Sophia - Despliega el Alma

Sophia 20 años

14 agosto, 2014

Jean-Yves Leloup: “Todo se desmorona, salvo la vida”

Jean-Yves Leloup siguió un itinerario original, siempre en la búsqueda de una espiritualidad abierta. Es uno de los teólogos más prestigiosos del mundo. Desde Francia, asegura que, más allá de las circunstancias, el bien siempre triunfará. Una mirada esperanzadora sobre el significado de la existencia.


 

Por Isabel Martínez de Campos.

Es un hombre que se aleja de las convenciones y sigue su propio camino más allá de lo establecido. Doctor en Filosofía, en Psicología y en Teología, Jean-Yves Leloup se convirtió, luego de ser sacerdote católico de la orden dominica, en sacerdote ortodoxo. Este camino, lejos de producirle un quiebre interior, le permitió enriquecer su pensamiento y su práctica espiritual, así como hurgar profundamente en las diferentes tradiciones religiosas.

Leloup ve al ser humano como un todo indivisible, donde la tríada “cuerpo-alma-espíritu” encuentra su unidad y su consistencia gracias al “pneuma”, es decir, al espíritu. Traductor y autor de más de cincuenta obras sobre los fundamentos del cristianismo y la filosofía comparada de las religiones, ha escrito entre otras El Evangelio de María Myriam de Magdala, Terapeutas del desierto, La montaña en el océano y L’Apocalypse de Jean (El apocalipsis de Juan).

En esta entrevista, Leloup, sin duda uno de los teólogos e investigadores de las Sagradas Escrituras más reconocidos de estos tiempos, nos habla sobre la espiritualidad, sobre su concepto de religión y, más que nada, nos invita a un profundo análisis acerca del Apocalipsis, el texto de la Biblia que habla sobre el fin de los tiempos y que a veces cuesta entender y descifrar. El Apocalipsis, para los creyentes, es un llamado a la esperanza, donde, a la larga, el bien triunfa sobre el mal. Es considerado el libro por excelencia de la esperanza cristiana. En tiempos en los que todavía parece no haber salida para las guerras entre países, el hambre, la corrupción, el abuso de los psicofármacos y hasta los dolores del alma, Leloup propone poner el foco en este texto que puede decirnos más de lo que creemos acerca del mundo que se viene, ya que para este teólogo el Apocalipsis de Juan es el camino al triunfo del bien sobre todas las cosas.

–Usted vivió una revelación espiritual a través de una experiencia de “muerte clínica”. En esos minutos, asegura haber sentido la plenitud de Dios y eso lo volvió creyente. ¿Es necesario atravesar situaciones límite para que Dios se revele?

–Dios está en el núcleo de toda realidad y de toda experiencia, sea esta ordinaria o extraordinaria. Por lo tanto, no es necesario vivir situaciones límite para estar atento a esa manifestación de lo Real presente en toda realidad y experiencia. Las situaciones límite solo nos obligan a prestar atención, a observar: ¿qué queda cuando ya no queda más nada?

–Hoy en día, la gente tiene necesidad de espiritualidad. ¿Cree usted que las religiones brindan respuestas a esa necesidad?

–El sentido mismo de la palabra “religión” (religare), ¿no es acaso el de ligarnos con el Origen de todo lo que vive y respira? Si la religión no cumple con esa función, entonces, deja de ser una religión. Nuestra necesidad de espiritualidad es nuestra sed de conocer el Origen. Aquel que realmente tiene sed siempre encontrará un camino hacia el Origen, por dentro o por fuera de las religiones. El Origen no nos falta jamás; lo que a veces nos falta es la sed.

“Dios está en el núcleo de toda realidad y de toda experiencia, sea esta ordinaria o extraordinaria. Por lo tanto, no es necesario vivir situaciones límite para estar atento a esa manifestación de lo Real presente en toda realidad y experiencia”.

–Antes de ordenarse como cura ortodoxo, usted fue sacerdote dominico. ¿Qué le aportó la espiritualidad ortodoxa?

–Antes de que la Iglesia de Roma se separara de las demás iglesias (Jerusalén, Antioquía, Alejandría, etc.), esta institución era una comunión de Iglesias. Mi vuelta a la ortodoxia es una vuelta a las raíces comunes a todas las Iglesias, a ese ente indiviso que respeta las diferencias, aquel del primer milenio, que será también el del tercer milenio, si Dios quiere, y si los cristianos prefieren el Amor y la Verdad antes que la voluntad de poder y dominación de unos sobre otros.

