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Hijos

14 noviembre, 2019

Síndrome de Pinocho: qué hacer cuando los chicos mienten

Según las etapas de crecimiento de nuestros hijos, las mentiras denotan distintos mensajes. Claves para descifrarlos y saber cuándo y por qué deberíamos preocuparnos.


Por Isabel Martinez de Campos

Mamá, yo no fui”. Cuántas veces, desde muy chiquitas, habremos escuchado esta frase tan disparadora de preguntas como las siguientes: ¿Mi hijo es mentiroso? ¿Es normal que mienta a esta edad? ¿Me tengo que preocupar?

Para empezar, es necesario saber cuándo es normal mentir y cuándo no, según las distintas etapas de crecimiento. En este caso, hablaremos de los chicos desde su primera infancia hasta la pubertad. Los especialistas coinciden en que los chicos de 3 a 5 años suelen confundir la realidad con la fantasía. Cuando juegan, les gusta inventar historias y crear un mundo que para ellos es tan real como la vida misma. En esta etapa, no mienten; simplemente dejan volar su imaginación. “La posibilidad de falsear la realidad surge a partir de la incorporación del lenguaje. Los niños pequeños, más que mentir, fabulan, inventan historias que no tienen la intención de engañar al otro”, explica María Luisa Perkins, psicoanalista del Hospital de San Fernando.

Para mentir, tiene que haber una intención y un objetivo, y esto sucede cuando un chico empieza a diferenciar la verdad de la mentira, algo que suele ocurrir entre los 7 y los 8 años.

Solo los seres humanos pueden mentir. La mentira en los chicos más chiquitos es indicadora de madurez mental. Desde lo constitutivo, que un niño perciba la posibilidad de engañar a otro representa un hito en la adquisición de su autonomía. La verdadera mentira surge a partir de los 7 u 8 años, cuando los niños comienzan a tener conciencia moral y a desarrollar el sentido de la responsabilidad. Ahora bien, si la mentira en la temprana infancia es indicadora de madurez, a medida que el niño crece, cuando esta se convierte en moneda corriente, es por el contrario un signo de inmadurez. La aceptación de las normas conlleva hacer lo que quizá no nos gusta. La mentira busca, justamente, evitar la frustración y adaptar las normas a nuestra conveniencia. Así, por ejemplo, un niño que dice que ya hizo la tarea, para poder ver su programa de TV favorito, no puede aceptar la posibilidad de resignar una gratificación para cumplir una norma. Cuando en esa etapa del desarrollo la mentira se convierte en algo sistemático, es aconsejable consultar con un especialista, ya que puede constituir un síntoma de algo más”, explica Perkins.

La mentira como indicador

La mentira puede surgir por diversos motivos, entre ellos la baja autoestima, el querer satisfacer a veces expectativas demasiado altas de los padres, el miedo a ser castigado y el deseo de llamar la atención.

Frases como “Mi hermano rompió el vidrio” son las típicas mentiras de defensa para evitar una penitencia. La idea es que, con nuestro apoyo como padres, puedan adquirir cada vez más confianza y hacerse cargo de sus actos. En este sentido, nuestra bajada de valores es clave para reforzar su sentido de la honestidad ante las diferentes situaciones de la vida.

Muchas veces, sin darnos cuenta, con tal de protegerlos, les damos soluciones que suelen confundirlos. “No le digas a la maestra que la tarea te la hice yo”, o “Decile al profe de Educación Física que no vas a hacer gimnasia porque anoche tuviste fiebre” son algunos ejemplos. En este caso, se trata de mentiras mal llamadas “sin importancia”, que corren por la delgada línea de lo difuso.

Muchas veces, sin darnos cuenta, con tal de protegerlos, les damos soluciones que suelen confundirlos. “No le digas a la maestra que la tarea te la hice yo”, o “Decile al profe de Educación Física que no vas a hacer gimnasia porque anoche tuviste fiebre” son algunos ejemplos. En este caso, se trata de mentiras mal llamadas “sin importancia”, que corren por la delgada línea de lo difuso.

Recordemos que nuestros hijos viven en una sociedad donde, muchas veces, la mentira y la manipulación son la norma. Las ven en el comportamiento de los políticos, de los jueces, en el Photoshop al que apelan los medios de comunicación –entre otras cosas– y, también, en las relaciones de pareja de adultos cercanos.

¿Cuántas veces los hijos de padres juntos o separados presencian tironeos entre los adultos y ven cómo se manipulan o acuden a pequeñas mentiras en la vida de todos los días?

En ese sentido, de nosotros depende ofrecerles una bajada de línea clara sobre la importancia de cuidar al otro y ser honesto. En suma, sobre lo importante de mantener una comunicación sana; sobre lo que está bien y lo que está mal.

Desde que son chiquitos, los niños entienden el lenguaje no verbal. Según numerosos estudios, captan una gran cantidad de informaciones a las que nosotros no les damos importancia. ¿Y cuántas veces hablamos delante de ellos sobre temas serios sin darnos cuenta de que nos están escuchando? Parece que juegan, pero tienen sus antenitas paradas y registran todo. Y, de repente, preguntan: “¿Por qué no querés que abuelita venga a casa?”, a lo que, ni lentos ni perezosos, les contestamos: “¿Cómo no vamos a querer que venga? ¿De dónde sacaste eso?”. Estos dobles mensajes también pueden ser un caldo de cultivo para confusiones o mentiras futuras.

