Sophia - Despliega el Alma

Hijos

10 abril, 2008

Tener 13 años


Una edad clave

Son chicas pero no tanto. Tienen curvas,  lolas, y unas hormonas que saltan a flor de piel. Mucho se dice de ellas. Que vienen bravas, contestarias. ¿Cuál es nuestro lugar como padres? ¿Qué es lo que tenemos que hacer para involucrarnos? Por Isabel Martínez de Campos. Foto: Getty Images.

En Buenos Aires y en el mundo, hace algunos años, se estrenó una película que generó polémica: A los 13. Mostraba cómo, de la noche a la mañana, dos púberes explotaban en un torbellino de drogas, sexo, piercings y alcohol. Hace unos días, el diario Clarín puso en letra de molde lo que ya corría de boca en boca: que las chicas argentinas practican sexo oral a los chicos en las combis o en los baños de los colegios a cambio de dos pesos o de una entrada a un boliche.

Según las últimas investigaciones, las adolescentes de hoy ya no sueñan con una romántica fiesta de 15. En cambio, prefieren una operación de lolas. Y como si esto fuera poco la Secretaría de Programación para la Prevención y Drogadicción asegura que los 13 años es la edad de inicio del tabaco, el alcohol y la droga. Sus recientes estudios revelan el avance del consumo de alcohol en la mujer, que “prácticamente equipara al varón”.

En este contexto, la sensación es de alarma: un sentimiento que para los padres no es nuevo, pero que cada día se acrecienta. Frente a sus ojos aparecen hijas que crecen más rápido, y eso es fisiológicamente cierto: las chicas de 13 años son más maduras físicamente de lo que eran una generación atrás. Desde 1963 hasta principios de los noventa, la edad en que una chica tenía su primera menstruación fue bajando en alrededor de un mes en cada década, hasta llegar hoy al promedio de 12,1 años. Ese promedio sigue bajando a medida que pasan los años.

A la hora de hablar con ellas, llama la atención cómo lo fisiológico también se trasluce en la actitud. Son chicas que en su lenguaje están a años luz de César Banana Pueyrredón y el “Toda una noche contigo” que inspiraba a sus padres. Ellas tienen palabras relacionadas con el sexo pegadas a su vocabulario, más allá de que sean vírgenes o no. Frases como (y perdón por la literalidad, pero es necesaria) “A ese me lo re cojo”, “Juanita le hizo la paja a Pedrito” , “En mi clase hay dos grupos: el de las populares y el de las penes” salen sin censura previa. Lejos están estas chicas púberes de nuestro pase de niña a mujer, de Julio Iglesias, o de la práctica inocente de los pasitos de Fiebre del sábado por la noche. Se pintarrajean, visten calzas, se ponen en pose, usan tacos altos y, sobre todo, tienen la actitud de Julia Roberts en Mujer bonita, pero en formato mini.

“Las chicas de hoy, en algunos aspectos, son muy aniñadas y, sin embargo, a veces adoptan conductas prostibularias. Están con ese doble mensaje en su cuerpo. Por un lado, tienen al osito Winnie The Pooh; por el otro, usan medias caladas. Están atrapadas entre la niñez y una adolescencia vamp: por una parte, son infantiles; por la otra, tienen esa seducción descarada”, opina el doctor Omar López Mato, autor del libro Viviendo en el país del Nunca Jamás.

Expuestas a los estímulos

Obviamente, esta etapa de la vida siempre se caracterizó por la confrontación con los padres, por la necesidad de romper reglas para conseguir a la larga una identidad y crecer. Es una etapa caliente, intensa, a todo o nada. Las reglas son motivo de cuestionamientos que nunca terminan.

Los de 13 años tienen más poder que disciplina, más armas que escudos para defenderse. Piden más respeto de los padres, aunque ellos los respeten menos. Pero ahora, a este clásico de hoy y de siempre se le agrega una exposición mayor a miles de estímulos. Internet, chateo, televisión, mensajes de texto y mucho más. Hay un gran aparato publicitario que las espera, que sabe que las conquista con sólo imponerles “esto lo tenés que hacer” porque, si no, se pueden quedar afuera. Es una edad en la que cuando no se es aceptado por el grupo, se sufre. Eso las hace vulnerables. Catherine Hardwicke, directora de A los trece, opina: “Algunas personas dicen: ‘¿Por qué estas chicas se visten así? ¿Por qué piensan en sexo?’. Todos los días estas jóvenes son golpeadas con miles de imágenes de publicidad: Britney Spears, Cristina Aguilera… Todas te dicen que debés ser sexy, hermosa, sofisticada e imperturbable. ¡Y después la gente se espanta! Al principio, también yo tuve un shock cuando vi a Nikki –personaje en el cual se inspiró para la película– maquillarse y peinarse en la mañana. Pero lo hace porque desde todos lados le están diciendo que lo haga”.

En este momento, el paso de la niñez a la adolescencia se vive de forma muy turbulenta porque tiene que ser rápido. “Hoy tienen que sortear todo lo que la etapa requiere, y animarse a hacer preboliche, a tomar, a encarar a los varones, a no poder decir que no a nada y, además, a poder decir ‘Está todo bien’”, agrega Rita Savaglio, pediatra y especialista en adolescentes .

La pregunta del millón

En ese marco, se necesitan padres con convicciones muy sólidas para sostenerlos. Pero según el relevamiento realizado por Sophia los padres tienen miedo, no saben cómo comunicarse. En boca de las chicas, se percibe una necesidad de orientación, aunque no lo digan, aunque lo manifiesten con acciones rebeldes, como la droga, el alcohol. “A mi mamá le quise hablar el sobre el alcohol y se quedó con una idea fija. ‘¿Vos tomás?’, me preguntó con la cara espantada. ‘No’, le contesté. Obviamente, el tema se terminó ahí”, protesta Marina, de 13 años.

