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Reflexiones

21 julio, 2021

Tiempo de duelo

El dolor ante la pérdida es un sentimiento inevitable, inherente al hecho mismo de vivir. Sin embargo, podemos aprender a transitarlo sin negarlo, haciendo de la experiencia un camino de aprendizaje y resiliencia.


Foto: Unsplash

Por Sergio Sinay

Tenemos muchas creencias, convicciones, expectativas, deseos y fantasías acerca de cómo debe ser la vida, de lo que podemos esperar de ella. “Se suponía que la vida no iba a ser perfecta, pero sí larga. Que no íbamos a sufrir enfermedades graves, terremotos, accidentes y que los aviones no iban a estrellarse contra edificios. Pero cuando suceden todas estas cosas, no solo debemos llorar la pérdida en sí, sino también la pérdida de la creencia de que no debería haber pasado”. Esto escribía Elisabeth Kübler-Ross en Sobre el duelo y el dolor, su libro póstumo (redactado en colaboración con su discípulo David Kessler), que terminó de escribir poco antes de su muerte, el 24 de agosto 2004, a las 20:11 de la noche. Nacida en 1926 en Zürich, Suiza, médica y psiquiatra, Kübler-Ross se convertiría en la máxima autoridad reconocida en el tema de la muerte y el proceso de morir. A lo largo de los años en que se entregó a esa cuestión acompañó y asistió a más de 40 mil personas en los tramos finales de sus vidas. Y comprendió a fondo las dimensiones del duelo.

La profunda y conmovedora lucidez y sabiduría de esta mujer puede comprobarse, entre otras obras, en Lecciones de vida, La muerte y los moribundos, La muerte, un amanecer y su autobiografía, La rueda de la vida. Las enseñanzas de Kübler-Ross se actualizan en estos tiempos en que, tomando sus palabras, lloramos pérdidas de todo tipo. Seres queridos, proyectos, hábitos, ilusiones, trabajos, modos de vida. No debería haber pasado, pero está ocurriendo. Son tiempos de duelo. “El duelo es también la desaparición de muchas creencias conscientes e inconscientes sobre cómo se supone que debe ser la vida”, se lee en Sobre el duelo y el dolor.

Foto: Unsplash.

El ciclo del dolor

“Hay algo quizás peor que el sufrimiento y la tristeza que nos atraviesan durante un duelo, y eso es la negación de este. Por mucho que nos resistamos, por variadas que sean las vías por las cuales procuramos escapar de él, el duelo es inevitable. Su negación o postergación solo hace que se manifieste de otras maneras, a menudo disfuncionales, patológicas, que acarrean nuevas consecuencias en el cuerpo, en la psiquis o en los vínculos”.

Hay algo quizás peor que el sufrimiento y la tristeza que nos atraviesan durante un duelo, y eso es la negación de este. Por mucho que nos resistamos, por variadas que sean las vías por las cuales procuramos escapar de él, el duelo es inevitable. Su negación o postergación solo hace que se manifieste de otras maneras, a menudo disfuncionales, patológicas, que acarrean nuevas consecuencias en el cuerpo, en la psiquis o en los vínculos. La doctora Kübler-Ross observó que el ciclo del duelo comprende cinco etapas y aclaró que no hay un tiempo ni un modo único de cumplimiento de ese proceso. Cada persona es única, recordaba, y únicos son sus modos, sus ritmos, sus necesidades y la manifestación de sus emociones. Esas cinco etapas son: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. La médica suiza las describe en relación con la muerte de personas queridas, aunque puede ser observada también en todo tipo de situación de pérdida, cancelación o finales, como es este momento inédito que nos afecta a la luz de la pandemia. Forman parte del marco en el que aprendemos a aceptar las pérdidas. Vamos a repasarlas.

