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20 julio, 2010 | Por

Si el río suena… piedras trae


Los celos no siempre son infundados. Cuando la intuición de que algo no anda bien es fuerte, seguramente hay una grieta en la pareja.

Hay parejas que consideran a los celos como algo lejano y otras que los tienen por una angustiosa enfermedad del vínculo, que carcome en el día a día sin dar tregua, al punto de que se torna un tema de violencia amenazante.

El miedo al dolor que produce la pérdida es el fundamento principal de los celos. Claro, debemos decir que, aun con ese temor, no siempre las personas derivan en celosas, aunque siempre las personas celosas tienen ese miedo a la pérdida clavado dentro de sí.

Los celosos creen que es el control y no el amor lo que une a la pareja. Generan atmósferas de asfixia por su afán de dominar las cosas, aun las más triviales, para sentir que no perderán aquello que podría írseles de las manos si se distrajeran.

Los celosos crónicos apuestan a la seguridad, ya que no pueden sentir confianza. Vale aclarar que la seguridad apunta a prevenir hechos negativos que puedan ocurrir, mientras que la confianza promueve que ocurran cosas positivas, ya que crean un clima más generoso. Confianza no es ceguera, es una actitud generadora pero no zonza, no niega la realidad, sino que la transforma desde una perspectiva que permite ver lo que hay que ver, hacer lo que hay que hacer, pero pensando que la vida ofrece recursos, no sólo amenazas.

El discurso aparentemente irrefutable del temor crónico dice que siempre es posible que algo ande mal y nos tome por sorpresa, ¿quién puede decir que no es así? Sin embargo, ese tipo de abordaje de la cuestión, centrado en “lo malo que puede pasar”, socava el ánimo y, sobre todo, impide que pongamos la mirada en el corazón del asunto: aquello que permite que aparezca el tercero en discordia, real o imaginado.

Se dice que “el tercero entra en la brecha”, y la brecha de cualquier relación tiene que ver con la desvitalización de los vínculos, la lejanía emocional y el descansar en la “foto perfecta” de la relación y no en la verdad viva del vínculo. Esa desvitalización propicia que los “pájaros negros de la mente” se adueñen de la escena, llegando a veces a situaciones sumamente graves o dolorosas.

No se trata de negar que hay infieles, mentirosos, abandonadores y personas que viven una doble vida sin demasiados problemas (en esos casos, en general, las parejas de ellos eligen no ver). A veces, la incertidumbre generada por repentinas conductas extrañas propicia un afán de averiguar, entrar transgresoramente en la casilla de mails del otro, mirar su celular, apabullar con cuestionamientos… son los celos disparados en quienes habitualmente no son celosos, pero creen percibir algo que antes no estaba allí.

Podríamos decir que los celos que aparecen en esas circunstancias son generadores de oportunidad para abrir canales de diálogo y acercamiento. En tono amable o en términos de apasionado blanqueo y balance del vínculo (no siempre todo se arrega en un clima cool), esos celos, cuando son la puerta a otra cosa y no un fin en sí mismos, ayudan a que se abran verdades vivificantes para la pareja.

En un clima de cercanía, es más difícil que los celos hagan lo suyo, ya que la cercanía emocional ahuyenta el temor. Los celos son un motivo para sincerar el estado de cosas y reinsertar dentro del circuito de la pareja las emociones que a veces se dispersan por otros lados. Bien vistos, habilitan a tomar conciencia de que la falta de garantías absolutas no es una tragedia, sino una oportunidad para mantener viva la relación, no sólo con la pareja, sino con uno mismo.

ETIQUETAS celos pareja Vínculos

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