Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

15 junio, 2021

Tiempo de reencantamiento

Recuperar la conexión sagrada con nuestra vida y con todo aquello que nos rodea, esa es la propuesta de este texto inspirador. ¿Cómo vas a elegir reencantar tu mundo cada día?


Fotos: Pexels.

Por Sergio Sinay

“El encantamiento es un estado de éxtasis en el cual el alma pasa a primer plano y las inquietudes de la supervivencia y las preocupaciones diarias desaparecen momentáneamente por el foro”. El psicoterapeuta, escritor y ex seminarista Thomas Moore define de esta manera a ese estado en el cual la calma, la armonía, la serenidad y la integración con lo existente predominan en nosotros. En su ensayo El reencantamiento de la vida cotidiana, Moore propone variados caminos para recuperar dicho estado, ausente en la vida contemporánea. “El alma tiene necesidad absoluta e inexorable de excursiones regulares al encantamiento”, insiste. “Las necesita del mismo modo en que el cuerpo necesita comida y la mente necesita pensamiento”. Sabe de lo que habla. Desde hace más de dos décadas se dedica con lucidez y sensibilidad a explorar las cuestiones del alma. Lo hizo a partir de su libro, ya clásico, titulado El cuidado del alma, al cual siguieron, entre otros, Las relaciones del alma, La noche oscura del alma, El alma del sexo, Un trabajo con alma y El cuidado del alma en la medicina.

Moore no se refiere a magia ni esoterismo, sino a recuperar el valor, el misterio, la trascendencia y el sentido de nuestra vida en actos y prácticas de la vida cotidiana. Y se trata, hoy más que nunca, de una experiencia que quizás nos rescate del círculo vicioso de los confinamientos, de la espera interminable, de la incertidumbre, de la ansiedad, de la angustia y de la desazón. La pandemia nos encontró viviendo en una cultura infectada de materialismo, de voracidad consumista, de vínculos volátiles, lábiles, utilitarios y de un marcado vacío existencial. Cada uno centrado en su propio interés, ciencia, técnica, política y economía desentendidas de valores trascendentes y aplicadas a lo tangible y redituable.

Como señala el filósofo coreano Byung-Chul Han, afincado hace muchos años en Alemania, nos encontró inmersos en la cultura de la “positividad”, la cual no admite la tristeza, la imposibilidad, el límite, la pausa, la duda, la incertidumbre. Los niega y los rechaza. Todo debe ser exitoso, productivo, rendidor. Vivir para alcanzar esos parámetros terminó en una vida triste, sin tiempo ni espacio para profundizar los vínculos, para explorar sueños, para escuchar las voces del alma. Lo inesperado, lo imprevisto, lo incontrolable, rompieron nuestras ilusiones de control, de seguridad, nuestra pretensión de ser semidioses (o acaso dioses), dueños del destino. Una sociedad desencantada, como la define Moore, carente de visiones que vayan más allá de lo material e inmediato.

Rescatar una perla

Moore refiere un antiguo relato gnóstico, titulado El himno de la perla. El gnosticismo fue una doctrina compartida en el siglo I por grupos judíos y cristianos que despreciaban la vida material y proponían un camino espiritual al margen de las ortodoxias religiosas. Según aquel relato en un comienzo todos vivíamos en un lugar lejano, con nuestros padres, y fuimos exiliados de ese reino y enviados a este páramo remoto y frío conocido como vida humana. La condición para poder regresar era la de recuperar una perla perdida: la perla del alma. Reencantar la vida a través de lo cotidiano equivale a la recuperación de esa perla.

“Nuestra vida en los últimos tiempos, lejos de ligarse al cosmos, está en lucha con él. Intentando manipularlo, someterlo a nuestros designios. Sustituimos cooperación, integración y armonía por lucha. Ante una experiencia en la cual nos afecta una expresión del mundo natural (como es el virus) nuestra reacción es declararnos en guerra contra ella”.