1) Negación. Puede ser simbólica, a través de actitudes evasivas, de relatos fantasiosos en los cuales lo perdido permanece presente, o puede expresarse literalmente (“No es cierto”, “No ha ocurrido”, “Ya va a pasar”, “Es una pesadilla y voy a despertar”). Esto se debe a que el hecho cierto e innegable de la pérdida resulta abrumador y excesivo para la mente, que busca maneras de anestesiarse. Esta etapa, señalaba Kübler-Ross, nos ayuda a sobrevivir a la pérdida en un mundo que, de pronto, se nos presenta absurdo y opresivo y en el que, como primera reacción, no encontramos el sentido de la vida. La negación comienza a retroceder al compás de la aceptación de la pérdida.

2) Ira. Esta emoción no suele basarse en argumentos lógicos. Podemos enojarnos con la persona que se fue (“No se cuidó”, “No le importó lo que nos hacía”), con la situación (“Maldito virus”), con otros, a quienes culpamos de no haber hecho lo necesario para que esto no ocurriera (a veces esa ira es contra el cirujano que operó, por ejemplo), o con nosotros mismos, por no haber previsto que iba a suceder lo que sucedió y no haber actuado en consecuencia (“Se veía venir”, “Me dormí”, “No le di importancia”, “Podía haber hecho algo más”). También podemos enojarnos con la vida, con el destino, con la suerte o con los astros. La ira es parte de un proceso de sanación, decía Kübler-Ross, y en la medida en que no la reprimamos más rápido desaparecerá. La represión de la ira (sobre todo a través de pensamientos “positivos” que la consideran una emoción “negativa”) suele hacer que esta se disfrace de otra cosa y emerja de todas maneras creando más daño y confusión. “Es importante sentir la ira sin juzgarla, sin intentar hallarle un sentido”, aconseja Kübler-Ross.

3) Negociación. Es un momento de tregua durante el cual intentamos encontrar las maneras menos dolorosas de franquear la situación y especulamos con qué cosas podríamos hacer para que la vida vuelva a ser como antes, algo que de todos modos resultará imposible. La ilusión de restaurar el orden en el caos, más allá de la imposibilidad de que eso ocurra, puede, sin embargo, atemperar las emociones y reorganizarlas. Al final de la negociación, se explica en Sobre el duelo y el dolor, se comprende que las circunstancias son irreversibles.

4) Depresión. Es el momento en que nos ubicamos en el puro presente, en toda su dolorosa dimensión. Nos encontramos ante la realidad del vacío y el duelo se hace real. En principio nos inunda la sensación de que esta tristeza será eterna, que nunca saldremos de ella. La depresión tiene mala prensa en nuestra sociedad y le huimos a la posibilidad. Sin embargo, una cosa es estar deprimido ante una pérdida dolorosa (algo natural y necesario) y otra es ser depresivo. La honda tristeza que es la depresión ante el final de una vida, una ilusión, un vínculo o una etapa existencial es un paso necesario en el tránsito sanador del duelo. La depresión se retira, como una marea que baja, cuando ha terminado de instalarnos en la realidad y podemos continuar nuestra vida a partir de allí.

5) Aceptación. Se reconoce la nueva realidad y se asume que esta será permanente. Es una etapa de aprendizaje, un proceso de reintegración a partir de lo que tenemos y lo que somos, un punto desde el cual observar cómo y por dónde continúa el camino de nuestra vida. Es cuando asoma la paz necesaria para pensar acerca de lo vivido. “Desde aquí se empieza a vivir de nuevo, dice Kübler-Ross, pero no podemos hacerlo sin haberle dedicado antes el tiempo necesario al duelo”.

Cerrar el círculo

El duelo es una instancia natural de la existencia. A lo largo de nuestras vidas se presentarán muchas circunstancias que nos presentarán la necesidad de vivirlo y pasar por sus etapas. Como señala la doctora Kübler-Ross, el orden de esas etapas no es rígido, aunque siempre termina en la aceptación, a menos que alguien quede detenido en alguna etapa anterior, cosa que suele ocurrir. En ese caso, el duelo inacabado impide cerrar el círculo del dolor, no hay recuperación de lo perdido y tampoco se abren las ventanas que dejen entrar la luz del porvenir. Y en ese punto cada actitud es única e intransferible como cada vida.

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