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Reflexiones

14 enero, 2022

Sobrevivir o resucitar

No es la cantidad de tiempo que vivimos lo que indica si nuestra vida es valiosa, sino la forma en que encaramos cada una de los renacimientos que nos toca atravesar. ¿El desafío? No reducirnos a la mera supervivencia.


Foto: Pexels.

Por Sergio Sinay

Cada comienzo de año, en este tiempo y en este lugar, puede y suele generarnos la sensación de haber sobrevivido al año anterior. Por muchos más motivos, en los últimos dos años. Como suele decirse, el sobreviviente no siempre elige sus métodos, ni puede hacerlo. Su prioridad es atravesar el riesgo que lo amenaza. En ese momento no se pregunta para qué. Sin embargo, tal interrogante sigue siempre a los seres humanos, como su sombra. Y al igual que ocurre con nuestra sombra, no somos conscientes de ella todo el tiempo, ni ella necesita de esa consciencia para existir. A diferencia de otras especies, decía Víktor Frankl (1905-1997), padre de la logoterapia, una vez que hemos salvado nuestra vida los humanos recibimos de parte de ella esta pregunta: ¿para qué me quieres? Y nos la repetirá una y otra vez a lo largo de nuestra existencia a través de un infinito número de situaciones, algunas sencillas, otras complejas.

¿Sobrevivir para qué? En uno de sus luminosos y siempre recomendables ensayos, titulado Que filosofar es prepararse a morir, el ensayista y pensador francés Michel de Montaigne (1533-1592), uno de los grandes humanistas de la historia, escribe: “La utilidad de vivir no reside en el tiempo, sino en la intensidad con que la vida se vive: hay quien vive lo suficiente viviendo pocos años. Pensadlo mientras permanecéis en el mundo: de vuestra voluntad depende el hecho de vivir bastante, y no el número de años”. No es, en definitiva, cuánto tiempo vivimos, sino el sentido de ese tiempo, la huella que dejará en otros, en el mundo, y el modo en que hará que este mundo quede un poco mejor (apenas un poco, con eso basta) después de nuestro paso.

Acerca de cómo vivir

Estas reflexiones abren paso a una diferenciación fundamental. La que distingue a la supervivencia de la resurrección. Aunque puedan confundirse son cosas distintas. Sobrevivir es haber conservado la vida pese a todo, y a menudo de cualquier manera. Resucitar es regresar de una muerte física, espiritual o simbólica para abrir en la vida un nuevo rumbo de trascendencia y sentido. Quien resucita ya ha muerto, por lo tanto se ha despojado del temor más angustiante. Sabe que la muerte existe de una y mil formas, aunque a la que más le tememos es a la del cuerpo, sabe que volverá a encontrarse con ella, pero está más allá de esa preocupación. Su energía, su atención, su intención, su voluntad y sus dones están dirigidos ahora a la vida en un sentido mucho más amplio y profundo que el vegetativo. Leamos a Primo Levi (1919-1987), escritor italiano y combatiente antifascista que, prisionero de un campo de concentración, sobrevivió al Holocausto. Dice en su memorable libro Si esto es un hombre: “Muchísimos han sido los caminos imaginados y seguidos por nosotros para no morir: tantos como son los caracteres humanos. Todos suponen una lucha extenuante de cada uno contra todos, y muchos una suma no pequeña de aberraciones y de compromisos. El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio, a no ser debido a poderosas y directas intervenciones de la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y los santos”.

“Sobrevivir es haber conservado la vida pese a todo, y a menudo de cualquier manera. Resucitar es regresar de una muerte física, espiritual o simbólica para abrir en la vida un nuevo rumbo de trascendencia y sentido. Quien resucita ya ha muerto, por lo tanto se ha despojado del temor más angustiante. Sabe que la muerte existe de una y mil formas, aunque a la que más le tememos es a la del cuerpo, sabe que volverá a encontrarse con ella, pero está más allá de esa preocupación”.

Tras la lectura se nos abre un desafío: el de vivir, como dice Levi, sin renunciar a nuestros valores y a nuestros principios aún en las peores circunstancias, y sin ser mártires ni santos sino los simples mortales que somos. Para enfrentar este desafío no hay que retirarse del mundo ni huir de él. Por el contrario, se trata de afrontarlo en la vida cotidiana, en nuestros espacios de trabajo, de estudio, de relación, de convivencia. En las decisiones que tomamos, en las elecciones que hacemos, en las acciones que ejecutamos, en el modo en que honramos nuestros vínculos y nuestros espacios comunes, incluidos esos que compartimos con aquellos a quienes no conocemos. En cómo respondemos a las inevitables consecuencias de nuestras acciones. Todo eso nos mostrará como agentes morales y personas responsables. Es decir, personas que ponen el acento en ensanchar y profundizar la vida y no meramente en conservarla y prolongarla.

También así es posible contribuir a la esperanza, que es mucho más que el optimismo. La esperanza no da por sentado que todo saldrá bien porque sí, por magia o por generación espontánea. La esperanza cuenta con un propósito y trabaja por él sin garantías, aún sabiendo que puede no cumplirse, porque el valor no está en la llegada sino en el viaje. Charles Darwin (1809-1882), el naturalista y biólogo inglés a quien se deben las teorías fundacionales sobre la evolución de las especies, afirmaba que “el ser humano puede vivir unos cuarenta días sin comida, unos tres días sin agua, unos ocho minutos sin aire, pero solo un segundo sin esperanza”. Quien sobrevive busca ante todo agua, comida y aire, quien resucita tiene esperanza.

Sucesión de oportunidades

También, como puntualiza el filósofo francés André Comte-Sponville en su Diccionario filosófico, cabe recordar que, desde el momento en que quien resucita previamente ha muerto, no es inmortal. Y la resurrección tampoco es reencarnación, puesto que se resucita siendo el mismo individuo (el mismo compuesto cuerpo-alma lo llama Comte-Sponville), aunque no necesariamente la misma persona, sobre todo si tomamos la idea de la pensadora alemana Hannah Arendt (1906-1975) de que nacemos humanos y nos convertimos en personas a medida que construimos vínculos, encarnamos y actuamos valores, exploramos propósitos y sentido.

La resurrección tiene, por cierto, una fuerte resonancia religiosa y su noción es fundamental en el cristianismo. Al morir y resucitar, se sostiene allí, Jesús lo hizo por todos y anunció el destino de cada ser humano. Pero más allá de la fe, de creencias o de agnosticismos, es cierto que en la vida morimos y resucitamos cíclicamente. A nuestro primer nacimiento, el físico, le sigue la muerte del bebé que resucita como niño o niña, esa etapa morirá para dar paso a la resurrección como adolescente, quien morirá para que resucite el joven. Y así será con la adultez, la madurez, la vejez. Con proyectos, realizaciones, caminos elegidos que terminan para que aparezcan otros: profesiones, actividades, incluso vínculos.

En cada etapa, como con cada año, habrá una experiencia que depende de nosotros convertir en resurrección y no dejarla reducida a una mera supervivencia. En su novela La mala hora, escribía Gabriel García Márquez: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Hagamos que sea una continua sucesión de oportunidades para renacer.

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