Carina Onorato: «Tomás Bulat cambió mi vida para siempre»
Foto: Estefanía Landesmann
Cuando su marido, Tomás Bulat, murió, todo se trastocó. Entonces ella comprendió que la existencia se rige por reglas insondables, donde lo único que prevalece es la belleza de los vínculos. En esta charla, un camino lleno de emociones hasta el centro mismo del alma humana.
POR María Eugenia Sidoti
31 de enero de 2016
El duelo es un trayecto mar adentro. Olas que van y vienen y bañan todo a su paso. De improviso, la certeza de la ausencia aparece como una inmersión inesperada, secreta. Puede ser un olor, una foto; la melodía de esa canción que ya no se escuchará más. Cualquier cosa puede detonarla. Dice Carina que hay en su vida un instante preciso en el que cuesta salir a la superficie a respirar: “Despertarme, ante de la ducha”, detalla. Es entonces cuando sabe, cuando siente, que él ya no está.
Todos los días a las seis y media de la mañana, Tomás Bulat se levantaba cantando para despertar a sus tres hijos y a su mujer. Iba con un mate recién hecho y alguna idea nueva, loca, dándole vueltas. La sonrisa era su ritual. O, mejor dicho, su elección de vida.
En la madrugada del 31 de enero de 2015,el reconocido economista murió en un accidente de tránsito en el kilómetro 195 de la ruta 9, a la altura de Ramallo. Iba solo, durmiendo en el asiento de atrás del remís que lo traía de dar una charla en Rosario, Santa Fe, cuando el conductor –quien sufrió heridas leves– perdió el control del vehículo y chocó contra un camión. “Viajaba así a pedido mío. No quería que siguiera manejando solo de noche porque le gustaba andar rápido. Era nuestro causal de conflicto; me decía: ‘¿Qué me va a pasar?’. Era muy positivo, siempre veía el vaso medio lleno. Así que pidió un auto para la vuelta, y mirá lo que pasó…”, suelta Carina, tomándose la cabeza con las manos, todavía incrédula.
Lleva apenas nueve meses sin su marido, pero está rodeada por los frutos palpables de su trascendencia. Sus tres hijos (Santiago, de 21 años; Lucía, de 17, y Fausto, de 13), los libros –como el último, que acaba de salir– y el recuerdo indeleble que dejó en cada uno de los seres cuya vida atravesó.
Carina y Tomás en tiempos felices, veinte años de amor y de trabajo en equipo.
–¿Cómo se atraviesa ahora su ausencia?
–La teoría se maneja bien, sé que los primeros doce meses son los peores. Al principio estás en shock, ni te das cuenta. Ya transité muertes, sé lo que son. Pero creí que no lo iba a volver a vivir, no de esta manera… Él me decía: “Vos ya sufriste, ahora llegó tu momento de disfrutar”. Me daba tranquilidad que me dijera eso, le creía. Siempre fui de arruinar momentos por miedo a ser feliz.
La vida, muerte y todo lo demás
La vida antes de Tomás, primera parada de este viaje. Carina habla de muertes, en plural, porque hubo un hecho anterior que desgarró la trama de su vida: cuando tenía 19 años, su madre murió en un accidente en la ruta 2. El auto en el que viajaba (manejaba el hijo de unos amigos) se incrustó en un microbus. “Me quedé sola en Buenos Aires, donde habíamos venido a buscar un futuro mejor. Mamá había ido ver un negocio a Mar del Plata para ganar un poco más de plata y nunca volvió. Ella nació en la villa Don Arturo de San Juan, como yo, y ni siquiera pudo terminar el secundario, pero siempre tuvo claro que iba a salir adelante y a eso se dedicó toda la vida: a mejorar”, cuenta Carina, única hija del matrimonio entre dos jóvenes de 18 años. “Se casó con mi papá muy chica para irse de su casa y ser autónoma, pero terminó embarazada limpiando en un albergue transitorio. Jamás me dijo nada, pero sus amigas me contaron que él le pegaba. Así que se separó y me crié con un padre ausente, bajo el ala de mi mamá y de mi abuela”.
