Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

23 noviembre, 2021

Sabiduría garantizada

¿Qué significa ser con otros y qué podemos aprender de ese ejercicio compartido que nutre y da sentido a nuestra aventura existencial? Palabras que son un bálsamo para atravesar y explorar nuestros días.


Foto: Pexels.

Por Sergio Sinay

La sabiduría no viene dada. Se adquiere en el tiempo, a través de las experiencias que se viven y de cómo se las explora y se las lleva al plano de la conciencia. Como el amor, como la empatía, como la sinceridad, la honestidad o la confianza, se manifiesta y se despliega ante la presencia del otro. No se puede guardar para uso personal, sólo existe en el mundo, en las relaciones, en el contacto. De lo contrario es simplemente egoísmo. Lo que somos, lo que sabemos, los dones que disponemos solo pueden manifestarse en la alteridad.

“Sólo se puede ser siendo con otros”, dice el doctor Luis Chiozza en su reciente libro Lo que nos hace la vida que hacemos. Verdad irrefutable que habitualmente suele escaparse, como si no necesitara ser ratificada en la vida de cada día. El simple hecho de que al nacer se nos dé un nombre es el reflejo de esa verdad. ¿Qué se nos dice al darnos un nombre? ¿Qué le decimos a quien recibimos con un nombre? Se nos dice y decimos que la vida transcurre entre otros, que entre ellos se adquiere identidad y un lugar propio en el mundo. Cada vez que alguien pronuncie ese nombre, que nos llame o nos recuerde a través de él, nos estará diciendo que existimos. Necesitamos de la voz de otro que pronuncie ese nombre, de una mano que lo escriba, de una memoria que lo recuerde para certificar nuestra presencia. Si naciéramos de un repollo y viviéramos en una isla desierta de humanos, sin cruzarnos con un semejante en toda nuestra vida, no necesitaríamos un nombre, pero tampoco sabríamos quiénes somos. Como dice Chiozza: “Lo que considero mi alma (que percibe, piensa, siente, quiere y hace) es solo un reflejo consciente y parcial de esa vida completa que se desarrolla en el imprescindible contacto de mi convivir con otros”.

Páginas balsámicas

Todo el libro, compuesto por 81 capítulos que nunca sobrepasan las dos páginas de extensión, es un collar de perlas de sabiduría. Chiozza, médico y psicoanalista, es una eminencia en medicina psicosomática, la disciplina que estudia y asiste a las personas como seres en los cuales cuerpo, mente y alma están integrados y son manifestaciones de una unidad indisociable. Reconocido con el premio Konex en 1996, además de galardones internacionales, en cada uno de su casi treintena de libros sobran las páginas deslumbrantes por la claridad de la prosa, la lucidez de los conceptos y la luminosidad conque permite observar nuevas perspectivas sobre los fenómenos de la vida y de las relaciones cotidianas. Hay una afable naturalidad en su estilo, que trasunta un enorme respeto por los misterios de lo humano a pesar de lo mucho que Chiozza ha aprendido y sabe sobre ellos. Eso permite que su sabiduría se transmita sin soberbia, podría decirse que con afecto hacia su receptor, se trate de un oyente o un lector.

“¿Qué se nos dice al darnos un nombre? ¿Qué le decimos a quien recibimos con un nombre? Se nos dice y decimos que la vida transcurre entre otros, que entre ellos se adquiere identidad y un lugar propio en el mundo. Cada vez que alguien pronuncie ese nombre, que nos llame o nos recuerde a través de él, nos estará diciendo que existimos. Necesitamos de la voz de otro que pronuncie ese nombre, de una mano que lo escriba, de una memoria que lo recuerde para certificar nuestra presencia”.

