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Sustentabilidad

12 marzo, 2019

S.O.S abejas: ¿por qué están muriendo y cómo podemos salvarlas?

Las organizaciones ambientales denuncian la extinción de millones de ellas, lo que supone un riesgo mortal para todos: sin polinización no hay vida posible en nuestro planeta. Claves para comprender un fenómeno global.


Por Lina Vargas

Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres”.

Albert Einstein 

Una abeja se posa sobre una flor.

Las abejas se han posado sobre las flores desde hace cien millones de años, cuando un grupo de avispas cambió la actividad depredadora por la de recolectar comida, producir miel y cuidar a las crías. Las avispas continuaron siendo carnívoras, pero las abejas se convirtieron en herbívoras y pasaron a alimentarse de néctar y polen.

Cuando una abeja se posa sobre una flor, atraída por los colores y el aroma, liba el néctar, una sustancia rica en azúcares que luego le servirá, si es melífera, para hacer miel. Su cuerpo, además, queda cubierto de polen, los diminutos granos que la flor necesita para reproducirse.

Entonces la abeja se posa sobre otra flor (en un día puede visitar unas mil) y deposita los granos de polen en el estigma, la parte femenina de la flor. El polen baja al ovario donde se forma una semilla. Y de la semilla sale una planta nueva.

Dice la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación, que tres de cada cuatro cultivos dependen de este proceso, la polinización, para subsistir. Lo que supone que sin las abejas y otros polinizadores no existirían las manzanas ni los duraznos ni los tomates ni las almendras ni el café ni el cacao ni el algodón; no existiría casi ninguna fruta ni verdura. “Las abejas son responsables de uno de cada tres bocados que usted come”, escribe la periodista Alex Morris en una nota de Rolling Stone publicada en 2015. 

¿Es posible que las abejas desaparezcan?

¿Acaso no hay más de 20.000 especies distintas? ¿Acaso no sobrevivieron a las glaciaciones? ¿Acaso los humanos nos las han adorado desde hace milenios? ¿No creían los antiguos egipcios que cuando Ra, dios del sol, lloraba, sus lágrimas se convertían en abejas y no enterraban a los faraones junto a ánforas con miel para endulzar su vida en el más allá? ¿No escribieron sobre ellas los sumerios en tablas de arcilla? ¿No es la miel -producida por apenas cuatro de las 20.000 especies- rica en propiedades curativas? ¿No es un alimento sagrado para el cristianismo, el judaísmo y el islam? ¿No es un símbolo de inmortalidad?

La nota de Rolling Stone se llama “¿Por qué mueren las abejas en Estados Unidos y qué significa eso para nosotros?” y cuenta la historia de un apicultor del área rural de Nueva York que, en el verano de 2006, descubrió que seiscientas de sus 5600 colmenas estaban vacías.

La escena se ha repetido desde entonces.

En el documental de la Deutsche Welle “¿Por qué mueren las abejas?”, emitido en 2016, un apicultor alemán dice que desde mediados de los noventa tiene una insólita tasa de pérdida del diez por ciento de sus abejas. Una nota publicada en 2018 en el medio argentino Red/Acción se titula “¿Qué mató a 72 millones de abejas en Córdoba?” y habla, justamente, de eso: de la muerte, en marzo del año pasado, de 72 millones de abejas en esa provincia de nuestro país.  

El fenómeno es global: 1 de cada 3 alimentos depende de la polinización. Por eso la tarea de las abejas es fundamental para mantener la vida y equilibrio en nuestro planeta. Actualmente se calcula que más del 9% de las especies de abejas salvajes están en peligro de extinción.

Desde su casa en la cuenca del Salado, provincia de Buenos Aires, Roberto Imberti, tesorero de la Sociedad Argentina de Apicultores, un apicultor aficionado que tras la crisis de 2001 decidió dedicarse a la cría de abejas de manera profesional, dice: “Hemos sentido la pérdida de colmenas en apiarios en los que recolectábamos muchos kilos de miel y ahora vemos que las poblaciones no crecen y que estamos sacando menos miel”.

