Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

28 marzo, 2022

«Rezando frente a la Virgen sentí el llamado de ir a África»

Carolina Giannangeli es una médica pediatra argentina nacida en Bolívar que, a los 49 años, sintiéndose convocada por la Virgen María, se lanzó con los ojos cerrados a una empresa difícil y desconocida. Un testimonio en primera persona sobre poder transformador de la fe.


Movida por la fe, Caro Giannangeli cruzó el océano para ayudar a niños y adolescentes africanos.

Algunas noches, cuando termino mis tareas, salgo al jardín a descansar y pienso en mis últimos años. Recorro mentalmente mi pasado, mis cambios y el camino inesperado que, entendí, Dios tenía planeado para mí. Soy una eterna agradecida. Agradecida a la vida, a mi familia que me entiende y, sobre todas las cosas, a la Mater que me guía y acompaña en todo momento, porque soy esencialmente Mariana.

Hace veintitrés años, a poco de recibirme de pediatra, fui mamá soltera. Había elegido la pediatría oncológica, y me dedicaba a eso llena de amor y de responsabilidad. Pero después de largas cavilaciones decidí, con muchísima pena, dejar mi especialidad y optar por otra, dentro de la medicina, que me permitiese dedicarme más a mi hija y poder darle una mejor calidad de vida.

Mis deseos de ayuda al prójimo quedaron acallados en esos primeros años.

Pero tiempo más tarde apareció Fer, un ser maravilloso y espiritual con quien me casé, que adora a mi hija Lucía, me alienta, me acompaña, me apoya y respeta mi estilo intenso y un poco avasallante. Y hace poco más de cuatro años empezaron a darse, uno tras otro, sin buscarlos, cambios increíbles en mi vida: escuchando misa en el Santuario de Schoenstatt, el sacerdote comentó que se estaba organizando una peregrinación a Tierra Santa. Quise desesperadamente ir y Fer, que no podía viajar, hizo lo necesario para que yo cumpliera ese sueño.

Fue a mi regreso a San isidro, después de esa experiencia inigualable que, rezando frente a la Virgen, sentí que se despertaba en mí, algo nuevo, como un llamado. Escuché una voz diáfana que desde mi interior me decía “Tenés que ir a África”. Yo no entendía de qué se trataba, estaba sola, no había nadie a mi alrededor. ¿Y si era la voz de la Virgen que me convocaba? ¿Y si me había elegido para hacer algo en su nombre?

En África, la médica argentina tomó contacto con el dolor e hizo del amor su gran instrumento para ayudar.

El continente africano había sido uno de mis sueños de juventud y de estudiante de Medicina, pero se había desvanecido con el paso de la vida. Ese día volvía con fuerza y mi alma, todavía convulsionada, lo tomaba como un pedido de María.

Al llegar a casa lo compartí con mi marido. No conocía África ni a nadie que viviese allí. No sabía qué tenía que hacer. Él me ofreció su apoyo para que yo pudiese descubrirlo y lograse concretar esa misión todavía tan difusa. Así empezó todo: llena de una determinación indescriptible, impulsada por el Espíritu Santo y acompañada en todo momento por la Virgen, empecé a pensar en un viaje sin saber todavía cuál sería mi destino final, y, sobre todo, el motivo concreto del mismo.

Según cuenta, fue rezando frente a una imagen de la Virgen María que se sintió convocada para su misión.

A los pocos días, en un taller espiritual se lo comenté a cuatro de mis compañeras. Ellas sin dudarlo me dijeron que estaban dispuestas a sumarse al proyecto, fuera cual fuera. Volví a charlarlo en casa. Fer me dijo: «Nigeria, el embajador es nuestro vecino. ¿Por qué no ves la forma de que te reciba?».

