Sophia - Despliega el Alma

27 abril, 2010

«Si queremos ayudar, acá a la vuelta hay un motivo»


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Abel Albino*

El pediatra mendocino Abel Albino cree que, así como los hijos deben estar al lado de su madre cuando está enferma, los argentinos debemos cuidar a nuestra patria, que está mal, y a los nuestros. Por Marta García Terán, enviada especial. Fotos: Pablo Betancourt.

MENDOZA.- Fue un domingo como cualquier otro para muchos, pero no para él. El pediatra Abel Albino terminó de lavar el auto en el jardín de su casa de Mendoza y en un arrebato le dijo a Cecilia, su mujer: “Nos vamos para Chile”. Sin dudarlo, subieron al auto y recorrieron los casi 400 kilómetros que separan esta ciudad de Santiago. Cuando llegaron, llamaron por teléfono al doctor Fernando Mönckeberg, un ex profesor de Abel, y le dijeron: “Estamos en Chile”. “Pónganse el traje de baño y vengan para acá”, les contestó el médico desde su casa en la playa. El diálogo entre Albino y su maestro fue breve, pero decisivo:

–Vine para hacerle dos preguntas y me vuelvo a Mendoza. La primera: “¿Me enseñaría sobre desnutrición?”.

–Sí, por supuesto.

–La segunda: ¿Se vendría a Mendoza con nosotros para ayudarnos a crear una fundación que atienda a chicos desnutridos?”

Mönckeberg se rió, los abrazó y les dijo:

–No saben lo felices que van a ser…

Así volvieron los Albino de Chile hace dieciséis años, plenos de entusiasmo y con la idea de replicar en la Argentina el modelo de Mönckeberg, Conin, la Cooperadora de la Nutrición Infantil que trabaja para la prevención y la recuperación de la desnutrición a través de la educación, la asistencia y la investigación. Abel y Cecilia empezaron visitando ranchitos muy humildes para charlar con la gente, conocerla y construir lazos. Así fueron descubriendo la miseria, el dolor y la tristeza profunda de una madre que no puede garantizarle un futuro a su hijo. Vieron cómo los chicos dormían en pozos cavados en la tierra, tapados por perros para calentarse porque no tenían recursos para capear las noches de frío, cómo se contagiaban sarna y parasitosis o cómo algunos chicos se quedaban ciegos por el Toxocara canis, un parásito transmitido por el perro.

También se dieron cuenta de cómo el analfabetismo crónico atentaba contra el desarrollo personal, familiar y de toda la sociedad, porque una mujer que no fue a la escuela no puede entender lo que es una medida de leche en polvo por cada 40 mililitros de agua. Una leche que no es leche, porque no tiene suficiente polvo, no alimenta a un chico; un chico que no se alimenta bien durante el primer año de vida no emite los millones de cables que interconectan sus neuronas y no desarrolla por completo su sistema nervioso central; y a ese chico que no cableó bien su cerebro, no se lo puede estimular ni educar como corresponde. Así, y como resultado de esta cadena de sucesos evitables, ese chico va a tener una debilidad mental que podría haberse prevenido.

Con la misión de revertir esa tasa de debilidad mental, y la imagen de estos chicos desnutridos grabada en la mente y en el corazón, Abel y Cecilia empezaron a visitar El Algarrobal, un barrio muy humilde en las afueras de Mendoza. Abel se iba con un tacho de pintura de veinte litros, lo plantaba debajo de un árbol y se paraba encima de él, como si fuera una tarima, para llamar a la gente. Poco a poco se fueron reuniendo para escuchar a este señor que les hablaba de todo un poco: desde la importancia de lavarse las manos hasta cómo aprender a sumar, leer o escribir les podía cambiar la vida.

Como no tenían plata para construir una sede, los Albino fueron a la Dirección de Tránsito de Mendoza y pidieron tres trolebuses que instalaron en un terreno que les habían donado: uno lo convirtieron en ropero familiar; otro, en depósito; y el tercero, en escuela. Ése fue el primer centro Conin y más tarde fueron abriendo otros con la ayuda de muchas personas. Hoy hay 22 sedes de Conin en ocho provincias de la Argentina y 4 en el exterior. Cecilia murió hace diez años, pero le dejó a su marido la fortaleza y el pedido de que siguiera adelante con esta misión y que cuidara a sus cinco hijas mujeres, que en aquel entonces tenían entre 9 y 18 y hoy, entre 18 y 27 años, y viven con él en su casa en Mendoza, donde ahora comienza la charla con Sophia.

