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Sophia 20 años

26 diciembre, 2019

Suegras y nueras: ¿llevarse bien es posible?

El vínculo entre madres e hijas políticas, dos roles no elegidos, a menudo se vuelve difícil. La psicóloga Terri Apter, dedicada a analizar esta relación, explica por qué aparecen los problemas y da pistas para evitar los conflictos.


Foto: Pexels.

Por Gabriela Picasso.

“Ella siempre está dispuesta a ‘enseñarnos’ cómo le gustan las milanesas a mi marido, cómo debo hacer para que mi hijo se duerma o qué debo regalarle a la tía abuela. Creo que soy lo bastante grandecita para darme cuenta sola -se queja Clara, de 38 años, nuera de María-. No puede ser que, después de diez años de casada, cada vez que mi suegra viene a casa me sienta como una chiquita dando examen. ¡Es insoportable!”.

“No puedo creer que Martín haya cambiado tanto. Él jamás permitiría que la casa esté tan desordenada, que los chicos chicos den tantas vueltas para ir a dormir o que coman lo que quieran -explica María, de 67 años, suegra de Clara-. Él es muy organizado y sabe que los chicos necesitan un orden, pero su mujer tiene otras prioridades”.

Los de Clara y María no son los únicos reclamos cruzados en un vínculo forzado entre dos mujeres a las que la vida ha unido sin que se hayan buscado: suegras y nueras; una relación complicada en la que se marcan límites y territorios, y se trata de equilibrar y sumar lealtades.

Aunque, sin duda, hay algunas que llegan a sentirse -y quererse- como madre e hija, en muchísimos casos existe una tensión que parece manifestarse con igual fuerza a lo largo de los tiempos y de las culturas; un entuerto que desde siempre ha sido el blanco de historias y chistes. Pero, detrás de las bromas, hay algo más serio de lo que se piensa: Steven Pinker, psicólogo canadiense y profesor de Harvard, dice que la problemática de esta relación es la primera de las tres causas principales de los conflictos matrimoniales, seguida por la infidelidad y los hijos de parejas previas.

Además, aunque siempre se intentó mostrar como más complicada la relación entre yernos y suegras, según las estadísticas solo un 15% de los hombres dice tener problemas con sus suegras, mientras que más del 60% de las mujeres se quejan de la madre de sus maridos. Estos datos surgen de una investigación que realizó la doctora Terri Apter, psicóloga de la Universidad de Cambride y autora del libro What Do You Want From Me? Learning to Get Along With In-Laws (¿Qué querés de mí? Aprendiendo a vivir con la familia política).

La problemática de esta relación, según el psicólogo canadiense Steven Pinker, es la primera de las tres causas principales de los conflictos matrimoniales, seguida por la infidelidad y los hijos de parejas previas.

Durante una charla desde Estados Unidos con Sophia, Apter explicó que la gran parte de los problemas se deben a las expectativas y a las cosas que se suponen pero no se hablan. Deseos, idealizaciones, temores y miedos sobre cómo debería estar posicionada cada una en la familia y, sobre todo, sobre cómo cada una valora la otra: “Es la decepción que sienten ambas mujeres por no ser ‘valorada’ por la otra lo que da a estas relaciones su carga negativa característica“.

A esa inseguridad hay que agregarle ingredientes: los sentimientos encontrados de orgullo y pérdida que siente una madre cuando se casa su hijo; las presiones que siente la esposa para repartir adecuadamente su tiempo entre el trabajo y su casa, y la propensión poco saludable que tienen las mujeres a ser más sensibles que los varones a críticas y ofensas.

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Otro de los grandes focos de conflicto es el de establecer la “idiosincrasia” de la familia, cuando suegra y nuera luchan por imponer su propio estilo. “Las suegras tienen miedo de que sus hijos y sus nietos sean alejados de las normas y los valores con los que educó a su familia -explicar Apter-. Este temor puede considerarse en los casos en que haya diferencias étnicas, religiosas o sociales muy fuerte entre la pareja, pero muchas veces se trata de cosas tan triviales como de qué manera colocar los cubiertos en la mesa. Las suegras sienten a veces que está exiliadas de la relación, mientras que las nueras experimentan una desaprobación e intrusión constantes”.

