribir, ni recordar nada de su vida.

Una ironía que esto le pasara justamente a ella. “¿Cuántos científicos han tenido la oportunidad de estudiar el funcionamiento y el deterioro mental de su propio cerebro? ¡Esto es genial!”, pensó, mientras emprendía un largo viaje hacia el abismo de su mente callada. Fue en este completo silencio que Jill Bolte Taylor, neuróloga premiada y con una carrera promisoria por delante, hizo su descubrimiento más importante. Lejos de aterrarse por lo que le estaba pasando, se dio cuenta de que no tenía miedo. Una profunda paz la había invadido, su cuerpo estaba completamente fusionado con el universo que la rodeaba: “Me siento como un genio liberado de la botella en la que está encerrado”, pensó. Pero cuando su hemisferio izquierdo se desconectó, escuchó la voz del otro lado de su cerebro. Y descubrió que había otra forma de ser.

Un cerebro: dos mundos

Desde chica, Jill sintió fascinación por el cerebro humano. Se preguntaba por qué su hermano mayor, que le llevaba poco más de un año y padecía esquizofrenia, tenía una forma diferente de interpretar la realidad y de comportarse. Decidida a entender cómo funcionaba su mente, se convirtió en neuróloga: “Necesitaba saber por qué yo podía relacionar mis sueños con la realidad y llevarlos a cabo, mientras que él no podía hacerlo y sus sueños se convertían en delirio”. Una carrera vertiginosa la llevó de la universidad de su ciudad natal, Indiana, al Departamento de Neurología de Harvard. Dedicaba las 24 horas del día intentando develar los misterios de la mente, tratando de explicar esas extrañas conexiones y procesos que nos hacen actuar y ser como somos. Acababa de cumplir 37 años y tenía un prometedor futuro por delante.

Pero una mañana todo se evaporó. Sola en su departamento de Boston, vivió cada momento de su ataque cerebral en cámara lenta y poco a poco fue sintiendo cómo se apagaban sus circuitos. En pocos minutos, el hemisferio izquierdo de su cerebro –fuente del habla, el ego, la ambición, el análisis, el juicio y el contexto– comenzó a fallar. Las funciones analíticas básicas –como el habla, la posibilidad de entender los números o las letras, y hasta de reconocer su entorno– se fueron perdiendo.

“Sentía que mi energía escapaba de este frágil recipiente… y temía que mi mente cognitiva quedara tan deteriorada, tan privada de su capacidad normal de funcionar, que yo quedaría permanentemente incapacitada. Por primera vez en mi vida, comprendí que no era invencible… Me tomé la cabeza con las manos y lloré. En medio del llanto, cerré los puños y recé. Recé pidiendo paz en mi corazón. Recé pidiendo paz en mi mente”, recuerda.

Cuando esa conversación interior que nos pone en contacto con el mundo sensorial desapareció, increíblemente, también lo hicieron todas sus preocupaciones sobre su trabajo, su vida, sus investigaciones o sobre la enfermedad de su hermano. No había pasado ni futuro. Dentro de su cerebro, su lado derecho había tomado el control, y un mundo poco explorado por ella, y por la mayoría de los seres humanos, se hacía realidad: intuitivo, creativo, empático y kinestésico.

“De repente, podía sentir como cada molécula de mi cuerpo se fusionaba con el espacio que me rodeaba. La energía de mi espíritu parecía fluir como una gran ballena deslizándose por un mar de silenciosa euforia –cuenta–. Mi espíritu tomaba un primer plano, me sentía suspendida entre dos mundos… Para mí, el infierno era el dolor de este cuerpo herido que fracasaba miserablemente en todo intento de interactuar con el mundo exterior, mientras que el cielo era una conciencia que ascendía a la beatitud eterna. Y, si embargo, en algún lugar en el fondo de mí, había un ser jubiloso, contentísimo de que yo hubiera sobrevivido”.

Llegó a la Unidad de Cuidados Intensivos de Neurología del Hospital de Massachusetts auxiliada por un amigo con el que había logrado comunicarse con sonidos casi guturales por teléfono. Pero mientras su espíritu se elevaba, su cuerpo luchaba por vivir. Tenía un coagulo del tamaño de una pelota de golf en el lado izquierdo de su cabeza. Si no lo extirpaban, las posibilidades de que sobreviniera otra hemorragia eran muchas, y seguramente la próxima vez no tendría la misma suerte. En ese momento se dio cuenta que aunque no podía sentir muchas cosas, o entender lo que le decían, podía percibir la energía que emanaba de las personas.

“Rápidamente me di cuenta de que cada vez que alguien entraba a mi habitación, una enfermera o un médico, podían traer energía positiva que me ayudaba a recargar mis reservas, pero cuando lo hacían con brusquedad o sin considerarme, me la quitaban –recuerda–. Me di cuenta de que debía protegerme de éstos o colaborar con aquéllos, según la energía que me aportaban. En definitiva, yo era la responsable de mi recuperación”. A los cinco días, cuando lograron estabilizarla y luego de practicarle decenas de estudios, la mandaron a su casa para que se pusiera fuerte para la operación.

