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Género

14 marzo, 2014

Sos feminista ¿y no te diste cuenta?


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¿Alguna vez te preguntaste qué significa ser feminista? Tal vez, después de leer estas páginas,  donde intentamos dejar de lado de los prejuicios y acercarte la opinión de varios expertos en el tema, sientas que estás más cerca del feminismo de lo que pensabas. Por Isabel Martínez de Campos y Josefina Romero.

María tiene 35 años. Está sentada alrededor de una mesa junto a un grupo de personas y, en medio de la conversación, dice: “Soy feminista”, con absoluta naturalidad. Del otro lado, casi en la cabecera, aparece una voz de una mujer de su edad que le contesta: “¿Feminista? Eso ya fue, quedó en el tiempo. Además, las feministas son todas machonas, belicosas y poco femeninas”.

El intercambio de estas dos mujeres es moneda corriente, algo que –palabras más, palabras menos– no es la primera vez que se escucha. El término “feminismo” lleva una enorme carga. Tiene en sus espaldas el peso de los prejuicios. Está, a veces, vinculado al resentimiento y hasta el odio hacia el sexo masculino. “En el imaginario colectivo, el feminismo se asocia con mujeres que están solas y en guerra con los varones e, incluso, con una imagen de mujeres sin ningún atractivo ni seducción. Las mujeres que ocupan lugares de poder corren la misma suerte y el imaginario las ve como arpías, controladoras y alejadas del goce sexual”, opina Patricia Faur, psicóloga, docente de la Universidad Favaloro.

En la misma línea, Mabel Bianco, presidenta de la Fundación para el Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM), afirma: “A comienzos de los ochenta, decir que se era feminista generaba una muy mala reacción; la gente se prevenía. Ahora, treinta años después, todavía persiste el estereotipo. Por un lado, el feminismo no ha sido una teoría demasiado difundida; por el otro, se asocia mucho con el sufragismo y con mujeres que se oponen a la maternidad”.

A pesar de los motes y prejuicios que la palabra “feminismo” provoca, es indiscutible que vivimos en un mundo donde, como mujeres, hay hechos contundentes que no se pueden negar. Más allá de que temas como el derecho al aborto libre y gratuito o la libertad sexual suelen aparecer, sobre todo en los medios, como las principales reivindicaciones del feminismo, no son las únicas. Basta con abrir el diario cada día para darnos cuenta de que la situación  de la mujer, nos proclamemos o no feministas, está lejos de resolverse. En nuestro país, hay un femicidio cada 35 horas. Durante los primeros nueve meses de 2013, se registraron 209 casos de violencia de género, un 8% más que en el mismo período de 2012, de acuerdo con un informe difundido por el Observatorio de Femicidios “Adriana Marisel Zambrano”, de la fundación La Casa del Encuentro. Dicho lisa y llanamente, en 2014 todavía hay mujeres que son asesinadas por el solo hecho de ser mujeres. Pero esto no es todo. Unicef declara –según datos de 2013– que en nuestro planeta hay más de 130 millones de niñas y mujeres que han sufrido mutilación genital, y la Organización de las Naciones Unidas grita a viva voz que las mujeres siguen teniendo un salario 30% más bajo en iguales puestos que los varones. Y las evidencias siguen. Uno de los problemas más graves que sufre hoy la humanidad es la trata de personas. De esta, el 20% se destina al trabajo esclavo y el 80% a la prostitución. En este último grupo, el 60% son mujeres. Así lo declaró en noviembre de 2013, en el diario La Nación, Marcelo Sanchez Sorondo, canciller de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales.

En ese contexto, ¿nos preguntamos alguna vez como nos toca esta realidad? Muchas veces, estos hechos nos parecen ajenos, pero en algún punto ¿no nos pertenecen? ¿Podemos seguir siendo indiferentes?

Igualdad a medias

Sí es verdad. A lo largo de los años las mujeres hemos conquistado grandes logros. La igualdad política es un hecho: votamos, trabajamos, vamos a la universidad y hasta somos presidentas. Entonces, ¿por qué seguir hablando de desigualdad?

Para Patricia Faur, docente de la Universidad Favaloro: “La mujer de hoy avanzó a pasos agigantados pero los nuevos actores de esta sociedad se manejan a veces con viejos paradigmas. Todavía hoy los psicólogos vemos en las consultas a muchas mujeres independientes, talentosas y brillantes que someten y ocultan su crecimiento personal porque temen ser abandonadas afectivamente. También corren a los quirófanos para lucir más jóvenes y seguir ‘teniendo valor de mercado’, o aceptan contratos sexuales que van contra sus valores para no ser engañadas, o ‘regalan’ sus empresas o su patrimonio para que su pareja no se sienta inferior y las deje”.

