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Sociedad

14 septiembre, 2021 | Por

Ser o no ser madres, esa es la cuestión

Hasta hace un tiempo, las mujeres teníamos hijos como un hecho natural y sin discusión. Y las no madres reportaban impedimentos físicos o malas jugadas del destino; pocas veces una elección manifiesta. Se hablaba de “instinto” y el mandato era fuerte. ¿Cómo cambió nuestra idea de la maternidad?


No fue al azar, la gata eligió el mejor sillón de casa para parir. Ya la veíamos ir y venir con el abdomen abultado, pero a mis 5 años pensé que estaba gorda, nomás. Creo que ni respiré al ver –absorta, maravillada– cómo salían las ocho crías de su cuerpo. Fue entonces cuando la verdad de la vida me fue revelada, aquella tarde en que me sentí la poseedora de una luz mágica. Imposible olvidarlo: la huella del alumbramiento quedó estampada en el sillón con una mancha que los limpiadores más abrasivos no pudieron borrar. Y yo, mientras crecía, fantaseaba con que algún día también iba a llenarme de hijos así, tan naturalmente.

Con el tiempo, sin embargo, la maternidad fue cubriéndose con un halo de misterio. ¿Cuándo y cómo se suponía que yo iba a tener, al menos, un bebé? Alumna prolija de los dictados culturales para una chica de clase media, me cuidé, elegí una carrera, conseguí trabajo, seguí cuidándome y por último, con una pareja estable, retomé aquel antiguo y entrañable deseo. A mis 34, llegó el momento de abrazar a mi hijo. Pero aun cuando, en el ínterin de una búsqueda de meses, un especialista enojado de ver mujeres postergando su maternidad me dijo: “¡Esperan y esperan y después vienen acá a llorar!”, solo atiné a recordar la liviandad puérpera de aquella gata de mi infancia. Y fue entonces cuando reforcé mi propio compromiso, tan íntimo como personal, aunque convencida de que nada iba a ser tan fácil como yo lo imaginaba. 

Una madre se construye

Dice Luisina (abogada, 42 años) que siempre quiso tener hijos. Pero cuando con su pareja ya fantaseaba con el embarazo y una licencia completa, llegaron los ataques de pánico; paradoja de ese viaje entre la búsqueda de vida y un miedo inexplicable a morir. Así, su deseo quedó en stand by por prescripción médica, y con el alta, un diagnóstico de esterilidad la tomó por asalto. Luego de varios tratamientos de fertilidad, llegaron Hada y León, sus mellizos fecundados in vitro. 

“Fueron muchos años de estar desconectada de mi cuerpo para crecer en mi carrera”, reflexiona ahora. Ella cree que eso le hizo temer a muchas cosas: a parir, a ser mala madre, a postergarse, a no poder quedar embarazada nunca jamás y también a pensar en la posibilidad de no querer realmente ser mamá. “Tuviera hijos o no, lo que en definitiva me preocupaba era qué pensarían otros de mí”, dispara y reconoce que, aunque siente que fue una gran decisión convertirse en madre, también añora aquella otra vida en la que podía hacer cosas que hoy siente vedadas.

“Para prosperar verdaderamente como mujeres, tenemos que invertir la programación que vive en nuestro cuerpo, esa que dice que las cosas que sentimos son una carga que hay que soportar. Tenemos que dejar de pensar en términos de controlarlos. Esa es una forma patriarcal de ver nuestros cuerpos”, dijo tiempo atrás la doctora norteamericana Christiane Northrup durante una entrevista con Sophia, y sus palabras quedaron grabadas en mí. Médica ginecóloga y obstetra, aprendió en carne propia que ser mujer y madre podía doler fuerte. “Cuando nació mi primera hija, en 1981, quise alimentarla solo con mi leche y al mismo tiempo continuar con mis sesenta o más horas de trabajo a la semana. Por intentar hacerlo enfermé de una mastitis grave que al final fue causa de que me dejara de funcionar la mama derecha”, cuenta en su libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer (Urano), un manual de medicina y de vida para todas esas mujeres que busquen hacer caso al propio cuerpo, en este mundo donde muchas veces la feminidad queda relegada en pos de crecer en un mundo diseñado a través de mandatos.

