Sophia - Despliega el Alma

Mujer y trabajo

14 agosto, 2014

Trabajar y pasarla bien


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¿Sentiste alguna vez que las horas en la oficina se rehúsan a pasar? ¿Que tu jefe no te entiende, tus compañeros no te valoran y tu sueldo no es suficiente recompensa? Puede que estas cosas sean ciertas y requieran un cambio, pero también es posible ahondar en las dificultades para conocerse mejor, crecer y trazarse un camino cada vez más propio. Por Fabiana Fondevila. 

La comedia se llama Los becarios y cuenta cómo dos veteranos vendedores de baratijas consiguen una pasantía –de puro caraduras– en una de las empresas más codiciadas del mundo: Google. El gesto de los protagonistas (interpretados por Owen Wilson y Vince Vaughn) al entrar al salón futurista con toboganes para bajar de un piso a otro, una nave espacial colgando cual móvil del techo y una cafetería llena de delicias gratuitas para los empleados se parece mucho al de un niño ante un parque de diversiones. No pueden creer su suerte, y están dispuestos a hacer lo imposible por asegurarse esos trabajos. Por supuesto, con el correr de los días se irán percatando de que, si bien el buscador más exitoso es, en efecto, un lugar espléndido para trabajar, exige de sus empleados una dedicación que más que full-time es “full-life”; o sea, de vida completa.

Está dicho: no existe el trabajo perfecto. Hasta el más apasionante de los oficios incluye prácticas pesadas, aburridas o nimias, burocracias inevitables y, ni qué decirlo, también jefes y/o compañeros que hacen que las horas laborales pasen a ritmo reloj de arena. La frustración ante estos malestares suele desencadenar una catarata de preguntas: ¿Qué hago yo pasando mis días en este cubículo? ¿Es posible que no exista ahí afuera una alternativa mejor? ¿No me merezco yo, acaso, otra cosa?

A veces, el malestar revela una necesidad genuina de repensar el rumbo de las cosas. En ese sentido, conviene estar atento a señales como enfermarse todo el tiempo, sufrir de aburrimiento, cometer errores a cada rato, o empezar a dedicarles cada vez más tiempo a actividades paralelas. No obstante, no siempre es posible ni conveniente cambiar de trabajo, y a veces, el malestar con nuestro empleo puede estar obturando interrogantes más profundos: qué esperamos de nuestro trabajo,  y qué debería esperar nuestro trabajo de nosotros. De examinar la cuestión con mayor profundidad, podríamos incluso derivar en la pregunta más importante de todas: ¿Qué estoy llamado a hacer en la vida? Y ¿cómo hacerlo del mejor modo posible?

En su libro Un trabajo con alma, el psicólogo y exseminarista Thomas Moore pone el foco en el concepto de vocación, a la que describe como “la sensación de que tu ser está profundamente implicado en el trabajo que realizas”. También se refiere a la llamada interior como “la sensación de haber venido a este mundo por alguna razón (…) de tener un destino, al margen de si es importante o no”. Pero enseguida aclara que esta vocación o llamada no necesariamente desciende sobre nosotros en la cima de una montaña, con prístina claridad, de una vez y para siempre. Es más, ni siquiera tiene por qué ser una sola: para muchas personas, la vocación se expresa en una diversidad de intereses; intereses que incluso pueden parecer ajenos entre sí, aunque después, vistos en retrospectiva, revelen una curiosa coherencia. Pero al tener que elegir un trabajo, la “mentalidad monocéntrica” de nuestra sociedad puede hacernos sentir mal con nuestras múltiples vocaciones, como si esta riqueza equivaliera a falta de rumbo.

Confiesa Moore: “Cuando era joven me criticaban por dedicarme a los numerosos temas que me interesaban y por cambiar de profesión. Pero cuando me convertí en un escritor, los entrevistadores exclamaban maravillados al ver mi vida: ‘¡Qué interesante! ¿Cómo pudo ser tan polifacético?’”.

Por lo tanto, concluye, la flexibilidad es la virtud más importante al intentar descubrir la vocación, y la segunda es una filosofía policéntrica de la vida, que ofrezca la libertad de poder dedicarse a más de una actividad con idéntico fervor.

Moore también destaca la importancia de otros elementos que no siempre asociamos con la vida laboral: la alegría y el amor. La alegría, como señal de que estamos haciendo algo que nos resulta relevante y gratificante, y el amor, porque se trata de la fuerza que nos mueve y nos alimenta el alma. ¿De qué formas se manifiesta ese amor? Moore enumera: interés, entusiasmo y estímulo. Si estos tres sentimientos no están presentes en ningún momento de nuestro día laboral, dice el terapeuta, habrá que elegir entre varias opciones: esperar a que salga algo mejor, encontrar un lugar de trabajo donde haya amor, o llevar tu propio amor al trabajo.

Por supuesto, a veces esta última opción no nos es dada. “Sientes que tu alma está presente en tu trabajo cuando tú estás presente, cuando no lo realizas mecánicamente o sin ganas –dice el autor–. Pero no puedes ponerle el alma si el trabajo no lo permite o si te encuentras en un lugar donde el alma no puede manifestarse. El trabajo adecuado y la actitud adecuada van de la mano; si uno de estos elementos falla, no podrás poner el alma en tu trabajo ni infundirle vitalidad”.

A esa vitalidad, Moore la llama daimon, recurriendo a un antiguo concepto que usaban los romanos para referirse al “genio” o la pasión que lo impulsa a uno por la vida. Descubrir el propio daimon no siempre es sencillo, pero negarlo o desconocerlo es riesgoso y complicado. Para poder saber cuál es el propio daimon, aconseja Moore, hay que preguntarse: ¿Qué es lo que te atrae poderosamente hacer o explorar? ¿Qué te hace sentir vivo? Por ese derrotero yace el camino de la verdad.

