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Mujer y política

1 enero, 2015

“Si vamos a hacer política como los hombres, mejor nos quedamos en casa”

Una charla a fondo con la senadora Norma Morandini, donde interpela nuestro ejercicio cívico, pero rescata la importancia de tener cada vez más mujeres impulsando un cambio cultural. por MARÍA EUGENIA SIDOTI.


En su tonada cordobesa hay una voz que no grita. “Solo levanté la voz cuando Amado Boudou me apagó el micrófono en la Cámara”, explica. Fue para que ella no siguiera hablando sobre los últimos casos de corrupción de su gobierno y, sin embargo, el vicepresidente kirchnerista y presidente del Senado no logró callarla. Hoy, como legisladora; ayer, como periodista. Norma Morandini no puede evitarlo: es una mujer que ha luchado toda su vida por hacerse oír. O, mejor dicho, por evitar que la silencien.

Actualmente, es senadora nacional por Córdoba, la provincia a la vuelve siempre porque, dice, ama su tierra, su pasado, su convicción de habitar y trabajar en este país. Un amor que se tradujo en decisión: dejar el periodismo para meterse en la cosa pública.

“Cambié la pluma por la tribuna”, escribe a modo de presentación en su página de Internet. Y agrega: “Porque tuve 20 años en los setenta, siento que pertenezco a una generación que al igual que los alemanes del nazismo debe pedir clemencia a las generaciones venideras por el desquicio que dejó como país. Pero, también, ellas deben ser clementes si piensan del tiempo que se salvaron. Tiempos de miedo que convierte lo humano en un remedio de humanidad”. Es que ella pertenece a la gran familia del dolor: “Dos hermanos desaparecidos y una madre que transformó ese dolor, creció sobre ella misma, y con su pañuelo blanco construyó para todos espacios de justicia y libertad”, define. Fue el periodismo su visa para volver a una Argentina en democracia, con el impulso de firmar todas esas crónicas en las que antes tenía prohibido poner su nombre.

–Luego de ese viaje físico y también interno, ¿qué es lo que más te moviliza hoy?

–Que tengamos un país dominado por las muertes y que sean siempre las madres en duelo quienes vayan al espacio público pidiendo justicia y verdad. Me pregunto si no va siendo hora de que encabecemos un movimiento para cuidar y construir con alegría, exigiendo una sociedad de derechos. Y criemos hijos felices, en libertad, sin tener que ir siempre nosotras a tocar el bombo a la plaza por algo terrible. Cuando uno sabe que tiene derechos y los hace respetar, ahí aparecen las herramientas para lograr los cambios. Aprender a peticionar es aprender a vivir, creo yo.

–¿Qué sentís que es lo que peor nos ha hecho?

–La cultura. Porque todavía sigue habiendo una pauta cultural, una mirada masculina en la que las mujeres, indefectiblemente, nos miramos. Machista, sí, y además carente de valores, como los espirituales. En la cámara hay un senador que, cuando quiere descalificarme, me dice: “Usted, que es tan espiritual…”. Como si fuera un insulto. Y a mí me dan ganas de decirle que el problema es que él es tan brutalmente aguerrido. La paz es el valor, la guerra no lo es.

–¿La ley de cupos nos hizo entrar definitivamente a una igualdad en términos políticos?

–A una igualdad estructural, sí, porque hoy tenemos una representación casi equivalente a países como Suecia y Noruega. Pero ahora tenemos que volver a empezar y preguntarnos qué significa una república, cuál es la función de un presidente y del parlamento, por qué la justicia debe ser independiente. Esas cuestiones son el abc, el idioma compartido que nos permitirá tener un diálogo. Seguimos teniendo una cultura autoritaria. Por eso, si me preguntás si los cupos para mujeres han mejorado la política, la respuesta es no.

–¿Por qué?

–Porque sigue habiendo en nuestra forma de hacer política ese modelo de mujeres-esposas tan peronista. Esposas que llegan al poder porque han nacido de una costilla poderosa. Yo aspiro a más mujeres ciudadanas, a que no sea el hombre quien con un soplido, como un Adán político, las haga nacer a la participación. Hay que ejercer la ciudadanía, pero nos faltan otros modelos: mujeres autónomas, que hagan del consenso y la argumentación su bandera. Tal como el liderazgo que lleva adelante Michele Bachelet, que para mí es el nuevo liderazgo que debemos encarnar. Si vamos a hacer política como los hombres, es mejor que nos quedemos en casa para cuidar de nuestros hijos y trabajar en transmitir valores desde ahí.

–¿Cuál debe ser el sentido de que haya cada vez más mujeres-ciudadanas?

–Que los valores de todas lleguen a la política. Porque instintivamente sabemos dar amor a los hijos, educar, cuidar y ser pacientes con los demás. Podemos persuadir sin imponer nada, consensuar, y no necesitamos de la mayoría para lograr lo que queremos. El sentido es que eduquemos y podamos hacer crecer a la sociedad en el marco de los valores democráticos. Y, sobre todo, que compartamos y no hagamos de la actividad política una disputa por el poder. Mi deseo es que, en algún momento, los gobiernos no sean de personas, sino de instituciones. Nuestro problema es que todavía confundimos al líder con el caudillo.

–¿Qué es lo que nos hace falta para lograrlo?

