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Inspiración

6 septiembre, 2021

Tiempo de ser lo que nos proponemos ser

En este Rosh Hashaná, que marca la llegada de un nuevo año al calendario judío –el número 5782– te compartimos una reflexión de la rabina argentina Déborah Rosenberg acerca de la importancia de renovar nuestros pensamientos para comenzar este ciclo más plenos, más sabios.


Foto: Pixabay

Por Rabina Déborah Rosenberg

Un cabalista medieval escribió en la ciudad de Tzfat (Safed), un poema que el pueblo judío canta todos los viernes para recibir al Shabat, el día más especial de nuestra semana. En uno de sus versos dice: Sof maasé bemajshavá tjilá, que yo traduzco como “todo acto comienza con un pensamiento”.

Estas palabras son entonadas bajo el cielo del atardecer al asomar las primeras estrellas y representan el inicio de mi carrera rabínica. Porque fue una decisión consciente la que me llevó a comenzar mis estudios, un propósito que se transformó en un camino de cambios estructurales en mi vida personal.

Como en la tradición judía estamos atravesando días de revisión de nuestras acciones en el año transcurrido con miras a empezar más sabios y sabias el ciclo por venir, comparto con ustedes mi propia reflexión de este último tramo de mi carrera hasta mi ordenación. En lugar de realizar un proceso de introspección, abro ante ustedes cuáles fueron los valores que me guiaron para llegar la final del recorrido.

Sentir pasión por lo que hacés

Parece una frase hecha, pero no lo es: si decidís empezar a estudiar y además tener a tu primer bebé, te tiene que encantar lo que hacés.

Empecé mis estudios y, terminando el primer cuatrimestre, quedé muy felizmente embarazada. Ese primer año, con un embarazo realmente tranquilo, fue de mucho estudio y disfrute. Mi hija nació iniciando mi segundo año, con lo cual me reintegré en el segundo cuatrimestre con mi beba como una estudiante más. Pero, por más que fueran pocas horas, no era fácil trasladarme con ella tan chiquita en invierno. Tampoco fueron más simples los años que siguieron, porque empezaron los problemas del sueño. Eso implicaba ir a estudiar casi sin dormir, habiéndome despertado entre cuatro y seis veces por la noche, y partir al mediodía para desempeñar mi rol comunitario.

Por supuesto que pude acomodar mis horarios y todos fueron contemplativos ante mi situación, pero igual resultó ser un esfuerzo que solo se puede sostener con pasión. Analizar fuentes con la guía de los docentes y junto a mis compañeros y compañeras, estudiar con mi beba a upa, e incluso, tener mis momentos personales, tan necesarios en el periodo de la maternidad, para estudiar en forma individual, hicieron que tuviera que recordar con esfuerzo las limitaciones que tenía, para continuar adelante con las materias y rendir la mayor cantidad posible al final de cada curso.

No siempre tu vocación es tu primera elección

Debo admitir que cuando era chica y me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, no decía “rabina”, sino, “maestra”. Y no lo decía por responder algo ni por admirar a alguna maestra en particular, simplemente quería ser docente, me gustaba enseñar y lo hacía en cuanto tenía la posibilidad (mi hermana tercera, de hecho, me sufrió como alumna). Así fue que hice el profesorado en Estudios Judaicos y comencé como maestra a mis 18 años. Con algunos aciertos y también frustraciones, debo decir que es una profesión hermosa y que siempre extraño el aula. Podría haber seguido así siempre, orientada a la enseñanza de Lengua, Sociales o Filosofía. Pero, paralelamente, desde el jardín, los recuerdos más fuertes que me hacen recordar quién soy y qué vengo a transmitir realmente, están vinculados a mis tradiciones y las fuentes.

Cuando tenía 15 años oficié por primera vez desde un púlpito en una comunidad del Gran Buenos Aires. En una de las ceremonias, cuando llegó el momento de la prédica, relaté un cuento a la velocidad de la luz, algo nerviosa. Cuando mi compañera me indicó por lo bajo que hablara más lento, le respondí con el micrófono abierto: “Entonces, ¡seguí vos!”.  Ese fue mi debut pero no mi despedida, claro está.

