Sophia - Despliega el Alma

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8 septiembre, 2008 | Por

Ruidos molestos


El ruido pretende romper la forma de vincularnos, imponiéndose como mediador.

Tiempo atrás concurrí a un muy lindo casamiento, de ésos con muchos invitados y en los que se percibe no sólo una importante inversión material sino, sobre todo, un genuino deseo de los celebrantes de que los invitados estén bien y disfruten la velada. Me sentaron junto a personas muy interesantes: gente amiga o con “ondas” afines a la mía, lo que demostraba que los responsables de la ingeniería de armado de mesas se habían esforzado en lograr grupos en los que todo prometiera lo mejor para los comensales, en especial, tener una buena charla mientras se comiera rico o, los que así lo deseaban, bailar y demás.

Yo quería conversar y lo mismo deseaban quienes compartían la mesa, pero no pudimos más que intercambiar balbuceos o entrecortadas frases, tras las cuales quedamos agotados.

¿El motivo de tamaña frustración? La música a todo volumen. El entusiasta disc jockey logró imponer su música dando por tierra con los quizás ingenuos intentos de comunicación de quienes nos mirábamos, frustrados, mientras sonaban los temas que monopolizaban el universo acústico de la noche. Algo parecido le pasó a gente amiga que fue a comprar algo a un reconocido negocio de ropa juvenil. La música era tan fuerte que no se escuchaban, ni siquiera, los precios que tenían las prendas y que eran informados por los vendedores.

“¿Por qué no bajan un poco la música?”, preguntó mi amigo, ingenuo él, a lo que respondió el vendedor: “No me dejan. Además, me dijo el dueño que, con la música así de fuerte, los chicos compran más porque se aturden”. La sinceridad y el conocimiento de técnicas de venta que mostraba el joven vendedor sorprendieron a mi amigo, pero no a quienes conocen algunas cuestiones de la mente humana y saben cómo es de manipulable cuando no se “aviva” de estas trampas subliminales. Las anécdotas vienen al caso porque el ruido está siendo, cada vez más, un compañero de ruta en este moderno mundo de hoy. Existe como parte de una ciudad abarrotada, que no deja espacios “vacíos” (ni siquiera los acústicos) y, además, se lo usa como una manera de tapar “los sonidos del silencio”, ese silencio en el que se dicen muchas cosas y nos permite, en ocasiones, reencontrarnos con nuestra humanidad.

El ruido (y en el caso de los ejemplos mencionados, la música lo es), utilizado de manera metódica, pretende romper la forma de vincularnos entre las personas, imponiéndose como mediador. En ese contexto, cuando las personas no pueden conectarse consigo mismas ni con los demás, pasan muchas cosas, todas ellas ligadas al debilitamiento psicológico y social, algo que es usado con fines diferentes y no muy santos, por cierto. Pero el ruido a esta altura no sólo es exterior. Ya hasta pensamos con ruido, por el miedo que tenemos al “vacío”, ese vacío que homologamos a la “nada” que nos espanta por creerla pariente cercana de la muerte.

Más allá de que el budismo zen hable de “vacío fértil” o de que los cristianos místicos promuevan el silencio como método de acercamiento a lo divino, lo que ocurre en la cotidianidad es que el ruido, con forma de música estruendosa, de ideas estériles, de información distractiva, de carteles que contaminan el espacio visual (un “ruido visual”, si se me permite la licencia) o de colectivos que atronan el aire con sus escapes libres, nos separa de los otros y de nosotros mismos. Por suerte, podemos darnos cuenta. Y a partir de ese percatarnos, podemos encontrar una manera de reconciliarnos con el silencio, entendiendo que ese silencio es la hoja en blanco sobre la cual podemos dibujar lo mejor de nosotros mismos. El silencio no es un enemigo, sino un aliado. De hecho, la mejor conversación empieza con un buen silencio que une a los conversantes en la confianza de que algo valioso saldrá del encuentro. Esa confianza diluye el ruido y lo transforma en sonido y en melodía.

ETIQUETAS ruido silencio vacío Vínculos

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