Sophia - Despliega el Alma

Pareja

6 julio, 2009

Sola… en un mundo de parejas


Juana tiene 36 años, vive en Buenos Aires, es diseñadora y hace rato que está sola. Lo que hace doce años le resultaba un símbolo de libertad —llevar adelante una vida sola— hoy es para ella sinónimo de falta de respaldo, de soledad. Cecilia tiene 38 y también está sola, vive en una ciudad chica en Mendoza y tiene la sensación de que ya conoce a todos en su pueblo.  Por Isabel Martínez de Campos y Carolina Cattaneo. Fotos: Getty Images.

 

*1 – Juana 35 años

Siempre fui muy noviera. Tuve muchos novios. Con uno estuve tres años; con otro, uno, y con un tercero, con el que estuve a punto de casarme cuando tenía 25 años, estuve seis años.

Recuerdo que con ese novio, en los últimos tiempos, tuve ataques de pánico. A esa altura de la vida, no me imaginaba para siempre con alguien, en una casa y con hijitos. Todavía me faltaba mucho por vivir; desarrollar mi trabajo como diseñadora de moda, divertirme con mis amigas, viajar. Corté esa relación y, de ahí en más, tuve muchos otros novios. El que más recuerdo me dejó y quedé con el corazón roto por un tiempo. Supongo que su decisión se debió a que era muy celosa y lo volvía loco con mi sensación de abandono y otras cosas. Hoy, mirando atrás, sé que tuvo más que ver más con carencias afectivas de mi niñez que con él. De los 15 a los 30 viví en algunos momentos acompañada y en otros no, pero con mis amigas que estaban en la misma y mi trabajo como diseñadora, que era todo un éxito y me ofrecía un mundo de oportunidades para conocer gente nueva. Además, siempre hice terapia para estar conectada con lo que me pasaba.

Si bien mis amigas se iban casando, las seguía viendo, las acompañaba en la maternidad y hacíamos programas más tranquilos, como ir a comer. Cuando iba a un casamiento, me emocionaba mucho, pero jamás me imaginaba en ese lugar. Cuando cumplí 31 empecé a notar ciertas cosas. Por ejemplo, no podía llamar a mis amigas casadas a las siete de la tarde, porque era su horario para bañar a los chicos y hacer la tarea. Las horas pico de ellas eran las más tranquilas y vacías para mí, porque yo llegaba del trabajo y tenía tiempo y ganas de verlas o hablar por teléfono y ellas no podían.

Estas pequeñas sensaciones poco a poco se fueron intensificando. Mis amigas y sus maridos me incorporaban a sus vidas, y yo era madrina de sus hijos, aunque empecé a sentir que acompañaba los proyectos de otros pero no tenía los míos. La ficha fuerte me cayó hace tres años, cuando la operaron a mi abuela de 95 años. Me impresionó toda la gente que la fue a visitar al sanatorio. Nietos, bisnietos, sobrinos, hijos, el encargado del edificio. Recuerdo que la noche después de la operación yo dormí en la clínica con ella y el llanto me explotó de las entrañas. Esa tarde le había dicho a mi abuela: “¿Viste, abu, como te quiere la gente?”. Ella me contestó: “Estoy disfrutando de todo lo que sembré”. Ahí me di cuenta de que ella había formado algo. Y, obviamente, esa noche lloré, porque tomé conciencia de mi soledad y me empecé a preguntar cómo iba a ser mi vejez si yo no armaba mi familia.

Días después, mi mamá se llevó a mi abuela a vivir a su casa y pensé: “Qué copado que mi abuela pueda tener una hija y nietas que la cuiden, y esto pasa porque armó algo”.

Los años fueron transcurriendo, pero ya no con la inconciencia de mi década de los 20. Muchas cosas comenzaron a pesarme. Me empecé a cansar de estar tan expuesta, de entrar a los lugares sola, de estar en un restaurante con matrimonios y sentirme sola. Comenzó a pesarme la sensación de que todo depende de mí, pagar las cuentas, ahorrar para comprar el departamento, arreglar un caño y lidiar con plomeros… Lo que doce años antes era un símbolo de libertad se fue convirtiendo en un símbolo de agobio, de falta de respaldo.

La presión interna y la externa

Y así sigo, con actitudes que a muchos les parecerán de loca. Mi novio vive en el exterior, para que no se corra la bolilla de que “en ese departamento vive la mujer sola”. Cuando llega el delivery de pizza, pego un grito como “Gordo, ya vino tu comida” o digo “Hablemos bajito que mi marido duerme”.

Realmente siento que me falta la protección, la mano de ese alguien que me acompañe. Mi cuerpo, mi mente, mi alma me están pidiendo a gritos compartir. Pero no es fácil. A boliches no voy porque no me siento cómoda y cada vez que te presentan un hombre nuevo sentís que tenés que dar explicaciones. Es como que si estás sola “algo te pasa”. Y esto se da con la mirada de los otros y con la propia. Lo sentís siempre, hasta en el trabajo. Cada vez que me enojo, siento que dicen atrás mío: “Está así de loca porque está soltera”.

