Sophia - Despliega el Alma

Artes

9 mayo, 2008

“Tuve suerte de pertenecer a una generación comprometida”


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Gioconda Belli*

Controvertida, poeta, madre e intelectual, es una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana. Nacida en Nicaragua, enfrentó al régimen de Anastasio Somoza, vivió el exilió y con los años fue convirtiéndose en un referente literario. Acaba de publicar su última novela, El infinito en la palma de la mano, una recreación del mito originario de Adán y Eva. Por Teresa de Elizalde. Foto: Agencia EFE.

Su vida estuvo marcada por las contradicciones. Criada en una familia acomodada de Nicaragua, fue miembro del Frente Sandinista para la Liberación Nacional, contra el régimen del dictador Anastasio Somoza. Escribió poesía erótica a los 19 años, ya casada y con una hija. Cuando su marido le dijo que dejara de trabajar, ella contestó que no. Quería su independencia. Opositora de los Estados Unidos, se casó luego con un productor de cine con quien reside en Los Ángeles. Gioconda Belli es, a sus 59 años, es una de las voces más fuertes de la literatura lationamericana. Lleva más de cuarenta años escribiendo poemas y novelas que han dado la vuelta al mundo y la han consagrado con premios como el Casa de las Américas y, recientemente, el Biblioteca Breve de Seix Barral. Su primera novela, La mujer habitada (1988), fue traducida a varios idiomas y se convirtió en un éxito inmediato en Europa. Luego siguió con Sofía de los presagios (1990) y Waslala (1996). Su reconocimiento internacional e indiscutido llegó con su autobiografía, El país bajo mi piel, que se publicó simultáneamente en seis países. El infinito en la palma de la mano, su última novela, es una recreación del mito original de Adán y Eva. Inspirado en un poema de William Blake, Gioconda pone en escena el primer encuentro entre un hombre y una mujer hoy. Tiene cuatro hijos y vive entre Managua y Los Ángeles. Atrás quedó la lucha, pero la llama interna y el amor siguen eternos.

–Siempre hablaste de la escritura, de los procesos internos que atravesás al escribir poesía y prosa. ¿Qué es lo que sentís al escribir? ¿Qué sucede en tu interior?

–Puedo describir lo que siento como una confluencia de dos imperativos. El primero, quizás, es la noción que tengo de esa suerte de capacidad especial, que me permite hacer un arte del uso de las palabras. La conciencia que he ido adquiriendo de tener este don, esta suerte de “poder”, me demanda hacer uso de él, explorar sus límites y posibilidades, dominarlo y perfeccionarlo. En segundo lugar, hay un imperativo que proviene del placer que me causa escribir. Gozo escribiendo, me traslado a un territorio donde cualquier cosa es posible. El proceso es sencillo, pero a la vez indescriptible, pues no obedece a un patrón fijo. No sé por qué determinadas imágenes, la mirada que se posa en esto o aquello, algo que leo, observo o vivo produce un eco dentro de mí que, al resonar con recuerdos o sensaciones guardadas, suscita un poema o la idea para una novela. Precisamente en el misterio de cómo se genera el proceso reside esa calidad imprevisible y sorprendente que hace de este oficio algo apasionante y adictivo. Para mí el poema es como un rayo que me parte, yo no lo hago suceder, el poema me pasa a mí, yo no le paso al poema, sino que de repente me asalta el poema y yo lo escribo. La palabra de la poesía es una palabra mágica para mí, es una palabra que viene como en un acto de la naturaleza, es como una tormenta, como un rayo en seco, como un aguacero.

–¿Sentís alguna diferencia en el hecho de ser mujer al escribir?

–Cuando he comparado notas con escritores varones sobre su proceso, no veo gran diferencia entre el mío y el de ellos. Lo que hace la diferencia, me parece, es la conciencia de género que cada uno tiene. Hay en el mundo seres que son más neutros que otros, que tienen menos conciencia de su sexualidad y que pueden separarse de ésta. A mí, en lo particular, me interesa escribir como mujer, no separar mi condición de mujer de mi condición de escritora, pero ésta es una decisión que he hecho conscientemente.

–Gioconda, ¿cómo fue tu infancia en esa Nicaragua de privilegios que has descripto en El país bajo mi piel?