El amor como base de confianza

En definitiva, todo lo que lleva a los chicos a mentir, más allá de la edad, es el deseo de ser dignos del amor de sus padres. El temor al abandono de nuestros padres cuando somos chicos es algo que se juega todo el tiempo. Cuando a un niño los padres le gritan, siente que sus papás lo quieren menos. Por eso, es importante dejarles en claro que todo lo que uno les dice es por su bien y que el amor es siempre el mismo”, explica la licenciada en Psicología Adriana Grünberg, coordinadora de posgrado de la Institución Fernando Ulloa.

Según la experta, ante la mentira, los padres debemos poner límites. Y acompañarlos con la idea de que ese error se puede reparar.

Esta acción cambia el universo del chico, porque sabe que, si se vuelve a mandar una “macana”, sus padres lo van a seguir queriendo. “Es importante explicarles a los chicos, en el lenguaje propio de su edad, los beneficios de decir la verdad, así como ser firmes con respecto a las consecuencias que puede acarrear la mentira, como que en el colegio quizá reciban un castigo o la desaprobación de sus maestros y sus pares”. Si el chico siente que lo que hizo puede poner en cuestión el apoyo de sus compañeros o la manera en que lo perciben y acompañan, esto también puede funcionar como llamado de atención. Es importante que sepa que no puede hacer cualquier cosa, y que los adultos, en primer lugar, y sus amigos, hermanos o primos lo “están mirando”.

“Todo lo que lleva a los chicos a mentir, más allá de la edad, es el deseo de ser dignos del amor de sus padres. El temor al abandono de nuestros padres cuando somos chicos es algo que se juega todo el tiempo. Cuando a un niño los padres le gritan, siente que sus papás lo quieren menos. Por eso, es importante dejarles en claro que todo lo que uno les dice es por su bien y que el amor es siempre el mismo”.

A la hora de mentir, la pregunta del millón es cuándo preocuparse. “Cuando el chico apela a la mentira todo el tiempo, más allá del esfuerzo que como padres hayamos hecho, hay que pedir ayuda a un profesional. Cuando un hijo toma la mentira como una modalidad cotidiana, suele mostrar cambios en su expresión facial y en los movimientos de su cuerpo; traga mucha saliva, le cambia el ritmo respiratorio y, en general, hace pausas al hablar”, afirma la licenciada Grünberg.

En definitiva, la verdad es la base de la confianza. Como padres, es necesario transmitirles que los vamos a querer siempre, pero que van a ser más felices, con relaciones más sanas y duraderas, si se basan en la verdad y en la confianza para entablar vínculos con sus seres queridos y pares en general. Si confiamos en el amor que les tenemos, ese mismo amor nos va a guiar para hallar las respuestas, para mirarnos y ver qué modelos y espejos les estamos ofreciendo; para encontrar la mejor manera de acompañarlos.

Razones frecuentes para mentir

  • Por miedo a ser castigado: Esto es lo más habitual y se produce como reacción al miedo. Por ejemplo, cuando se sacó una mala nota y asegura que no le entregaron el boletín, cuando pierde la cartuchera y sostiene que se la robaron, cuando rompe algo y acusa al hermano.
  • Por imitar a los padres: Los chicos son como esponjas que absorben todo, y los padres tienen que dar ejemplo de honestidad, incluso en asuntos pequeños. Por ejemplo, cuando nos piden que digamos que no están porque no quieren atender el teléfono, o cuando la mamá le pide a una amiga (delante de ellos) que no le cuente a su marido que se compró un vestido. 
  • Para satisfacer a los padres: Muchas veces, exigimos a nuestros hijos más allá de sus propias posibilidades, proyectando en ellos deseos personales insatisfechos. Por ejemplo, que sean excelentes deportistas o los mejores de la clase. Así es como el chico luego miente con las notas o asegura que salió primero en una carrera cuando esto no fue así, entre otras cosas.
  • Para evitar algo que les genera ansiedad: Muchas veces, dicen que se sienten mal porque le tienen miedo a una maestra, no quieren dar un examen o temen que se burlen de ellos en el colegio. A veces, no lo hacen a propósito; en numerosas ocasiones, es tal el pánico que realmente hacen un cuadro de fiebre o tienen malestares estomacales, cefaleas y otros síntomas.
  • Para proteger a alguien: Se trata de conflictos de lealtades. Pueden ocurrir desde situaciones cotidianas, como no culpar a un compañero frente a la maestra, hasta situaciones más tremendas, como abusos sexuales, violencia familiar o bullying en la escuela. En estos casos, los chicos mienten o niegan información por vergüenza, por sentimiento de culpa o por pánico. Se trata de situaciones muy complejas que requieren la intervención de profesionales y organismos especializados.

Esta nota fue publicada en marzo de 2013.

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