–Que las mujeres tengamos coraje para ir detrás de lo que creemos correcto. No podemos seguir atentas a aquello que nuestros padres, maridos o novios quieren o creen de nosotras, para sentirnos admiradas, reconocidas, deseadas… Cuando nos dejamos de escuchar a nosotras mismas, nos matamos como personas.

–¿Y qué es lo que más te duele de ese ejercicio político?

–Ver que se vota a una presidenta porque murió su compañero. Uno puede tener compasión, pero eso no es un atributo político. La persona que toma decisiones por todos nosotros tiene que tener una razón, no una emoción. Siempre las viudas deben recibir nuestro respeto, pero me perturba que eso se use para conseguir votos.

–¿Y cuál es la verdadera tensión que, a tu entender, se esconde detrás de este clima tan tenso que hoy vivimos?

–Una tensión entre un país que se niega a irse y otro que se resiste a nacer; un momento bisagra entre dos concepciones de poder. Este gobierno entiende el poder como un régimen. Yo siempre digo que no alcanza con no tener un general en la presidencia para decir que se vive en una democracia republicana. Para eso, debe haber un parlamento autónomo, que no funcione a control remoto del Ejecutivo, y una justicia que sea totalmente independiente. Es un momento complejo que introducirá muchos cambios. Pero no hay que tener miedo.

–¿Hay que tener esperanza?

–Sí, por supuesto. Creo profundamente en la libertad, no en el poder. Me parece absurdo que uno decida sobre la vida del otro. Y creo en la igualdad. Podrá sonar utópico, pero mi mayor esperanza es que la gente aprenda a decir “No”. Muchos viven concediendo porque no se animan a decir lo que piensan; temen. Las mujeres, en particular, hemos sido criadas para no decir “No”, por miedo a no agradar o a que nos abandonen. Por eso, lo más importante es educar para la autonomía, para que las personas sean responsables. La libertad tiene una única limitación: la responsabilidad. Cuando veo una huelga docente siempre me pregunto dónde están los padres. Porque pedir un aumento salarial está muy bien, pero los padres deben ser parte de toda negociación que tenga que ver con el futuro de sus hijos.

–¿Pero qué pasa si uno se cansa de decir “no” porque no cambia nada?

–Hay que perseverar, para que aquellos que toman decisiones en nuestro nombre no sean prepotentes, autoritarios ni tramposos. Cada uno tiene que encontrar su propio canal. Las elecciones son el gran momento que tiene una sociedad para pararse sobre sí misma y ver hacia dónde quiere ir. No puede ser que sean solo los candidatos quienes se planten frente a la ciudadanía. Es la ciudadanía quien debe imponer sus temas y no que venga un encuestador a decir que el tema que nos preocupa es el precio del dólar. ¡Nadie habla de la corrupción! Que la corrupción no sea “el” tema prioritario es perverso. El debate es imprescindible. La ciudadanía se debe imponer, increpar, y las redes sociales también nos van a servir, aunque yo prefiero el debate cara a cara. Es, como te dije, la ciudadanía quien debe marcar el paso y no permitir que sea el oportunismo el que marque la agenda, por distracción o por fines electoralistas. Hay una utilización de impacto mediático y un simulacro de debate, y después es la mayoría la que saca las leyes.

–¿Qué pasa entonces con el periodismo?

–Hay que demandar responsabilidad a los periodistas: está tan contaminado el debate público que, al final, no hay debate. Estamos todos bajo sospecha y es un problema. Entonces, si decir lo que se piensa dejó de ser un acto de honestidad personal, porque el otro no va a respetar mis diferencias, ¿cómo vamos a crear un vínculo humano basado en la dignidad y el respeto por el otro? Nuestro problema es serio: se contaminó la convivencia. En el debate público siempre se critica la opinión ajena. A mí, por ejemplo, nunca me llaman para opinar sobre un tema, sino sobre lo que dijo otro sobre ese tema.

–¿Qué debería hacer el ciudadano luego de indignarse?

–Debe institucionalizar su indignación. Es bueno indignarse a tiempo para no enfurecerse tardíamente. Así, no habríamos terminado en la furia de 2001, con un país hecho escombros. Creo en la evolución: la democracia es el único sistema que va cambiando con el tiempo, porque la libertad dinamiza fenómenos nuevos. Hay que reclamar.

–¿Qué tenemos, qué nos falta…?

–Tenemos libertad; ahora debemos ponerle responsabilidad y para eso nos hace falta un cambio cultural. Necesitaríamos un líder como Nelson Mandela, alguien que encarne un liderazgo espiritual, porque lo que necesitamos, en primer lugar, es ser buenas personas. O, mejor dicho, que la gente no tenga miedo de mostrar cuán buena es. Hace quince años escribí un libro que se llama De la culpa al perdón y ninguna editorial quiso publicarlo porque tenía la palabra “perdón” en el título. Por supuesto que el crimen es imperdonable, pero hay que preguntarse qué vamos a hacer con ese pasado argentino. ¿Lo vamos a usar como venganza? ¿O será nuestro aprendizaje? En nuestro país, a nadie le sorprende el insulto, pero si hablamos de perdón y reconciliación, de amor y respeto por el otro, son palabras que cargan con una connotación negativa. Y lo mismo con las mujeres: cada vez que una de nosotras se atreve a hablar de paz y espiritualidad o eleva su voz, nos tildan de locas. O de cosas con mucha menos poesía.

–¿Cuál es la gran pregunta, al final?

–La gran pregunta que me hago es si las mujeres somos sombra o metáfora del poder masculino… Ignoro la respuesta.

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