Lo que nos hace la vida que hacemos es un verdadero oasis, un bálsamo para el alma que viene atravesando el arduo y extenso desierto de este tiempo de pandemias, de miedo (legítimo o inducido por un manejo terrorista e irresponsable de la información, tanto por comunicadores como por expertos), de grietas y desencuentros. El libro fue escrito al compás de las experiencias vividas y compartidas en los casi dos años últimos. De hecho, su subtítulo es Apuntes de todos los días. Sus textos nacieron de la necesidad, como afirma el autor, de sortear “el alejamiento afectivo de todas las personas (amigos, parientes, compañeros en el trabajo o en el deporte) que no pertenecen al ámbito reducido de la familia nuclear”. Y de ahí se extendieron a Instagram que, confiesa Chiozza, “para mí ha constituido un descubrimiento tan imprevisto como gratificante (…) un espacio fraterno en el cual uno puede descargar lo que cada día de este entorno subvertido le deja entre pecho y espalda”.

Eso lo dice un hombre que el pasado 5 de noviembre cumplió 91 años. A la luz de lo que transmiten sus palabras y sus escritos ninguno de esos años parece haber sido desperdiciado durante la misión de explorar, descubrir y plasmar el sentido de la propia vida y dejar huella en las vidas de otros. Varias de las obras anteriores de Chiozza dan cuenta de eso. Solo para nombrar algunas pueden mencionarse ¿Por qué enfermamos?, Cáncer, ¿por qué a mí, por qué ahora?, Las cosas de la vida: composiciones sobre lo que nos importa, Cuerpo, alma y espíritu, ¿Por qué nos equivocamos?, Tres edades de la vida, ¿Ser o no ser “como la gente”? y La peste en la colmena, este último un estudio extraordinario sobre el modo en que las redes sociales inciden en nuestra vida.

Luis Chiozza, reconocido por sus aportes profesionales y humanos a la investigación científica, y la tapa de su nuevo libro.

Lo bien vivido

Al doctor Chiozza nada de lo humano parece serle ajeno y, aunque suene redundante, eso lo define como miembro de una especie más necesaria que nunca en tiempos en que la locura, la soberbia y el fanatismo tecnológicos llevan a muchos a dar por hecho y a celebrar el “post humanismo”. Él es, y bienvenido sea, un humanista. Su visión como tal se despliega en este libro imprescindible. En sus páginas, Chiozza nos recuerda que el camino de la vida no es lineal y que en él habrá siempre un cierto grado de derrota. Que el mayor riesgo, en todas las edades, pero especialmente en la edad madura, no es el de morir, sino el de no vivir. Que a la vida no se le opone la muerte sino el vacío existencial. Que el sentido de la vida no consiste en evitar la muerte. Que en el afán de tener razón no debemos dejar de razonar. Que vivir es superar dificultades y dolores a los que no debemos considerar como injusticias. Que, como los estorninos (esos pequeños, fuertes y expertos voladores) nuestra tarea es reconocer nuestro lugar en la bandada que atraviesa el cielo. Que ninguna máquina remplazará o superará al ser humano porque ninguna puede sentir lo que el humano siente física, psíquica o espiritualmente. Que la impaciencia atenta contra el flujo natural de la vida. Que es inútil quedar estancados en el pasado, de espalda al futuro, porque la vida está adelante. Que lo imposible no debe distraernos de lo posible. Que no es lo mismo disculparse (sacarse la culpa) que pedir perdón (reconocer lo cometido). O, que no habitamos la vida, sino que es ella la que nos habita transitoriamente, por lo cual debemos honrarla.

Son apenas botones de muestra de lo que comparte con nosotros quien tiene una vida bien vivida. A lo largo de ella, Chiozza fue jugador de básquet (en Independiente), diseñador de palabras cruzadas, joven autor de textos sobre la vida submarina, médico de guardia durante varios años en el hospital Argerich. Hoy dirige el Centro Weizsaecker de Consulta Médica y el Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación que lleva su nombre, es miembro consultor de varias prestigiosas instituciones y publicaciones internacionales dedicadas a la medicina psicosomática y mantiene su pasión por las pipas (posee una extensa colección) y las maquetas de barcos.

Lo dicho, la sabiduría no viene hecha. Se adquiere en la vida, viviéndola. Y se comparte en páginas como las de Lo que nos hace la vida que hacemos. La de Luis Chiozza rememora el título de una hermosa película de la directora alemana Doris Dorrie: Sabiduría garantizada.

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