Desde el pantano

Marcia Menter aborda el tema desde un ángulo diferente. Tras cambiar de trabajo más seguido de lo que otros cambian de medias, habiendo recorrido todas las redacciones femeninas de su ciudad y aledañas, en diversos roles y cargos, esta experimentada periodista se preguntó al fin cómo era posible que su vida laboral corriera por un carril tan distinto al de su realidad íntima, sus creencias y su concepción de la vida. La respuesta a ese interrogante se plasmó en un libro, al que llamó The Office Sutras. Exercises for Your Soul at Work (Los sutras para la oficina. Ejercicios para tu alma en el trabajo). Los sutras son una colección de aforismos pedagógicos propios del hinduismo o el budismo, y su inclusión en el título es precisa: Menter le dio a su libro la forma de un manual que repasa los desafíos de la vida laboral –desde los conflictos con el jefe, pasando por el aburrimiento y el agotamiento, hasta la lucha por ganar “lo suficiente”– observándolos como dilemas de orden espiritual. “Sin duda, la mayoría de nosotros tiene trabajos que son menos que perfectos, pero podemos transformar nuestras experiencias laborales si les dedicamos la misma conciencia que aplicamos al resto de nuestra vida”, asegura.

Menter no habla solo de respirar hondo y contar hasta diez, aunque tampoco excluye esta alternativa (y otras como la oración, la meditación y las prácticas corporales). Más bien se ocupa de explorar los mecanismos que entran en juego en nosotros cuando enfrentamos desafíos en nuestro lugar de trabajo. Uno de ellos lleva el sugestivo título de “El pantano del horror”. En este capítulo, cuenta el caso de un empleado que sufre una escena de maltrato público por parte de su jefa, que a su vez había recibido presiones de su propio superior. Humillado y furioso, el hombre maldice la situación (y a su jefa), se lamenta de su mala elección de trabajo, se preocupa de que por su edad será incapaz de conseguir uno mejor, y finalmente se resigna a que siempre será maltratado mientras deba trabajar para ganarse la vida. De haber podido calmarse y reflexionar, habría visto que había opciones: enfrentar a su jefa y señalarle lo inapropiado de su actitud, o incluso elevar una queja a Recursos Humanos. Pero lo cierto es que cualquiera de estas alternativas habrían requerido coraje y la determinación de plantear una conversación difícil. Aunque inconducente, es indudablemente más fácil esconderse tras una mirada derrotista.   

Otro callejón arduo de la vida laboral es el vínculo con nuestro jefe o jefa. Cuenta Mercer una reveladora vivencia personal: una vez, cuando trabajaba de editora en una revista, tuvo que tomar el lugar de su superior durante sus vacaciones. De un día para otro, pasó de ser una editora senior a ser quien editaba a los editores senior. Y he aquí la revelación: en el instante mismo en que cambió de oficina, sus pares dejaron de tratarla como pares y empezaron a tratarla como a una madre (o padre).

Así lo cuenta ella: “De golpe, sin quererlo, me convertí en la encarnación de todos sus conflictos no resueltos con la autoridad. Noté, por ejemplo, que algunos editores me entregaban su trabajo incompleto, delegándome decisiones editoriales que eran perfectamente capaces de tomar ellos mismos. Un editor que pensé que me quería y me respetaba trató de puentearme pasándole su trabajo directamente al director de la revista (quien, por supuesto, me lo pasó directamente a mí). Otra editora, a quien yo sabía muy experimentada, se mostraba tan insegura y deseosa de complacerme que me ponía nerviosa a mí. Y otro, que tenía tendencia a entregar tarde, se empezó a esconder en su escritorio, ignorando mis mails y evitando mis llamadas. No veía la hora de entregar mi autoridad temporaria y volver a ser una más del equipo”.

Lo que le resultó más intrigante a la autora fue que las reacciones de sus colegas no tenían que ver con sus respectivas habilidades, sino con la nueva jerarquía de mando. Aunque habían trabajado codo a codo por meses, desde que ella adquirió el poder de dar o denegar la aprobación de su trabajo, se convirtió en el acto en una figura parental.

“¿Cómo es posible que tengamos actitudes tan infantiles en el mundo profesional?”, pregunta Mercer. Y responde: ocurre que no crecemos de una vez y para siempre en todos los órdenes de nuestra psiquis. En muchos aspectos logramos independizarnos y funcionar como adultos responsables y autónomos, pero en otros seguimos sintiéndonos pequeños e inseguros. Para cada uno, además, hay distintos gatillos que activan esa parte que aún necesita madurar.

Mercer toca también otro tema cargado del mundo oficinesco: el espacio de trabajo asignado a cada uno. Tras admitir lo difícil que puede resultar  carecer de privacidad o pasar horas en un entorno desestimulante, la autora evalúa la opción de llenar el escritorio de fotos, flores u objetos significativos, y concluye que quizá nada de esto sea tan necesario, si tomamos conciencia de un hecho: “Nuestro espacio de trabajo es sagrado por el solo hecho de que nosotros lo ocupamos”.

Y al final del recorrido, llega a un lugar muy similar al que arriba Moore desde otro punto de partida, un lugar inesperado en ese paréntesis diario que es el horario de oficina: el amor. “Si quieres que tu trabajo sea una fuente de sustento espiritual, debes empezar por actuar como si ya lo fuera”, dice la autora. “¿Cómo? Trayendo todo tu ser a tu trabajo, incluyendo la parte que ama”. Pequeño desafío, no apto para agendas, pero tan apropiado para el corazón. 

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