Trabajos con propósito: la tendencia que está transformando el mundo laboral - Sophia Online

Vida laboral

Trabajos con propósito: la tendencia que está transformando el mundo laboral

Muchas personas están cuestionando sus empleos, en la búsqueda de nuevos desafíos que den mayor sentido a sus vidas. ¿Qué nos muestra este nuevo mapa profesional?

POR Maite Moreno Ugartemendía

“Si no sabemos a qué puerto vamos, ningún viento es favorable”, dijo Séneca. Y cuánta razón hay todavía hoy en sus palabras: necesitamos un rumbo y el propósito lo promete. De hecho, el concepto «propósito» es lo más buscado en inteligencia artificial este año. En el ámbito laboral, las nuevas generaciones lo piden y los empleadores se ven obligados a ofrecer alguna alternativa que resuene con esa búsqueda. ¿Por qué está tan de moda?

Así como tomar agua con voracidad indica que nos encontrábamos al filo de la deshidratación, tanta sed de sentido nos habla de la extensión del sinsentido, una gran sábana gris que cubre nuestras sociedades. Por eso, los trabajos con propósito no son solo una tendencia; son indicadores de una herida colectiva abierta que supura.

Vivimos una crisis de sentido. Una muestra son los “bullshit jobs” (trabajos basura), término acuñado en 2018 por el antropólogo David Graeber para nombrar a los puestos de trabajo que tienen objetivos tan inútiles o desconectados de lo importante, que ni el mismo empleado puede justificar su existencia. 

Ante tan profunda necesidad de significado, trascendencia y propósito, las redes sociales se llenaron de videos que prometen enseñarnos cómo descubrirlo con las preguntas: ¿quién soy? ¿Qué me hace feliz? ¿Cuáles son mis valores? ¿Qué actividades me hacen perder la noción del tiempo? ¿Qué me apasionaba en mis primeros años? ¿Qué causas o problemas sociales me movilizan? ¿En qué momentos siento plenitud? 

Si pusiéramos empeño en responder esas preguntas fascinantes de autoconocimiento, las respuestas no serían el propósito. Podrían acercarnos, pero no más que eso. Porque no hay método ni técnica que explique de forma irrevocable la vida: quiénes somos, por qué y para qué estamos acá. Dar con nuestro propósito es un proceso de integración en el que se amalgaman lo que ya sabemos y lo que está en el aire, suspendido entre signos de pregunta. Algo escapa a nuestro entendimiento y justo eso hace estimulante la búsqueda. 

¿Qué complejidades entran en juego al conectar con el propósito? ¿Cómo ir al encuentro de una comprensión más aguda de nuestra razón de ser? ¿Qué tan cierto es que podemos trabajar con propósito? Tres historias reales nos guían en la expedición. 

Ethel, entre la química, la abogacía y los perfumes

Cuando tenía 9 años, Ethel Parietti pasó dos meses internada en terapia intensiva en un hospital. Al salir le dijo a su mamá: «Voy a ser médica para niños”. El cariño del médico que leía cuentos al pie de la cama, y de la doctora que la revisaba sin hacerle doler, la habían marcado. 

Pasó la secundaria repitiendo que iba a ser pediatra. Cuando cumplió los 17, hizo el ingreso para entrar en la carrera de Medicina. Rindió, aprobó, pero las vacantes solo eran 1000 y ella, por el orden alfabético, quedó en el lugar 1001. Fue a la ventanilla de la facultad, rogó que la dejaran entrar. No hubo caso.

Cuando se recuperó de la frustración, se anotó en el profesorado de Química. Hizo la carrera y comenzó a dar clases en una escuela. Al principio, seguía muy enojada y eso se trasladaba a una actitud de severidad hacia sus alumnos. 

Con el correr de los años, algo cambió. Empezó a ver la química como una excusa para estar cerca de los chicos, que era lo que siempre había querido. Les enseñó química de una manera no convencional, les dio apoyo escolar, impulsó movidas solidarias para que se involucraran con la comunidad más allá de la escuela. 

Al tiempo, fue elegida como vicerrectora del colegio. En este nuevo rol, se presentaron situaciones de violencia y abandono hacia los alumnos que le llenaron la garganta de piedras.

Indignada, y con una agenda llena de horarios y reuniones, abrió el tiempo con las manos para que entrara lo imposible: cursar la carrera de abogacía. Se recibió de abogada no para trabajar en un estudio, sino para tener herramientas que le permitieran defender a los chicos desde su labor como autoridad del colegio.

En la actualidad, ya jubilada, da clases para docentes que trabajan con jóvenes. Además, junto a una amiga, inició un emprendimiento de fragancias. “Estudié perfumería por placer. Tuve un muy buen maestro que hizo que me enamorara del mundo sensorial. Y acá estoy, usando la química de otra manera”.