El 85% de las púberes consultadas asegura que no se comunicancon sus padres. A la hora de preguntarles sobre qué opinan de la droga, o por qué eligen actitudes como dejar de ser vírgenes tempranamente –todas dicen, en general, que el promedio es a los 15–, se paralizan, hay un vacío. Por su parte, el 80% de los padres tiene temor a poner límites, a la inseguridad. “Siempre dudás sobre qué está bien y qué está mal. Muchas veces no sabés qué decirles”, comenta una mamá preocupada.

“Cada uno es hijo de sus circunstancias”, decía Ortega y Gasset, y nosotros los padres no somos la excepción. “Es un fenómeno mundial, pero que en la Argentina es más contundente. Nuestra generación ha perdido sus valores morales, religiosos, éticos y sociales. Nos tocó una época donde hubo un aumento terrible de una cantidad de fenómenos de comunicación, sociales, científicos. Esto hizo que no tuviéramos las mismas convicciones que la generación anterior. Por eso no sabemos bien qué transmitirles a nuestros hijos.” dice Omar López Mato.

La licenciada Mariela Ferrero, especialista en dependencias afectivas y madre, asegura que está bueno que reconozcamos que en muchos aspectos somos una generación de padres infantiles, que hemos ido probando situaciones nuevas, pero que no fuimos formando conceptos claros de qué queríamos y qué no. “El adelanto tecnológico, la rapidez con que cambió el mundo en cuáles son los roles de la mujer y el varón no nos dio tiempo de asentarnos. Nos pareció que la generación de nuestros padres era demasiado rígida; entonces, nos hicimos amigos de nuestros hijos”, argumenta la licenciada Ferrero.

La idea es no culpabilizarse, sino entender que hemos sido padres confundidos, que crecimos con una idea de libertad mal formada. “Esto nos llevó a estar muy metidos en nuestra propia vida y, a veces, a no ser padres que marcan un rumbo. Es una sociedad que genera seres humanos muy centrados en sí mismos. Los chicos no tienen límites. Todo esto genera mucha confusión en los púberes y, como no tienen marcado su camino, se hacen a los tumbos”, agrega.

Formas de vivir

En la adolescencia, aparecen las preguntas de la existencia y ésta es una sociedad que anestesia vacíos con adicciones como el trabajo, el gimnasio o la marca. “Hoy los adultos tapamos vacíos en lugar de preguntarnos qué es la felicidad, qué sentido tiene nuestro vivir. Como esto no nos lo preguntamos nosotros, tampoco se lo podemos transmitir a los chicos. Los hijos ven padres que corren no se sabe bien detrás de qué”, dice Ferrero. Una vez ahí, podremos comunicarnos y ponerles límites. “Si la norma está sólo porque yo lo digo, carece de sentido y se vuelve una no norma. Si hay un valor que alcanzar, hay un valor que mostrar. Por lo tanto, primero debo vivir el valor, mostrarlo con mi vida. Siempre cuento mi ejemplo: les digo a mis hijos que la lectura es importante. Y me veo a mí mismo, cuando vuelvo del trabajo cansado, agarrando el control remoto de la tele, y gritándole a mi hijo: ‘¡Andá a leer!’”, explica Eduardo Cazenave, de Proyecto Padres, y agrega: “Hay que volver a confiar en nuestro sentido común. Antes servía el modelo de hacé lo que te digo. Mi abuela era agnóstica y llevaba todos los domingos a mi madre a la iglesia. Eso estaba bien, pero hoy no funciona. Hoy, los chicos quieren verlo en nosotros mismos”, insiste Cazenave. En su libro Cómo poner límites a los hijos, la psicopedagoga Elvira Giménez de Abad asegura que para comunicarse con los hijos en esta etapa es bueno mirarlos, escucharlos siempre. Para esto, sugiere evitar los interrogatorios policiales y generar un espacio propicio, como una actividad compartida, un momento juntos en casa.

Aprender a respetar

La autora afirma que es importante reconocer cuándo nos equivocamos. Por ejemplo, si se reta a un hijo por algo que no fue responsable, “es bueno disculparse”. “Hay otras reglas necesarias que facilitan la comunicación, como acordar horarios: a qué hora deben volver a casa, cuáles son los días que deben salir. Hacer notar las diferencias generacionales. Ustedes son los adultos; ellos son los que buscan el camino y nosotros, los que podemos darles el sentido. Por último, es importante respetarlos en su soledad y silencio. En la adolescencia se necesita estar solo para reflexionar. Si nosotros respetamos esos momentos, seguramente vendrán otros en los que ellos nos contarán lo que sucede”, afirma Giménez de Abad.

A los padres no nos es fácil educar. Nuestros hijos están muy expuestos, pero “las barreras se saltan cuando tengo motivos para llegar al otro lado. Si del otro lado está el bien de mis hijos, no importa cuánto miedo tenga ni cuán alta sea la barrera, la voy a saltar, porque en ella se juega la salud –tanto salud del cuerpo como la salvación del alma–, la vida, la felicidad de mis hijos”, concluye Eduardo Cazenave.

Podemos ser temerosos pero el miedo se vence. Los psicólogos coinciden: basta de mirarnos el ombligo, abramos los ojos con lo que está pasando. Somos padres, atrás quedó nuestra juventud. El presente y futuro de nuestros chicos está en juego. Si hay algo que ofrece nuestra sociedad es recursos: charlas para padres, psicólogos, libros. Es tiempo de movernos, es tiempo de actuar, no vaya a ser que cuando nos querramos acordar sea demasiado tarde.

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