¿Por qué hacemos esto? ¿Existe alguna razón para postergarnos?

Desde chiquitas, vamos creciendo con estereotipos que marcan nuestra existencia y con frases que, de manera imperceptible, nos van modelando y van anulando nuestra libertad más primaria. “Tenés demasiado carácter para ser mujer”, ”Al marido hay que cuidarlo”, “El día de mañana cuando te cases…”. Con estos mandatos y muchos más, vamos creciendo en una sociedad que nos impone reglas patriarcales, regidas por la primacía del padre. Y así, sin darnos cuenta, vamos escondiendo quiénes somos, adaptándonos a un régimen impuesto.

María Luisa Montero García-Celay y Mariano Nieto Navarro Endo, autores de El patriarcado, una estructura invisible, aseguran que en este siglo el estereotipo de mujer nos sigue marcando que nuestra vida debe construirse siempre en referencia a un varón. Esto significa que la vida de la mujer no tiene sentido si ella no es, o anhela ser, “pareja de” alguien. Una mujer no lo es del todo si no es madre, pero, además, no de cualquier forma sino la madre que hace de sus hijos el centro de su vida.

Y es así como muchas mujeres se sienten incómodas cuando en un almuerzo quedan relegadas en la mesa de las mujeres porque no hablan de pañales ni sueñan con tener hijos o pareja. Cuestionar estos mandatos, ¿no es ser feminista?

Teniendo en cuenta, entonces, que entre los prejuicios y la realidad hay una larga distancia, ¿no valdrá la pena replantearnos qué significa la palabra “feminismo”? ¿No será esta la oportunidad de darles significado e identidad a esas palabras que alguna vez sentimos como injustas cuando alguien nos dijo: “No opines porque sos mujer” o cuando escondimos nuestros propios deseos para satisfacer a otros?

Los medios: los peores aliados

Nuestra historia personal pesa en cada una de nosotras. Pero hay otra, menos perceptible pero no por eso poco dañina, que es la de los mensajes que nos dan los medios. Según Adriana Amado Suárez, doctora en Ciencias Sociales y escritora de La mujer del medio: “El rol femenino en los medios sigue anclado en esa ‘mujer virtuosa’ que es la mujer doméstica, la que tiene su cocina impecable y limpia feliz unos platos llenos de grasa, maquillada, espléndida y sonriente. O sea, el drama existencial de esa mujer es tener la ropa limpia, los platos brillantes y una sonrisa a flor de piel”. Mientras ella cuida la casa, se muestra a un varón que toma cerveza y se va de fiesta. Para Amado: “Hoy todos dicen creer en la igualdad entre varones y mujeres, en el derecho al mismo salario por el mismo trabajo. Pero hay algo que no es tan así, algo no confesado porque en el fondo los modelos femeninos que muestran los medios no son los de la igualdad. Son otros. Y los mismos que aseguran creer en la igualdad son los que consumen ese modelo de mujer”.

Sin embargo, esto no es todo. ¿Cuántas veces habremos visto algún programa de entretenimientos donde las “secretarias”, siempre mujeres, aparecen en un papel ridículo, cuasidesnudas, asistiendo al conductor? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que ese rol de “mujer objeto” que muestra la televisión guarda una estrecha relación con la violencia de género?

Según María Luisa Montero García-Celay y Mariano Nieto Navarro Endo, la mujer, en pleno siglo XXI, para ser reconocida en la sociedad  debe aceptar ser, y comportarse como, objeto de atracción sexual. La “mujer mujer” debe dedicar sus energías a aparecer ante los ojos de los demás como objeto de deseo; aunque este “atractivo” le dé el poder de la “seducción”, ese poder es engañoso y efímero. Cuando, por la edad, la mujer vaya perdiendo su “atractivo”, sentirá que está perdiendo su identidad.

Un despertar necesario

La propuesta es mirar hacia adentro y darnos cuenta de que somos espíritus libres, que no tenemos que adaptarnos a situaciones que nos incomodan, sino entender que dentro de nosotras hay una necesidad de autonomía que clama por salir.

Para lograrlo es necesario que estemos atentas a lo que sentimos, que nos hagamos caso, que cuestionemos si estamos felices en este sistema adaptativo. Según Christiane Northrup, autora del libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer, vivimos en una sociedad que mira nuestro ser mujer –caracterizado por la intuición y la conexión emocional– con desconfianza, porque la cultura patriarcal nos enseñó que lo único que vale es la parte racional y lógica del cerebro, aquello que se puede medir con los cinco sentidos. “Dado que nuestra cultura pone tanto énfasis en el intelecto, aprendemos a tenerles miedo a nuestras reacciones emocionales y a valorar tanto el control de las emociones que nos desconectamos de ellas, a tal punto que corremos el riesgo de enfermarnos”, dice Northrup.

