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Sociedad

30 mayo, 2022

“Sané este suelo y este suelo me sanó a mí”

Varios duelos, una crisis existencial, no encontrarle sentido a la vida. Esta es la historia de Beatriz Zemunich, una mujer que halló su destino y su pasión en una chacra al norte de Misiones.


A la izquierda y al abrazo de lo que produce en su tierra está Beatriz, la protagonista de esta nota.

Por Lola López

“Yo necesito del Universo y él me necesita a mí; estar conectada con la naturaleza también te hace mirar a tu interior, escuchar a tu voz interior y sentir el soplo divino en cada uno de nosotros”.

Así concluye esta entrevista. Pero decidimos comenzarla con esta frase porque es el inicio, la esencia de todas las cosas que hemos hablado con Beatriz Zemunich (51), agricultora agroecológica de origen polaco de la chacra “Biodiversidad,” ubicada en Puerto Wanda, Misiones, a pocos kilómetros de las Cataratas del Iguazú y muy cerca de la selva.

“Lo que me cambió, lo que me hizo comprender todo esto es la visión mbya guaraní* del mundo: ellos te hacen ver y sentir que somos energía, que somos parte de un universo, por eso la agricultura tiene que ser de respeto mutuo entre humanos, animales, plantas, suelo… todo debe funcionar en armonía”, agrega. 

Beatriz cuenta que hace 20 años que vive en esta chacra de dos hectáreas donde produce frutas, verduras, plantas medicinales y flores, y remarca que otra de las tantas cosas que le dio este lugar y el hecho de hacer producir la tierra, fue el propio arraigo, ya que antes de vivir aquí se mudaba cada cuatro años: “Siempre por acá cerca, pero me cambiaba mucho de casa, como un ave que no encuentra su espacio, hasta que por fin encontré mi lugar”.

Pero ese encontrar su lugar no fue un camino de rosas. Lo primero que le dijeron todos cuando contó su idea de mudarse a una chacra fue: “Estás loca”. Incluso Ramón, su marido, le advirtió: “Mirá que yo trabajo todo el día y vos estás sola con los chicos, ¿cómo vas a hacer? Pero bueno, si te animás, dale para adelante”, al final concedió. A todo este descreimiento, Beatriz le sumaba un dolor muy profundo, ya que en pocos meses había perdido un hijo, una hermana, dos hermanos y, de un día para el otro, hasta tuvo que enfrentar el suicidio de su padre.

¿Cómo hiciste con todo?

—Tuve una crisis existencial muy fuerte, no entendía el sentido de la vida. Justo en ese momento arrancaba con la chacra y la verdad es que no sabía nada de producción. Para colmo, era un terreno muy deteriorado, la tierra estaba muy maltratada porque se había cultivado yerba y mandioca con muchos químicos.

¿Pediste ayuda?

—Yo era bastante timidona, pero un día me animé a pedir ayuda a la gente del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) y al cabo de una semana vinieron a la chacra dos técnicas con bolsitas de semillas… pero me propusieron trabajar como promotora del programa Prohuerta y yo me acuerdo que les dije: “Pero yo busco que me ayuden a mí, yo no puedo ayudar si no sé nada”. Y la respuesta fue que esa era la idea: que me iban a capacitar y que a la vez yo debía difundir toda la información que fuera adquiriendo. 

«Tuve una crisis existencial muy fuerte, no entendía el sentido de la vida. Justo en ese momento arrancaba con la chacra y la verdad es que no sabía nada de producción. Para colmo, era un terreno muy deteriorado, la tierra estaba muy maltratada porque se había cultivado yerba y mandioca con muchos químicos».

Y lo cierto es que la idea funcionó de maravillas ya que hoy Beatriz no solo sigue siendo promotora, sino que asesora a 160 huerteros, es representante de los productores agroecológicos de Misiones, es “guardiana” de semillas y asegura que toda la gente que se va sumando le cuenta que experimenta una mejora en su calidad de vida, ya que gracias a la verdura que producen se alimentan mejor y se motoriza la economía familiar. “Esto es contagioso, es un eslabón de mejora comunitaria, la gente quiere aprender y yo estoy disponible para ayudar y resolver problemas; hemos creado una familia grande”. 

En Puerto Wanda, Misiones, se encuentra la chacra «Biodiversidad», donde trabaja y asesora a otros huerteros.

El desafío de crecer en consonancia con el entorno

Bea hace hincapié en el apoyo que recibió por parte del INTA y destaca, especialmente, a una de las técnicas que la capacitó, una mujer de origen mbya guaraní que le abrió los ojos a otra forma de ver el mundo: “Ella es una mujer sabia. Con ella aprendí a trabajar la tierra con respeto hacia todos los seres, empecé a sanar el suelo y al ver que mi suelo producía más, yo también tenía más ganas de vivir. Ahí comprendí que nos íbamos sanando juntos. Hoy miro hacia atrás y es increíble lo que me ha dado la chacra”.