La historia de Ethel está llena de perlas. Nos muestra que conectar con el propósito es revisar nuestra biografía. Gracias a su paso por el hospital, descubrió que quería hacer algo por los más chicos. Tumbada en la cama, entre sueros y ambos, grabó con precisión cinematográfica cada gesto de cariño y cuidado de los médicos. Y, desde la gratitud, quiso entregar lo mismo. El propósito puede ser una suerte de devolución de lo que alguna vez recibimos.

En principio pensó que lo haría a través de la medicina, pero encontró otras formas: como profesora de química, maestra de apoyo escolar, líder de proyectos solidarios y vicerrectora. Fue buscando modos propios. Podemos pensar el propósito como nuestra manera única de contribuir al bienestar colectivo, pero no como la única manera.

Hacemos lo que hacemos desde nuestras singularidades, desde aquello que nos hace ser quienes somos. Ethel, por ejemplo, combina la pasión por enseñar, la capacidad de tomar decisiones complejas y una fuerte impronta activista, cualidades impregnadas de un deseo espeso y contundente de acompañar el desarrollo de los chicos. 

Si miramos bien, en este relato hay decepción, impotencia y un sueño incumplido. Ethel no pudo lograr su meta de ser médica, ¿pero quién se atrevería a decir que no apoyó a los chicos? Lo hizo profusamente. Y esto nos devuelve el aliento. Podemos fallar una y mil veces en objetivos concretos y aún así, vivir llenas de propósito. Porque el propósito no es un objetivo específico, sino algo profundo, existencial. 

Propósito y sentido: la historia de Carmen

Carmen* nació en una familia disfuncional y desde pequeña encontró refugio en los animales. Estudió la carrera de Veterinaria mientras criaba a sus dos hijos chicos. Se sintió muy sola. 

En su trayectoria se especializó en patología animal y, tras varios intentos, logró obtener el título de mayor prestigio en su campo. A los 55 años trabajaba en Inglaterra, con un excelente sueldo y una casa propia. Para los demás estaba en las nubes, tenía una vida algodonada. Pero en la primera sesión de mentoría laboral la realidad irrumpió. Frente a mí apareció una mujer fracturada por dentro. 

La ambivalencia la atormentaba. Una parte suya quería quedarse donde estaba trabajando, pero otra se sentía vacía. “No me llena lo que hago. Veo a mi alrededor gente apasionada y digo guau, quiero eso. Sé que tengo que ser responsable y pensar en mi familia y en la hipoteca. Pero también veo que mi energía ya no es la misma que antes y no quiero gastarla en cualquier trabajo. Quiero marcar una diferencia”.

A partir de un proceso introspectivo acompañado por un equipo, decidió crear una empresa social para dar apoyo emocional y económico a jóvenes que estudian veterinaria en la ciudad donde se formó. Como enseñar le gustaba y le resultaba sencillo, se le ocurrió fondear el proyecto vendiendo cursos de su especialidad a colegas veterinarios.

Al día de la fecha, Carmen todavía encuentra sentido en permanecer en su trabajo actual: le da previsibilidad de ingresos y permite hacerse cargo de los compromisos económicos que ya tomó, se lleva bien con sus compañeras y le deja espacio mental para volcar su creatividad en la empresa social. Y aunque no le fascine, quedarse todavía es un sí. Ese «sí» es lo que el referente de la psicología profunda James Hollis entiende por sentido: “El sentido es algo que se confirma desde adentro, una resonancia interna. Se siente correcto, adecuado”.

Para Carmen, hacer el otro proyecto, la empresa social, además tiene un propósito trascendental: ser sostén para que jóvenes puedan atravesar la carrera sintiéndose acompañados. Desde esta óptica, el propósito es una intención de transformación. Es esa parte de la realidad que nos toca especialmente, y en la que deseamos involucrarnos y mejorar.

Recuerdo que la primera vez que vi a Carmen, le dije: “Desde afuera podríamos pensar que tu trabajo en patología animal, diagnosticar sus enfermedades para dar en la tecla con la cura, está lleno de propósito. ¿Cómo lo sentís vos?”. Ella respondió: “Yo no lo veo así. Sé que aporta a la salud de los animales, pero en mí no mueve nada”.

Su testimonio nos muestra que conectar con el propósito es seguir los rastros de la vitalidad: poner la lupa en las personas, los seres, los entornos o las ideas que nos devuelven el brío y la frescura. 

Un propósito está vivo si hay simultaneidad, es decir, si tiene un efecto revitalizante en otros y en nosotros a la vez. En este caso lo vemos claro: hoy ser veterinaria da vida a los animales, pero no a Carmen. En cambio, el trabajo con los jóvenes universitarios lo hace en ambas direcciones al mismo tiempo.

Hay otro punto importante que revela esta historia. El trabajo puede ser un ámbito de expresión del propósito, pero no es el único. A veces va por fuera y se expresa en proyectos comunitarios que hacemos de forma voluntaria, y nada tiene que ver con lo que nos da sustento económico. Incluso, puede ser todo lo contrario e implicar invertir dinero. 