Otro pensador que abordó el reencantamiento es el historiador de la ciencia Morris Berman, autor de El reencantamiento del mundo. En su ensayo muestra cómo la historia humana fue en los últimos siglos, particularmente en el anterior y el actual, la historia de un desencantamiento continuo. Antes de eso, explica Berman, el cosmos era para los humanos un lugar de pertenencia, no éramos observadores ajenos a él, que intentábamos manipularlo o ponerlo a nuestro servicio. “Las rocas, los árboles, los ríos y las nubes eran contemplados como algo maravilloso y con vida”, según escribe. “Y los seres humanos se sentían a sus anchas en este ambiente. Su destino personal estaba ligado al cosmos y esta relación daba significado a su vida”.

Nuestra vida en los últimos tiempos, lejos de ligarse al cosmos, está en lucha con él. Intentando manipularlo, someterlo a nuestros designios. Sustituimos cooperación, integración y armonía por lucha. Ante una experiencia en la cual nos afecta una expresión del mundo natural (como es el virus) nuestra reacción es declararnos en guerra contra ella. Ante la enfermedad, ante fenómenos naturales de todo tipo, que perturben nuestra tranquilidad, a menudo conseguida depredando el hábitat al que pertenecemos, nos declaramos en guerra. Antes que comprender, luchamos.

Esas pequeñas acciones

En 1874 el naturalista y pintor paisajista alemán Ernst Haeckel (1834-1919) usó por primera vez la palabra ecología, que deviene de los términos eco (casa, hogar, lugar de pertenencia) y logos (estudio y búsqueda de los trascendente). Definía así al cosmos al cual pertenecemos y proponía cuidarlo y comprenderlo. Todo lo contrario de lo que la especie humana hizo progresivamente desde entonces, olvidando presuntuosamente que el cosmos en general, y nuestro planeta en particular, pueden prescindir de nosotros, pero no nosotros de ellos, por muy autosuficientes u omnipotentes que nos creamos.

¿Qué hacer, por dónde empezar para reencantar nuestra vida, para reintegrarnos a ese todo del que somos parte y del que nos auto exiliamos a un costo muy alto?

Moore propone pequeñas y sencillas, pero aún así poderosas acciones cotidianas. Una huerta urbana, por chica que sea, en nuestra terraza, jardín o balcón. Ese es un modo de tomar contacto con la naturaleza y sus ciclos, una manera de aprender a entenderla y de seguirla en lugar de someterla. Crear rituales personales, de pareja o familiares que tengan un sentido especial para nosotros, cumplirlos y respetarlos. Por ejemplo, proponernos un tiempo de silencio en compañía, sentados en círculo (bastan pocos minutos de práctica diaria), para conectarnos con los latidos del corazón, el ritmo de la respiración, las sensaciones, los sentimientos del momento, y luego contar que nos pasó. Otro ejemplo: cenar juntos, con celulares apagados, y contarnos, mientras nos escuchamos con respeto y atención, qué fue para cada uno lo mejor y lo peor del día. Elegir un motivo diario de celebración, por mínimo que sea, y, al final de la jornada, brindar por él. Salir a caminar en silencio, captar todos los sonidos posibles durante la experiencia (el canto de un pájaro, el ladrido de un perro, voces cercanas y lejanas, el motor de un auto, el rugido de una moto, etcétera) y al regreso relatar por turno lo que cada uno escuchó. Puede ser una sorprendente manera de comprobar todo lo que hay más allá de la propia percepción. Lo mismo se puede hacer con lo que se ve. Proponerse usar no menos de cinco veces diarias fórmulas como “Por favor”, “Gracias”, “Disculpame”, de manera no automática, tanto con propios como con extraños. Reordenar o limpiar la casa trabajando en equipo. Desprenderse de todo aquello que no se usa y buscarle un destinatario a quien le será útil. Proponerse vivir con lo necesario antes que con lo suntuario. Esta es una lista mínima y sencilla que puede ser engrosada por cada persona, cada pareja o cada familia que se proponga hacer de este tiempo un tiempo de reencantamiento y no de queja, impaciencia, lucha y malestar.

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