Timothy Radcliffe, cardenal: “Antes de buscar la paz debemos imaginarla” - Sophia Online

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Timothy Radcliffe, cardenal: “Antes de buscar la paz debemos imaginarla”

Desde la desolación de una zona en guerra, el religioso reflexiona sobre cómo la esperanza, la alegría y la humanidad persisten aun en medio del sufrimiento.

POR Maximiliano Buss Kopp

En el Aeropuerto Internacional Juan Pablo II de Cracovia, el cardenal Timothy Radcliffe abre un correo. Es una mañana cualquiera en un aeropuerto europeo: gente que corre con sus valijas, gente que bosteza, gente que mira las pantallas.

Hace apenas unas horas, Radcliffe caminaba por Jersón, en el sur de Ucrania.

Ahí todo era silencio. 

Aunque ahí el silencio no significa lo mismo que acá.

La parroquia en la que durmió está a 300 metros del Río Dniéper, la línea de frente con Rusia. Las calles del centro están vacías. El noventa por ciento de la población se ha ido. Solo quedan algunos ancianos que caminan rápido y miran hacia el cielo.

Dos veces por semana llega un dominico joven, Misha, con provisiones desde Fastiv. Lo acompañan dos voluntarios laicos: Stanislaw y Magenna. Ellos mantienen una panadería donde hornean pan y bollos, una lavandería y duchas de agua caliente. 

Pequeñas cosas. 

Cosas que recuerdan que el cuerpo sigue siendo un cuerpo y no un objetivo.

En esa parroquia Radcliffe conoció a Serge, un muchacho al que llama “un pilar de fortaleza”. El primer día, Serge lo llevó a caminar cuando pensó que era seguro. Iban por calles vacías hasta que escucharon el zumbido frío de un dron sobre sus cabezas. 

“Fue la primera vez que me sentí perseguido”, me dijo Radcliffe citando un verso de la liturgia de Cuaresma que le suplica a Dios: Líbranos de la trampa del cazador.

Timothy Radcliffe nació en Londres, tiene 80 años. Es sacerdote dominico y una de las voces más escuchadas de la Iglesia. En 2024, el papa Francisco lo creó cardenal. Un año antes, lo había llamado al Sínodo para predicar sobre la esperanza.

Desde ahí empieza nuestra conversación.

—Usted habla de la alegría como un fruto profundo de la esperanza cristiana, pero no como optimismo ni bienestar sino como algo que puede aparecer incluso dentro del dolor. ¿Cómo puede una persona cultivar la esperanza y reconocer la alegría en medio de la devastación?

—Mi tío abuelo Dick ha estado muy presente en mi mente estos días, como cuando visité otras zonas de guerra en Irak y Siria. Él era un monje benedictino que salía cada noche durante la Primera Guerra Mundial a recoger a los moribundos. Perdió un ojo. Recibió disparos. Perdió la mayor parte de los dedos de una mano. Y sin embargo era la persona más alegre que jamás conocí. Él decía que lo importante durante la guerra son los sacramentos. Porque cuando uno no tiene nada que decir, siempre hay algo que hacer. Cuando estuvimos en un hogar para madres solteras en Járkov, los niños bailaban y cantaban, igual que en Fastiv. Pensé en cómo, de niños, bailábamos alrededor del tío Dick cuando venía a casa. En Ezequiel, Dios dice: Les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Si tenés un corazón humano, vas a conocer la tristeza, el dolor del mundo, pero también la alegría. 

—En los hospitales, en los refugios, en las ciudades arrasadas el dolor se vuelve cotidiano, ¿dónde encuentra las palabras de consuelo para ellos?

—Hay que estar con ellos, sin saber de antemano qué decir. Uno lo descubre con ellos y para ellos. El Evangelio dice: No prepares de antemano lo que vas a decir. El Espíritu Santo te lo dará en ese momento. Eso lo sentí al visitar el hospital militar de Kiev, donde hombres jóvenes habían perdido sus extremidades. Abrazar, sonreír, recordar sus nombres es lo mejor que uno puede hacer. Un tiempo después de una operación de cáncer en la que me extirparon la mandíbula, me encontré con el papa Francisco entre cientos de personas que le extendían la mano. Él se acercó y apoyó su frente sobre la mía durante veinte segundos. Eso bastó. Ese es el secreto. Conocer gente. Compartir sus vidas. Hacerse amigo. Lo que me sostuvo toda la vida ha sido la amistad.

—¿Cuál es el primer paso para la reconciliación después del conflicto?

—Mirar los rostros del «enemigo» es el primer paso. Antes de viajar había visto un video en el que un joven soldado ruso era rastreado por un dron y, al ver que no tenía escapatoria, se disparó a sí mismo. Lloré durante mucho tiempo. Cuando llegué a Leópolis, caminé por el cementerio militar. Vi cientos de tumbas, cada una con la foto del soldado ucraniano fallecido. En ese momento imaginé los rostros de los soldados rusos. Su humanidad y su vulnerabilidad. Sé que hoy es imposible para muchos imaginar la reconciliación con los rusos. ¡Me dijeron que sería un error incluso citar a Tolstói! Pero algún día deberá haber reconciliación, como sucedió entre británicos, alemanes y japoneses. Mirá, en Tierra Santa existe un movimiento llamado Musalaha, que en árabe significa reconciliación. Llevan a jóvenes israelíes y palestinos, judíos, cristianos y musulmanes, al desierto y allí escuchan el desierto. Primero escuchan el silencio y luego aprenden a escucharse. Nunca debemos decir que la guerra es inevitable. Aunque antes de buscar la paz debemos imaginarla.

Te invitamos a leer Volver a Sophia, cuarenta diálogos de sabiduría para el nuevo tiempo.

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