Sophia - Despliega el Alma

Solidaridad

31 octubre, 2009

“Sólo extraño el agua caliente”


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Catalina Hornos*

Catalina Hornos tiene 25 años y dejó su vida en Buenos Aires para dedicarse a los más necesitados en Añatuya, Santiago del Estero. Un cambio de mundo; del más al menos cosas, o del menos al más amor. Por Isabel Martínez de Campos. Fotos: Fernando Font. Enviados especiales

AÑATUYA, Santiago del Estero.- Tiene 25 años. Nació en Recoleta, en el seno de una familia acomodada. Padre juez, madre traductora pública y, para ella, un futuro profesional airoso. Es psicopedagoga y sólo le falta la tesis para recibirse de psicóloga. Sus vacaciones podrían ser tranquilas y ya podría estar planeando irse a vivir sola y tener auto propio. Salir con amigos, tomar cervecitas y bailar. Sin embargo, eligió vivir aquí, en Añatuya, una de las ciudades más pobres del país, donde dos de cada tres chicos viven en la indigencia y donde la desolación es total; donde todo es polvo, las temperaturas ascienden a 50 grados centígrados en verano y los chicos andan descalzos por la calle.

Caty vive en una piecita que le presta el Obispado. Hay un gran oso en su cama, una computadora para hacer informes sobre los chicos que ayuda, y unas fotos desprolijas pegadas en la pared. Son de los chicos que apadrina, de una monja del hogar de niños, que ya murió, y de sus amigos de Buenos Aires.

Se baña todos los días con agua fría, está lejos de su familia, y uno se pregunta qué la trajo acá. En Buenos Aires, lo que hago yo lo puede hacer cualquiera. En cambio, acá me siento más útil, puedo ayudar a más gente; es como devolver algo de lo que a mí me dieron, explica Catalina Hornos, quien sabe que su presencia en este lugar puede marcar la diferencia en la vida de muchos.

Llegó a este pueblo en 2006, convocada por la Fundación Haciendo Camino, para hacer tests vocacionales a unos chicos que iban a ser becados para seguir sus estudios en Buenos Aires. Vino sólo un fin de semana, pero se quedó con ganas de más. La directora del colegio de Añatuya le comentó que necesitaban urgente una psicopedagoga. Caty no lo dudó y volvió a principios de 2009 para quedarse. Se puso a trabajar en la escuela para chicos especiales, en los comedores para gente desnutrida y en el hogar de niños, que estaba a punto de cerrar por falta de fondos. Esto último la desesperó, y empezó a pedir ayuda por mail a todos sus amigos de Buenos Aires: Sentí que podía convertirme en un puente entre este mundo, que tiene tan poco, y el mío, donde nací, que tiene tanto. Y así fue como en poco tiempo juntó mucho dinero para salvar el hogar y ayudar con padrinos a cada uno de los treinta niños –en su mayoría, desnutridos, víctimas de abuso o hijos de padres alcohólicos o presos– que vivían allí.

Al alba y de acá para allá

Caty se despierta todas las mañanas al alba. A veces, no puedo dormir, porque me quedo pensando en esta gente; siempre hay una historia peor, dice, mientras recuerda que esta vida que tiene hoy es un saldo pendiente de la adolescencia. Cuando estaba en la secundaria, misionaba mucho con el colegio. Nos íbamos una semana a Corrientes o al Chaco, y siempre sentía que nuestras canciones, nuestros bailes y nuestra ayuda hacían muy feliz a la gente. Pero sólo por un rato. Cada vez que estaba por volver a Buenos Aires, sentía angustia. Me preguntaba: “¿Cómo sigue la vida de esta gente? ¿Qué pasa cuando se enferman? ¿Cómo hacen para dormir diez en un colchón de una plaza?”. Quería ver cómo era mojarse cuando llueve en ese rancho de barro, cómo vivían cada día del año, ver su realidad de todos los días, cuenta “la Caty”, como le dicen todos acá.