A Lucrecia (cocinera, 28 años, mamá de Azucena, de 4, y Gaspar, de 2), los embarazos le llegaron sin demora, pero igual fueron “un tema”. “Cuando nació mi segundo hijo me sentí desbordada y llegué a preguntarme si no me había apurado en agrandar la familia. ¡Mi vida ya estaba organizada y de repente todo era un caos!”, dice, y cuenta que “por vivir una maternidad más plena”, dejó su trabajo en la cocina de un restaurante para ganar flexibilidad y estar más cerca de sus chicos. Sin embargo, al poco tiempo se separó y todo se fue en picada: “Me costaba conectar con los nenes, estaba preocupada por mi economía y necesitaba mucho a mi mamá, pero ella vive lejos, en Bahía Blanca, y no podía dejar su trabajo para venir a Buenos Aires a ayudarme”, confiesa esta mujer que la “pelea”, como dice, mes a mes, criando sin red en esta gran ciudad y en medio de una pandemia.

“El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nosotros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radicalmente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos”.

Carolina del Olmo, autora de ¿Dónde está mi tribu?

De eso, entre otras cosas, trata el libro ¿Dónde está mi tribu? (Capital Intelectual), de la filósofa española Carolina del Olmo, quien se pregunta cuándo y cómo nos hemos quedado tan solos a la hora de criar. “El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nosotros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radicalmente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos”, escribe, poniendo de manifiesto que, en las sociedades que nos tocan vivir, aquellas redes de contención que ancestralmente supimos tejer las mujeres para compartir sabiduría se encuentran roídas en su fibra más íntima: la solidaridad y el encuentro. “De la gente que conozco, muy pocos han podido disfrutar de un entorno cooperativo para criar a sus hijos”, cuestiona.

Decía Sófocles: “El que es bueno en familia es también buen ciudadano”, y a pesar de estar siempre vinculado a valores como el amor, el cuidado, la educación y la solidaridad, el núcleo familiar también hizo visible el costado más oscuro de la cultura patriarcal. Hombres que poseían esposas e hijos como mercancía. Mujeres que debían hacerse cargo de los hijos como un deber en la más completa soledad. Hoy, esa unidad básica que sigue siendo la familia encuentra en algunos países logros fundamentales: licencias mixtas y extendidas para que los padres decidan quién de los dos puede y quiere quedarse en casa con los hijos (Islandia, Noruega, Dinamarca); subsidios a los abuelos que quieran cuidar de sus nietos (Australia y Hungría); recortes en los impuestos y en las tasas de interés de créditos bancarios a los jóvenes que prefieran no emigrar a los grandes conglomerados urbanos, para trabajar en sus pueblos, cerca de sus familias –o tribus, si se prefiere–, ayudando al cuidado de niños y mayores (Singapur). “Siempre debe existir una cultura que lo haga posible. En Japón, por ejemplo, el padre tiene beneficios laborales cuando nace su hijo, pero pocos hacen uso de ellos porque socialmente no está bien visto. Es importante lograr que las generaciones y los géneros se encuentren. Si las familias garantizan el cuidado de sus niños y ancianos, y los hombres acompañan a las mujeres en esta tarea, los objetivos de desarrollo serán posibles”, dice la coordinadora del Programa de Familia de la ONU, Renata Kaczmarska. 