–El recuerdo que tengo es el de mi abuelo Pancho (Francisco Pereira Baldizón), que fue quien me introdujo en la literatura. Era un tipo extremadamente inquieto en el plano intelectual. Me llevaba libros de Julio Verne a la casa. Mi madre también leía mucho y nos transmitió, a mis hermanos, mis hermanas y a mí, un gran amor por el conocimiento y una admiración muy grande por el arte y la cultura. Mi mamá tenía una gran habilidad para compartir con nosotros su fascinación por el teatro, por la literatura, por la pintura. A mí me encantaba que me hablara de historia, que me contara sobre los griegos, los romanos, los egipcios. Mi papá era el de las aventuras y el que tenía sentido del humor, y mi mamá era la intelectual de la familia. Éramos cinco hermanos: tres mujeres y dos varones, muy imaginativos todos. De niños, nos inventamos un país donde jugábamos que vivíamos. Mi hermano mayor escribió hasta la Constitución de ese país ¡y se nombró presidente vitalicio! Él y yo leíamos mucho y teníamos un teatro de títeres con boletos que vendíamos en el vecindario por 25 centavos. Por la tarde, cuando estábamos de vacaciones, teníamos función. No había televisión en ese tiempo. Yo tendría como 9 años cuando aparecieron las TV en blanco y negro, y mis padres siempre nos limitaron el tiempo que la veíamos, así que nos entreteníamos con la imaginación y lo pasábamos muy bien.

–Justamente, hablando de tu madre, dijiste en alguna oportunidad que fue ella quien te habló del sexo y del cuerpo con naturalidad…

–A mi mamá le atribuyo mi visión de la sexualidad como algo natural y maravilloso. Nunca me hizo sentir mal por las particularidades femeninas de mi cuerpo. Al contrario, me hizo sentir que era un privilegio cuanto me sucedía como mujer, que mi cuerpo era tan maravilloso que sería capaz de dar vida. Y de la sexualidad entre hombre y mujer siempre me habló con gran respeto y belleza. Yo pienso que empecé a escribir poesía erótica porque no tenía prejuicios ni tabúes con respecto al sexo. Tuve la suerte de tener una madre muy sana que nunca me habló del sexo de una forma sucia o pecaminosa. Ser mujer me lo hizo sentir como un poder, no como una debilidad. Uno de los recuerdos más lindos que yo tengo de ella es cuando me habló de la regla. Lo hizo con una charla bellísima, poética: me dijo que mi cuerpo iba a ser capaz de dar vida. Yo me quedé con la boca abierta del don de ser mujer. Esto me marcó definitivamente porque yo empecé a escribir lo que sentía. Fui la primera sorprendida al publicar los poemas; resultaron ser un escándalo, los catalogaron como poemas eróticos. A las mujeres nos hacen sentir culpables del cuerpo; la mujer tiene una relación más sensual y profunda con su cuerpo.

–Tus primeros poemas fueron vistos como una provocación para cierto espectro social y familiar. ¿Qué fue lo que te llevó a ellos?

–Cuando escribí mis primeros poemas tenía 19 años, ya estaba casada y tenía una hija. Me sentía llena de vida, de sensaciones. Escribí lo que sentía y consideraba bello y natural, sin inhibiciones. Esa falta de inhibiciones, en una mujer, fue lo que escandalizó a la gente. Yo, en ese tiempo, era una muchacha de cierto nivel económico, de cierto apellido, y mi rol en el mundo –asignado por mi familia como fui criada– era para casarme, tener hijos. Mi mamá era una mujer intelectualmente desarrollada que me inspiró en muchos aspectos; sobre todo a leer, a prepararme. Creo que no esperó que yo tomara las cosas tan a pecho. Yo no me propuse quebrar esquemas. Tenía como un instinto para hacer cosas diferentes, actuaba instintivamente. Por ejemplo, me propuse trabajar desde que tenía 17 años; empecé a trabajar y quería ganarme mi propio salario, quería ser independiente económicamente. Cuando me casé muy joven, en 1967, y mi marido me dijo: “Dejá de trabajar”, yo dije: “No, por qué voy a dejar de trabajar si yo estoy produciendo. Me gusta trabajar, me gustar estar metida en el mundo”.