Siempre consideré a la docencia y a la Filosofía, en particular, como mi vocación definida. Fue al terminar la carrera que decidí, finalmente, formalizar ese camino que venía haciendo en paralelo.

Janoj lanaar al pí darkó, “Educa al joven (a la joven) según su camino”, es una de las frases bíblicas que más cito en mi tarea educativa. El camino no está predeterminado: es una quien lo va recorriendo según su propia motivación y formándose para crecer acorde a ella.

Sola no se puede

Hay momentos en la vida que una puede emprender en forma autónoma e individual. Así hice mi carrera en Filosofía y así también me llevó muchísimo tiempo, si bien es cierto que trabajé siempre en forma intensa durante mis estudios.

Será por eso que lo primero que me llamó la atención en mi primer día de Seminario fuera que el rabino a cargo del curso me señalara el compañero con el que iba a compartir la lectura de la sección talmúdica elegida para la clase. Un estudiante avanzado que permitiría que entendiera algo de esa página escrita gran parte en arameo y otra en hebreo. Yo tenía nociones muy básicas de mi formación como maestra para ese entonces, necesitaría urgentemente quien me diera algunas coordenadas para no morir en el intento.

Realmente me sorprendió para bien que la consigna fuera comprender de a dos, en jevruta, para luego hacer la puesta en común grupal y así llegar, finalmente, a la exposición del rabino sobre el tema.

Tovim hashnaim min haejad, “es mejor ser dos que uno…”, porque si uno se cae, tiene quien lo levante, continúa el versículo bíblico. Y eso, en relación con una formación, no refiere solamente a un tema de contenido, sino a una red de ayuda y contención que fue fundamental para que yo estudiara, siguiera adelante, no me desalentara y disfrutara de los avances. No hubiera habido ningún modo de hacerlo sin saber que tenía con quién contar para cuidar a mi hija y sin el apoyo de mi marido a lo largo de toda la preparación.

Tener confianza en una misma

Una de las canciones más lindas que me llevo de mi educación primaria, dice: Kmo haemuná shebelivjá itjá, “como la fe que está con vos, en tu corazón”. Toda la letra de esta canción habla con simpleza de los sentimientos que transitamos al recorrer un camino. A veces es orgullo, otras veces, miedo.

En esos casos se trata de creer en las propias posibilidades, aún cuando uno sienta la duda en la mirada ajena. Nadie va a acompañarnos hasta el final si nos permitimos quedarnos en el desaliento. Hay tramos difíciles en proyectos de nuestra vida que solo se transitan avanzando, no hay lugar para lamentarse a un costado.

Lo que para mí es fe plena, para quienes no son religiosos es la confianza, que no se adquiere del valor que nos dan los demás sino del valernos por nosotras mismas, es decir, del propio empoderamiento.

Visualizar que ya lograste el objetivo para poder avanzar hacia él, no es un recurso ficticio: por lo general nos rodean imágenes motivadas por el miedo, panoramas posibles si decidimos detenernos, pero que se desdibujan con tan solo volver a activar nuestra tarea.

Sof ze tamid hatjalá shel masheu ajer, “Un final es siempre el comienzo de otra cosa”, dice en su poema Lea Naor. El judaísmo tiene una concepción cíclica del tiempo. En estos días, precisamente, nos encontramos en la transición de un cierre-principio de año. Y con esto les quiero decir que, cuando uno llega a ser lo que se propone, no termina nada, si no que comienza todo lo que tanto soñó.

Deborah Rosenberg, rabina argentina - Sputnik Mundo, 1920, 13.08.2021

Déborah Rosenberg tiene 42 años y estudió Filosofía en la UBA. Nieta de sobrevivientes del Holocausto judío, se formó en Argentina y en Israel. Durante el mes de agosto, el Seminario Rabínico Latinoamericano la nombró rabina por medio de una ceremonia a través de Zoom. Así se convirtió en la primera mujer ordenada durante los últimos 5 años en la Argentina y la decimotercera en los últimos 60. Es Directora de Educación de la comunidad Lamroth Hakol.

Foto: Gentileza Déborah Rosenberg.

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