Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

2 febrero, 2021

Siempre buscaré las flores

Su nombre probablemente tuvo mucho que ver. Lo cierto es que su profunda conexión con los colores, los aromas y la suavidad de los pétalos la conmueve desde que es pequeña. En un viaje a través de los sentidos, Flor the Flower nos comparte un bello relato acerca del mágico y eterno florecer.


Por Florencia Sanguinetti

No sé mucho de flores. Con suerte y viento a favor puedo nombrar un par. Solo sé que las flores representan compañía en mi vida y adonde quiera que vaya las buscaré. La pregunta sería: ¿Cuánto hay que saber de algo para que genuinamente nos guste; es necesario ser experto o lo que importa es lo que nos hace sentir? Tampoco sé mucho de música y, sin embargo, no puedo vivir sin ella; un día sin cantar es un día perdido.

Y ahí estoy sin saber de qué se trata, pero captando con todos mis sentidos lo que le pasa a mi alma cuando las contempla y disfruta.

Sé que mi flor preferida es la fresia y que cuando estoy nerviosa dibujo flores en un papel. No existe notita mía que no tenga una flor en ella, a la “F” de mi nombre le pongo, a veces, pétalos de margaritas, pero nunca las deshojo preguntándoles si me quiere o no me quiere. Creo que me gustan blancas porque me transmiten algo de calma y armonía, aunque confieso que, a pesar de mi limitada preferencia a lo colorido, las flores tienen mi absoluta aprobación cualquiera sea el color del que decidan ser. Existe algo maravilloso en la diversidad de tipos y clases de flores que aplica perfectamente a la entera creación. Cada cual con sus características y su razón de ser.

¿Será su simpleza lo que me invita a tenerlas en mi vida? ¿Será su aroma y mi sensibilidad? ¿Será mi nombre el que me condiciona a quererlas? Florencia fue el que eligieron mamá y papá para mí. A secas le aclararía años más tarde al director del colegio (que me llamaba “María Florencia“) que “María es mi hermana, yo soy Florencia solo”. Florencia, del latín “floris”, algo así como la diosa de las flores. Alguna vez alguien me dijo que quienes portaban ese nombre eran personas cariñosas, fieles y tranquilas. Desconozco que hay de cierto, pero confieso que hay algo de eso en todo lo que ellas me trasmiten.

Ir al puestito de flores de la Galería Devoto era una parada obligada cuando acompañaba a mi mamá a hacer las compras. Recuerdo que me gustaban los ramitos pequeños, pero nunca llevábamos esos. En general alstroemerias coloradas. Tal vez de ahí provenga mi asociación entre la calidez de un hogar y las flores. Las hortensias de la casa de veraneo eran una obra magistral y el ruido de los riegos a la madrugada una caricia a mis oídos, un aviso de que ellas estaban siendo cuidadas.

“Agua, un poco de luz y palabras bonitas, solo eso necesitan para crecer. Quién no. Tiempo y paciencia. Adaptación. Coraje. Al final del día, todos necesitamos eso. ¿Acaso una flor no puede crecer entre dos adoquines? Sí que puede. Nadie dice que es fácil. Por eso me gustan, por su resiliencia, por su existencia sin comparaciones absurdas, por su femineidad”.

Agua, un poco de luz y palabras bonitas, solo eso necesitan para crecer. Quién no. Tiempo y paciencia. Adaptación. Coraje. Al final del día, todos necesitamos eso. ¿Acaso una flor no puede crecer entre dos adoquines? Sí que puede. Nadie dice que es fácil. Por eso me gustan, por su resiliencia, por su existencia sin comparaciones absurdas, por su femineidad.

Entonces, cuando me fui de mi casa a perseguir aventuras lejos de mi tierra, me dispuse a ser “Flor”, a regarme, a hablarme bonito para con tiempo y paciencia adaptarme a nuevos entornos y finalmente florecer. Y si florecer tenía que ver con crecer, no había chance de no incomodarse, no había lugar exclusivamente para las primaveras, también había que soportar los inviernos. Y ahí estaba entre cajas, en países nuevos, pero con un ramo de flores en el piso y otro dentro de mí.

La belleza de las flores dura poco. Es efímera. Una flor al cabo de un tiempo se marchita. Aprendí a apreciarlas desde que son capullo y cuando el reloj nos persigue somos más conscientes del breve instante de las cosas, entonces le prestamos atención.

Desde que vivo en Inglaterra todos los jueves recibo una caja con un ramo para armar, donde me explican un poco sobre las flores seleccionadas y sus cuidados. Si yo te digo que espero los jueves con ansias, me creés. Preparo unos mates con dos de edulcorante, subo el volumen de la música y ahí estoy. Las espero. Y yo sé que ellas me esperan a mí. Cosas de la vida diaria y ordinaria que me hacen feliz y me dan alegría. Simple como eso. Y en estos largos meses de encierro e incertidumbre, ellas decoraron mi hogar a pesar de las circunstancias.

Que nunca falten flores en el jardín de tu corazón”, escribí a comienzos de la pandemia en un texto que compartí en la red social bajo mi cuenta Flor the Flower.

Creo que no se trata de tapar con flores los males o las penas que atravesamos, sino de suavizarlos, de acompañarlos, de acogerlos con paciencia y algo de color. Que nunca falten flores aún en la tormenta y oscuridad. Podemos elegir cómo vivir la vida. La amargura o el descontento no son buen alimento. Mejor, como a las flores, regarnos de esperanza con el convencimiento que tarde o temprano llegara nuestra hora de florecer.

Florencia Sanguinetti es argentina y vive en el exterior. Madre de dos, escribe por amor al arte. Licenciada en Administración de la UBA, dijo que se iba a tomar un año sabático y ya van como siete. Bajo el seudónimo Flor the Flower comparte sus vivencias sobre su condición de expatriada, la maternidad, el amor, la amistad, la nostalgia y la simpleza de la vida. Desde el 2018 vive en Londres, donde estudió escritura creativa y se animó a escribir ficción. Seña particular: nunca le faltan flores en la mesada de su cocina.
IG: Flortheflower | Web: www.flortheflower.com

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