Todos los días se calza un jean, se pone una remera –tiene dos o tres, nada más– y parte al colegio para niños especiales de Añatuya. Allí hay chicos con graves problemas de conducta, que son víctimas de la violencia, del abuso y de la desnutrición. También hay otros con síndrome de Down, hidrocefalia, parálisis cerebral e incluso enfermedades terminales. Todos, con lo que pueden y tienen, se le tiran encima, la abrazan. Ella los cobija, les pregunta sobre su vida, los trata como si estuvieran bien. Están vestidos con delantal blanco y se cuelgan de quien quiera darles amor. ¿Ves ese chico de ahí? Tiene 7 años. El otro día lo agarraron entre varios a la salida del colegio y abusaron de él, explica Caty con toda naturalidad, mientras nos muestra la cantidad de dibujos fálicos que hacen estos chicos.

Caty no para; entra uno, sale otro, mientras ella está sentada en una mesa chiquita y les hace psicodiagnósticos o tests de inteligencia. Es una enamorada del salir adelante, del lograr lo máximo que se pueda. Más tarde, parte hacia el hogar de niños. Allí nada es diferente: viven 27 chicos de entre 4 y 12 años que tienen padres con problemas y que no se pueden hacer cargo de ellos. De nuevo, aparece una avalancha, que al ritmo de “seño, seño” la besa, la acaricia; le piden ese amor materno que en esta vida no pudieron tener. Y ella se lo da, mirando los dibujos que le entregan, haciendo sentir a cada uno como si fuera único. Guau, se te cayó el diente. ¿A ver cómo aprendiste la letra o? Qué bien te quedan esas trenzas. Caty tiene una palabra para todos.

Después, y sin almorzar, se dirige al Centro para la Prevención de la Desnutrición. Allí la esperan cientos de madres con hijos pequeños. Se ven niñitos de seis meses que no mueven ni los brazos por falta de alimento y estímulo, mujeres con la mirada perdida por la desesperanza, chicos desnutridos física y emocionalmente por doquier. Sin embargo, Caty sigue en acción. Su amor es práctico, ejecutivo; no pierde tiempo. ¿Fuiste al colegio? Te anotaste en el taller? ¿Conseguiste tus documentos? Ella quiere darle dignidad a esta gente que nada tiene.

Caty es segura, da órdenes a sus colaboradores, decide. No parece de 25 años. En el Centro para la Prevención de la Desnutrición, ella y sus asistentes les hablan a las madres sobre la importancia de dar un abrazo a sus bebés, de dedicarles una sonrisa, de intentar darles de comer con lo que el centro les ofrece, para que crezcan sanos y felices. Sin embargo, el auditorio parece dormido. Son madres de 13 o 15 años con niños en brazos, que no ven una salida para su vida. Pero Caty no claudica. El otro día no viniste al taller. Te espero la próxima.

Yo me conformo con que la vida de por lo menos una de estas personas mejore, al menos un poco. ¿Qué es un poco? Que consiga un trabajo, que no les pegue a sus hijos y que aprenda a querer y a dejarse querer, dice.

Por último, se dirige a los ranchos del barrio de La Merced, donde la pobreza pega gritos. Va caminando entre el polvo, la suciedad, el calor y las moscas. Aquí no llueve desde marzo; todo está deshidratado: los pocos árboles que hay, los perros, las plantas, las personas.

Una familia la recibe, después otra. “Viene la Caty”, avisan los chicos a la mamá. La Caty lleva polenta, aceite y otros alimentos. La dueña de casa está a punto de tener mellizos. Si todo sale bien, va a tener siete hijos. La de 15, Lorena, se está ocupando de todo. Tiene el cuello marcado por la violencia que ejerce su padrastro cada vez que abusa de ella. Parece que se cortó el pelo. Cuenta que le pagaron cincuenta pesos por dar su cabellera fuerte y lacia para pelucas.

Un día Lorena lloró cuando le llevé comida; me dijo que no habían comido ni ella ni su familia en tres días. Ese día se me cerró el estómago y no pude comer, recuerda Caty.