–Mujeres fuertes, se adivina…
–Completamente. Nacimos y nos criamos en la villa y mi mamá salió adelante a fuerza de esfuerzo y ganas de progresar; la movilidad social existía como meta. Ella trabajaba todo el día y yo iba a la mejor escuela pública de San Juan. Un día sacó un crédito y compró nuestra casita con cloacas, en un barrio con pavimento, frente a una plaza. ¡Fue tocar el cielo con las manos! Después el auto, un Citroën 12V. Cuando cumplí 11 años, me llevó por primera vez de vacaciones a San Luis, fuera de temporada; tocabas el río y te congelabas, pero fue hermoso…
–¿Y tu abuela?
–Era una mujer algo rústica, que enviudó muy joven, y se convirtió en la tesorera de la unión vecinal de la villa. Se ocupaba de conseguir mejoras para el barrio, armando planes de mil cuotas para los vecinos. Ellas, que tenían un enorme sentido comunitario mezclado con espíritu de crecimiento, me enseñaron que cuando la comunidad mejora, también mejora uno. Como yo creía que mi papá se había ido por mi culpa, a los 6 años mi mamá me mandó al psicólogo. Después, a aprender inglés. “La erre no se dice ‘eye’ y las eses se pronuncian todas”, me explicaba. Era una mujer de avanzada, una lectora autodidacta, asistemática pero voraz, que descubrió que había otro mundo a través de los libros.
–¿Qué recuerdos tenés de tu vida en la villa Don Arturo de San Juan?
–Muchos y muy vívidos, porque nos mudamos cuando tenía 7 años. Era el lugar donde pasé mis veranos cuando mamá tenía tres trabajos para pagar el crédito hipotecario. Mi abuela jamás se quiso mudar de la casita de adobe que había construido mi abuelo, que era albañil. Y en la villa había de todo: el borracho, el acosador de chicos, el tipo que me tocó cuando fui a jugar con su hija… Pero también había mucha gente alegre, laburadora, que se esforzaba y se levantaba a las cuatro de la mañana con el sueño de una vida mejor. Cada año hasta que murió mi abuela llevé a mis hijos a pasar parte de sus vacaciones ahí, para que vieran de dónde habíamos salido y mostrarles que si uno se esfuerza y tiene ganas, siempre habrá recompensa.
–¿Alguna vez te dolió esa realidad?
–Solo una vez, cuando empecé a salir con mi primer novio, un pelirrojo de rulos divino, que era hijos de profesionales y al que tuve que dejar porque me daba vergüenza no tener qué ponerme. Hasta la sexta cita usé mi única ropa de salir: un jean nevado de color verde, con una remera naranja que tenía un dibujo de helado. Decidí no verlo más para que no supiera que ese era el único conjunto que tenía. Me buscó mucho tiempo, no entendía qué había pasado, no le dije la verdad. Él fue el primero que me regaló flores… Y después no, nunca más, siempre me sentí orgullosa de mis orígenes, quería hacer la revolución en San Juan y militaba en la Federación Juvenil Comunista. Iba con mi Zanellita (¡mamá no me compraba ropa pero a los 15, después de ahorrar y ahorrar, me regaló la moto!), panfleteando, ayudando a los demás y creando conciencia. Me hacía muy feliz el trabajo social en la villa.
–Aquel primer novio te regaló flores… ¿Cuál fue el primer regalo que te dio Tomás?