El matrimonio encierra una paradoja: por un lado, es necesario que los hijos se casen para que la familia continúe, pero por el otro, la incorporación de una nueva persona puede afectar los vínculos que ya existían. La psicóloga dice que con el casamiento los padres pueden verse desplazados de su lugar de parientes más cercanos y centro de influencia de sus hijos. Sin embargo, para la esposa empieza el comienzo de su propia familia y su objetivo será limitar la influencia de los demás.

¿Tuyo o mío?

Aunque la casa es el espacio físico donde se desarolla el conflicto, el eje de la disputa entre suegras y nueras es ese hombre que es hijo y marido a la vez. Si la nuera y suegra compiten, es probable que alguna, o las dos, no se sienta segura en su lugar. Quien es madre no pretende hacer ni decidir cosas que son propias de una esposa, y quien es esposa y entiende cuál es el lugar que ocupa en la vida de su marido no pretende protegerlo como lo haría una madre. Suena sencillo, pero a muchas mujeres les cuesta darse cuenta de que pretenden disputar un espacio que no es suyo.

Él, el hombre que está en el medio, vive tironeado entre dos amores a quienes les debe respeto y lealtad por igual y es, sin quererlo, el trofeo, el árbitro y, muchas veces, el responsable de este cruce de poderes: él es quien debe dejar en claro los roles que su mujer y su madre cumplen en su vida y dentro de la familia… y no siempre lo hace.

El apasionado y absorbente vínculo con su madre es la primera experiencia que tiene un niño de lo que es el amor. Aunque las relaciones románticas son muy diferentes de los vínculos de sangre, la bioquímica y las señales neuronales que unen a un hijo con su madre son las mismas que nos unen a una pareja. Este afecto y esta intimidad tempranos dejan su impronta en las futuras relaciones amorosas. El amor entre madre e hijo parece inviolable, y aunque muchas madres piensen que al casarse esta relación no cambiará, la mayoría de las veces dudan o temen.

Terri Apter descubrió que esa duda es la fuente originaria del conflicto entre suegras y nueras: “La raíz del problema es la vulnerabilidad; el temor a que la valiosa relación entre madre e hijo se encuentre amenazada ante la presencia de esa nueva mujer. Se preguntan: ‘¿Lo amará, lo cuidará y lo apoyará como yo lo hice y lo hago? ¿Cambiará mi relación con mi hijo?“.

“Es la decepción que sienten ambas mujeres por no ser ‘valorada’ por la otra lo que da a estas relaciones su carga negativa característica”. Terri Apter.

Esta es una tarea para el hombre. Es el hijo quien debe brindarle la “seguridad amorosa” a su madre y dejarla tranquila sobre la continuidad de los afectos. Pero, lamentablemente, no siempre lo logran. “Las hijas son mejores en aportarles a sus madres la confianza de que, a pesar de que su vida ha cambiado, seguirán unidas a ellas -comenta Apter-. Las hijas saben cómo tranquilizar a su padre y hacerle sentir que siguen siendo su hijita querida, aun cuando su vida cambie radicalmente y pongan nuevos límites. Los hijos no la tienen tan clara en hacerle sentir a su madre que continúan siendo parte de su vida o, llegado el caso, en enfrentarlas para establecer nuevos límites. Si no logran hacer eso, el conflicto pasa a disputarse entre las mujeres”.

O sea que al momento de lidiar con “mamita”, ellos se paran al costado del ring y dejan que las mujeres sean quien se calcen los guantes, pero, a la hora de tomar partido, tienden a ponerse del lado de su madre porque, según la psicóloga, ven a sus mujeres como más fuertes y duras y, por esto, pretenden que sean ellas las que cedan y hagan concesiones con “la parte más difícil“.

