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Espiritualidad

13 abril, 2022

Resurrección y vida

El símbolo de la Pascua nos ofrece otra mirada sobre los dolores y los finales que atravesamos en nuestra vida, llenándonos de esperanza en lo que vendrá. ¿Cómo podemos aprovechar este tiempo para renacer?


Foto: Jordan Wozniak, para Unsplash.

Por Padre Federico Piedrabuena*

En esta Semana Santa, los cristianos celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Este hecho, histórico para las personas de fe, trasciende hacia la sociedad. En muchos lugares del mundo se promulgan días feriados (días de feria, de celebración), lo que da cuenta de su alcance y relevancia para nuestra cultura.

La resurrección es una categoría fundamental para el cristianismo, pero no es exclusiva de esta religión. Celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte tiene su raigambre histórico en muchas y diversas tradiciones. Pero especialmente en Occidente, la Semana Santa nos recuerda esa vocación que yace en cada uno de nosotros: vamos hacia un «más allá», una plenitud de abundancia y vida que está por encima de nuestra capacidad de entendimiento.

Vivimos en un tiempo donde cuesta resucitar. No es fácil encontrar experiencias de resurrección.

Por un lado, pareciera estar vigente la proclama de que todo termina con la muerte. Se niega así una trascendencia a las cosas y a la realidad. Esta visión cierra las puertas a motivos genuinos de esperanza. ¿Qué sentido tiene entonces amar, volver a empezar y jugársela por las propias convicciones, si todo termina en el vacío de un final que es la nada misma?

«Celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte tiene su raigambre histórico en muchas y diversas tradiciones. Pero especialmente en Occidente, la Semana Santa nos recuerda esa vocación que yace en cada uno de nosotros: vamos hacia un «más allá», una plenitud de abundancia y vida que está por encima de nuestra capacidad de entendimiento».

Por otro lado, nuestro tiempo tiene serios problemas para concluir, para cerrar etapas. Para aceptar que en definitiva la muerte es parte de la vida. Y que es una parte necesaria para alcanzar la trascendencia, la vida en plenitud que promete la resurrección.

Quizá la imagen que más representa al ser humano de nuestro tiempo sea la del «zombi»: demasiado muerto para vivir, pero con la vitalidad suficiente para no terminar de morir.

Y así andamos por la vida, zombis del trabajo y de las redes sociales, de un ritmo de vida que no nos da tregua, donde nos encontramos explotándonos a nosotros mismos. Intentamos estar a la altura de tantas expectativas; mandatos sociales que nos prometen y aseguran una supuesta felicidad.

La vida actual se parece a esas ventanas de internet que abrimos constantemente, donde un lugar lleva a otro y, desde allí, se perpetúa nuestro transcurrir. Pero nunca hay conclusión.

El zombi no puede resucitar, no puede alcanzar la vida en plenitud, porque se aferra a la «mera vida», y lo hace a cualquier costo. Sobrevive. El zombi no culmina su existencia porque no llega a morir a tiempo. Y, por ello, no puede trascender, volver a nacer.

En la naturaleza, la semilla tiene que morir en la profundidad de la tierra, para brindar vida en abundancia. Pero el zombi escapa de la tierra para navegar en realidades que generan adicción, sucedáneos de vida que prometen y no cumplen. En los barrios que transito por el Conurbano bonaerense se les dice, justamente, «muertos en vida» a los adictos al paco.

Más allá de estas crudas realidades, la resurrección está allí. Sabe esperar. Y nos llama. A todos. Todos tenemos vocación de trascendencia si aprendemos a confiar. Porque resucitar es creer, tener fe en que siempre hay un mañana. Que la vida tiene un sentido. Que nuestro paso por este mundo no es en vano.

En este tiempo los cristianos renovamos nuestra esperanza por la vida eterna. Una vida que tendrá lugar en el futuro, pero comienza a construirse aquí y ahora.

Creer en la resurrección es afirmar que la muerte no tiene la última palabra. Que a pesar de las guerras, las pandemias y los sufrimientos, todavía hay razones para amar.

Y que, en nuestro día a día, también podemos abrirnos a la fascinante experiencia de volver a nacer.

¡Felices Pascuas de Resurrección!

*Federico Piedrabuena es teólogo, filósofo, músico y poeta. Fue párroco en el Conurbano bonaerense durante 11 años.

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