No hubo una fecha exacta; ocurrió lentamente: un año, Imberti obtuvo ochenta kilos de miel en cada una de sus colmenas, al siguiente, setenta y cinco, al siguiente sesenta. Y así hasta que fueron veinticinco kilos anuales. “Como el cuento del sapo, que lo metés en una cacerola con agua fría y le prendés fuego y el sapo se va acostumbrando, a nosotros nos pasó lo mismo. Nos han ido calentando el agua y hoy estamos en agua hirviendo”.

Una colmena produce menos miel porque las abejas que la habitan han disminuido; contrario a lo que han hecho durante milenios, salieron y no regresaron, porque murieron. Desde el año 2000, cuando millones de obreras empezaron a desaparecer en Estados Unidos y Europa, el fenómeno tiene un nombre: colapso de colonias.

¿Qué es lo que está pasando y por qué?

Varios factores lo explicarían: el ácaro Varroa, que anida en las colmenas y transmite virus e infecciones a las crías, la agricultura intensiva y los monocultivos que, a diferencia de las praderas con flores, no ofrecen tipos de polen distintos, ni múltiples periodos de floración, ni un lugar para que las abejas silvestres hagan sus nidos. Y el cambio climático: veranos fríos e inviernos calurosos que alteran los ciclos de recolección.

Pero lo más importante, lo más grave, es el uso de agroquímicos en los campos”, dice Imberti. “Tenemos dos tipos: herbicidas como el glifosato, que mata la flora autóctona y deja sin comida a las abejas, y los neonicotinoides, un insecticida que las mata”.

“Hemos sentido la pérdida de colmenas en apiarios en los que recolectábamos muchos kilos de miel y ahora vemos que las poblaciones no crecen (…) Si no se toman medidas, vamos a perder a las abejas”.

Roberto Imberti

Los neonicotinoides son derivados de la nicotina creados por Bayer CropScience en 1985, que se hicieron famosos a comienzos del siglo XXI y hoy son los insecticidas más conocidos. Suelen estar inoculados en la semilla y se incorporan a la savia de la planta. Cuando un insecto trata de roerla actúan sobre su sistema nervioso, paralizándolo.  

Actúan en una abeja que se posa sobre una flor.

Incluso una dosis mínima les causa confusión y pérdida de las funciones cognitivas, según demuestran los estudios. Las abejas melíferas han desarrollado un sistema de navegación interno que les permite memorizar el paisaje y seguir una ruta, pero bajo los efectos de los neonicotinoides olvidan cómo volver a su casa, mueren de hambre y la colmena, que debería tener alrededor de ochenta mil individuos, queda vacía.  

En 2013 la Unión Europea los prohibió y ese mismo año Bayer CropScience publicó un comunicado: “Bayer CropScience sigue convencida de que los neonicotinoides son seguros para las abejas cuando se utilizan de manera responsable y correcta, de acuerdo con las instrucciones de la etiqueta”.

En Argentina aún se utilizan.

Si no se toman medidas, vamos a perder a las abejas -dice Imberti-. Eso es lo que va a pasar”.

*

¿Y si dejaran de existir?

La muerte de las abejas no es solo la muerte de las abejas; es una señal de que algo grave ocurre, de que algo está contaminado. Imberti las llama centinelas del medioambiente. Dice que nos están alertando.     

¿Cómo protegerlas?

Existen algunas acciones que todos podemos poner en marcha, a la hora de salvar el entorno que favorece la vida de las colonias de abejas.

  • No matarlas intencionalmente.
  • No fomentar en los niños el temor a las abejas.
  • Reducir el uso de pesticidas, plaguicidas e insecticidas químicos.
  • Apostar a la agricultura ecológica.
  • Consumir, preferentemente, miel orgánica.
  • Plantar plantas en jardines (públicos y privados), parques y balcones de cuidad. Sobre todo especies con flor que atraigan a las abejas: petunias, amapolas, margaritas, claveles, geranios, rosas, prímulas, dedaleras, lavandas, girasoles, milenramas, etc.
  • Buscar información y, en lo posible, apoyar asociaciones y organizaciones que tengan proyectos para su protección.
  • Impulsar la construcción de colmenas en las ciudades.
  • Convertire en el protector de una colmena y salvá la vida de 80000 abejas desde acá: www.sada.org.ar

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