Tener hijos como un “tema”

El gran cambio cultural

Por Graciela Moreschi (*)

La vida de la mujer ha cambiado mucho en las últimas décadas: de ser considerada la maternidad su función principal y su única manera de “realizarse”, pasó a ser muy importante, entre otras. Hoy, afortunadamente, puede alcanzar la plenitud con o sin maternidad. No obstante, el mandato sigue existiendo y hay que decidir si se quiere o no emprender el camino. Muchas, incluso, recorren otros senderos, pero cuando el reloj biológico está por dar el gong, entran en crisis y buscan salidas para concretar ese deseo, aun sin una pareja. Aquí se abre otra encrucijada: al haber tantas opciones, aparecen los conflictos. Hoy se puede ser madre de distintas maneras; antes el camino era uno solo: una mujer se casaba y tenía un hijo, o quedaba para “vestir santos”.
Por eso, ante el hecho de poder elegir, aparecen los temores. Es que la maternidad es algo definitivo, que cambia la vida para siempre. En un mundo donde muchos se comprometen cada vez menos y todo parece descartable, un hijo representa lo permanente y eso pesa.
Hoy no queda más “remedio” que decidir si se desea realmente tener un hijo, y luego pensar cuándo y cómo tenerlo. Pero la maternidad no es solo parir: se pueden tener cualidades contenedoras, afectivas y una mirada flexible en cualquier orden de la vida. Y si bien estas características fueron desarrolladas por el género femenino a través de la maternidad, está en nuestros genes, en nuestro cerebro, en nuestra manera de percibir, elaborar y actuar la vida. Por eso, no importa si hay o no hijos: somos mujeres con o sin ellos y siempre podemos (si ponemos en valor lo femenino sin masculinizarnos) desplegar toda nuestra creatividad y empatía.

(*) Médica psiquiatra

Aunque la situación actual alteró las tasas de natalidad, que decreció notablemente en el último año, en el mundo los nacimientos se calculan en una cifra aproximada que supera los 95 millones de niños al año. En ese marco, varias organizaciones denuncian el impacto ambiental de la maternidad y aconsejan no parir, tener solo un hijo o, idealmente, adoptar. Tal es el caso de la comunidad Non-Parents o el movimiento Childfree, militantes de la filosofía antinatalidad. Así, los GINK llaman a no procrear en este planeta superpoblado, mientras que los DINK prefieren no tener hijos para disfrutar de vida en pareja, las salidas, los viajes y las carreras exitosas.

Lo cierto es que el tema está en boga y en el libro de ensayos Selfish, Shallow and Self-Absorbed (“Egoísta, superficial y ensimismado”), dieciséis escritores norteamericanos explican por qué no tienen hijos. “Me habrían robado buena parte del tiempo que necesito para escribir libros, o este tipo de cosas”, firma Lionel Shriver. Y en la revista argentina La mujer de mi vida, una tapa con el título “¿Hace falta tener hijos?” juntó hace tiempo para el mismo debate a créditos locales como la periodista Mariana Enríquez, quien a través de su ensayo titulado “Yerma” (en alusión a la obra de Federico García Lorca, donde una mujer se enoja consigo misma por no lograr cumplir la demanda social de ser madre y termina asesinando a su marido) responde que no hace falta parir para ser feliz. “Quieren verme a los cincuenta, desesperada, llorando, sola, con un gato como única compañía, lamentando mi arrogancia. Gimiendo por no haber aprovechado la maravilla creadora de mi cuerpo. No sucederá”, dispara.

En 1949, Simone de Beauvoir trazó, a través de su libro El segundo sexo, una línea divisoria entre la maternidad como único destino posible para la mujer y la opción de ser mujer más allá de tener o no hijos. Lo cierto es que son muchas las mujeres que dicen “no” –por diversas razones– a un hecho tan trascendental como ser madres. En el mundo, la cifra crece día a día: según el Pew Research Center, en la generación nacida en Europa durante los setenta decreció la natalidad entre un 20 y un 40%. “Ahora hay veces en las que un poco me arrepiento –dice Laura, mi masajista, cuyas dulces manos se dedican a aliviar las contracturas profesionales y maternales de las demás–. Es que en su momento el bebé no llegó, mi marido no quiso hacer tratamientos de fertilidad y la verdad es que yo no insistí… Pero igual tenemos una vida hermosa juntos, de mucha unión. En cambio, tengo amigas con hijos que se quejan todo el día porque están desbordadas, otras que se separaron y también están las que se quedaron con un marido con el que ya no se llevan solo por los nenes, qué feo eso, ¿no?”, medita mientras me estira suavemente el cuello.