–Una planta de lechuga. Te lo juro, me la trajo al trabajo. Le dije: “¿Y esto?” y respondió: “¿No querías hacer dieta?”. A Tomy lo conocí cuando era editora de una publicación económica y política en una consultora. Yo tenía 24 años y él 31. Siempre venía a ver a un amigo suyo y a mí me encantaba: era tan divertido, tan lúcido. Pero tenía un look fatal, el pelo largo y media cabeza pelada, la barba tupida, descuidada. Un día me criticó uno de mis artículos, que era sobre la industria lechera, y ahí nomás me invitó a salir. Le dije que viniera a mi casa a cenar y todo me salió horrible: la comida, el vino… Le di un bombón que le había comprado especialmente y lo rechazó: “No me gusta”, dijo. Todo mal. A los tres meses, vivíamos juntos y nunca más nos separamos. Ah, eso sí: se cortó el pelo y la barba.
Tomás Bulat: economista destacado, ser humano excepcional.
Entonces comenzó este trayecto que duró veinte años en total, casamiento de por medio (“La fiesta más hermosa y divertida a la que fui”, dirá Carina, emocionada por el recuerdo). Para la ceremonia ella le leyó el capítulo 7 de Rayuela y él una selección de poemas. Así sellaron su amor, cuando Lucía, su primera hija en común, tenía 2 años (Santiago es fruto de un matrimonio anterior de Tomás, aunque Carina lo considera “mi hermoso hijo mayor”). A partir de ahí, todo fue movimiento: trabajar duro, mudarse, viajar, encontrarse todos los días en esa complicidad única y vital, que nada sabía de hastío. “Tomy me tocaba el alma. Él empezaba una frase, yo la completaba. Y viceversa”. Tanto crecieron juntos que abrieron una consultora económica y una productora de contenidos que ponía al aire el programa que condujo Tomás hasta el final y que hoy continúa su hijo Santiago, quien también estudia Ciencias Económicas y heredó su pasión por los números. Cuando el negocio familiar comenzó a funcionar, decidieron que Carina dejara de trabajar para tener otro hijo lejos de tantas exigencias. “¡¿Qué?! ¡Te vas a convertir en la conchuda de la casa!”, dice que la retó su abuela cuando le contó. Luego de perder varios embarazos, llegó por fin Fausto y, con el tiempo, Carina fue retomando el ritmo emprendedor que hoy la moviliza a seguir.
“Él no paraba nunca. En el verano, cuando ‘descansaba’, nos íbamos a nuestra quinta de Exaltación de la Cruz, que se llama La Elegida, nuestro lugar en el mundo, y comenzaba a escribir un nuevo libro. Y yo le corregía los borradores. Con él conocí el valor del trabajo en equipo”, relata, y se recuerda inmersa en esa atmósfera bucólica de atardecer bajo un frondoso tilo, el día en el que se sintió verdaderamente feliz: “Lo vi buscando ramitas para un asado y me dije: ‘Qué suerte que tengo’”. Fue apenas unos días antes del accidente.
La muerte suele tomar por sorpresa. Pero ella adivinó la urgencia cuando el teléfono sonó a la una y media de la mañana. “Lo supe, no me preguntes cómo, pero lo supe. Me dijeron que Tomy había tenido un choque, que estaba yendo la ambulancia. Corté y antes de llorar siquiera, me puse en modo operativo para que nadie se adelantara a contarles a mis hijos. Yo quería darles la noticia. Hablé con la gente de Infobae para que retrasaran la información y armé una logística para que la peor noticia de sus vidas se las diera quien más los ama en el mundo. Estoy orgullosa de esa pelotudez, no quería que otro les hablara en ese momento”. Antes de que su mujer llegara a Ramallo, Tomás murió en el hospital de la zona.
El peor recuerdo de Carina son los gritos de sus hijos al darles la noticia por teléfono. Santiago estaba en el campo junto a su madre biológica, y Lucía en Alemania, en un intercambio. A Fausto lo distrajo la mamá de su mejor amigo, hasta que no quedó más remedio que contarle la verdad. Todo fue caos, llanto, gritos, desgarro. “La casa se me llenó de gente, de contadores y abogados, de buitres de todo tipo. Pero también de personas increíbles, tan solidarias que ni te imaginás”. A los diez días, los Bulat decidieron hacer el viaje que Tomás había soñado para los cinco, aunque siendo cuatro. Así se fueron a Estados Unidos, rotos por dentro, con una necesidad enorme de conectarse, de estar solos y juntos para sanar.