–¿Cómo definiría la espiritualidad cristiana?

–Es vivir en el Espíritu de Cristo, es decir, tener una vida plenamente humana y, a la vez, plenamente divina, espiritual y carnal. En Cristo, el hombre y Dios no están separados, como tampoco lo están el tiempo y la eternidad, lo finito y lo infinito, la materia y el espíritu. Los antiguos llamaban a Cristo “el arquetipo de la síntesis”. Y es precisamente esa “síntesis” entre lo que consideramos opuesto lo que nosotros debemos realizar después que Él, en este mundo y más allá de este mundo. Como dicen los físicos y los místicos, el mundo no es más que un nivel de realidad entre otros.

–Mucha gente se pregunta el porqué del mal y del sufrimiento.

–Antes de plantear esas preguntas, hay que preguntarse el porqué de la existencia. ¿Por qué hay algo en lugar de la nada? ¿Por qué hay mal en lugar de bien? ¿Mal para quién? ¿Bien para quién? Lo que constituye una desgracia para algunos, a veces constituye un motivo de felicidad para otros. La muerte de la gacela aplaca el apetito del león. Tal vez haya que preguntarse quién hace la pregunta del “porqué”. Siempre es alguien que no es “uno con lo que es”.

“Las situaciones límite solo nos obligan a prestar atención, a observar: ¿qué queda cuando ya no queda más nada?”

–¿Y cómo se es “uno con lo que es”?

–El que adhiere a lo Real tal como es, tal como le llega, de manera consciente, no pasiva, sabe que eso aparece como una “ocasión”, como un “momento favorable” (kairos en griego) para amar y adquirir mayor conciencia, por más que en un primer momento esa “ocasión” le parezca injusta y cruel. Nada es bueno o malo en sí mismo. Todo depende de lo que hacemos con ello. Todo lo que hacemos sin amor es absurdo y es tiempo perdido, todo lo que hacemos con amor es Sentido y Eternidad ganados. Todo es puro para aquel que es puro. “Antes que buscar el sentido de la vida, vívela intensamente, y ya no habrá más porqués”, decía Dostoievski.

–Usted es filósofo, psicólogo y teólogo. ¿Qué es lo que cura las heridas del alma? 

–La psicología y la ciencia a veces pueden explicar las causas y el porqué de nuestras heridas. La filosofía puede ayudarnos a no complacernos en ellas y a encontrarles un sentido. La teología puede abrirnos a la gracia de vivir las heridas como una ocasión (kairos), a evolucionar “gracias a ellas” hacia una mayor conciencia y un mayor amor.

–Usted ha escrito mucho sobre María Magdalena. ¿Qué piensa de ella?

–Que es una mujer entera, la más carnal y la más espiritual. En ella, como en su maestro, la carne y el espíritu no se oponen sino que juntos encarnan la fuerza invencible y vulnerable del humilde amor. Ella eligió la mejor parte, vive a partir de lo mejor de sí misma. Su amor por Yeshua la salva y la purifica de todas sus andanzas. Se erige recta como una llama, gracias al soplo del Espíritu.

–Al entrar en el tercer milenio, usted abordó el libro del Apocalipsis de Juan y, en 2011, publicó una nueva traducción del texto. ¿Por qué elegir el Apocalipsis en la actualidad?

–El Apocalipsis es el último de los mensajes del Nuevo Testamento, es un mensaje profético, destinado a reavivar la fe y la esperanza de los cristianos perseguidos. Lleva el título Apocalipsis, palabra griega que significa “Revelación”, y contiene una “Revelación de Jesucristo” comunicada a “su servidor Juan” a través de un “Ángel”. Lo que me llevó a ese texto fue el paso al tercer milenio y los discursos sobre el fin del mundo que lo acompañaban. Quería ver cuál podía ser el alcance de un texto como el Apocalipsis, qué podía decirme, decirnos, enseñarnos en medio de la amenaza nuclear, la contaminación ambiental, las tensiones mundiales, la violencia que estalla por todas partes. Hoy en día no podemos sino estar aterrorizados por nuestros hijos y por el futuro de este planeta. ¿Cómo atravesar todo eso? El Apocalipsis de Juan también habla de un mundo que se desmorona.