A los pocos días, el embajador me recibió en su casa. A esa altura, mi idea era ofrecerme como voluntaria para una experiencia de ayuda comunitaria en algún lugar que me recibieran. Le conté del proyecto y me pidió que lo pusiera por escrito para presentarlo. Un mes después se lo entregamos y le pedimos ayuda para avanzar. Pero no tuvimos la respuesta que esperábamos. Debíamos enfrentar un tiempo largo e incierto de permisos, trámites y burocracia. 

En ese momento sentí que todo mi sueño se desvanecía nuevamente. Pero esa vez, una fuerza en mi corazón, algo sobrenatural, me dio la energía para no abandonar y para seguir buscando alternativas

Decidí probar con la Iglesia. Me comuniqué por mail con un sacerdote argentino de la comunidad de Schoenstatt, que en ese momento estaba viviendo en Alemania, y que desde hacía muchos años viajaba a Nigeria, el Padre Pablo Pol. Él me escuchó atentamente y se comprometió a ayudarme. 

Se puso en contacto con la comunidad de Schoenstatt en Ibadan, Nigeria, para empezar a armar la logística para recibirnos. No era nada fácil, sobre todo a nivel seguridad, porque Nigeria es uno de los países más peligrosos del mundo con guerras civiles y religiosas constantes. Había que organizar los traslados, y lo principal, encontrar una comunidad que quisiera recibirnos para poder llevar a cabo esa convivencia.

Todo se fue armando de una manera celestial, que se manifestaba a cada paso de forma única, y yo sentía que tener esa posibilidad de hacer algo por los demás y de volver a ayudar al prójimo en una entrega absoluta, no podía ser otra cosa que el plan de Dios y de la Virgen.

Al poco tiempo, recibimos a través del rector del santuario de Schoenstatt en Ibadan Father Charles, la noticia de que nos habían aceptado en una comunidad religiosa llamada Servants Of Charity Don Guanella, localizada en un poblado al sudeste de Nigeria llamado Nnebukwu que, en su lengua significa la GRANDEZA DE LA MADRE.

Finalmente Caro llegó a Nnebukwu, un pueblo de Nigeria que, en su dialecto, significa «la grandeza de la Madre» y a través del trabajo en equipo y de una fe que mueve montañas, se lograron cosas increíbles.

Nuestro permanente soporte en la concreción del proyecto fue el Reverendo Padre Jude Anamelechi, superior general de la congregación Don Guanella en Nnebukwu, Nigeria, a quien estaremos siempre agradecidos porque con amor y compromiso incondicional posibilitó todo lo necesario y más, para que la misión se llevara adelante.

Misión cumplida: su consultorio, el espacio dedicado a la fisioterapia y las salas que inauguraron para trabajar según las capacidades físicas y mentales de los chicos.

Finalmente íbamos a tener la oportunidad de compartir el día a día con cincuenta niños y jóvenes, algunos huérfanos o abandonados; algunos con distintos grados de discapacidades como síndromes epilépticos, parálisis cerebral, síndrome de Down o autismo severo, entre otras.

Conseguimos donaciones y compramos elementos de dibujo, pintura y material didáctico para los chicos. Nuestros amigos colaboraron con lo que pudieron y así armamos nuestro primer cargamento.

No pocas veces me preguntan por qué en África y no en el Chaco. Al principio me molestaba, pero hoy agradezco que esa pregunta me obligara a reflexionar: el ser humano es el mismo acá y allá. Entre los hijos de Dios no hay distinciones y entre los lugares, tampoco. De todas maneras, la Argentina no está olvidada en mi corazón: recibo amor en Buenos Aires cuando con mi hija, Lucía, salimos por las noches a repartir ropa y alimentos a gente en situación de calle, cuando ayudamos en el merendero de la Cava y cuando visito una vez a la semana a los reclusos de un penal de alta seguridad para rezar juntos el rosario.