Mientras tanto, su madre, G. G, había llegado desde Indiana para acompañarla. “Al principio no podía ni siquiera entender lo que la palabra ‘madre’ significaba. No sabía quién era ella”, dijo Jill. Pero apenas entró en su cuarto, la miró a los ojos y sin decirle nada se metió en la cama junto a ella y la abrazó: “Fue un momento asombroso de mi vida. De algún modo, ella había comprendido que ya no era la doctora de Harvard, sino que era otra vez su niña”. Por diez años, su madre había cuidado de su hermano esquizofrénico, sin poder hacer nada por curarlo. Ahora era Jill quien la necesitaba. Estaba ciento por ciento comprometida a ayudarla. Con su convicción, su compasión y sus cuidados persistentes le ofreció un maravilloso ambiente en donde pudo recuperarse.

Aprender a ser

Extraña paradoja: según Jill, ningún científico que trabaja con el cerebro dejaría que le abran su cabeza, porque saben lo delicado que es el cerebro. Sin embargo, ella ahora lucía una cicatriz de 23 centímetros en su cráneo. La operación había sido un éxito. Pero ahora la esperaba un arduo camino por delante. Se mudó a Indiana con su madre para comenzar una larga recuperación que tardaría ocho años: “Mi mente era como un pizarrón que había sido borrado. Era como si tuviera la mente de un bebé y tuviera que aprenderlo prácticamente todo de cero”, cuenta. Tuvo que aprender a caminar, a hablar, a leer, a escribir, a contar. Todo era nuevo: tuvo que aprender a sentarse antes de ponerse de pie y aprender a ponerse de pie antes de poder dar un paso. Cada pequeño logro era como subir una montaña. Pero Jill sabía que debía estimular esas conexiones que se habían roto, antes de que se murieran u olvidaran cuál era su propósito.

Pero esto no era lo que más la preocupaba. Jill estaba segura de que saldría adelante. El tema era cómo quería ser cuando volviera al mundo. ¿Estaba dispuesta a abandonar su adquirida beatitud estática para volver a relacionarse con el mundo exterior? Si se volvía a insertar en la “carrera de ratas”, ¿quería volver a ser una rata? Ella no quería que su mente girara tan deprisa que ya no estuviera en contacto con su auténtico yo. “Nacemos con los dos hemisferios y anatómicamente el hemisferio derecho se desarrolla antes que el izquierdo. Pero los dos están perfectamente interconectados. En el colegio nos enseñan a ver detalles abstractos y, entonces, nuestro costado izquierdo se convierte en una máquina funcional.

Cuanta más estructura reciba este cerebro, más temprano, más estructurado se volverá. Mientras tanto, aplacamos nuestro lado derecho, que simplemente está lleno de felicidad sólo por el hecho de existir. Ese que se desarrolla con el arte, la música, el ejercicio. Como sociedad honramos los logros académicos y valoramos el constante hacer. Eso es lo que vale. Con todo bajo control, no nos dejamos llevar por los caminos del hemisferio derecho. No nos damos posibilidad de hacer una pausa antes de reaccionar, de meternos en nuestros circuitos emocionales derechos para alcanzar la paz interior y para fundirnos con el todo en perfecta sintonía. Una manera de ser diferente, que está a nuestra disposición las 24 horas. El tema es elegirla. Un mundo en paz no tiene precio”.

Antes de sufrir el ataque, el carácter analítico y juzgador del hemisferio izquierdo de Jill dominaba su personalidad. Con la hemorragia, esta mitad se inhabilitó, permitiendo a su costado derecho tomar protagonismo. Allí, ella descubrió un nuevo personaje conectado con la paz interior que no juzga, que no divide. Un mundo cerebral en el que no existen diferencias, ni razas, ni fronteras, ni encasillamientos. Alguien que le permitía dejar de ser un ser sólido individual para convertirse en un fluido en comunión con el universo.

En su largo viaje, Jill había aprendido que la paz interior estaba a sólo un pensamiento de distancia. Lo único que necesitamos para acceder a ella es acallar la voz de nuestra dominante mente izquierda. Y para esto no es necesario haber sufrido un ataque, sino que es algo a lo que todos podemos acceder: “Nuestra mente es como un jardín que crece en el tiempo. Nosotros somos los responsables de la forma en que queremos que crezca”.

En el 2006 decidió que debía contar todo lo que vivió y también lo que había descubierto. En su libro, Un ataque de lucidez, un viaje personal hacia la superación, no sólo se propuso enseñarnos a entender y ayudar a las personas que padecieron una ataque cerebral, sino también a aprender a “tomar la derecha”, y poder elegir quiénes y cómo queremos ser en el mundo. En 2008 participó como oradora en la TED Conference, una organización dedicada a difundir las ideas que valen la pena. Allí contó su experiencia en vivo y su emotivo testimonio está disponible en YouTube. Más de cinco millones de personas ya la han visto, y ese mismo año, la revista Time la eligió como una de las cien personalidades más influyente del mundo.

Una Jill Bolte Taylor “murió” una mañana de diciembre; desapareció esa mujer que había sido: “Analítica, competente, agresiva. Yo era una mujer que lograba todo lo que me proponía. Estaba totalmente enfocada en mi carrera y en ascender por la escalera de Harvard. Nació una nueva Jill. Ahora estoy interesada en usar mi tiempo y energía en ayudar a que el mundo se transforme en un lugar mejor. Muchas veces le permito a mi hemisferio derecho que tome el control. Y cuando sucede, automáticamente dejo de pensar en mí para pensar en ‘nosotros’”.

*Nació en Indiana, Estados Unidos, y estudió neurología para entender cómo funcionaba el cerebro de su hermano mayor, que padece esquizofrenia. Hoy tiene 50 años y es soltera.

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