Últimamente decidí no volver a aceptar presentaciones. Estoy harta de ponerme linda para desilusionarme una vez más, para tener que inventar que hace tres meses corté con alguien y no dar la imagen de rara. Es mucha la presión, la propia y la del entorno. Es un cóctel fatal de necesidad visceral de compartir tu vida con alguien, presión social implícita, incertidumbre por no saber si algún día vas a poder formar algo y ver que el tiempo pasa. Por suerte, no me pesa tanto el hecho de no tener hijos, algo que les pasa a muchas mujeres de mi edad.

De todas maneras, tengo fe. Creo mucho en Dios y le rezo a la Virgen. Me da paz y esperanza. También estoy convencida de que este largo trayecto no es en vano, que tarde o temprano encontraré a alguien para mí, y que voy a tener una mayor capacidad para elegir gracias a mi experiencia.

 

*2 – Cecilia 38 años

Vivo en Mendoza, en una ciudad de 10.000 habitantes en la que nos conocemos todos. Es una sociedad bastante machista, donde las mujeres que se arreglan solas y son independientes atemorizan a los hombres que están acostumbrados a otra figura de mujer, sumisa, sometida, que suele vivir para ellos. Yo no respondo a ese patrón de mujer.

Dentro de mi grupo de amigas, la mayoría somos solteras, mayores de 30, profesionales y solas. En mi caso, trabajo como profesora de Lengua. Y todas tenemos aspiraciones propias y una idea más o menos clara de lo que queremos para el futuro. Yo estoy sola desde hace cinco años, pero tengo esperanzas de encontrar a una persona con la cual compartir la vida. Mientras tanto, intento seguir creciendo profesionalmente y disfruto de lo que tengo: mi casa, mis paseos, mis clases de danza, de gimnasia y las reuniones o mateadas con las chicas.

No puedo negar que, igual, a veces, aparecen momentos difíciles; momentos de vulnerabilidad en los que empezás a pensar en comprarte un perrito o una mascota. Cuando me pasa algo triste, tengo problemas en el trabajo o siento una gran alegría, deseo profundamente estar con alguien y compartir mi vida. Hay situaciones que me desbordan y necesito de la compañía masculina, aunque eso pueda sonar a idealismo. Aunque también me contienen y apoyan mis padres, en el fondo, yo busco otra cosa, busco el amor de una pareja, algo más.

Al estar en una ciudad tan chiquita, la vida social y cultural es limitada, y esto juega en contra para encontrar a alguien. A nuestra edad, quedan pocos hombres solteros: el que no está casado, “algo tiene”, “viene falladito”, como decimos entre risas con mis amigas. Más de un hombre casado aceptaría tener una relación con una mujer soltera, pero yo no estoy para ser la amante de nadie. El campo de acción en una ciudad chica es bastante limitado para conocer a alguien. Los lugares para salir, como los boliches, están más preparados para menores de 30. Si vas, quedás rara en medio de los grupos de chicos. Los bares también son pocos, aunque a veces vamos, pero lo que más hacemos es reunirnos en casas.

Cuando veo a matrimonios de amigos disfrutando ciertos momentos, pienso que estaría bueno vivir algo parecido. Siempre tuve la ilusión de tener hijos, un marido, un perro, cocinar y hacer dulces. Pero con el tiempo tuve que aprender que en la vida hay que asumir lo que nos toca y vivir lo mejor que se puede. Tengo amigas que vivieron una necesidad fuertísima de formar pareja, casi rozando la obsesión. Y otras que son lo opuesto: están solas por elección y ya están proyectando sus vidas solas. No es mi caso; no quiero esa vida para mí. Para ser sincera, en los momentos de angustia me resuena el reloj biológico y me doy cuenta de que no me queda mucho tiempo para ser mamá. Siempre escucho que la maternidad es algo muy importante en la vida de una mujer. Muchas encauzan la maternidad en sobrinos o en hijos de amigos. Yo tengo sobrinas, pero, aunque mi relación con ellas sea muy linda, las veo como mis sobrinas, no como mis hijas. Y ni siquiera pienso en que ellas puedan responder por mí si en el futuro estoy sola.

Más allá de esto, existe la presión del entorno, que también puede ser grande, como si casarse fuera una obligación social. Hay gente que siente lástima por las mujeres solas. Y eso no se da tanto si el que está solo es un hombre. “¿Cuándo te vas a casar?”, me dicen. “¿Alguna vez pensás en tener un hijo aunque estés sola?” Lo peor es cuando piensan que soy demasiado exigente y pretenciosa, y que por eso estoy sola.

A medida que pasan los años, si algo tengo claro es que prefiero estar sola a estar con alguien sólo por el hecho de estar. Si en algún momento llego a encontrar un compañero, será bienvenido, pero me gustaría que me quiera por lo que soy y no renunciaría a la independencia que logré. Así soy desde chica, me fui fortaleciendo con los años y si tuviera que dejar mi libertad, dejaría de ser yo. Mientras tanto, sigo con mi vida y mis rutinas, que no están mal. Mi vida como está ya es bastante linda. Tendrían que ver mi casita. La construí cuando tenía 30 años y la decoré especialmente de acuerdo con cómo soy y cómo me gusta vivir.

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