Tini de Bucourt: «Me gusta la persona que soy hoy. No por lo que logré, sino por la liviandad que conseguí» - Sophia Online

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Tini de Bucourt: «Me gusta la persona que soy hoy. No por lo que logré, sino por la liviandad que conseguí»

Tras un tratamiento por un cáncer agresivo, la exmodelo asegura que aprendió a valorar su tiempo y a desechar lo que no la nutre.

POR Luz Martí

No es un capricho que los puentes de los jardines japoneses se construyan en zigzag. Un mito popular asegura que, de esa forma poética, bloquean la influencia de espíritus malignos que solo se mueven en línea recta. Tini de Bucourt lo aprendió en sus muchos viajes y, como una metáfora de esa práctica, eligió atravesar, zigzagueando y en conexión con la dimensión espiritual, las experiencias de su vida.

La chica alta, flaca, de ojos azul intenso y seguro manejo corporal, prefería no hablar. Que el mundo no advirtiese su tartamudez, su inseguridad a la hora de expresarse. Así pasó Tini parte de su juventud, callada, bailando clásico y leyendo. Hasta que, un día, recibió la propuesta de participar en un desfile e, inesperadamente, entró al mundo de la moda.

“Nunca encajé en ese mundo donde debía esforzarme mucho para agradar a lo demás, acercándome a un estereotipo que no me interesaba. Pero también aprendí mucho, tengo grandes recuerdos y gente querida. A pesar de que no era lo mío, me permitió ser autosuficiente, tener la independencia económica que tanto necesitaba a esa altura de mi vida, separada y con dos hijos. ¡Además no necesitaba hablar!”, dice hoy, a los 75 años, cerca de publicar un nuevo libro, que le sigue a sus anteriores publicaciones: Mujeres felices, belleza sin tiempo; A cara lavada: cómo encontrar la verdadera belleza; e India: un viaje interior.

Proveniente de una familia culta, la lectura en alemán, francés e inglés le ofrecía un panorama amplio del mundo, mientras la danza la conectaba con las emociones sin necesidad de palabras. Desfile tras desfile iba adquiriendo facilidad expresiva y plástica a través del movimiento, para desplegarse en el personaje que modelaría la ropa en cada pasarela. Sin saberlo, convertía cada aparición en una mini performance en la que lucía el vestuario de una manera distinta y fascinante para los espectadores. Eran los años 80 y todavía había un largo camino por recorrer.

Afianzándose en lo profesional, mientras su tartamudeo empezaba a desvanecerse, entendió que el mundo de la moda era mucho más que estar linda, una oportunidad de embellecer otras áreas de la vida. Como ahora, ya por entonces para ella la vestimenta era sinónimo de sencillez y de despojarse de lo accesorio para dar lugar a la luz interior.
Un gran cambio ya se operaba en su conciencia. Para compartirlo y enseñar aquello que iba aprendiendo creó Tini, la escuela desde la que ofreció las primeras charlas gratis. Necesitaba explicar que no se trataba de una clásica academia de modelos y cuál era el objetivo esencial de su taller “Caminar, presencia y postura”.

“No sólo ayudaba a tomar conciencia de lo que significa la buena postura: es mucho más que moverse con elegancia, es un eje que nos ayuda a estar más atentos, nos conecta de una manera optimista con el mundo, eleva la autoestima y nos da un brillo extra. ¡Lograr ser luminosa es algo que no se compra!”, explica la mujer que sueña no perder el resplandor de su mirada aun cuando tenga arrugas.

Aprender a vivir a cara lavada

En su camino de autoconocimiento, a los 48 años y ya con una nieta, a Tini le tocó dar su segundo gran paso: India. Vivir siete años en Nueva Delhi significó descubrir, descubrirse y reflexionar sobre ese mundo interesantísimo, desmesurado y complejo. “India fue una inflexión en mi vida. Ahí nadie me conocía, yo era un ser anónimo. Aprendía lentamente a relacionarme con una cultura tan distinta que me bajaba a la tierra con lo que me mostraba a diario, a entender al otro sin prejuzgar, a abrir la cabeza para incorporar lo nuevo a medida que mis pensamientos se iban modificando. India fue para mí una buena madre, una madre silenciosa que me enseñó otras formas de ver la vida”.

