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Vivir bien

9 septiembre, 2021

Todo eso que las mascotas nos dan (sin pedir nada a cambio)

Esos ojitos lo dicen todo: una mascota siempre nos llena de amor. Por eso, durante la pandemia, la adopción de animales domésticos –sobre todo perros– aumentó un 200 por ciento. Su presencia alegra la casa, pero también el alma. Historias de una relación sin igual.


Kira, la nueva gran amiga de la autora de esta nota, llegó sin buscarla y llenó su vida de amor.

Por Karina Bianco

Cuando tenía 9 años mi mamá me regaló una perrita porque, como ella pasaba muchas horas cuidando a mi abuela enferma –que vivía en el departamento de al lado–, pensó que una mascota era una buena idea para que me distrajera de la situación que atravesaba la familia. Le puse Wendy, como la adorable niña de Peter Pan, y se transformó en mi primera gran amiga. Fue tan sabia que me acompañó hasta que cumplí 21 años, el momento que comenzaba mi vida adulta. Su partida fue, también, el primer gran dolor de mi vida, mi primer duelo. Y creo que fue porque la extrañé tanto, que nunca más quise volver a tener una mascota.

Habían pasado casi 30 años de aquella experiencia cuando un día, el hijo de mi marido, adoptó a Kira, una cruza de Jack Russell y Fox Terrier, y la trajo a vivir a casa. Lo primero que dije fue: “Yo no me voy hacer cargo” y, tipo mantra, me repetí internamente: “No te vayas a encariñar, no es tu mascota”. Pero una propone y estas bellezas peludas disponen y creo que intuyó que yo la necesitaba más a ella, que ella a mí. Abrir los ojos por la mañana y ver su cola moviéndose a gran velocidad es la mejor técnica de meditación que alguna vez haya practicado. Y en poco tiempo se transformó en mi compañera de caminatas, la mejor personal trainer (¡porque salís o salís!), la que juega, la que se acurruca, la que me despierta una sonrisa aunque el día no pinte del todo bien. ¿Cómo no quererla?

¿Cómo nos cambian la vida las mascotas? Las imágenes hablan por sí solas.

De acuerdo a distintas ONGs, durante el aislamiento social aumentaron los pedidos de adopción porque la gente está mucho más tiempo en sus casas y quiere estar acompañada. De hecho, una encuesta de la consultora Millward Brown Argentina señala que actualmente el 78% de los argentinos tiene una mascota. Por su parte, Patricia Mura, fundadora de Refugio en Alerta, ubicado en el municipio bonaerense de San Vicente, cuenta que el número de adopciones anuales “subió un 200 por ciento, debido a que la gente pasa más tiempo en su casa y tiene que enfrentarse a la soledad”. Para los niños que tuvieron limitada la vida social y escolar durante la cuarentena, los animales funcionaron como amigos o hermanos con quienes desplegar el juego y la fantasía.

Frente a esa realidad, no es extraño que en los últimos tiempos se haya observado un crecimiento de la cultura “pet friendly”. Así, se permite ingresar con mascotas a algunos bares y restaurantes (donde muchas veces cuentan con platos para alimento y agua) y hasta a los negocios de ropa. Incluso se ha extendido el veganismo y el vegetarianismo, apoyados en la preocupación de la depredación de los animales por parte del hombre. Además, se han modificado algunas leyes para su protección y se contemplan castigos para quienes ejerzan algún tipo de maltrato animal. De ahí que ahora se los denomine “animales de compañía”, en lugar de mascotas.

Durante la pademia las adopciones de animales domésticos (sobre todo perros) crecieron un 200 por ciento.

Amor animal

Existen numerosos estudios que reflejan el impacto que tiene la convivencia con mascotas sobre el estado anímico de las personas y también sobre su salud. “Este contacto disminuye los niveles de cortisol, una hormona que está asociada al estrés. Además, también está vinculado a la disminución de la sensación de soledad, algo que durante la pandemia tuvo mucha implicancia”, afirman los especialistas. 

Quien decide tener una mascota asume la responsabilidad de encargarse de sus necesidades y de su bienestar, y eso ayuda a redireccionar las preocupaciones, más allá de tener que destinar tiempo a los juegos y a planificar los paseos. En este sentido, hay animales que forman parte de terapias o acompañan en la educación de personas que tienen trastornos de comportamiento. Es el caso de Santino que, a los 8 años, recibió por fin de regalo ese amigo que tanto necesitaba: un cachorro que lo ayudó a salir adelante del duelo por la repentina muerte de su abuelo y los problemas de conducta asociados a esa enorme pena que estaba atravesando. “Cuando Coco llegó a casa, Santi cambió por completo: dejó de tener miedo a la noche, salió del enojo y empezó a expresar más con palabras y menos con lágrimas lo que le estaba pasando. Fue sanador para todos”, cuenta Celina, su mamá.

La llegada de Coco, un bulldog francés, logró en Santi un cambio de comportamiento que su mamá celebra.

Un estudio de la Sociedad Cubana de Cardiología indica que entre los principales beneficios de la tenencia de animales en pacientes con enfermedades cardiovasculares se encuentran la motivación a cuidarse más y la estimulación a realizar actividad física diaria, como caminatas. Asimismo, hay perros que son capaces de intuir cuándo se va a producir una crisis epiléptica y alertar a su dueño o asistirlo cuando ocurre. Si bien este comportamiento puede surgir de forma natural en mascotas que conviven con personas con epilepsia, la gran mayoría son adiestrados para desarrollar esta intuición. También se entrenan perros para detectar cuándo a una persona le cambian los niveles de glucosa en sangre y para guiar a personas no videntes. Y entre ellos se genera un lazo de total confianza que les brinda a sus dueños la seguridad necesaria para desarrollar sus rutinas diarias.