La pregunta, entonces, es cuánto tiempo más vamos a seguir diciendo: “Yo no soy feminista”. ¿No hay una voz interior que a veces dice: “Estoy harta”, “Me indigna”, “Esto me molesta”?

Según el sociólogo francés Alain Touraine, que ha plasmado estas ideas en su ensayo El mundo de las mujeres, muchas de ellas ya se dieron cuenta. “Tras una etapa de movilización social, poco a poco la mujer empezó a dedicarse más tiempo y eso produjo un cambio de perspectiva, ya que empezó a dejar de sentirse víctima de una desigualdad y una brutalidad para empezar a decir yo”. En este contexto, quien se declara feminista hoy sabe que no es necesario convertirse en una mujer masculina para ser reconocida, ni tampoco adaptarse a las reglas masculinas del patriarcado. La nueva mujer integra todas sus capacidades emocionales y las pone al servicio del mundo, es más, lo transforma.

Mabel Bianco, presidenta de FEIM, afirma: “El feminismo es una teoría que promueve la igualdad de derechos entre las personas, que se opone a toda forma de predominio y de abuso de unos sobre otros, que trasciende la vida cotidiana y familiar de las personas. Por eso, es una teoría que se refiere a lo social, político, económico, laboral y sindical. Además, no es solo una teoría de y para las mujeres, sino para todas las personas. Las mujeres, como las personas, somos muy diversas; lo importante es que cada una pueda ser y desarrollarse en lo que quiere ser. Algunas estudiarán más, otras se dedicarán más al deporte, otras serán solo madres y cuidadoras de sus familias, otras serán políticas y la mayoría serán varias de esas cosas. Lo importante es poder elegirlo y que la sociedad les permita realizar lo que eligieron. Pero a ese tipo de sociedad tenemos que encaminarnos. Las leyes son necesarias pero no alcanzan”. Depende también de un despertar de conciencia, de un mirarse hacia adentro y preguntarse: “Si en el fondo todos queremos ser libres y vivir según nuestros propios valores, si eso es lo que el feminismo reivindica desde hace años, ¿no seremos feministas y no nos dimos cuenta?”.

Esa mala palabra

Por Daniela R. para el portal Letercermonde.com

En el vocabulario político hay toda una lista de conceptos largamente bastardeados, manoseados por el “sentido común” que nos propone la tele o alguna que otra charla de café: socialismo, democracia, protesta o piquetero son algunos ejemplos ilustrativos. Pero si hay una palabra, una definición, una posición asumida que se ha cansado de ser distorsionada, esa es la de feminismo. Desde los analistas, pasando por los militantes revolucionarios, hasta nuestras amigos, hermanos y vecinos, el feminismo le sigue torciendo la boca a más de uno (y a más de una también). Todavía nos toca explicar que el feminismo no es la otra cara del machismo, que no se propone esclavizar hombres ni castrarlos. No pretende reivindicarse con siglos de sometimiento ni se parece en nada al “igualismo” que planteaba el comercial de una cerveza. El feminismo, en su enorme diversidad, toma como bandera la igualdad. (…)

Puede que ya no nos condenen a la hoguera, pero todavía somos brujas a los ojos del mundo. Y la verdad es que algo de brujas tenemos: nos tomamos el atrevimiento de ir por ahí reclamando justicia. (…) Las excusas para hacerse el desentendido sobran y son conocidas: que en definitiva [el feminismo] es cosa de mujeres, que también somos machistas, que encima somos poco pedagógicas y, en la mayoría de los casos, resentidas, tortilleras o marimachos. Demasiado eufemismo para justificar la resistencia. (…)  Por eso, venimos a reivindicar la palabra que da nombre a esta insurrección. Querrán inculcarnos que muerde y es mala, pero detrás del prejuicio se oculta un maravilloso camino de dignidad.

La segunda vuelta

En Estados Unidos, el debate se ha reabierto con voces como la de Sheryl Sandberg, directora ejecutiva de Facebook, que anima a las mujeres a eliminar sus propias barreras. Además, en el último año, una prolífica producción editorial, bautizada WOW (Works of Women), con autoras como Hanna Rosin, Liza Mundy o Donna Freitas, ha inundado las secciones de género de las librerías y los gigantes on-line. En Francia ya hay dos revistas, Causette y Bridget, que con humor e inteligencia plantean un nuevo modelo de “revista femenina”. Por último, el diario inglés The Guardian lanzó un nuevo sitio web llamado The Feminist Times, que tuvo más de un millón de vivitas en su primer día.

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