–¿Cómo construís su recuerdo con tus hijos?
–Intento que no sea un fantasma ni una figura idolatrada. Papá era papá con sus cosas maravillosas, pero también con imperfecciones y debilidades. El que me llamaba “salario”, porque decía que yo era la variable de ajuste. El que cuando me recibí de periodista se escapó de mi acto de colación de grado para ir a una reunión. No sé si lo logro, pero trato de que quieran a su papá persona, no a una fantasía. Era adorable como era, con su impuntualidad y esa tendencia a manejar siempre pasándose los límites de velocidad.
–¿Qué era lo más le gustaba?
–Disfrutaba muchísimo de dar charlas y generaba una conexión muy fuerte con la gente. Íbamos al cine y se quedaba veinte minutos con un desconocido explicándole a cuánto iba a estar el dólar, ¡era agotador! A todos les dedicaba la misma atención, el mismo tiempo. Y yo mil veces me enojaba con él por eso… Era muy apasionado y también muy empático. Él me enseñó a confiar en los varones, a ser mejor persona; Tomás Bulat cambió mi vida para siempre.
–¿Cuál es la mejor foto juntos?
–Una de un domingo con la mesa repleta. Mi mayor sueño en la vida era cocinar alguna vez para una gran familia. Y eso se dio el año pasado: Santiago, la novia; Lucía, el novio, Fausto, Tomás, yo… Había hecho un risotto y saqué una foto de ese momento, porque me di cuenta de que lo había logrado.
El último libro de Tomás Bulat
Estamos como somos. Por qué los argentinos no tenemos el país que queremos (Sudamericana) es el primer libro que Tomás Bulat soñó escribir. Pero, por esas cosas del destino, acaba de salir, tras el trabajo de edición que realizó Carina junto a su equipo en estos meses. Una forma de tener a su autor entre nosotros un poco más, a través de sus ideas, de sus conceptos siempre bajados a la realidad, de su estilo único y personal de ejercer y enseñar la economía. “Que el tiempo nos traiga ganas, oportunidad y perseverancia. ¡El resto lo conseguimos nosotros!”, escribe Bulat en uno de los pasajes finales de su trabajo. Sí, le faltó tiempo para vivir. Pero le sobró pasión para construir y hacer de su vida y la de sus seres queridos un lugar mejor. “Gracias por permitirnos rescatar a ese Tomy que aún tenía mucho para decir”, expresa Carina, a modo de agradecimiento, entre sus páginas.
Carina se sumerge, llora. Pero, en eso, algo la rescata. “Mirá, yo nunca pude creer en Dios, aunque creo fervientemente en los vínculos, en el amor. Por eso, ya no estoy cerrada, hoy permito que se me acerque mucha gente espiritual, quiero escucharla. La muerte siempre humaniza, hay que ser muy duro para no dejarse modificar por una pérdida. El día del accidente, la mamá de Santiago, con quien nunca tuvimos la mejor relación, me abrazó fuerte y, llorando, me dijo que quería estar cerca. ¿Cómo no ir juntas, si las dos sentíamos el mismo dolor?”.
Por momentos incrédula, triste siempre, Carina se levanta cada día con la convicción de que sus hijos deben saber que la vida es hermosa y vale la pena vivirla con pasión verdadera. “Tomy me lo decía todo el tiempo. Soñábamos con envejecer juntos, pero se fue y yo me quedé acá”, balbucea entre lágrimas, sosteniendo una taza de té que tiembla entre sus dedos. En eso, tras unas nubes, el sol aparece por fin con toda su intensidad, iluminándole la cara. Y como aliviada por un antídoto impensado para tanta pena, ella cierra los ojos y sonríe con ganas por primera vez.
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