Guardianes emocionales

La licenciada en Psicología María Fernanda Rivas, asesora del departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina especialista en niños y adolescentes, explica que “por sus características, las mascotas mantienen a sus dueños conectados con su mundo instintivo a través de la espontaneidad, la vitalidad y la capacidad de jugar, un área que puede llegar a correr el riesgo de adormecerse en la vida adulta y también en momentos de crisis”. A su vez, la especialista señala que “se genera en torno a las mascotas un clima de juego que contribuye a distenderse y, aunque sea de a ratos, a dejar de lado los conflictos de la realidad externa”, un recurso fundamental para atravesar malos momentos.

La periodista Carolina Cattaneo cuenta que, si bien en la casa de sus padres siempre hubo mascotas, su primer perro lo tuvo a los 10 años. “Se llamaba Cumpa y vivió 17 años. Cuando me fui a vivir sola no tuve mascotas porque yo pasaba fuera muchas horas y además vivía en un departamento, no me parecería buena idea tener un animal para que estuviera solo todo el día. Siempre me dio felicidad tener perros cerca, en la cama, que me salten encima. Cuando nos mudamos con mi pareja a una casa con un pequeño jardín resurgió mi deseo de tener uno. Él no estaba de acuerdo, pero un día aceptó y, rápidamente, le pedí a mi amiga veterinaria que me avisara si se enteraba de algún perro en adopción. A la semana me llamó por teléfono para decirme que en la clínica donde trabajaba daban una perrita de pocos meses. La fuimos a conocer y me pareció fea, pero era tan chiquita y tenía una mirada tan especial que nos dio mucha ternura, nos miramos y enseguida decidimos que la llevaríamos a casa. Le pusimos Pipa. Ya hace cuatro años que vivimos juntos y podría resumirlos así: antes éramos dos, ahora somos una familia. No solo nos sumó felicidad a cada uno individualmente, sino que nos hizo redescubrirnos como pareja en aspectos que no conocíamos de nosotros. Pipa trajo luminosidad, alegría, ternura e inocencia a nuestras vidas, esas cualidades tan bellas de los seres vivos”.

Caro y Pipa, su adorada perrita, que llegó en un momento difícil para darle alegría a sus días.

Es que, como explica la licenciada Rivas, los animales nos acercan a nuestro mundo instintivo, conectándonos con el entorno a través de la fuerza y la vitalidad. “Debido a la alegría del perro, la nuestra se incrementa. No es un regalo pequeño. No es la menor razón por la que debemos honrar y amar al perro de nuestra propia vida, al perro de la calle y a todos los perros que aún no han nacido. ¿Cómo sería el mundo sin música ni ríos ni la hierba verde y tierna? ¿Cómo sería este mundo sin perros?”, en la prosa de la gran poeta naturalista estadounidense Mary Oliver, que supo retratar como nadie la experiencia de amar a estos animales en su maravilloso libro Dog Songs.

Animales: esas personas no-humanas
Por Virginia Gawel
Como psicoterapeuta por tantos años, fui viendo cómo los animales comenzaban a ser tenidos en cuenta para acompañar procesos emocionales profundos, y cambios que de otro modo la persona sufriente no lograba experimentar. Como el médico indica recetas con remedios, muchas veces “receté” la adopción de perros o gatos a personas que padecían de una anemia afectiva atroz, o una enorme soledad; inclusive a personas que se habían mudado a vivir en su cabeza, deshabitando el corazón. En todos los casos el remedio fue altamente efectivo y producía transformaciones increíbles en quienes estaban emocionalmente inertes.
En otros casos, mi misma “receta” se repitió con pacientes muy afectuosos y con suficiente vida de relación, pero que sostenían un vínculo muy conflictivo consigo mismos: descuido de sí, maltrato hacia su cuerpo, autoexigencias desmedidas. En ese caso, cuidar con amorosa atención a su animal llevaba la condición de hacer otro tanto consigo misma: con su cuerpo y sus necesidades emocionales, maltratados por un persistente autoodio. ¡La transformación bajo esa pauta podía ser prodigiosa!
Hoy se sabe que los animales de compañía y otros, como los caballos, producen un efecto altamente terapéutico, tanto en quien está padeciendo una enfermedad, como en quien necesita desarrollarse a través de medios que le estimulen el corazón (como lo hace la Zooterapia). También en quienes están transitando un duelo hallan enorme consuelo en sus animales queridos. Inclusive se ve cómo modifican la disposición del espíritu en pacientes que están despidiéndose de la vida y a quienes la presencia de un animal –propio o desconocido– hace más fluido ese pasaje, donándole una seguridad transracional reconfortante, que ningún otro recurso podía darle.
Hay quienes también encuentran otro sentido a sus vidas cuando deciden ser activistas por los derechos de los animales: pasan de ser “animaleros” a ser animalistas. Es gracias a ellos que, en los últimos años, se ha instalado la noción de Derecho Animal. Se generan espacios para aprender a alimentarse sin que ningún animal tenga que ser matado para nosotros. Van quedando abolidas las tradiciones crueles y todo lo que implique el sufrimiento de esos inocentes. Mundialmente se está revisando la legislación de cada país, considerándolos poco a poco como lo que son: personas no-humanas.

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Es pescadora, fue presidente de la Unión Argentina de Pescadores Artesanales y es observadora de a bordo de grandes pesqueros. Ha pasado meses sin pisar tierra firme y asegura que quien se moja los pies con agua salada “siempre quiere volver”.