Si desromantizamos el proceso de identificar el propósito, nos damos cuenta de que rara vez partimos de un escenario ideal. A veces nuestro punto de partida son reveses, sinsabores, traumas. Y ahí, revolviendo en ese baúl polvoriento y umbrío, encontramos deseo. Descubrimos ganas de convertirnos en quienes nos hubiese gustado tener al lado. Dar aquello que alguna vez ansiamos. 

Carmen, que conoce bien el peso de la soledad, no quiere que otras personas sufran por lo mismo. No quiere que se sientan desamparadas mientras estudian. Quizás ella misma quiera sentir el calor del amparo mientras lo da, para convencerse de que su pasado no es lo único que puede pasar. Es que el propósito puede ser alquimia y reparación. 

Narrar quiénes somos: el camino de Ana, la mujer bambú

Vimos el propósito como intención. Desde esta mirada, es volitivo y racional: remite a aquello que nos proponemos a conciencia. Pero, ¿qué pasa cuando la sensación no es que nosotros lo elegimos sino más bien que nos elige? 

Analaura Antúnez Latorre es uruguaya. Empezó su camino profesional como diseñadora industrial y docente universitaria. Un día llegó a sus manos una beca para estudiar en China. No era de idiomas o de negocios. Era un programa para visitar plantaciones de bambú y osos panda. “No tenía pasaporte. Estaba en duda, pero algo me llamaba. Mi mamá insistía en que lo hiciera. Como no pedían muchos requisitos, apliqué y salió. Fue alucinante”.

Desde entonces, Ana explora cómo el bambú, en guaraní conocido como tacuara, puede ser guía para transformaciones ecosociales.

Es fundadora y codirectora de Planeta Bambú, un proyecto centrado en educar, inspirar y prototipar nuevas formas de producir con bambú en ámbitos como la arquitectura, la industria textil y la cosmética natural.

Mujer rural, vive junto a Lucía Kröger en Aurora de la Sierras, una reserva natural de más de seis hectáreas en Maldonado, Uruguay, donde cultivan 17 especies de esta planta. «Recuerdo un año de sequía. A la madrugada íbamos a regar lo que habíamos plantado. Hay mucho amor puesto acá«. 

De a ratos esa tierra amada oficia de parque escuela. Se abre para ofrecer experiencias inmersivas que combinan arte y educación ambiental y, con el bambú como puente, invitan a las personas a reencontrarse con la naturaleza que son y a respetar la que las rodea.

Además es ilustradora y creadora de Historias bambuseras, libros que proponen actividades para toda la familia, anfitriona de un podcast Conexión Tacuara y protagonista de Tacuaras, un corto documental recién estrenado. Por su recorrido la convocan como speaker en eventos nacionales e internacionales para compartir su experiencia y saberes.

Cuando le pregunté acerca de su propósito, Ana respondió: “La esencia misma de la planta encontró en mí, que me gusta hablar y dibujar, un canal para expresarse”. Esta respuesta trae una mirada distinta. Nos unta los ojos con un ungüento invisible: el aspecto espiritual del propósito. Ana sabe que hay algo más grande, que no empieza ni termina en ella, sino que la incluye (pide de sí compromiso y participación) y la traspasa con la potencia de una ola brava y espléndida. 

“La verdadera alegría de la vida es ser utilizado para un propósito que reconoces como poderoso (…) ser una fuerza de la Naturaleza en lugar de un terrón egoísta y febril de malestares y quejas”, sostiene el escritor George Bernard Shaw. Cuando le comparto esta cita, Ana se queda muda, con la conmoción del alma que se siente comprendida.

Hacia el final de nuestra conversación, me cuenta que solo ahora, de grande, entiende ciertos sucesos de su pasado. Por ejemplo, cuando de niña quiso hacerle un regalo a su padrino querido e imprimió una foto suya, a la que enmarcó en un portarretratos que tenía un marco de bambú. Ahora entiende por qué, no siendo materialista, le insistió tanto a su madre para que le guardara la cuna que había usado de bebé. Cuna que, tiempo después, se dio cuenta que estaba hecha de ese material. Ana siempre “tuvo algo” con el bambú.

Cuando empezamos a preguntarnos acerca de nuestro propósito, lo más común es el desconcierto. En general, no contamos con más detalles que la idea de que ese propósito «tiene que ver con» algo que no termina de tomar forma. Por suerte, eso alcanza. Aunque no podamos articular una forma de decirlo que nos convenza, aunque sea demasiado amplio, no importa. Sigamos. El propósito no es una estrella guía, es una constelación. Es una zona en el cielo que no localizamos con exactitud, pero sabemos que está por ahí, y nos da un norte para nuestro viaje.

*El nombre es ficticio para respetar el acuerdo de confidencialidad pactado con las personas que participan en las mentorías laborales inspiradas en la Naturaleza.

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