–Ya pasaron dieciséis años desde el encuentro entre usted y Mönckeberg. Parece que el viejo profesor tenía razón, nomás. ¿Son felices?

–Sin duda que sí, porque hacemos una de las cosas más nobles que puede hacer una persona en la sociedad, que es ayudar a los más débiles. Sentimos una gran felicidad al ver a las madres de los chicos: cómo han aprendido, cómo han cambiado sus vidas y mejorado las vidas de sus hijos. Es maravilloso ver, por ejemplo, que uno de los chicos que llegó a Conin con una desnutrición grave se postuló para bailar en la Fiesta de la Vendimia. Es un gurrumín y ya baila con una calidad y con un señorío… Evidentemente, cableó bien su cerebro, porque esa motricidad fina no se logra de otra manera. Ése es sólo un ejemplo de las muchísimas satisfacciones que nos dan los chicos.

–Después de haber visto muchas cosas en su vida, ¿qué le produce admiración?

–La gente joven me genera una admiración grande y una enorme esperanza. Hay un grupo de chicos que trabaja en el centro Conin de Añatuya, en Santiago del Estero, y es una maravilla lo que están haciendo. ¡Tienen 22, 23, 24 años y llevan adelante el centro! Ellos apuestan al país, ayudan a nuestra gente. La madre Teresa contaba que cuando recibía a chicas de países remotos, exóticos, como la Argentina por ejemplo (risas), les agarraba las manos, les tocaba las caritas y les decía: “Hija mía, viene de tan lejos a trabajar conmigo. Le hago una pregunta: ‘¿No hay ningún problema en su país?’”. Cómo puede ser que uno viaje 40.000 kilómetros para encontrar un motivo para ayudar, cuando tenemos motivos aquí a la vuelta.

–Sin duda, pero hay gente que ayuda mucho también en otros lugares…

–Sí, claro. No desmerezco la obra de la gente que se va afuera, pero digo que si queremos ayudar, aquí los nuestros nos necesitan. Mire, hay un libro interesante, de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, en donde Escrutopo, el diablo, le enseña a Orugario, su sobrino, a ser diablo. Y entre tantos consejos que le da, le dice: “Tenés que ser bueno con la gente que no conocés, y malo con los que conocés”. No hay que olvidarse de ser bueno con los que conocemos, con los nuestros.

–Hay gente que no hace nada porque no tiene tiempo y cree que un aporte chiquito no tiene mucho sentido. ¿Qué les podría decir para alentarlos?

–Mire, a mí los ingleses siempre me han llamado la atención. Hay dos ingleses que decían cosas que son muy interesantes. Uno, Sir Winston Churchill, decía que quien hace su trabajo, paga sus impuestos y gana su sustento es un buen ciudadano, pero no hace nada para que algo cambie en la sociedad. Todos debemos hacer lo que nos corresponde y un poquito más; sólo entonces estamos contribuyendo al bienestar general. El otro, el actor Sir Lawrence Olivier, decía que no existen papeles pequeños, sino actores mediocres. Por pequeño que sea el papel que nos toque representar en la sociedad, si lo hacemos con el corazón, otro gallo va a cantar.

–¿Qué sería hacer un poquito más, retomando la idea de Churchill?

–Salir de uno, de sentirse exclusivo; dejar de hacer la personal, la individual, la nuestra; pensar en los demás un poco más. ¿Qué es lo importante para el ser humano? ¿Cuáles son las cosas esenciales? Seguro que no es vivir sólo para él. Un individuo que no hace nada para los demás no es un individuo confiable. Yo no me puedo ir a escalar el Aconcagua con ese tipo, porque si me quiebro una pata, capaz que me deja… Una persona que vive para los demás, que anda con los viejitos, con los cieguitos, con los niñitos tiene una percepción distinta, sabe que él no es el centro del universo y el único habitante del mundo, que los demás también participan. Entonces, ese individuo es útil a la sociedad y contribuye a construir una sociedad más equitativa, con más justicia.