¿Desde el inicio te decidiste por la agroecología?

—Sí, porque hay que considerar al suelo como un ser vivo, no se puede seguir tirando veneno. Acá trabajamos la tierra con abonos naturales, como una mezcla de estiércol de vaca y cenizas más humus del monte, hacemos labranzas mínimas (nada de arado) para no lastimar la tierra y plantamos árboles para que las raíces muevan el suelo y las mismas hojas sean abono. Cuando yo llegué acá había solo dos árboles y ahora hay más de cien. Dentro de la chacra tengo todo lo que necesito, no necesito comprar insumos, hasta las semillas tengo.

¿Qué producís hoy?

—En estas dos hectáreas tengo un vivero de plantas ornamentales, mandioca, maíz, zapallo, pepino, melón, sandía, porotos, maní, caña dulce, muchos frutales y la huerta, con verduras. Además hay muchas plantas nativas, o sea que son de acá, como guavira, pitanga, jabuticaba, ubajay y otras. Estoy a 56 km de Puerto Iguazú y a tres cuadras de las minas de piedras preciosas de Wanda. También hago rescate de orquídeas nativas y me interesan mucho las plantas medicinales, con las que elaboro tinturas madres y repelentes. Con las otras cosas que producimos hago mermeladas y conservas, y ya tengo mi clientela fija. Me gusta mucho la vida en la chacra porque no todos los días tengo la misma actividad, depende del clima y de los momentos.

Las mermeladas caseras y agroecológicas que prepara a partir de lo que ofrecen los frutales de su tierra.

«La gente valora que mi mercadería sea agroecológica y ya hay quienes no quieren comprar más mermeladas de supermercado. También hago reciclado de frascos, así es más eficiente y barato, y a todos nos ayuda: la agroecología genera lazos de cuidado y de confianza».

Desde aquel momento de comprar la chacra hasta hoy han pasado veinte años y muchas cosas. Además de los cambios personales y productivos, Bea cuenta que también cambió la relación con Ramón (con quien comparte la vida desde que tiene catorce años), ya que si bien al principio —aun cuando las cosas ya funcionaban bien— era reticente a esto de producir sin usar químicos, ahora es un gran defensor de la agroecología. 

“Las personas, sobre todo varones, que están acostumbrados a usar químicos y pasan un herbicida en vez de limpiar el suelo, esto no lo entienden, no les interesa —explica—. A mi marido, por ejemplo, cuando se jubiló, le costaba mucho entender en profundidad lo que yo hacía, porque le parecía todo muy raro. Pero cuando se empezó a sumar a los recorridos explicativos que hago con los turistas en la chacra, se fue metiendo en el tema y hoy está convencido y hacemos muchas cosas juntos. La gente valora muchísimo que mi mercadería sea agroecológica y ya hay quienes no quieren comprar más mermeladas de supermercado. También hago reciclado de frascos, así es más eficiente y barato, y a todos nos ayuda: la agroecología genera lazos de cuidado y de confianza”. 

Y tal es así que otra de las iniciativas de Bea tiene que ver con la salud y el emprendedurismo: entregó plantas medicinales en consignación a mujeres de la zona y ya hay varias que tienen su emprendimiento y contribuyen, como ella, a valorar la naturaleza.  

Bea recibiendo el premio Lía Encalada por aporte a la comunidad en el rubro Agroecología.

“Nací en el monte, con padres agricultores y vecinos que estaban muy lejos; mi padre era muy montaraz, muy retraído y yo era tímida y sumisa —recuerda—. Todo este proceso me ha permitido convertirme en una mujer empoderada, que sabe lo que quiere y que ama lo que hace”. Esta pasión por producir en armonía con la naturaleza se tradujo el año pasado en ser elegida para recibir, en el rubro Agroecología, el premio Lía Encalada, que lleva ese nombre como homenaje a la primera mujer en recibirse de ingeniera agrónoma en la UBA, en 1927. “¿Quién me hubiera dicho que yo, una mujer común, y desde una chacrita en Misiones, iba a recibir un reconocimiento así?”, se enorgullece Bea. 

¿Cómo seguís ahora?

Haciendo esto que me apasiona y en lo que creo. Me da mucha risa cuando, a veces, esas personas que me decían que estaba loca por venirme a vivir a una chacra pasan a visitarme y comentan: “Pero qué bien que estás, quién lo hubiera dicho. ¿Cómo hacés?”. Y la verdad es que es bastante simple: hago las cosas con amor incondicional, dando con alegría y sin esperar, pero no porque no haya que “esperar”, sino porque no hace falta, ya que cuando uno hace las cosas de corazón, todo fluye con naturalidad.  Esta chacra es mi mundo y aquí  yo encontré el sentido a la vida: veo a Dios en cada cosa que me rodea». 

*Fracción del pueblo guaraní que habita en Paraguay, sur de Brasil y en la provincia de Misiones, en Argentina.

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