“Nada es bueno o malo en sí mismo. Todo depende de lo que hacemos con ello. Todo lo que hacemos sin amor es absurdo y es tiempo perdido, todo lo que hacemos con amor es Sentido y Eternidad ganados”.

–¿Y cómo es el Apocalipsis de Juan, que habla de un mundo que se derrumba? ¿En qué marco histórico lo escribe?

–Algunos dicen que el Juan del Evangelio y el Juan del Apocalipsis no son el mismo San Juan. En mi opinión, creo que se trata de la misma persona, con niveles de percepción distintos, con estilos complementarios. Con el Apocalipsis, quería observar otra vertiente de Juan, esa contemplación más bien de imágenes, a través de las visiones que experimentó en Patmos. Juan está viviendo un momento de crisis, de catástrofe, de desmoronamiento de lo que vive, de la comunidad en la cual se encuentra. Estamos en los años 90-96. Juan ha huido a Patmos para escaparse de la violencia de Domiciano, que ha desencadenado una terrible persecución contra los cristianos, esos “ateos” que se niegan a rendir culto al emperador y a llamar “Señor” a aquel que no es “el Ser que es”. Sin embargo, no se está escapando únicamente de una violencia particular en una historia particular. Se está escapando de todas las violencias que sucederán.

–¿Cuál es para usted el alcance de ese texto hoy?

–Veinte siglos más tarde, ese texto todavía nos habla. Es la historia del combate entre la injusticia y los justos, entre la inocencia y el mal. Es la historia del ajusticiamiento de todo hombre. Los dictadores, los totalitarismos, tendrán otros nombres en la historia, pero siempre será la misma historia: la de Juan exiliado en una isla, solo con su miedo, con su temor de ser visto, de ser reconocido por el otro hombre que ahora es el enemigo. Ese texto nos dice que si bien los dictadores aún están en pie, la fuerza, la paciencia y la fe en los triunfos del amor humilde también lo están.

–¿Qué nos revelan las catástrofes?

–Hoy, cuando hablamos de Apocalipsis, se mencionan ciertos acontecimientos o amenazas que ya sucedieron o que van a suceder “pronto”: amenazas terroristas, económicas, ecológicas, tormentas solares, erupciones volcánicas, inversión magnética de los polos, agotamiento de los recursos planetarios… sin olvidar la corrupción en el plano ético, político, financiero, etc. Es verdad que en la actualidad asistimos a una degradación acelerada de los distintos planos de lo real, lo cual hace que algunos –entre ellos, rigurosos científicos como Hubert Reeves o Albert Jacquard– digan que un “fin” es ineluctable y está próximo a llegar, y que estamos atravesando una “crisis” que nuestro planeta y nuestra humanidad jamás habían conocido.

–¿Ese fin del mundo ya fue anunciado en varias oportunidades en el curso de la historia?

–Así es. Por ejemplo, con la hambruna de 1033, que coincidió con los mil años de la muerte de Cristo, o con el retorno inminente del cometa Halley, en 1910, que suscitó pánico en todo el mundo (anunciaban que el cometa rozaría la Tierra y que traía en la cola un gas tóxico, el cianógeno). Sin embargo, el día indicado, el cometa apenas fue visible en el cielo. De igual modo, se predijo de todo con motivo del paso al tercer milenio: catástrofes informáticas que generarían caos económico, e incluso una guerra nuclear por fallos en los sistemas de alerta. Quizá lo más sensato sea recordar la palabra del Evangelio: “No conocemos el día ni la hora, y ningún ángel puede revelárnoslo, ni siquiera el Hijo. Solo el Padre; y el Padre es silencio”. Es cierto que hay cosas que se están desmoronando. No obstante, el Apocalipsis no es solo un catálogo de catástrofes, cataclismos a nivel cósmico o personal. También es la revelación de lo que ocurre cuando todo se ha desmoronado, la revelación de lo que queda cuando ya no queda más nada. El Apocalipsis es exactamente lo contrario de una catástrofe. Todo se derrumba, salvo la Vida.

 

Esta nota fue publicada en el número N°152 de la edición impresa de Sophia, en agosto de 2014.

ETIQUETAS apocalipsis existencia

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