–¿Qué es para usted la justicia?

–La justicia es reconocer la igualdad de los hombres en lo que tienen de iguales, su dignidad, y reconocer la desigualdad de los hombres en lo que tienen de desiguales, sus méritos, que en esta sociedad se reconocen cada vez menos. Si, por ejemplo, yo no le doy el premio al mejor alumno a un chico porque tal vez no es tan buen compañero, en realidad, le estoy quitando méritos a ese chico que es inteligente.

–¿La caridad es un acto de justicia?

–No, la caridad es la corona de la justicia, es amor. Yo por justicia le pongo un plato de comida adelante a un paralítico; por caridad, le doy de comer en la boca, porque sé que él no va a poder comer solo. La caridad se pasa, es más; la caridad es amar.

–Amar también es ponerse en el lugar del otro ¿Por qué nos cuesta hacerlo?

–Sí, nos cuesta, y hay muchas cosas que todavía no entendemos. Por ejemplo, no entendemos la pobreza. Una vez yo iba manejando el auto y veo a un chico descalzo, helado, que iba caminando. Ahí nomás me bajo y lo reto. Le digo: “¿Cómo estás descalzo?”. Encima de todos los problemas que tenía el chico, viene alguien y lo reta. Me miró como aterrado y le dije: “Yo soy médico, te tengo que cuidar”. Le pregunté por qué no tenía zapatos y me explicó que estaba esperando que viniera su hermano de la escuela y le diera los zapatos para ponérselos él y poder ir a clases. Un para de zapatos… ¡por favor! Y después nos preguntamos qué pasa con el bien común, dónde está, para qué sirve. ¿Acá dónde está? Por un par de zapatos, pobrecito, andaba helado y, encima, nosotros no lo entendemos. –Ayúdenos a entenderlo. –El principal problema es que nosotros creemos que la gente pobre es como nosotros, pero que no tiene plata. Y no es así. El pobre es pobre en alimentación, en educación, en familia, en amigos, en entusiasmo, en sueños; es pobre en ideales, en experiencia… ¡Y encima no tiene plata! La gente pobre tiene una tristeza…

–¿Cómo hacen para ayudarlos a recuperar el entusiasmo?

–Mire, cuando un padre o una madre empieza a venir al centro, le pregunto: “¿Qué quiere para su hijo?”. “Que coma, doctor”, me contestan. Y después, cuando pasa el tiempo y comienzan a recuperarse, cuando los chicos se alimentan y crecen, cuando están estimulados y mejoran, les vuelvo a preguntar: “¿Qué quiere para su hijo?”. Ellos me contestan: “Que sea un hombre bueno, o una mujer buena, una persona recta…”. Los principios morales, el entusiasmo, las ganas aparecen cuando uno pudo satisfacer las necesidades básicas.

–¿Tiene esperanzas de que la situación cambie en este siglo?

–Hay que volver a algunas cosas. El siglo XIX fue el de la industrialización; el siglo XX fue, si se quiere, el de los derechos humanos, y el siglo XXI tiene que ser el del retorno a la espiritualidad. Nosotros somos cuerpo y alma; si no, yo sería veterinario (risas). El hombre tiene que volver a la espiritualidad, a la moral y a las buenas costumbres; volver a respetar lo grande, lo noble, lo digno, lo absoluto porque, si no, vamos mal. Tenemos que ser humanos con la gente y “dolernos con el que sufre”, condolernos; tener compasión, que es “pasión con”. El dolor del otro nos tiene que afectar.

–¿De qué manera se puede volver a esos valores?

–Uno se pregunta cómo es posible que estemos tan distanciados, tan separados, tan mal. No puede ser; tenemos que reflexionar y darnos cuenta de que acá estamos para algo mucho más grande, mucho más bueno, mucho más generoso, y podemos construir una gran nación si entre todos colaboramos, si los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales y la comunidad toda trabajamos juntos. La patria está enferma, la madre está enferma, y todos sus hijos debemos estar con ella. Cuando se enferma la mamá, ¿dónde deben estar los hijos si no es al lado de la madre, cuidándola, protegiéndola? Así tenemos que estar con nuestra patria, que está enferma, que está mal.