Pero cuando los maridos se ponen la camiseta contraria, la otra parte se siente traicionada y les demanda que decidan de qué lado de la cancha están. Para ellos es difícil negociar entre dos rivales a las que creen que les deben lealtad por igual. Si bien es cierto que los hombres que toman una posición más agresiva pueden poner en riesgo su matrimonio, también lo es que no tendrán mejor suerte aquellos que opten por “esquivar el bulto”.

Ellos tienen menos tolerancia a la hora de llevar adelante una discusión y se sienten psicológicamente más abrumados que ellas. Su nivel de adrenalina y sus pulsaciones se elevan rápidamente durante una dispusta, y eso hace que de manera instintiva se alejen de la batalla. Quedarse en blanco, no contestar o escapar son todos actos defensivos. Sin embargo, para la esposa este acto de retirada puede implicar desdén, frialdad y rechazo“, explica Apter. Así, los intentos por desactivar la pelea, a la larga, terminan masificándola.

“Los hijos no la tienen tan clara en hacerle sentir a su madre que continúan siendo parte de su vida o, llegado el caso, en enfrentarlas para establecer nuevos límites”. Terri Apter.

Tratado de paz

Casi por unanimidad, las madres políticas dicen que no logran entender cuál es el motivo de la hostilidad de sus nueras hacia ellas. “Cuando se les pedía que explicaran por qué pensaban que la relación era incómoda, ellas comentaban que sus nueras se ofendían con facilidad o se tomaban todo lo que les decían a mal o que evitaban todo intento por mejorar la relación. El problema era el rechazo sin causa ni provocación aparentes. Obviamente, visto desde su ‘óptica’“, aclara la doctora.

Libres de pecado y culpa, las suegras se muestran como corderitos inocentes. “Solo quise ayudar” parece su frase de cabecera. Pero la realidad es que ellas no buscan naturalmente enemistarse con sus nueras. Sabe, por propia experiencia, que la relación con sus nietos dependerá de una buena relación con su nuera. Por lo general, los abuelos maternos tienen más posibilidades de mantener un contacto regular y cercano con sus nietos que los abuelos paternos, porque es la madre quien habilita “ingresos, salidas, encuentros” y busca fomentar la relación entre nietos y abuelos.

Pero no todas las relaciones son malas. Un 10% de las mujeres que consultó Apter cree que sus suegras “son como madres” y, del mismo modo, ellas dicen que sus nueras son como sus “hijas“, y hasta llegan a ponerse de su lado y contra su propia sangre en conflictos entre ambos. Muchos creen que esta relación idílica es posible si desde el comienzo las partes dejan en claro los límites y se cargan de buenas intenciones. Si la cosa no anduvo bien de entrada, siempre hay que dejar abierta la posibilidad para la reconciliación o para minimizar la fricción e intentar mantener una relación buena y civilizada.

“Cuando se les pedía que explicaran por qué pensaban que la relación era incómoda, ellas comentaban que sus nueras se ofendían con facilidad”. Terri Apter.

Para lograrlo, la doctora Apter aconseja mantener una comunicación lo más fluida posible. No solo para brindar la seguridad sobre la continuidad de la relación, sino para establecer las distancias correctas: “Es necesario decir en forma clara y neutral (sin ventilar acusaciones) lo que una desea en términos de límites y privacidad. En segundo lugar, se debe mostrar respeto. A nadie le gusta que lo ridiculicen; si aparece un conflicto, hay que tratar de enfocarse en el problema y no en las fallas del carácter de otra persona“.

Lo más importante es poder transformar la competencia en colaboración. En vez de cerrarse por temor a la contienda, lo mejor que una puede hacer es encauzar el ímpetu: “Si querés ayudarme, te agradezco; pero lo vamos a hacer a mi manera“. Por último, no hay que intentar ser las mejores amigas… ¡Lograrlo es casi un milagro! Nueras y suegras son mujeres que no se han elegido, sino que se han encontrado en esa relación, de la mano de otra persona a la que las dos aman, y, quién sabe, con tiempo y buena disposición, ellas también pueden llegar a quererse mucho.

Una versión más extensa de esta nota se publicó en el número 112 de la edición impresa de Sophia, publicada en diciembre de 2010, con el título “No es taaan dramático”.

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