Entre dos mundos

Ya son las diez de la noche y volvemos, esta vez para charlar, con su hablar rápido. Ahora parece una chica. Nos cuenta que cortó con un novio de largo tiempo: Nos queremos, pero estábamos en caminos diferentes. A la hora de pensar en su futuro, a Caty le cambia la cara. Aparece una encrucijada que la preocupa. ¿Qué hacer? ¿Cómo conciliar su mundo porteño con la realidad de Añatuya? La impresión que uno tiene de afuera es que esto no tiene vuelta atrás, que está jugada, que tiene la ayuda tatuada en la piel. A medida que vas viendo la pobreza, gastás menos en vos y vas perdiendo tus necesidades materiales, confiesa tímidamente.

Caty recuerda la dicotomía que siente entre sus dos mundos: Un fin de semana por mes viajo a Buenos Aires y cuando veo lo que se gasta en una fiesta de casamiento me asusto y pienso todo lo que se podría hacer con ese dinero; después trato de tranquilizarme y entender. Pero me cuesta.

A Caty, el “no soy de aquí ni de allá” le calza como anillo al dedo, o quizá no tanto. No planifico más de un año de vida, pero me doy cuenta de que cada vez me cuesta más imaginarme una vida en Buenos Aires. Lo único que extraño de allá es el agua caliente y a mis amigos. Mi sueño sería casarme con alguien de Buenos Aires o de acá, pero vivir en Añatuya, aunque no me imagino toda la vida sola acá. Hay momentos en que estás muy cargada y lo pasás mal. Me gustaría compartir esto con alguien.

A la hora de preguntarse si se imagina con hijos, dice que sí: Adoptaría hijos aunque ya tuviera los míos. Hay tantos chicos que no tienen quién los cuide… Y en ese sentido, destaca que no sueña para sus hijos la educación que ella tuvo. En el mundo en que yo nací, la gente sólo se vincula entre sí y no ve ni conoce nada más. A mis hijos les haría conocer otras realidades. Les regalaría un juguete, pero tendrían que dar uno de los suyos a los que necesitan. Los educaría en la solidaridad, en ver al otro como un igual y no discriminar. En el mundo donde me crié, se habla de “éste es un grasa” o “es pobre”, y todos esos a los que señalamos podría haber sido cualquiera de nosotros. Sólo tuvimos suerte de haber nacido en otra familia, explica Caty sin pretender ser soberbia, sino con extrema sencillez.

Su vida en Añatuya es coherente con lo que busca, pero la asusta la soledad, porque en su ADN carga con la diferencia de no ser como los de acá, ni tampoco como los de allá; de ser un nexo útil para muchos, pero difícil de sobrellevar para ella.

Pasadas las diez de la noche, después de ver tanto dolor, Catalina llega a su casa. Está filtrada, trata de no pensar, y se mete en Internet para chatear con sus amigos de Buenos Aires. Mañana será otro día. Dentro del horror, ella es una pequeña llama de esperanza.

Impresiones

Por Isabel Martínez de Campos

Volver a Buenos Aires después de ver las condiciones infrahumanas en las que vive la gente es sentir que uno ya no puede quejarse más, es quedar marcado de por vida y sentir todavía el olor de la pobreza en la piel. Están cerca y viven como animales. Son niños, mujeres y hombres como nosotros que no tienen lo mínimo que un ser humano debe tener para vivir. Están presos, acorralados, sin salida, como esclavos. Están encerrados en el barro, la suciedad, la enfermedad, el mal olor y el hambre. Viven sólo el hoy, ni el pasado ni el futuro existen, no pueden tener proyectos. Y viven en la Argentina. No se me van de la cabeza las caras de esas madres desesperadas, ni el dolor que me provoca reconocer que quizá nunca los miramos. Son niños sin esperanza ni salida, miles de niños carenciados a los que tampoco miran los políticos. En la Argentina hay pobreza, hay gente que vive sin contar con las condiciones mínimas, como animales. Siento que algo tenemos que hacer. Los que quieran ayudar pueden entrar en www.haciendocamino.org.ar o escribir a contacto@haciendocamino.org.ar

*Es porteña y vivió hasta este año en Recoleta , junto con su familia. Estudió psicopedagogía y psicología. Decidió irse a Añatuya cuando le dijeron que necesitaban ayuda en el colegio de la ciudad.

ETIQUETAS carencias desnutrición solidaridad

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