El 8 de Mayo 2019, día de la Virgen de Luján, partimos por primera vez a un mundo desconocido llamado Nigeria dispuestas a dar y recibir todo el amor de Dios en esos chicos que sólo recibían el cuidado y el amor de los seminaristas y sacerdotes de esa comunidad.

A través de las donaciones y del trabajo de los voluntarios, Caro generó grandes cambios en la comunidad.

A partir de ese viaje y del contacto con su gente, Nnebukwu se convirtió en «MI PEDAZO DE CIELO EN LA TIERRA». Porque ahí, en ese país tan lejano y diferente del nuestro, tan abandonado, violento y desprotegido, mi fe se acrecentó y afianzó de una manera única y especial, y sentí por primera vez que, en cada abrazo a estos chicos, era a Jesús a quien abrazaba, y en cada mirada de ellos encontraba la mirada de la Virgen María.

Después de la misa diaria, llena de cantos y de bailes, trabajábamos muchas horas en lo que hiciera falta, básicamente estimulando a chicos que no tenían experiencia con el uso de los materiales que llevamos. Dormíamos poco y el calor era abrumador. Tuvimos que adaptarnos a las diferencias culturales. Todo era un enorme aprendizaje para nosotras, y la felicidad era constante: la caridad y los enormes deseos de servir y ver resultados provocan una compulsión a la acción indescriptible. En la misión hay sacerdotes, seminaristas y mujeres de la aldea que colaboran como voluntarias y juntos hicimos un gran equipo.

¿Teníamos miedo? Lo tuvimos, un poco, allí la vida es muy difícil, hay muchas enfermedades, tuvimos que ponernos varias vacunas y tomar medicina preventiva; hay enormes carencias y la violencia puede desatarse de un momento a otro. Pero sentirnos protegidas por la Madre bastaba para tranquilizarnos.

María Podetti, Yvonne, Victoria, Julieta, Fernanda, Candelaria, Marité, Pancho y Agustín fueron mis ángeles: no hubiese podido hacer nada sin ellos y les estaré eternamente agradecida. Mi camino está poblado de sorpresas, de amor y también de dudas y cuestionamientos. Volver de la vida en Nnebukwu con tantas privaciones a mi cama mullida y a mi ducha diaria me produjo culpa y me hizo sentir incómoda hasta que entendí que tenía que vivirlo como un regalo que no había pedido y seguir adelante con mi misión.

Mi alma se ha vuelto misionera y cada día necesito honrar a Dios y a la Virgen y propagar su fe. La Mater sabe que soy su instrumento, que con Ella firmé un cheque en blanco que dice: «Estoy dispuesta a ayudar dónde, cómo y cuándo me lo pidas». Siento que soy quien más se beneficia con estos intercambios. Dios me visita cada vez que ayudo al prójimo, haciéndome sentir su misericordia de una manera inexplicablemente gozosa y conmovedora.

Las mujeres voluntarias realizan una tarea sumamente valiosa a la hora de acompañar y cuidar la vida.

Yo, que pertenezco a una familia católica «normal», que iba a misa los domingos y respetaba los sacramentos, hoy necesito hablar de mi Fe, defenderla y contar la felicidad que experimento para que todos puedan acercarse a Dios con esa misma alegría y comunión. Explicar que no hace falta ver milagros para creer: estos logran que la Gracia se haga presente y visible cuando el Señor los realiza.

Faltan pocos días para hacer mi quinto viaje a Nigeria y me alegra saber cuánto ha crecido Misión Nnebukwu. Agradezco a quienes, viaje a viaje, sin pausa, nos hacen llegar sus donaciones para seguir adelante.

Cuando veo la evolución que han tenido estos chicos, mis chicos, gracias a todos los recursos los cuidados y el amor que se les han brindados, me conmuevo y me lleno de fuerza para seguir adelante sabiendo siempre que Dios me guía, me enseña a diario la humildad de entender que sola no puedo y me ofrece la alegría de la entrega incondicional.

Informe: Luz Martí.

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