Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

24 junio, 2020

Tiempo de volver a empezar

Le damos la bienvenida a Florencia Sanguinetti, argentina radicada en Londres, amante de las flores e influencer de la sencillez, que comparte a través de sus escritos pensamientos acerca de la vida, el amor y la belleza. Te invitamos a descubrir la calidez de su mundo de la mano de este texto sobre la cuarentena.


Las flores, infaltables compañeras en la vida de Flor the Flower.

Por Flor Sanguinetti

Seis meses pasaron ya de tan peculiar año y acá nos encontramos, inmersos en un escenario surrealista e incierto. Esta situación, que por momentos atormenta, nos obligó a hacer un parate a esa vida tan ruidosa y recapitular un poco, ordenar las prioridades además de los roperos.

Algo tiene que enseñarnos, o al menos eso me prometí.

Florencia Sanguinetti es argentina y hace 10 años vive en el exterior. Madre de dos, escribe por amor al arte. Licenciada en Administración de la UBA dijo que se iba a tomar un año sabático y ya van como siete. Bajo el seudónimo Flor the Flower, desde 2016 cuenta online sus vivencias relacionadas a su condición de expatriada, la maternidad, el amor, la amistad, la nostalgia y la simpleza de la vida. Desde el 2018 vive en Londres, donde estudió escritura creativa y se animó a escribir ficción. En su cuenta de IG y Facebook comparte su obra Una novela cualquiera. Seña particular: nunca le faltan flores en la mesada de su cocina.
IG: Flortheflower | Facebook: Flor the Flower|Web: www.flortheflower.com | Correo: florencia.sanguinetti@gmail.com

No creo que haya una única manera de transitarlo, la realidad de cada uno de nosotros es muy distinta y lo que para algunos es descubrimiento, para otros es una obviedad; lo que para algunos es encierro, para otros es la mismísima libertad. Algunos cancelaron planes, otros perdieron trabajos e incluso la vida. La pandemia dejó en evidencia las injusticias del mundo, así que sí, efectivamente algo hay que hacer al respecto.

Me cuesta comenzar a escribir este relato cuando siento que los pensamientos van más rápido de lo que mis manos son capaces de tipear. En un solo día mi cabeza y mi estómago oscilan entre la felicidad y el desasosiego. Me cuesta entender algunas cosas y, por otro lado, comprendo tanto algunas otras que ahí estaban, frente a mí, y las estaba ignorando.

¿Qué hacemos con este vértigo de ideas y sentimientos? ¿Dejamos que nos arrastren o nos adueñamos de nuestra mente y no nos sobrecargamos de negatividad? Elegir el camino de la gratitud, la templanza, la aceptación y la adaptación fue para mí la clave de esta supervivencia, sumada a un grandioso equipo de cuarentena. Nunca está demás decir que poder elegir cualquier cosa en la vida es de privilegiado, algo que juré no pasar por alto cada vez que me sienta tentada juzgar el accionar de los demás.

Los primeros días del virus ya instalado muy cómodo en mi ciudad (vivo en Londres hace algunos años), fueron un poco extraños. Las medidas establecidas por el gobierno no eran tan claras, algunas cosas se cerraban mientras mis hijos seguían en la escuela y la sensación de vulnerabilidad era cada vez más compleja de digerir. Finalmente nos mandaron a quedarnos en casa y yo suspiré aliviada. Me decidí a hacer valer este tiempo y a generar lindos recuerdos en la historia de mi familia, sin perder de vista que para algunos, y lamentablemente muchos, la tormenta iba a ser mas eléctrica y oscura que la mía. Para que aparezcan arco iris en el cielo tiene que, al mismo tiempo, salir el sol y caer la lluvia. Supe entonces que había que aceptar ambas cosas para llegar a lo colorido de esta experiencia.

La lluvia y el sol en su danza perfecta que, a veces, logra convertirse en arco iris.

Días de alegría y también de malhumor. Ratos cortos de calma y largos de intensidad.

Los atardeceres fueron pasando y la dinámica se acomodó bastante bien: somos una familia que vive lejos de Argentina desde el 2011 y para nosotros estar un poco solos es parte de nuestra normalidad. Vaya uno a saber a esta altura qué es normal, pero digamos que nos es habitual. La rutina cambió radicalmente y, de todos los nuevos roles que me tocan desempeñar, reconozco que el de maestra hizo aflorar en mí un costado muy didáctico y entretenido, y también uno muy exigente y poco paciente que debí ajustar.

Le encontramos la vuelta como pudimos.

A lo lejos, las sirenas me recuerdan la razón por la que estamos aquí adentro y un cachetazo de realidad me vuelve a poner en estado de extraña tensión. Hay momentos en los que siento un nudo en el pecho por lo que puede pasar, por estar lejos, por lo frágil e impredecible que es todo. No le temo al bicho, le temo a la indiferencia de la humanidad cuando todo esto pase. Entonces, ahí callada mientras ordeno los platos de la cena, refuerzo el compromiso de hacer algo al respecto, empezando por mí. Quiero salir de esto fortalecida, tranquila y cuerda. Para eso intento poner la energía en pasar el día sin imaginar mucho los días que vendrán. Una invitación forzada a vivir el momento y a generar un entorno agradable dentro de este contexto desagradable.

Miro a mis hijos reírse y me acuerdo que ahí está el remedio de mi ansiedad.

Cuando pase el tiempo y esto quede en el recuerdo, quiero leer mis anotaciones y que de ellas se desprendan memorias transformadoras de un tiempo sin tiempo, donde pude ser yo sin tanto maquillaje, literal y metafórico. Donde dejé ver mis virtudes y me amigué con mis miserias. Cuan importante es tenerse compasión. Ojalá cuando me pregunten qué hice en estos meses pueda responder sin titubear que me animé a abrazarme a mí misma.

Creo que cuando la vida vuelva un poco a ser como antes voy a extrañar muchas cosas de hoy, pero francamente quiero que termine pronto por el bien de todos. Quiero salir a pasear y entonces observar con otros ojos el paisaje que me rodea. La felicidad se lleva con uno y no se deposita en un plan o en un efímero momento y esto es la prueba de ello. Nada de lo que tenía organizado para estos meses sucedió y sin embargo fui feliz. Tal vez no fue ese estilo de felicidad que venden en los avisos publicitarios, más bien fue esa felicidad que se esconde en el día a día, en lo cotidiano, en lo simple y majestuoso que es tener personas a quien amar y cuidar, un lugar donde refugiarse, comida en un plato, paz en el corazón y la voluntad de evolucionar, crecer y cambiar la mirada chicata y egoísta a la que nos han invitado a aspirar y profesar por una mucho más amorosa, empática, respetuosa, solidaria, inclusiva y humana.

Quedan seis meses para terminar el año, pero tenemos la vida entera para volver a empezar. Y la oportunidad de sentir, por segunda vez, la primera vez de muchas cosas que creíamos comunes, cuando en realidad eran extraordinarias.

Hogar, dulce hogar, donde Florencia elige habitar una vida sencilla y llena de amor.

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