–Hablando de madre, ¿qué lugar ocupa la mujer en el tejido social?

–La mujer es el palo mayor del barco, el sostén; “es el divino pedestal en donde se alza el árbol enamorado del hombre”, dice un poeta norteño. En realidad, eso de que si usted quiere voltear a una sociedad tiene que atacar a la mujer, es perfecto. Es así; si yo idiotizo a la mujer, idiotizo a todos. Además, la madre es el puntal, el pilar de la sociedad. Yo lo veo en el consultorio; los chicos dicen: “Mamá, me traes”, “Mamá, ¿cómo era?”… Aunque sean chicos más grandes, la madre es muy importante, y ellos están siempre buscando a la mamá. Hay un proverbio judío que dice que como Dios quería estar en todos lados, hizo a las madres. (Risas). ¡Es genial!

 

Atención integral

Conin trabaja con un modelo que busca la atención integral de los chicos y sus familias a través de la prevención y el tratamiento de la desnutrición infantil. En los centros se recibe a las madres y a sus hijos, se los ayuda con algunos alimentos y se les hacen revisaciones médicas periódicas a los chicos. Además, tienen guarderías donde las maestras estimulan a los chicos a través de juegos y hablan con las madres para ayudarlas a conectarse con ellos. Las mujeres participan de talleres para aprender a coser, a tejer o a hacer algunas otras actividades que les permitan encontrar alguna salida laboral. Además, van a charlas con médicos, psicólogos o docentes que les enseñan cómo cuidar y educar a sus hijos, y pueden comprar ropa a muy bajo costo (dos o cinco pesos) en el roperito de Conin.

Los centros de tratamiento, pensados para atender a los niños desnutridos graves, están armados como una casa con varios cuartos y salas de juego donde los chicos que tienen bajo peso se quedan a vivir con sus madres hasta que estén en condiciones de volver a su casa. Cientos de chicos pasaron por estos centros durante los dieciséis años que Conin lleva trabajando para reducir la desnutrición infantil. Abel Albino valora muchísimo este trabajo, pero sabe que se enfrentan a un problema que afecta a muchísimos argentinos: “El 40% de nuestra población está por debajo de la línea de la pobreza; tenemos cerca de 18 millones de habitantes que no comen bien. En un país que produce alimentos para 400 millones de habitantes, no podemos mantener a 35 millones. ¿A qué estamos jugando?”.

–¿Qué pasa si un chico no se alimenta bien durante el primer año de vida?

–Pone en riesgo su sistema nervioso central, que se desarrolla durante ese primer año. El cerebro es el órgano que más rápidamente crece: pesa 35 gramos al nacer –el equivalente a seis monedas de un peso– y alcanza los 900 gramos a los 14 meses. Es decir que cuando el chico empieza a caminar, entre los 12 y 14 meses, su cerebro pesa casi un kilo: el 80% del peso del cerebro del adulto, que es de 1200 gramos. O sea que de seis monedas aumenta a 150 monedas en 14 meses. Y cuando es adulto, llega a 200 monedas. Si el chico está bien alimentado, el cerebro se cablea, emite millones de cables que interconectan las neuronas. Si no se alimenta bien, no se cablea, ese espacio es ocupado por líquido encefalorraquídeo y ya no hay vuelta atrás.

–¿Cómo reacciona un cerebro que no se cableó bien?

–Un chico que cableó su cerebro puede estudiar, aprender, sentirse motivado por distintas cosas, avanzar; uno que no lo cableó como corresponde no puede. Es lo que denominamos “debilidad mental del desnutrido”, producto de un cerebro que no se cableó, y es la única debilidad mental que se puede prevenir. ¿Cómo? Evitando la desnutrición infantil. Por eso trabajamos.

 

*nació en Buenos Aires, porque estaban allí por el trabajo de su padre, pero es de Mendoza. Estudió Medicina en Tucumán, Pediatría en Chile y se doctoró en la Universidad de Cuyo. Tiene 64 años, es viudo y padre de cinco hijas mujeres, de entre 27 y 18 años.

ETIQUETAS caridad mujeres valores

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