–¿Cómo se explica una mujer revolucionaria, poeta, madre, miembro de una familia acomodada de Nicaragua? Parecería como si hubiera una fuerte búsqueda interna.

–Uno es producto de su circunstancia, pero también de sus esperanzas. Yo crecí bajo una dictadura, y desde muy niña, vi pobreza e injusticia a mi alrededor. Tuve la suerte de pertenecer a una generación que no se sintió indiferente a cuanto sucedía frente a sus ojos, una generación que creyó en la posibilidad de transformar aquello. No llegué sola a mi decisión de comprometerme a cambiar las cosas. Éramos muchos. Eso fue lo que me permitió vencer el miedo. Había mucha mística, mucho altruismo y un gran sentido de rebeldía contra el statu quo político. Los jóvenes en todo el mundo se manifestaban contra la guerra de Vietnam, las mujeres proclamaban la liberación femenina. Fui joven en un tiempo muy positivo, muy hermoso. Me contagié de ese aire, afortunadamente. También fui producto de la educación que recibí, del sentido de responsabilidad que me transmitieron mis padres: me hicieron sentir que yo le debía algo a la sociedad, que debía ser útil a los demás y que debía dar lo mejor de mí misma en cualquier cosa que hiciera. Gioconda luego abandonó Nicaragua y partió al exilio en México y Costa Rica. Años más tarde, ya separada de su primer marido, se casó con Charles Castaldi, con quien eligió como residencia los Estados Unidos. Los cambios políticos en Nicaragua, el triunfo de la revolución sandinista y los sucesos posteriores la hicieron alejarse del FSLN con una carta de renuncia pública, en desacuerdo con el rumbo que había tomado el partido. Dueña de una palabra única, llena de fuerza, Gioconda ha dicho: “Si tuviera que elegir entre la política y la escritura, diría que la escritura es mi vocación. Pero una vocación que veo íntimamente ligada con al sociedad. Los escritores son testigos y fuerzas de cambio en una comunidad”.

–“Otra vez, su cepillo de dientes no está”. Así es como una de tus hijas comenzó su tesis de graduación, escribiendo sobre las ausencias en tu casa. ¿Qué te produjo leer estas palabras?

–Yo estaba tan metida en mis problemas personales que no me di cuenta hasta mucho tiempo después de cuán complicado fue para mis hijos compartir mi vida. Cuando leí eso no pude dejar de llorar. De pronto, esa frase, la escena que imaginé mientras lo leía, me llenó de dolor por lo que ellos habían pasado. –¿En qué período de tu vida estás ahora? Decís que entraste en un período de madurez. ¿Qué querés significar con esto? –Digo que soy una mujer en avanzado estado de juventud. No me siento vieja para nada pero, como decía mi papá, uno se siente igual, pero ya no ve sin anteojos, o se cansa, o se ve los cambios en el cuerpo, las arrugas, y se da cuenta de que el tiempo va pasando. Esa conciencia del paso del tiempo es la madurez para mí. Es inútil evadir esa realidad. Hay que saber encontrar la manera de vivirla y a menudo uno se resiste porque también significa aceptar que la vida termina, que nos encaminamos hacia la muerte, y eso es difícil de aceptar cuando uno se ha sentido tan lleno de vida. Sin embargo, igual que todos los procesos vitales, el reto está en saber hallar el equilibrio y la gracia de cada fase de la existencia. He pasado momentos de rabia y frustración ante esa realidad, de sentirme descolocada en relación con la identidad con la que he vivido. Siento que he hecho las paces con esta nueva juventud que es más sabia y plácida. Me he dado cuenta de que el alma no envejece y de que son los prejuicios los que nos afligen. Entonces, igual que uno lucha contra otros prejuicios, hay que luchar contra estos que nos quieren convencer de que después de cierta edad sólo queda la decrepitud. No hay que entregarle la vida a la muerte antes de tiempo.

 

*59 años, es la escritora nicaragüense de mayor prestigio. Con un pasado revolucionario en el FSLN, sus obras más destacadas son La mujer habitada, Waslala y la más reciente, El infinito en la palma de la mano (Seix Barral).

ETIQUETAS escritura género literatura

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