Lo cierto es que madres y no madres se enfrentan muchas veces en guerras silenciosas llenas de moralidad y prejuicios. “¿Por qué una mujer no tiene hijos? ¿Es porque no quiere o porque no puede? Esa es siempre una pregunta que se da en el contexto de las relaciones entre mujeres y no tanto entre varones, porque –aunque el enfoque está cambiando poco a poco– todavía se considera que la procreación es un tema femenino. Si no pudo, en el imaginario será considerada una persona infértil y merecedora de lástima. Si no quiere, habrá quienes la consideren egoísta, incluso amenazante”, reflexiona la psicóloga Liliana Suárez, quien además remarca un hecho fundamental de la maternidad: “Se trata de dejarse modificar por un otro: un hijo nos cambia para siempre y nos obliga a madurar, a reconocer en ellos maestros de vida y pequeños jueces que nos ponen delante de nuestras propias flaquezas, con el desafío de crecer como seres humanos y nutrirnos junto a ellos”.

“Se trata de dejarse modificar por un otro: un hijo nos cambia para siempre y nos obliga a madurar, a reconocer en ellos maestros de vida y pequeños jueces que nos ponen delante de nuestras propias flaquezas, con el desafío de crecer como seres humanos y nutrirnos con ellos”.

Liliana Suárez, psicóloga clínica. 

Erica Gies, no madre por decisión y periodista de The New York Times y The Guardian, entre otros medios, asegura: “Las personas actúan como si mi elección fuera peligrosamente subversiva. Familiares, amigos y extraños me han dicho que soy egoísta. Que lo lamentaré cuando sea vieja y no tenga a nadie para cuidar de mí. Que soy defectuosa o hipócrita… Pero las mujeres sin hijos biológicos podemos dar algo a la próxima generación. De hecho, me he convertido en madrastra de dos niños inteligentes y divertidos, hijos de mi pareja. Y es un papel esclarecedor, desafiante, que me impulsa a crecer con el esfuerzo de ser una influencia positiva en sus vidas”, reflexiona.

“A las mujeres se les imponen altas expectativas parentales. Su rendimiento en la maternidad juega un papel importante en si sus amigos, familiares y compañeros de trabajo las consideran (o no) mujeres de éxito. Por lo tanto, muchas mujeres sienten la necesidad de mantener altos niveles de maternidad. Más si es un área clave en sus vidas, porque les brinda estatus y la aprobación de los demás. Tenemos que ampliar el estatuto político de las mujeres, económica y socialmente, de tal manera que la maternidad no sea un marcador de identidad primaria”, explica Jill Javorsky, socióloga especialista en género de la Universidad de Ohio, Estados Unidos.

La maternidad y todo lo demás

Ese enorme deseo que no todas tenemos

A fines del año pasado, la periodista y escritora Luciana Mantero publicó el libro El deseo más grande del mundo (Paidós), donde recorre a través de su propia búsqueda (luego de un diagnóstico de menopausia precoz) historias de mujeres que desean con todas sus fuerzas convertirse en mamás. En un trayecto de intentos varios y algunos sueños truncos, encontró que se trata de un tema que ofrece distintas miradas posibles, pero que tiene un eje central. “En la maternidad y en la vida en general, la realidad se lleva puestos nuestros planes”, escribe.
Así, contar su experiencia e indagar en la vida de otras mujeres la llevó a darse cuenta de que “hoy desvalorizamos o damos por sentada la maternidad y la potencia que tiene en términos de nuestro proyecto de vida. Pero cuando no podemos tener hijos nos damos cuenta de cuánto los deseábamos”. Claro que no funciona igual en todos los casos: “No se trata de una regla, ni del único camino para realizarse o ser feliz”, asegura. Por eso, en cualquier caso, siempre propone volver a ser tribu. “Encontrarse con otras mujeres que estén viviendo o hayan
pasado por circunstancias similares ayuda muchísimo. Luego, no hay un único camino. Se trata de sacudirse prejuicios y mandatos primero en uno mismo, para encontrar la seguridad necesaria a la hora de decidir. Y esto va desde la decisión de aceptar o no la donación de un óvulo o espermatozoides, sola o en pareja, hasta la de no ser madre. Si la maternidad no llega y la deseamos profundamente, se pueden explorar vías alternativas. Pero también hay múltiples senderos para tener una vida fecunda y feliz”, concluye la autora.