Tini ama la belleza y, sobre todo, la pintura. Viéndola dibujar, su amiga Silke, la reconocida artista textil, la convenció de estudiar dibujo y pintura. Hoy trabaja de día, con tintas que tienen que secarse al sol y con un papel de gramaje muy alto. “Me divierte mucho y me hace muy bien al alma”, dice. Sus cuadros reflejan ojos de miradas cargadas de emociones, de decires que trascienden las palabras. “Yo veo cosas en mí y en el otro y quiero reflejarlas en mis pinturas. Son, de alguna manera, una autobiografía en la que se mezclan el realismo y lo abstracto”.

En 2023 se enfermó de cáncer. Tini se refiere a la enfermedad como una oportunidad fuertísima que pudo capitalizar, pero de la que es prudente hablar con cuidado y humildad. Entiende que cada uno recorre las experiencias de distinta manera, de una forma muy privada (probablemente la relación con la enfermedad y la muerte sean de las experiencias más privadas que existan) donde puede encontrar y poner en práctica recursos que no conocía que tenía. “La vida me estaba pidiendo que parase, primero, con una operación en el pie y poco después con un cáncer agresivo y de muy mal pronóstico. Me estaba enseñando que por ahí no era, que mi camino estaba en otro lado. Me estaba pidiendo que me diera cuenta”.

Atravesó la enfermedad rodeada del amor de mucha gente, pero eso no lograba paliar el sentirse “desencajada”: no podía leer, ni concentrarse en nada. Solo miraba, en silencio. Se convirtió en una observadora. Su vulnerabilidad y necesidad de descanso la sumían en profundas reflexiones, en busca de la verdad, de su deseo de saber quién era y, sobre todo, qué quería. Aprendió así, de una manera brutal, a escucharse.

“El tiempo posterior al tratamiento fue peor que el durante, porque el post te obliga a encarnar en ese cuerpo que sana y vuelve a decir ‘sí, podés’. En esas horas de silencio, entendí que la actitud respecto de todo en la vida, incluida la enfermedad, es fundamental. Aprendí a valorar mi tiempo, a descartar aquello que no nutre” dice quien descubrió que reconocernos y amarnos en nuestras carencias y fragilidad hace que el ego se empequeñezca, liberándonos de una carga inútil. “El cáncer es una enfermedad sistémica y crónica para la que realizo mis controles, con la que me siento amigada, que no es menor”, asegura.

Con su enfermedad supo que una Tini había muerto y que, a la recién nacida, había que enseñarle todo, ir llevándola de la mano, con amor, a conocerse, a ver el mundo con otros ojos.

“Me gusta la persona que soy hoy. No por lo que logré, sino por lo que solté, por la liviandad que conseguí. De la enfermedad no podés esconderte, te lleva a ese abismo que te hace comprender lo que es, verdaderamente, la noche oscura del alma. Te trae todo lo bueno y todo lo malo, lo visto y lo no visto, lo que dijiste y lo que no dijiste, es una maestra implacable de quien podemos aprender muchísimo”, agrega, con una sonrisa luminosa. “Estoy muy harta de la cabeza, siento que la paz y la verdadera sabiduría vienen de escuchar a las emociones y al corazón”.

Inmersa en su mundo de reflexiones, preguntas y empatía, Tini escribió En silencio (quien me explica lo inexplicable), su último libro, que presentará en primavera. Casi un manifiesto del autoconocimiento desde la humildad de la duda, desde el reconocer nuestra capacidad limitada frente a los motivos del universo. Se animará a darlo a conocer junto a otras facetas de su expresividad: la exposición de su pintura y una performance sorpresa.

Tini de Bucourt persevera en el camino elegido, de impronta zigzagueante, como el de los puentes japoneses. Sabe bien que su diseño no solo aleja a los malos espíritus, invita a ir despacio, a contemplar el paisaje desde distintos puntos de vista, a caminar con la atención y la conciencia puestas en el camino. Solo así, sabe, podrá disfrutarlo a cada paso.

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