Nadie puede negar que son imágenes fotogénicas: el vientre gestante en blanco y negro; la mamá sonriente viendo correr a sus hijos bajo un halo de luz del atardecer. Postales obligadas de consultorios médicos, publicaciones femeninas y publicidades varias. Aún así, la pregunta se impone: ¿Por qué tenemos hijos? Ese fue, justamente, el título del libro con el que el doctor Mario Sebastiani, médico obstetra del Hospital Italiano y profesor del Departamento de Tocoginecología (a quien le estaré eternamente agradecida por ayudarme, con enorme entrega y pericia, a parir a mi propio hijo), invitó a un debate honesto en torno al provocativo acto de cuestionar la maternidad.

“Sabía que iba en contra del pensamiento políticamente correcto. Pero la intención era sacar al tema de su área de confort. He convivido con la improvisación a la hora de tener hijos, con la desesperación de encontrar un embarazo, con hijos para emparchar matrimonios en retirada o vueltos a juntar, con adolescentes embarazadas, con hijos para contentar a un marido. Pero no siempre he visto el amor”, señala Sebastiani, cuyo propósito es desenmascarar prácticas que suelen verse, dice, bastante por ahí: “Copiarse de los amigos que empiezan a tener hijos, dejar herencias, cumplir con el mandato bíblico o con la fantasía de ir con un hijo a la cancha; tenerlo para donar médula a un hermano, o porque el reloj biológico lo impone o se tiene miedo a la soledad”, enumera.

En el foro de Internet En Femenino, uno de los más importantes de habla hispana, las mujeres se unen virtualmente para encontrar consejos y hacer catarsis sobre temas varios. Y aunque el debate de si tener o no hijos salió del clóset con toda la fuerza de su polémica a cuestas, las conversaciones más convocantes del sitio siguen siendo las tradicionales “Embarazo”, “Fertilidad” y “Deseo de tener un hijo”.

En ese marco, Sebastiani considera que hoy lo que importa es pensar a los hijos en el marco de la dialéctica: “La historia muestra que hace doscientos años no se hablaba del valor de la juventud ni existía un elogio de la infancia. De hecho, el abandono y el infanticidio eran prácticas habituales. Todo esto tiene como objetivo alertar, a los efectos de que cada embarazo y cada nacimiento se transformen en un acto de responsabilidad. Tener un hijo no es un destino biológico sino una aventura psicológica, física intelectual y moral a corto, mediano y largo plazo. A la felicidad, eso sí, no la podemos garantizar”.

Claro que no es fácil: la maternidad se trata de cuidar de otros, de amplificar nuestros miedos y tareas, de conciliar la vida familiar y el trabajo, de aprender a pedir ayuda y sentir que quizá no estamos yendo por el camino correcto. Pero también (si la elegimos realmente) será llegar a casa y saber que, en el contacto con nuestros hijos, nos aguarda un vínculo mágico y profundo. En definitiva, seamos madres o no, se trata de afrontar el enorme desafío de ser mujeres con valentía, con compromiso con responsabilidad y con amor, mucho amor.

“Tener un hijo no es un destino biológico sino una aventura psicológica, física intelectual y moral a corto, mediano y largo plazo. A la felicidad, eso sí, no la podemos garantizar”.

Mario Sebastiani, médico ginecólogo y obstetra. 

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